Cádiz y Ceuta Oficina de Información de los Obispos del Sur de España http://odisur.es Thu, 18 Jan 2018 23:35:28 +0000 Joomla! 1.5 - Open Source Content Management es-es Mensaje de Felicitación de Pascua de 2016 http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/31888-mensaje-de-felicitación-de-pascua-de-2016.html http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/31888-mensaje-de-felicitación-de-pascua-de-2016.html

Mensaje del Obispo de Cádiz y Ceuta, Mons. Rafael Zornoza Boy, con motivo de la Pascua.

Mensaje de Felicitación de Pascua de 2016

Queridos fieles cristianos de la Diócesis de Cádiz y Ceuta,

Queridos sacerdotes, diáconos, religiosos y consagrados,

Queridos laicos de las asociaciones, movimientos y cofradías,

Queridos amigos ¡Feliz Pascua!

La alegría del Resucitado, nuestro Evangelio

Me dirijo a vosotros con gran alegría para desearos la felicidad de Cristo Resucitado cuando aún resuenan los aleluyas de la resurrección que anuncian esta gran fiesta que es el Domingo de la Resurrección del Señor, cuya celebración se prolonga cincuenta días hasta Pentecostés, y que nos invita a vivir la originalidad radical del cristianismo, a experimentar hasta que punto "los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá", como dice San Pablo (Rm 8,18). Esta es la razón por la que Cristo y su Evangelio son una "Buena Noticia" que nos alegra, pues nos cambia la vida, y nos hace mensajeros de una alegría que el mundo no puede experimentar. Toda la Pascua es como un solo día, como una gran luz que nos anuncia que Jesucristo, venido del cielo al universo de los hombres, ha entrado en las tinieblas de este mundo y las tinieblas se volvieron luz. El nos dice: "He resucitado y ahora estoy siempre contigo", "mi mano te sostiene". Su resurrección es un hecho único en la historia y, al tiempo, un misterio de fe; es un misterio de vida y gozo para quienes en el bautismo han muerto y resucitado con El.

Esta es nuestra fe, la fe de la Iglesia

La Iglesia exulta en toda la tierra y proclama un Aleluya sonoro que abarca el orbe entero. Es la expresión del gozo desbordante que nace de la fe, del encuentro vivo con el resucitado, de la experiencia de haberle encontrado vivo y activo. Confesemos nuestra fe con las palabras del Símbolo niceno-constantinopolitano: "Resucitó al tercer día, según las Escrituras"; o, con las palabras del Símbolo de los Apóstoles: "Al tercer día resucitó de entre los muertos".

La resurrección, aun siendo un evento determinable en el espacio y en el tiempo, transciende y supera la historia. La certeza de la resurrección de Jesús ha hecho de nosotros hombres nuevos, como sucedió con los apóstoles y con las santas mujeres. No sólo se afianzó en ellos la fe en Cristo, sino que se transformaron sus vidas y quedaron preparados para dar testimonio de la verdad sobre su resurrección y sobre nuestra redención. También nosotros nos alegramos y gozamos con la Gloria y el gozo de Cristo Nuestro Señor resucitado y triunfante.

La fe cristiana y la predicación de la Iglesia tienen su fundamento en la resurrección de Cristo, que es la confirmación definitiva y la plenitud de la revelación, y al mismo tiempo es la fuente del poder del evangelio que nos salva y de la Iglesia. Ella nos aporta la presencia confortadora de Cristo glorioso, el gozo de la gracia, la esperanza y la posesión ya incoada en nosotros de la vida eterna. Se trata de una alegría más sólida que sensible y fruitiva, como lo es la paz que ofrece Jesús: "Mi paz... no es una paz como la que da el mundo" (Jn 14, 27). Algo tan sublime debemos implorarlo como verdadero don.

Vivamos la vida nueva

Jesucristo, por su muerte, nos ha liberado del pecado y nos abre el acceso a la vida nueva, pues se ha revelado como "Hijo de Dios con poder, según el espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos" (Rom 1, 4), y transmite a los hombres esta santidad porque "fue entregado por nuestros pecados y fue resucitado para nuestra justificación" (Rom 4, 25). Busquemos por todos los medios esta nueva vida que brota del bautismo, y, como resucitados con Cristo, anhelemos "los bienes de arriba".

