Pregón

Pregón de Mons. Francisco Cases Andreu en la Semana Santa de Las Palmas de Gran Canaria.
Queridos Hermanos y Amigos todos:

Permítanme que les acoja a todos con esta fórmula de saludo, la usual en mis encuentros con los creyentes cuando nos reunimos para una celebración de fe. Son las palabras que más cariño y más respeto encierran al mirarles a los ojos, y abrirles el corazón, contento de compartir con Ustedes mucho más que un trozo de tiempo y un espacio común al amparo de las nervaduras de nuestra Basílica Catedral de Santa Ana en la Semana de Pasión.

Creí un deber aceptar la invitación que amablemente me ofreció la Junta de Gobierno de la Unión de Hermandades, Cofradías y Patronazgos para decir el Pregón de la Semana Santa de nuestra Ciudad, pero la carta del Presidente me abrió una inquietud.

En un instante se me amontonaron las preguntas, y llegué a pensar que sólo en poner orden y en ir contestándolas se me pasaría el tiempo, como se le agotaron a Lope de Vega los catorce versos del soneto que le mandó hacer Violante, con sólo ir engarzando los versos explicando que cosa sea un soneto. ¿Qué es o qué debe ser un Pregón? ¿Qué Semana Santa debe anunciar este pregón? ¿Son Ustedes los oyentes reales del pregón, o en ustedes he de hablar con muchos que no están aquí? ¿Tiene lógica anunciar o incluso celebrar hoy los desfiles procesionales de Semana Santa en el contexto social que estamos viviendo? ¿Qué debe decir el pregón? Y por último la pregunta y la inquietud por mí mismo, el pregonero: ¿qué papel representar? ¿el de poeta, el de predicador, o el de aprendiz de profeta? Vayamos encadenando las preguntas y las inquietudes.

Sea la primera la del PREGÓN mismo. El Diccionario llama "Pregón" al Discurso elogioso en que se anuncia al público la celebración de una festividad y se le incita a participar en ella. Todos ustedes ya saben que se van a celebrar las Procesiones, y conocen las Procesiones mejor que yo.

¿Necesitan ustedes que haga el elogio de sus hechos, y les invite a participar en la festividad de sus Procesiones? ¿Qué debo anunciarles, qué puedo anunciarles? Los Pregones con alguna frecuencia se han convertido en relatos. Un Pregón anuncia o debe anunciar. El relato cuenta, busca deleitar con lo que cuenta y con el modo de contarlo. Normalmente los Pregones, que deberían hablar de lo que va a suceder, de algo futuro, se han convertido en repasos del pasado. Quizás por eso tienen mayor acogida entre los que han conocido o conocen, han vivido o viven lo que se anuncia repetido, aunque los detalles de lugares, costumbres, tiempos y modos ya no se correspondan con la realidad actual. Han cambiado el empedrado, las luces, los recorridos, y las fechas. Pero el Pregón mantiene la nostalgia y su relato alivia el corazón.

¿Comprenden por esto la inquietud del PREGONERO? Por una parte, no puedo físicamente entrar en el Pregón como relato de lo que fue, porque yo no vi, ni estuve, ni viví lo que fue; y sonaría a falso y a hueco si lo elogiase y lo anunciase contando sus grandezas por haber estudiado, preguntado y contrastado en mil fuentes lo que fue, por
mucho que busque las palabras más canarias para contarlo.

Y por otra parte, porque como creyente y como pastor, es muy posible que esperen una reflexión sobre lo que es, o lo que puede ser, o debe ser en el futuro, lo que se viene haciendo, y ahora se anuncia para un plazo tan breve como la semana próxima.

Tocaría ahora responder a la pregunta por qué Semana Santa he de contar, elogiar, o anunciar. Es fácil de comprender que aquí o en cualquier lugar hay varias Semanas Santas, pero hablemos primero de ustedes, oyentes, y abordemos antes la cuestión del contexto social del momento presente. ¿Son ustedes los OYENTES REALES del Pregón, o en ustedes he de hablar con muchos que no están aquí? ¿Quiénes deben recibir, escuchar, acoger el anuncio de los desfiles procesionales?

En realidad hemos convertido algo que debería ser un acto popular, en un limitado acto social. Ustedes que escuchan el Pregón ¿qué vienen a escuchar? Ya dijimos que en esta ocasión ya saben de antemano de qué se trata. La novedad o la sorpresa puede venir del Pregonero: ¿qué irá a decir un conocido representante de la Iglesia, que sabemos cómo piensa más o menos, o con mayor o menor detalle, de algo que ya sabemos qué es, y que por otra parte no va a cambiar por lo que aquí se diga? Lo que vaya a decir, lo que quiere decir no tiene que ver solamente con ustedes, es tema para el nazareno, el dirigente, el político, para el espectador y el creyente convencido.

