Eucaristía por las víctimas del accidente de Barajas

Homilía de D. Francisco Cases Andreu, Obispo de Canarias.
Queridas familias: les llevamos en el corazón en este momento, con los seres queridos que han y hemos perdido, y con los hermanos que todavía buscan recuperación en clínicas y hospitales. Y les ha llevado y les lleva en el corazón toda Canarias y toda España. La presencia en esta Iglesia Catedral de sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias, Don Felipe y Doña Letizia, del Sr. Presidente del Gobierno de España, del Sr. Presidente del Gobierno Canario, de todas las Autoridades, y de tantos y tantos hermanos y amigos, son un testimonio de que sentimos con Ustedes y tratamos de acompañarles. Hago presentes igualmente las condolencias de tantos creyentes y no creyentes que, considerándome de alguna manera en condiciones de hacerles llegar este mensaje, me han pedido que les manifieste sus sentimientos de cercanía, de plegaria y de apoyo en estos momentos. El Santo Padre Benedicto XVI rezó "por el eterno descanso de los fallecidos así como por los heridos en el accidente”; manifestó –son sus palabras- “su vivo afecto y cercanía espiritual” a las familias de las víctimas, para las cuales pidió que “el Señor conceda fortaleza, consuelo y esperanza”. Muchos Hermanos Obispos, Sacerdotes, cristianos y no cristianos amigos, de Canarias y de muchos otros lugares me han hecho llegar su palabra de cariño para Ustedes.

No es fácil decir una palabra que pretenda dar sentido a lo vivido, cuando uno se ha rendido ya a la tragedia, y sabe que no puede buscar comprender lo que no tiene sentido. No es posible comprender. Sólo es posible, si uno tiene o le quedan fuerzas, acoger y aceptar, para musitar una plegaria, para que la vida siga adelante, para seguir ayudando a los que quedan, y poner el brazo para que se apoyen otros y para que uno experimente que la propia vida sigue sirviendo para alguien.

Pero cuando no es posible comprender, cuando el dolor es tan crecido que sólo queda acoger y aceptar para seguir viviendo, entonces la presencia cercana y el silencio son más elocuentes que el ruido de los discursos. Y en realidad eso estamos tratando de hacer todos desde el primer momento.

¿Te acuerdas, amiga, -¡déjame que te llame así!- cuando en la madrugada del 20 al 21 me acerqué en IFEMA a ti y a tu familia, y me dijiste: Padre, viene Vd. en mal momento. Tus ojos no hablaban de rechazo ni de reproche, tu mirada acogedora sólo hablaba de dolor. Y te respondí temblando: Hija, no pretendo nada, no vengo a convencerte de nada. Vengo sólo a estar junto a Vds., con el silencio o con la palabra, simplemente a estar. Vengo a recoger una lágrima, y a escuchar una queja dolorida. Sí, amiga, -seguí diciendo- también de mi corazón creyente ha brotado más de una vez la queja dolorida, y la rabia contenida. También yo he llorado y lloro.

Las palabras más amargas para quejarse a Dios no han aparecido en los periódicos de boca de agnósticos o ateos. Hace muchos siglos que están escritas en la Biblia. Brotaron y siguen brotando de corazones creyentes que se han situado ante el Padre Dios como eran, humanos heridos por la desgracia y la tragedia. Han gritado y han llorado, han maldecido y se han quejado amargamente. Y al fin han comprendido que Dios estaba con ellos, gritando también para que los hombres no nos hiciéramos daño unos a otros, y llorando también en silencio para que sintiéramos su cercanía junto a nosotros.

¿Dónde estaba Dios el 11 S y el 11 M, y el 20 de Agosto? ¿Dónde estaba Dios cuando Cristo muere en la Cruz en el Gólgota? Siempre junto al que sufre, siempre junto al que experimenta la soledad y el abandono. Nuestras asambleas cristianas están presididas siempre por una Cruz, la Cruz de Cristo. ¿Por qué? Si Cristo ha resucitado ¿por qué nos preside su imagen de crucificado? Porque no debemos olvidar su Amor. Para que la victoria del Resucitado no nos oculte que el Amor le llevó a estar siempre con nosotros en el peor dolor, y a vivir como nosotros y con nosotros nuestros peores momentos.

Estamos tan acostumbrados a ver la cruz, a trazarla sobre nosotros mismos al santiguarnos, que quizás no nos detenemos a contemplarla como lo que es: un instrumento de bárbaro suplicio, el gran signo de la crueldad humana, el gran signo del horror de todas nuestras tragedias: ¿qué ha hecho este hombre? pregunta uno de los ladrones que acompaña a Jesús en el monte de la Calavera. Sí, ¿qué ha hecho este hombre? Es la pregunta que se han hecho muchos estos días: ¿qué han hecho las víctimas de este horror para tener esa muerte? Jesús es el hombre justo, que no ha hecho nada malo, sino que carga sobre sí todos los males y todos los pecados.