Pidamos al Resucitado que crezca nuestra fraternidad

La participación en esta vida nueva hace también que los hombres sean "hermanos" de Cristo, como el mismo Jesús llama a sus discípulos después de la resurrección: "Id a anunciar a mis hermanos..." (Mt 28, 10; Jn 20, 17). Hermanos no por naturaleza sino por don de gracia, pues esa filiación adoptiva nos da una verdadera y real participación en la vida del Hijo unigénito, tal como se reveló plenamente en su resurrección. Que esta fraternidad sea nuestro distintivo y que brille, ante nuestro mundo fragmentado y desunido, la presencia viva del resucitado que nos hermana en la comunidad de discípulos. Que la unidad sea el reflejo de esta nueva vida con el resucitado que anhela el corazón, y que se expresa mejor en la caridad fraterna y en la comunicación cristiana de bienes.

Reavivemos nuestra esperanza

La resurrección del Señor es el fundamento, el manantial y la certeza de nuestra futura resurrección. "Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en nosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros" (Rom 8, 11). Es un proceso misterioso de revitalización que alcanzará también a los cuerpos en el momento de la resurrección por el poder de ese mismo Espíritu Santo que obró la resurrección de Cristo. Que la esperanza sobrenatural sea el distintivo de nuestro ejemplo, y que la paz para afrontar las dificultades sea el consuelo para los tristes, enfermos, ancianos y cuantos viven en soledad o han perdido el sentido de la vida.

Vivamos la gracia de ser hijos de Dios

En espera de esa transcendente plenitud final, Cristo resucitado vive en los corazones de sus discípulos y seguidores como fuente de santificación por el Espíritu Santo, fuente de la vida divina y de la filiación, fuente de la futura resurrección. Esa certeza le hace decir a San Pablo en la Carta a los Gálatas: "Con Cristo estoy crucificado; y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí. La vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gal 2, 20). Como el Apóstol, también cada cristiano, aunque vive todavía en la carne (Cfr. Rom 7, 5), vive una vida ya espiritualizada con la fe (Cfr. 2 Cor 10, 3), porque el Cristo vivo, el Cristo resucitado se ha convertido en el sujeto de todas sus acciones: Cristo vive en mí (Cfr. Rom 8, 2. 10)11;. Flp 1, 21; Col 3, 3). He aquí la vida en el Espíritu Santo que hemos de desear y pedir para ser en todo profundamente cristianos.

El Señor nos fortalece en las pruebas

La certeza que sostiene al Apóstol, debe sostener a cada cristiano en los trabajos y los sufrimientos de esta vida, tal como aconsejaba Pablo al discípulo Timoteo: "Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, descendiente de David, según mi Evangelio... Por eso todo lo soporto por los elegidos, para que también ellos alcancen la salvación que está en Cristo Jesús con la gloria eterna. Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con El, también viviremos con El; si nos mantenemos firmes, también reinaremos con El; si le negamos, también El nos negará; si somos fieles, El permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo..." (2 Tim 2, 8-13).

La presencia de Cristo Vivo debe vivificar completamente nuestra vida, nuestro trabajo, la vida familiar y nuestro empeño por construir una sociedad más justa y fraterna. Esta certeza se convierte en seguridad y fuente de sentido ante la enfermedad, el dolor y el sufrimiento. Esta certeza, por fin, es acicate en la vida moral y en el esfuerzo por ser mejores, con el estilo de quien ha resucitado con Cristo y aspira a vivir una vida nueva (Col 6,1-2).

Los Sacramentos de Cristo

¡Nosotros podemos tocar a Cristo hoy, aquí y ahora! Cada sacramento es, sobre todo, un encuentro personal con Dios. Cuantas veces hemos deseando verle, plantearle nuestras dudas, tenerle cara a cara, tan cerca que incluso podamos tocarle. De hecho, muchas veces hemos envidiado a aquellos que estuvieron al lado de Jesús: los apóstoles, la samaritana, el centurión, todos los que fueron curados por Él, etc. Pues bien, este deseo profundo se hace posible hoy a través de los sacramentos y, de modo especialmente intenso, en la Eucaristía.

