Cristo Eucaristía, tesoro de la Iglesia

Carta del obispo de Cádiz-Ceuta, Mons. Rafael Zornoza

Queridos fieles de Cádiz y Ceuta:

 

Me dirijo a vosotros en la cercanía de la Solemnidad del Corpus Christi. Toda la historia de Dios con los hombres se resume en las palabras pronunciadas por Jesús en la última cena: “Tomad, esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos” (Mc 14,22-24). Hablan del acontecimiento central de la historia del mundo y de nuestra vida personal. Son palabras inagotables porque hablan de una persona que, a través del sacramento de la eucaristía, se acerca y se une a nosotros. En la eucaristía experimentamos a Dios, su presencia y su cercanía. Pero, contemplando la Hostia consagrada, en cada procesión y en la adoración, experimentamos su visita a la Iglesia en la proximidad de nuestras personas, casas y calles. En su presencia se expande nuestro ánimo y desbordan de fervor nuestros labios y el corazón, contemplando en la fe a Aquel que, con certeza sabemos, nos ama infinitamente y
provoca en nosotros los mejores deseos de entrega y de pervivencia feliz durante toda la eternidad.

Cristo, siempre contemporáneo nuestro, viene continuamente a nosotros de múltiples modos, en su Palabra, en la cercanía del prójimo, en los sacramentos. Pero en la eucaristía nos da su propia vida de modo eminente y sublime. En este pan comprendemos las palabras de Cristo antes de la pasión: “Si el grano de trino no cae en tierra y muere, queda el solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24). Este pan que nos alimenta en la peregrinación de la vida nos descubre a un Dios que muere y nos lleva a la vida. Recibirle y contemplarle es una de las mayores gracias que un cristiano puede recibir, lleno cada vez de asombro y admiración. No es un símbolo más, sino que su presencia real, tal como nos lo presenta Cristo mismo en la institución de este sacramento y en el discurso del Pan de Vida (cf. Jn 6), nos hace vivir eternamente.

Jesucristo instituye este sacramento como permanente memorial, como escuela de amor, de oblación y sacrificio, presente para siempre en su iglesia para que aprendamos, unidos a su experiencia de entrega, a ofrecernos y entregarnos a nosotros mismos por amor. Es fuente de gracia y de acción de gracias, punto de encuentro con la Trinidad y lugar de superación, y, por ello, un fabuloso consuelo. En la eucaristía aprendemos a servir, haciéndonos –como Cristo– esclavos que lavan los pies a los demás, hasta la entrega total de la vida (cf. Jn 13).

Los granos molidos que se convierte en este pan nos hablan también de un proceso de unificación para llegar a ser un solo pan y un solo cuerpo. En la comunión, por consiguiente, experimentamos la verdadera unión con Dios y con el prójimo, después de romper la coraza del individualismo que nos impide amar y nos inutiliza viviendo para nosotros mismos. Cristo eucaristía es, así mismo, el lugar de la comunión de la Iglesia, comunidad de hermanos, que, como un cuerpo fuerte, unidos a su Cabeza en la autoridad del Vicario de Cristo y los sucesores de los apóstoles, nos permite lanzarnos sin miedo a la misión, a transformar la sociedad y a la evangelización. Pidamos al Padre que nos dé “el pan de cada día”, como Jesús nos enseñó a pedir en el Padrenuestro, y que este pan “diario” y “de vida eterna” nos recuerde que nuestro tiempo está abrazado por la eternidad.

La Solemnidad del Corpus Christi para el amor más grande

Hermanos: Si hay un momento donde se manifieste nuestra fe de modo eminente y se venere solemne y públicamente a Cristo resucitado es en la celebración de la Solemnidad del Corpus Christi. La tradición de llevar el santísimo Sacramento en procesión es un gesto lleno de significado. Le seguimos en ella y le imploramos, adoramos y aclamamos haciendo profesión pública de nuestra fe. Esta es la verdadera fiesta solemne y pública de Cristo resucitado que sigue presente entre nosotros, alimentando y haciendo crecer nuestra fe. Por ello cantamos: “¡Venid, adorémosle!”. El Sacramento de la Eucaristía llena por completo la vida de la Iglesia, que se convierte para siempre en un cenáculo permanente donde rememoramos y nos adentramos misteriosamente en la pasión, muerte y resurrección de Cristo; donde nos identificamos hasta cristificarnos con el, donde encontramos fuerza para perseverar y consuelo en nuestras luchas. Es la fuente y la cima de nuestra vida cristiana, siempre escuela de entrega y amor, misericordia y servicio, adoración y acción, embriaguez de amor sublime a Dios y renuncia heroica hasta dar la vida por los demás. Al procesionar por nuestras calles le pedimos: “Quédate con nosotros, Jesús; danos el pan de la vida eterna que purifica nuestras conciencias con el poder de tu amor misericordioso. Líbranos del mal, de la violencia y del odio que nos contamina. Mira con compasión a los necesitados, a los enfermos, empobrecidos y abandonados. Convierte nuestra ciudad en un templo donde encontremos tu caridad y tu paz. Tu que nos diste el Pan del Cielo, el auténtico Maná que nos alimenta en esta vida, fortalécenos en nuestra peregrinación de la vida”.