La cruz es el gran signo del horror, y el gran signo del amor de Dios. Todo está cumplido, oímos decir a Jesús antes de expirar. ¿Qué has cumplido, Jesús? Has cumplido el encargo del Padre de manifestarnos su amor con tu amor, su cercanía con tu cercanía. Has cumplido el encargo de vivir todo lo nuestro, de vivir nuestra debilidad y nuestra alegría; has cumplido el encargo de vivir el horror de nuestra muerte, y no meramente de una muerte cualquiera, sino el horror de la muerte del abandonado, condenado, despreciado y asesinado.

Cristo ha hecho suyo todo lo nuestro. Ha vivido nuestra alegría y nuestra admiración y nuestra gratitud por todo lo bueno y bello que existe. Ha vivido el calor de la amistad, el amor de la familia, la alegría de los novios el día de su boda. Ha vivido el dolor de la muerte del amigo, y ha sentido el dolor de la viuda que pierde también al hijo joven. Y ha vivido nuestra soledad, y el abandono y hasta la traición de los más cercanos, y la amargura del desprecio, de la burla; y el dolor profundo y agudo de la condena injusta y de la violencia despiadada del tormento. Cristo ha hecho suyo todo lo nuestro, para que nosotros podamos hacer nuestra su paz, su fuerza, su gozo, su Vida.

Ese es precisamente el mensaje, lo que Dios ha hecho y hace con nosotros, lo que no deja de hacer nunca. Con el silencio o con la Palabra, está junto a nosotros y hace brotar y fortalece con su gracia nuestra esperanza. Esa es la experiencia de Pablo en medio de enormes pruebas: Nada, nada, nada, ni la muerte, podrá apartarnos del Amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro. La manifestación de su amor se ha hecho la máxima cercanía en la Cruz. Sí, Jesús, has cumplido el encargo. Te has puesto de nuestra parte, te sentimos de nuestro lado. Tú, Cristo, eres –como nos ha recordado Benedicto XVI en su Encíclica Salvados en esperanza-  el verdadero pastor que conoce también el camino que pasa por el valle de la muerte; el que incluso por el camino de la última soledad, en el que nadie me puede acompañar, va conmigo guiándome para atravesarlo: Él mismo ha recorrido este camino, ha bajado al reino de la muerte, la ha vencido, y ha vuelto para acompañarnos ahora y darnos la certeza de que, con Él, se encuentra siempre un paso abierto. Saber que existe Aquel que me acompaña incluso en la muerte y que con su « vara y su cayado me sosiega », de modo que « nada temo » (cf. Sal 22,4), será siempre la nueva « esperanza » que brota en la vida de los creyentes (SS 6).

También ahora está con nosotros. También ahora habla a su Madre María, y nos la entrega como Madre, y nos entrega a nosotros a sus cuidados. Hoy somos todos nosotros el discípulo al pie de la cruz, viviendo la muerte de nuestros seres queridos, y acompañando a tantas madres y padres que han perdido a sus hijos, y a tantos hermanos que han perdido a sus hermanos. Necesitamos escuchar la voz de Cristo: ¡Hijos! Ahí tienen a su Madre. ¡Mujer! Ahí tienes a tus hijos. María sabe de dolor, sabe de silencio, sabe de queja contenida… y sabe de amor, de ese amor que quita la soledad porque es consuelo y cercanía; María sabe de esperanza.

María, la Madre buena, a la que arrancan con violencia al Hijo bueno, nos enseña a esperar en silencio la salvación de nuestro Dios, nos enseña a entrar en este misterio del sufrimiento y de la muerte sin sentido. Ella, como el Hijo que pende de la cruz, puede decir con el Profeta: Me han arrancado la paz y ni me acuerdo de la dicha. Pero también puede decir y enseñarnos a decir: Hay algo que traigo a la memoria y me da esperanza, que la misericordia y la compasión del Señor no se acaban. María nos enseña a esperar en silencio la vida de la Resurrección que no termina, en la que volveremos a encontrarnos con los hermanos que hemos visto marchar.

Desde el 20 de Agosto toda Canarias se ha cubierto de un manto de dolor, como toda España, y como tantos y tantos lugares del mundo. Pero también desde entonces no ha dejado de levantarse desde muchos corazones una encendida plegaria:

Padre, ponemos en tus manos la vida de nuestros seres queridos. Sabemos que tú los hiciste a ellos, como a nosotros, frágiles y débiles. Ten misericordia. Ponemos en tus manos de Padre la vida de nuestros seres queridos; son las tuyas, las mejores manos; guárdalos tú para el encuentro final.

Por tu Hijo Jesucristo, nuestro Buen Pastor, ten misericordia también de nosotros. Danos fortaleza para que podamos seguir ayudándonos unos a otros.

María, Madre del Crucificado, Madre del Señor Resucitado, Madre nuestra, ruega a tu Hijo por nosotros, abre nuestros corazones a la luz de la esperanza.

Francisco Cases Andreu
17 de septiembre de 2008