Gracias a los sacramentos hoy puedo nacer de nuevo, como Nicodemo; recibir el perdón total y absoluto de todos mis pecados, como María Magdalena; exultar con el gozo del Espíritu derramado en Pentecostés; sanar de mis enfermedades y complejos, como el ciego de nacimiento; y, finalmente, reposar mi cabeza en Cristo, como San Juan, para permanecer con Él al pie de la Cruz y ofrecer mi vida, con la suya, por la salvación de los hombres. En los distintos gestos y oraciones de cada sacramento por la acción del Espíritu Santo, se hace realmente presente Cristo. Cuando decimos que Cristo ha resucitado no lo decimos de manera metafórica sino que afirmamos algo que ya escandalizó a judíos y romanos hace más de veinte siglos, y que el mismo San Pablo defendió con su vida: Cristo está vivo, es una persona viva, con la que puedo relacionarme. En los sacramentos puedo tocarle y, lo más sorprendente aún, Él mismo puede tocarme a mí y transformar mi vida por completo. En los sacramentos Cristo resucitado se me entrega para darme esa vida verdaderamente nueva. Que la nueva vida que brotó del costado abierto de Cristo en la cruz nos haga experimentar su presencia continua que nunca nos abandona.

La misericordia del Señor llena la tierra

Deseo vivamente que estas semanas de Pascua nos lleven a los más necesitados para que conozcan el amor generoso del Señor que sale a su encuentro. Jesús ha entregado su vida y vuelve resucitado para cuantos buscan a Dios sin encontrarle, como sucedió a María Magdalena, y les toma en serio abriendo los ojos de sus corazones. También para los pesimistas derrotados, como los discípulos de Emaús, que pueden sentirse comprendidos y llegar a ser apóstoles. Sigue acercándose para los dominados por el miedo, tan humano, que hoy padecen tantos perseguidos, prófugos, refugiados, y abandonados de los demás. No rechaza a los incrédulos, como Tomás, que buscan razones para salir del absurdo de sus razonamientos o desvalimiento. El intercede por nosotros y sigue buscando a todos los heridos por el pecado, el odio, la miseria o el rechazo de la sociedad. Mira con infinita compasión a cuantos sufren las injusticias y desigualdades, a los marginados y excluidos de la sociedad, a los que viven en las periferias existenciales, que a veces están muy cerca de nosotros. Que con nuestra solicitud pastoral y caritativa y anunciando a todos los necesitados la resurrección del Señor puedan encontrar su presencia y el cálido abrazo de misericordia.

Seamos sus testigos, discípulos misioneros

Hemos vivido, a través de la celebración litúrgica del Triduo Santo, junto a María, nuestra participación en el Misterio Pascual donde hemos puesto los dolores y alegrías de nuestra vida, las de la Iglesia y del mundo, y hemos renovado nuestros compromisos bautismales, para compartir la victoria de Cristo Resucitado en la Eucaristía. Anunciemos ahora la Buena Noticia que ha de resonar durante toda la cincuentena pascual como un himno de victoria: ¡Cristo ha resucitado¡ La muerte y el mal no tienen la última palabra, sino la Verdad y el Bien, Dios mismo. Ahora el Señor nos envía sin fijarse en nuestros defectos: "Como mi Padre me envió, así os envío yo" (Jn 20,21). Alegrémonos de compartir con El esta misión.

Que el Señor os conceda vivir este tiempo de alegría y de fiesta con el corazón lleno de esperanza y así seamos ante cuantos nos conocen, testigos de Cristo resucitado.

+ Rafael, Obispo de Cádiz y Ceuta

Pascua de 2016

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Cádiz y Ceuta Tue, 29 Mar 2016 11:06:05 +0000
El nombre de Dios es Misericordia http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/30872-el-nombre-de-dios-es-misericordia.html http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/30872-el-nombre-de-dios-es-misericordia.html

Tercera catequesis de la Misericordia de Mons. D. Rafael Zornoza Boy, Obispo de Cádiz y Ceuta.

"El Papa quiere hacernos entrar, casi cogiéndonos de la mano, en el gran y confortante misterio de la misericordia de Dios en el libro que ha publicado. Un misterio lejano a los cálculos humanos y sin embargo necesario y esperado por nosotros, peregrinos en este tiempo de desafíos y pruebas. «La misericordia existe», dice el Papa tras ser cuestionado sobre la relación entre misericordia y doctrina. La misericordia, añade Francisco, es «el carné de identidad de nuestro Dios» (Cf. Card. Parolin en la presentación del libro).

