"Clausuramos el Año de la Fe y volvemos a inaugurar el corazón del cristiano"

Homilía del Obispo de Cartagena en la Clausura del Año de la Fe, en la Santa Iglesia Catedral el 24 de noviembre del 2013.

Queridos hermanos:

En la solemne fiesta de Cristo, Rey del Universo se clausura el Año de la Fe, un tiempo para revisar y actualizar la experiencia de fe y total confianza en Dios, en comunión con la Iglesia universal. Durante este año hemos vivido experiencias pastorales preciosas, tanto en las programaciones de las parroquias, como en las diocesanas; ha sido un tiempo en el que nos hemos implicado todos, donde hemos podido ver como el Señor está presente de una manera eficaz en nuestra historia.

Con un bello signo comenzamos el Año Jubilar con la celebración de la entrega del Credo en la histórica ciudad de donde partió la fe para España y que es cabecera de nuestra Diócesis, en Cartagena, en la iglesia parroquial de Santa María de Gracia. En primavera, en la plaza del Cardenal Belluga de Murcia, tuvimos la celebración todos los diocesanos para proclamar el Credo, a modo de la Reditio, otro gran signo vivido en el Año de la Fe, se trataba de una solemne profesión de la fe a una sola voz y con un solo corazón, siendo uno de los acontecimientos que quedaron grabados en el corazón de todos.

A la hora de recordar lo que nos ayudó a tomar conciencia de nuestra fe, puedo destacar el esfuerzo que se ha hecho, desde la Vicaria para la Nueva Evangelización, por recuperar la narración de la historia de la fe de esta Iglesia de Cartagena, ésta ha sorprendido a muchos por el tesoro de gracia derramado por Dios en estas tierras donde nacieron y alcanzaron la santidad tantos hombres y mujeres, unos por el ejemplo de sus vidas y otros por el testimonio de fe en el martirio, por recordar la solemne celebración de los mártires en Tarragona, en la que esta Iglesia de Cartagena llevaba la causa de los Beatos Antonio, Buenaventura, Pedro y Fulgencio. Con el esfuerzo de sacar a la luz la historia de la fe hemos dado gracias a Nuestro Señor por tantos ejemplos de vidas, testimonios, signos, escritos, arte, música, arquitectura, valores, costumbres, tradiciones, por las grandes mujeres que fundaron familias de religiosas y religiosos... un bagaje histórico que está en la base de nuestra sociedad y de nuestro carácter, que es imposible olvidar; un rico fundamento que está sosteniendo la vida de fe en esta tierra.

Si bien es verdad, que han sido muchos los frutos del año de la fe en las parroquias y en las diversas actividades, como las misiones populares y otras, debemos destacar una de las grandes obras de la fe: la caridad. En este tiempo de crisis y de serias dificultades para muchas familias, por la falta de trabajo y de recursos económicos, se ha potenciado el ejercicio de la caridad de tantos voluntarios y fieles, que a través de las Cáritas parroquiales y de otras asociaciones eclesiales, están remediando el drama de hoy, evangelizando de una manera integral al hombre necesitado. De todos es conocido que, aunque el azote ha sido muy fuerte y los recursos escasos, sin embargo no ha bajado la generosidad, todo lo contrario, se ha potenciado mucho más y de esta forma se han secado muchas lágrimas y se han puesto muchos paños a tantas heridas. No podemos decir otra cosa a los de corazón grande, voluntarios y donantes, que gracias, que Dios os lo pague. Pero a este fenómeno se le puede dar un nombre: fe. Si, es fruto de la fe, la caridad es fruto de la fe y otra vez más nos sentimos orgullosos de todos los que nos demostráis con el ejemplo de la vida que el amor sigue haciendo milagros.

Cuando presentaba, al comienzo de curso, el nuevo Plan de Pastoral sobre la esperanza, me preguntaba en voz alta: ¿ha terminado ya la preocupación por despertar y reavivar la fe?, ¿termina radicalmente la programación del curso pasado de tal forma que nos olvidamos de las tareas, obligaciones y objetivos propuestos?, ¿podemos descansar ya? No estaría mal que os hiciera esta pregunta ahora, cuando terminamos el Año de la Fe: ¿se trata de un tema pasado? La respuesta sigue siendo la misma, no podemos dejar olvidados los elementos que sostienen nuestra vida, ya que la invitación determinante es combatir el buen combate de la fe, conservando la fe y la conciencia recta; que algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe, comentaba San Pablo.

Queridos hermanos, os agradezco sinceramente vuestra constancia en las respuestas a Nuestro Señor, fruto de vuestra fe; ¿cómo no hablar de las gracias derramadas en los distintos lugares de la Diócesis ofrecidos para alcanzar las indulgencias concedidas por la Santa Sede?, ¿cómo pasar por alto las numerosísimas vocaciones a la vida consagrada, de religiosos y seminaristas?, ¿cómo no mencionar el abundante esfuerzo por la evangelización a través de los movimientos, asociaciones... y las propuestas para una seria formación en la fe? Muchas otras cosas de no menor importancia están también presentes delante de Dios. Ahora os agradezco vuestra perseverancia en seguir peregrinando juntos y doy gracias a Dios, porque en medio de las dificultades nuestro refugio es Dios, sin vacilar; nuestra fuerza está en la fe en el Señor Resucitado, que nos ayuda a superar con la paciencia y el amor todos los sufrimientos, dificultades y persecuciones, los que tenemos y los que vendrán. Hemos recibido de Dios un extraordinario regalo que no podemos dejar a un lado, porque configura nuestro estilo de vida y se alimenta de su gracia, la fe, sostenida por la esperanza. Esto es para siempre.

Hemos terminado el Año de la Fe, pero será la fe lo que nos siga moviendo, hemos concluido un año especial, pero hoy queda abierta nuestra toma de conciencia, la cercanía a Dios y a los hermanos. Hoy volvemos a inaugurar el corazón del cristiano, un corazón con megacardia, no por la enfermedad, sino por el signo de identidad. Os pido a todos vosotros, hermanos, que sigamos trabajando responsablemente en la viña del Señor, dando razón de nuestra esperanza. No se trata de cargar nuestras mochilas de peso inútil, no, sino más bien de lo necesario, como buscadores de Dios; se trata de afianzarnos más en la fe, de confiar tanto como lo hizo Abraham; de abrir los ojos hasta llegar a tener claro que es Cristo el que nos enseña donde está la Salvación y la Vida eterna, y mantenernos en la confianza total en Él.

Sigamos trabajando, unidos al Papa Francisco, para ofrecer a este mundo la luz del Evangelio con la fuerza del Espíritu Santo. Que la Santísima Virgen Madre de Dios interceda por nosotros.

+ José Manuel Lorca Planes

Obispo de Cartagena

1 Tm 1,18-19.

2 Cf. PAPA FRANCISCO, Carta Encíclica, Lumen Fidei, 57: La luz de la fe no disipa todas nuestras tinieblas, sino que, como una lámpara, guía nuestros pasos en la noche, y esto basta para caminar... No nos dejemos robar la esperanza, no permitamos que la banalicen con soluciones y propuestas inmediatas que obstruyen el camino, que « fragmentan » el tiempo, transformándolo en espacio.


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