La presencia del Señor en la Eucaristía nos hace experimentar que nunca estamos solos, que Cristo comparte nuestra vida, que sigue siendo –tal como el mismo quiso– “Dios con nosotros”, el Emmanuel, que nos acompaña hasta el fin de los tiempos. En su presencia, además, pregustamos ya el deleite del amor infinito que ha de colmar nuestros anhelos durante toda la eternidad.

En el Año Jubilar Diocesano, la alegría del amor

Os invito a celebrar el Corpus con mayor interés, si cabe, este año, por celebrarlo dentro del Jubileo Diocesano. Ahora que se cumplen 750 años del traslado de la sede de la diócesis a la ciudad de Cádiz, y el 600 aniversario de la creación de la de Ceuta, nos hemos propuesto renovar nuestra fe fortaleciéndola, profundizando en su fuente y raíz para seguir dando frutos de santidad.

La celebración del año jubilar de la diócesis, cargado de gracias que lucramos habitualmente a través de las celebraciones, catequesis y demás actos previstos, continúa desarrollándose ahondando en el seguimiento del Señor. Como indiqué en mi carta pastoral al inicio de curso, “para celebrar como conviene estos acontecimientos de gracia se han programado diversos actos a lo largo del Año Jubilar que nos ayudarán a expresar la gratitud a Dios por los dones recibidos y para renovar nuestra fe. Participar convenientemente en ellos con fervor y sentido de pertenencia es, sin duda, una manifestación pública de fe y una invitación a creer. La sociedad que nos rodea, donde crece la increencia, reclama de nosotros una manifestación de fe, personal y comunitaria, que supere la mala creencia y esa mediocridad que es incapaz de atraer a otros ni hacernos perseverar”.

Doy gracias a Dios por vuestras peregrinaciones a la Santa Iglesia Catedral y por los encuentros diocesanos preparados por las diferentes delegaciones diocesanas –de emigrantes, jóvenes, juveniles, catequistas, enfermos, vida consagrada, etc.– que han hecho converger allí a los distintos agentes de pastoral y fieles, uniendo parroquias, colegios y movimientos.

Este curso se ha visto privilegiado además por la presencia de nuestra Madre, la Virgen María, que se ha hecho presente en las parroquias y demás instituciones cristianas a través de la visita itinerante de la Virgen Peregrina de Fátima, que culminó con la espléndida peregrinación diocesana a su santuario. En la ciudad de Cádiz, además, caló hondamente la visita de nuestra Patrona la Virgen del Rosario que en la celebración de conmemoraciones importantes fue recibida en todas las parroquias, donde ayudó sensiblemente a la renovación de la fe con la celebración de su novena y el rezo del rosario por las calles.

Aunque faltan aún meses para aprovechar este movimiento de renovación de nuestra fe, ya se percibe la ilusión con la que se prepara y espera el Via Crucis Diocesano en Cádiz el 7 de julio, con la presencia de apreciadas imágenes de las Cofradías de toda la diócesis, así como la Magna Mariana que tendrá lugar en Ceuta el 16 de junio, recordando, dentro del Jubileo, la llegada a la ciudad de la Virgen del Valle y Nuestra Señora de África. Asimismo se están preparando con esmero y laboriosidad dos exposiciones que, con sentido catequético, hagan patente a los fieles y a toda la sociedad en Cádiz y en Ceuta, la fuerza cultural de la presencia de la fe y de la vida de la Iglesia en nuestra tierra.

Celebrar nuestra fe con gozo y sentido de conversión personal y pastoral no se centra, sin embargo, en nuestros logros ni en nuestra propia experiencia, sino que hace presente a Nuestro Señor Jesucristo que nos ha redimido dando la vida por nosotros, y que, con su resurrección, nos ha hechos hombres nuevos, una asamblea santa, y nos ha abierto las puertas de la Vida. De su costado abierto brota la vida sacramental, de modo que, con la fuerza de su amor eterno, nos transforma y llena nuestra pobre existencia de la vida resucitada. A Cristo el Señor sea el poder y la gloria, la alabanza y el honor por los siglos.

Celebremos, pues la Solemnidad del Corpus Christi en toda la diócesis, como el momento supremo de manifestación publica de nuestra fe. Que la preparación intensa y dedicada de la fiesta, así como la celebración eucarística de esta solemnidad y, de modo especial, la procesión por las calles, llene de gozo nuestros corazones y haga patente al mundo la fuerza de nuestro amor al Señor.