El libro del Papa es un libro que abre las puertas, que las quiere mantener abiertas, y pretende mostrar las posibilidades, que desea ser un relámpago de la infinita misericordia de Dios, sin la cual el mundo no existiría, cuya intención no es descender a casos singulares, sino más bien ampliar la mirada, introducir en el corazón de todos el deseo de experimentar en nuestra vida el don divino, lejano a nuestra lógica humana, pero necesario para sostenernos, alentarnos, animarnos y volver a comenzar siempre. Por tanto presenta el rostro del Dios de la misericordia, el padre que toca los corazones y que busca incansablemente alcanzarnos para donarnos su amor y su perdón. Busca toda rendija, toda fisura en nuestro corazón para alcanzarnos con su gracia.

A Dios le basta una mínima rendija y, si falta la fuerza para dar el paso hacia él, basta el deseo de darlo, porque la acción de la Gracia puede tomar la iniciativa. Esta humanidad necesitada de misericordia, esclava y enferma de tantas maneras sabe que lo necesita y encontrarla le da nueva vida. Pues bien, nosotros conocemos bien la misericordia.

La ley del amor es el "mandamiento nuevo" de Jesús: "Os doy un mandato nuevo, que os améis como yo os he amado" (Jn 13, 31-34). Nadie entre nosotros lo duda. Estas palabras pronunciadas en la Ultima Cena y después que Jesús lavara los pies a los apóstoles dejan pequeños todos los preceptos anteriores que, aunque invitasen a amar a los hermanos (Lv 19,18) o a los necesitados –extranjeros, viudas, huérfanos, etc (Deut 10, 19)-- dejaban afuera a otros no considerados como prójimo (cf. Mt 5, 43) por no ser de la misma raza o grupo. Aunque los profetas insistieron continuamente en el amor --pensemos en Isaías, Amos, Oseas...-- nadie había dicho que hasta los enemigos habían de ser amados (Lc 6, 27.35), lo cual pone a Jesús y su Evangelio a un nivel moral por encima de todas las filosofías y religiones. ¿Por qué motivo he de amar así? Porque todo hombre es infinitamente amado por Dios, buscado por Él para ser su hijo.

Si, Cristo rompe todos los moldes: "como yo os he amado" muestra la novedad de este amor, sus proporciones, sus consecuencias. Jesús "nos amó hasta el extremo" (Jn 13,1), a tope, hasta el máximo. Este amor no es un sentimiento fugaz, un afecto inconsistente o sin consecuencias: es creativo, es afectivo y efectivo, es de complacencia y de benevolencia porque demuestra la calidad del corazón desbordante de un Dios buenísimo, y la fuerza del creador que "hace salir el sol para buenos y malos" (Mt 5,45) y que quisiera –respetando nuestra libertad— que llegásemos a ser uno con Él", en perfecta comunión, y que envía a su Hijo al mundo para dar la vida amándonos y conseguir la más alta comunión de vida.

No comprenderíamos casi nada si redujésemos o simplificásemos este amor en un simple sentimiento. Se trata de algo con grandes consecuencias y comprometedor y, por eso, exigente. San Pablo propone la caridad como fruto del Espíritu Santo (Gal 5,22). Dice que es el mejor de los carismas (1 Cor 12,31), el mayor regalo de Dios; y en su Carta a los Corintios nos deja un cántico que es la página más elocuente. San Juan dice, además, que tener caridad es vivir en la luz, pasar de la muerte a la vida, es un signo de Dios (1Jn 2,10; 3,14; 4,20).

Fijémonos ahora solamente en un aspecto: cómo afecta este amor a la vida diaria. Hay que pensar que mucho, pues el amor era el distintivo de la primera comunidad cristiana (cf. Hch 2, 44s). Cuantos conocían a aquellos cristianos decían con admiración y envidia: "¡Mirad cómo se aman!". ¿Nos imaginamos su entrega, su servicialidad, su capacidad de acoger a todos, de disculpar sus defectos, de corregirse con humildad, de ayudarse en todo, también en ser fieles a Cristo y su enseñanza? Amar es darse, es valorar al otro, es compartir, confiar, fiarse, dejarse querer, escucharse, buscar siempre su bien, defenderse mutuamente, compartir con buen humor, alegrar la vida a los demás...