Y no tiene poca importancia considerar EL CONTEXTO SOCIAL en el que se anuncia lo que se va a hacer. Lo que se anuncia es un conjunto de manifestaciones religiosas en la calle. Lo aceptamos pacíficamente los que estamos aquí, complacidos en oír lo que oímos, y ­si el Pregonero acierta- por el modo de decirlo. Pero no es esta realidad de manifestaciones religiosas en la calle algo obvio y pacíficamente aceptado hoy por todos. No es este el mensaje que recibimos habitualmente desde las más variadas instancias: lo religioso y sus manifestaciones son algo legítimo, y para muchos hasta válido, pero como opción privada, para manifestarse libremente en los ámbitos privados. El tema es importante.

Para ayudar a entenderlo un poco más tratemos de aproximarnos a lo que son las Procesiones. En resumen: un conjunto de personas que llevan a Cristo a la calle. Así de sencillo y así de importante. El centro de las Procesiones son las imágenes de Cristo y de María. Son imágenes dolientes, que nos trasladan a un mundo de sufrimiento y de muerte, de compasión y de cercanía; los cristianos llamamos redención y salvación. En realidad resumen lo que cada creyente cristiano, y cada comunidad creyente viven como
creyentes; pero también lo que como creyentes aportan, pueden o deberían aportar a la sociedad, al mundo de los hombres con los que caminan, esperan, sufren, lloran y se alegran cada día. Y digo lo que aportan o lo que deberían aportar, porque también ponen, o ponemos, en circulación el escándalo, la suciedad y el daño; y porque también tapamos quizás con demasiado oro y demasiados bellos adornos lo que no fue ni es tan hermoso de contemplar.

Las procesiones en su realidad más elemental resumen la tarea del creyente y de la Iglesia toda: llevar a Cristo a la calle. Y lo hacen en la persona de los nazarenos, penitentes a los que hace anónimos el capirote, para acompañar a Cristo representándonos a todos. Y lo hace en la persona de los responsables, a cara tapada o a rostro descubierto, preocupados de que el desfile se desarrolle técnicamente bien, y de que la Hermandad, la Cofradía o el Patronazgo esté en sintonía con lo que se ve. Con varas de mando en las manos, que pueden ser un símbolo de poder, o el cayado del pastor, que convierte a los dirigentes en zagales del único Buen Pastor, tratando de ayudar a Cristo a llevar a los fieles por buenos caminos a su encuentro, al encuentro con Él..

Llevar a Cristo a la calle. Este rápido resumen de lo que son las procesiones me obliga a pensar. Cuando en la calle, con una manifestación o con una palabra en los Medios, está un creyente, alguien de Iglesia, defendiendo la vida del ser humano no nacido o defendiendo el matrimonio como lo pensaba Jesús de Nazaret; o defendiendo el derecho de los padres a educar a sus hijos según las referencias morales que ellos quieren, y no las que pretende imponer nadie distinto de ellos mismos, aunque sea el Estado; o identificándose y defendiendo a los pobres y marginados, entonces, cuando se hace esto en la calle con una manifestación o una palabra en los Medios, no se está haciendo algo distinto de lo que se hace en una procesión de Semana Santa: se está llevando a Cristo a la calle. Se está ofreciendo a Cristo, su Luz y sus criterios, a quienes quieran inspirarse en él para defender la vida, el matrimonio, la familia, la educación, los pobres.

Una verdadera democracia, no sólo permite, sino que exige, garantiza y está interesada en que todas las voces puedan estar en el espacio público, y sean escuchadas, tanto por los poderes públicos como por la sociedad toda. Con la limitación de que se respeten los derechos de los demás, no se ofendan las creencias de nadie, y no se altere el orden público; y esta limitación es exigible a los creyentes cuando se manifiesten, pero debe exigirse también a favor de los creyentes. ¡Qué lástima que en democracia, cuando suena la voz de gente de Iglesia en la calle o en los medios, se escuchen las mismas voces de otros tiempos comentando: "se están metiendo en política"! Pareciera que el aborto sea un tema político, que no tenga nada que ver con la moral. ¡Qué lástima que resulte tan fácil ofender las creencias de los católicos!

¡Ojalá que a todos puedan llegar todas las voces y todas las iniciativas legítimas! ¡Ojalá los poderes públicos sean los primeros que se alegran de que circulen las ideas y las propuestas! No entiendo que por una parte las procesiones de Semana Santa se vean como inocentes e intrascendentes, asépticas manifestaciones populares que pueden y deben ser autorizadas, apoyadas, acompañadas e incluso participadas por los poderes públicos en representación del pueblo, y, por otra parte, se juzgue inconveniente, molesta o ilegítima la palabra pública que se deduce directamente de lo que representan las procesiones: llevar a Cristo a la calle. (...)

Puede leer el Pregón completo en este enlace.