»» Pido a todos los sacerdotes, especialmente a los Vicarios episcopales, a los arciprestes y a los párrocos, un esfuerzo mayor que otras veces para disponer los actos necesarios de esta solemne celebración y que todos los fieles – laicos, consagrados y religiosos, asociaciones, movimientos, cofradías, instituciones benéficas, etc. – puedan sumarse activamente a esta manifestación de fe Jubilar.

»» Conviene disponer con anterioridad como preparación días de adoración eucarística en las parroquias, conventos, oratorios y colegios. Es también oportuno ofrecer algunas meditaciones o charlas que ayuden a profundizar el misterio que celebramos, así como cualquier otro acto cultural – literario o musical – que disponga los corazones y motive la fiesta.

»» La procesión del Corpus es esperada siempre por el pueblo fiel: es necesario, una vez determinado el horario de cada ciudad, facilitar la participación en la procesión disponiendo los horarios de las misas, de modo que prevalezca aquello que facilite hacerse presente en ella, disponiendo, si fuera necesario, de otros horarios de misas para que, participando en la procesión, sea fácil participar también en diferentes horas en la Santa Misa.

»» Espero que todas las Hermandades y Cofradías sin excepción estén presentes y se esmeren en la preparación y desarrollo de estos actos – como suelen hacer ya –, facilitando con su trabajo generoso la participación en esta significativa manifestación de fe popular.

»» Hago una llamada a todos los niños que han recibido este año la Primera Comunión a acompañar a Jesús Sacramentado mostrando agradecidos su fe y afecto al Señor en la eucaristía. Asimismo pido a los numerosos jóvenes y adultos que han recibido la Confirmación – especialmente durante este curso – que participen también, como una acción de gracias por el sacramento recibido y un signo de su compromiso público, haciendo público su propósito de perseverar unidos a Cristo a la eucaristía.

»» Es mi deseo también que las asociaciones de fieles y los religiosos dispongan altares en el recorrido de la procesión mostrando con sencillez su fervor y deseo de alabar al Señor. Hago una llamada especial a los colegios religiosos para que no falte su presencia, así como la de sus alumnos y asociaciones de padres o comunidad educativa.

»» Después de la Solemnidad. Es una costumbre extendida en no pocos lugares celebrar el popularmente llamado “el Corpus chiquito”, que suele tener lugar en la octava en el recinto
parroquial, con una breve procesión claustral después de la misa. Animo a sacerdotes y fieles a llevarlo a cabo este año, en la medida de lo posible, como una prolongación gustosa de la anterior manifestación eucarística y como una nueva acción de gracias a Dios en este Año Jubilar.

Día de la Caridad

Como propuse en mi Carta Pastoral al inicio del jubileo diocesano, “el afecto extraordinario del Señor para con nosotros ha de expresarse, por tanto, en signos de la caridad que nos confirma en la fe y nos hace un signo de esperanza. (…) La caridad, por tanto, sigue siendo una propuesta actual que nos permite mostrar la profundidad del amor y el valor de la fe en este momento histórico en el que es difícil para las personas reconocerse y encontrar un camino hacia el futuro. La acogida de Dios engendra la acogida del otro en todas sus dimensiones, expresiones y exigencias, y, así la Iglesia puede ser faro para una humanidad renovada y contribuir a la llegada de la “civilización del amor”. La caridad debe marcar nuestro jubileo para socorrer a los menesterosos y hacer caritativos nuestros corazones”.

Tengo la satisfacción de ver hecho realidad, como fruto de nuestro jubileo, la apertura del Centro de Acogida Madre Teresa para transeúntes en San Fernando. Ahora tenemos la oportunidad de colaborar con la Agencia de Colocación, un servicio de nuestra Cáritas Diocesana, con el objetivo de mediar entre las empresas y los particulares castigados por el problema del paro para encontrar empleo. Un paso más en la fiesta del Corpus, día señalado para la comunicación cristiana de bienes en favor de los necesitados, y mostrar con la cuestación económica de Cáritas Diocesana un signo de caridad en consonancia con nuestro amor al Señor expresado en la eucaristía.

Celebremos, pues, el Corpus con toda intensidad, devoción y participación generosa. La Iglesia, que somos nosotros en Cristo, debe renacer en las almas día tras día, arraigados en el Señor. En este Año Santo es decisivo volver al Cenáculo, lugar eucarístico por excelencia, para fortalecer nuestra fe y salir al encuentro del mundo cantando las maravillas que Dios ha hecho en nosotros y dando testimonio de Cristo Resucitado. En la Solemnidad del Corpus Christi tenemos una inmejorable oportunidad de hacerlo. Cuento con vosotros. Que se afiance en todos nosotros la relación con Dios y con el prójimo fortaleciendo nuestro testimonio y compromiso como Pueblo de Dios unido, familia de los hijos de Dios y Cuerpo de Cristo presente en el mundo. En el encontramos la fuerza de la comunión que vigoriza la unidad. ¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar!

+Rafael
Obispo de Cádiz y Ceuta