Es un ideal muy alto, sin duda, que nunca podremos poseer por completo, pero que, si el nos posee a nosotros, si llena nuestro corazón, nos elevará hasta límites insospechados. Por eso necesitamos sentirnos amados por Dios, que es Amor, y arrastrados por Él imitando a Cristo, nuestro modelo de caridad. Amar como Jesús, y a los demás como a Jesús, es más que como a ti mismo, y esto es fruto de la gracia sobrenatural que nos da Dios en el Bautismo, en la Eucaristía, en el Perdón.

Un buen cristiano se inventó los "estatutos de la amabilidad" y los tenía enmarcados en su cuarto para repasarlos a diario. Forman una especie de código de la felicidad sencillo, de andar por casa, pero sincero y realista. Escribió así:

• Sonreir siempre a las personas con las que convives

• Ofrecerte siempre para ayudar

• Evitar o suavizar las penas a los demás

• Contener todo gesto de impaciencia o mal humor

• Cuidar especialmente a las personas difíciles

• Mandar siempre con benevolencia

• Ser comprensivo con los defectos y miserias del prójimo

• Excusar y defender a los que han fallado

• Corregir con delicadeza y sintiendo dolor por ello

• Ser respetuoso y cortés sin ser empalagoso

• Hablar siempre bien de los demás o mejor callar

No esta mal ¿verdad? Pues aunque viviésemos esto perfectamente no terminaríamos de saldar la deuda de amor que tenemos con Dios, pues sin su compasión por nosotros, sin su misericordia, ni existiríamos. Pero, al menos, le permitiríamos entrar en la vida del mundo y hacerlo más justo y amable, más feliz. Lo decía el Papa al convocar este año jubilar: "Hay momentos en los que de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener la mirada fija en la misericordia para poder ser también nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre. Por esto he anunciado un Jubileo Extraordinario de la Misericordia como tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes" (Misericordiae Vultus, n.3).

Si lo intentamos al menos al fin de nuestra vida podrá reconocernos Dios como hijos semejantes a Él, pues, como dice San Juan de la Cruz, "al caer de la tarde seremos examinados sobre el amor". Es lo que quedará entonces, lo único consistente que podremos llevarnos a la otra vida, el verdadero tesoro, la mejor inversión. Por eso dice San Agustín: "El amor es mi peso". Si no tengo caridad no soy nada (1 Cor 13,2). Es cierto, como titula el Papa su libro, que "El nombre de Dios es misericordia", pero también el nuestro debería serlo.

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Cádiz y Ceuta Wed, 27 Jan 2016 11:12:01 +0000
Misericordia es dar la vida http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/30651-misericordia-es-dar-la-vida.html http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/30651-misericordia-es-dar-la-vida.html

Segunda Catequesis de la Misericordia de Mons. D. Rafael Zornoza Boy, Obispo de Cádiz y Ceuta.

"Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por los amigos" (Jn 15,13). Así lo hizo Jesús muriendo por nosotros, así descubrimos su mayor misericordia.

Quien se sabe amado y quiere corresponder a quien ama, le entrega su vida. "Obras son amores y no buenas razones", dice el refrán. ¿Hasta donde? ¿Cómo? La medida del amor es amar sin medida. La amistad es gratuidad, amor que no pide nada a cambio, amor total.

El amor infinito de Dios cuando entra en el mundo deja su rastro que es una entrega sin limite. "Jesús vivió su pasión y muerte, consciente del gran misterio del amor de Dios que se habría de cumplir en la cruz" (Misericordiae Vultus 7). "Como se puede notar, la misericordia en la Sagrada Escritura es la palabra clave para indicar el actuar de Dios hacia nosotros. Él no se limita a afirmar su amor, sino que lo hace visible y tangible. El amor, después de todo, nunca podrá ser una palabra abstracta. Por su misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano. La misericordia de Dios es su responsabilidad por nosotros" (id. 8). Así se explica que el amor excesivo de Dios provoca en los que le aman el darse sin cálculos, sin previsiones, sin buscar la paga. Este es el amor cristiano. Solamente así se comprende la comunicación cristiana de bienes --como vemos en Cáritas y en tantas asociaciones que favorecen a los pobres--, en ejemplos particulares que resultan ser normales entre nosotros. Más aún, esta es la única explicación de los millares y millares de hombres y mujeres que se consagran a Dios dejando sus posesiones, sus familias y proyectos y se ponen al servicio de los más pobres del mundo; pero también explica la fidelidad de los matrimonios, los que sufren persecución, etc.

Sucede que el cristiano comprende que la entrega del Hijo de Dios por amor es el único culto razonable posible. Jesús ha inaugurado una nueva relación con Dios que deja atrás los sacrificios animales, porque lo que Dios quiere y consigue es la religión del amor, una entrega de corazón y por amor que es culto auténtico, el único valioso ante Dios.

Toda la vida es sagrada. Ha sido santificada porque ha sido sacrificada pues el amor del Señor lo hace todo sagrado (etimológicamente es "sacrum-fácere"), en cuanto que se ha ofrecido en sacrificio. Así también nuestra vida ofrecida en oblación es perfecta donación, es servicio y la mayor misericordia, de inmenso valor para Dios y útil para el prójimo. Así lo demostró el diácono San Esteban, el primer mártir que nos recuerda, inmediatamente después de celebrar el Nacimiento de Jesús, que la vida sin Él no tiene sentido y que se puede perder todo en esta vida menos su vida, pues es vivir para siempre, es gloria eterna para el hombre.

Los mártires son siempre el ejemplo del amor mayor, testigos inacabables de la misericordia infinita de Dios en el mundo. También los niños mártires inocentes masacrados por la primera de las persecuciones contra Jesús nos recuerdan la permanente batalla entre Dios y el maligno, la luz y las tinieblas; que "vino a los suyos y los suyos no le recibieron". Pero la palma del martirio que abre paso a Jesús a su entrada en Jerusalén entre Hosannas es el símbolo de la victoria de la resurrección y del triunfo de cuantos son fieles a Cristo a lo largo de la historia, nuestros mejores hermanos, los auténticos testigos, los amantes más desprendidos, los más misericordiosos.

"Este es el día del Señor, es el tiempo de la misericordia" (Sal 123). Este tiempo es hoy, pues cada día actúa Dios y hoy debemos entregarle la vida. No nos faltan oportunidades para ser sus testigos y mostrar a todos su amor, su infinita misericordia. Dejémonos, pues, empapar por el agua y la sangre vivificante que brota del Corazón de nuestro Redentor, Jesucristo, el Rey de la Gloria en el sacramento del Bautismo y de la Eucaristía. Sí, las compuertas han sido abiertas para todos los hombres, para cada hombre y para el conjunto de la creación. Recuerda que hicimos profesión de fe renunciando al pecado y a las obras del maligno para ser testigos del la verdad y el amor que no pasa, proclamando que vale la pena amar hasta entregar la vida. Somos testigos de la Verdad, que es Amor Infinito. Nuestro tesoro es la misericordia y estamos a su servicio. "Si no tengo amor no soy nada" (. cf1Cor 13).

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Cádiz y Ceuta Wed, 13 Jan 2016 12:35:51 +0000
Misericordia y Navidad http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/30569-misericordia-y-navidad.html http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/30569-misericordia-y-navidad.html Misericordia y Navidad

Primera Catequesis de la Misericordia del Obispo de Cádiz y Ceuta, Mons. D. Rafael Zornoza Boy.

"Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el Sol que nace de lo alto" (Lc 1, 78-79)

¿Quieres saber qué es la misericordia? Pues mira a Jesús. Si nos preguntamos cómo hablar hoy de la misericordia de modo concreto nada hay más realista, concreto, tangible y eficaz que el mismo Jesús, y nada mejor que la Navidad para comprenderlo. La misericordia tiene rostro y nombre, tiene vida y corazón: se llama Jesús y ha nacido en Belén.

Dice San Pablo que con Él "se ha manifestado la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres" (cf. Tito) puesto que quien se ha manifestado es Cristo Jesús, Dios verdadero y Hombre verdadero, que, siendo Dios, "se entregó a si mismo por nosotros". Esto quiere decir que es Él quien nos salva por amor, y que este amor hace posible una nueva vida, y que, si le dejamos, nos introduce en ella, nos modela y nos transforma, cambia nuestro corazón y nuestras obras, y nos hace eternos, pues "el amor es más fuerte que la muerte" (Cant 8,6).

En medio de este mundo en conflicto permanente y sin esperanza se ha cumplido aquella promesa divina que excede nuestras posibilidades. Porque ¿quién puede hacer algo así? Sencillamente sólo "el amor ardiente del Señor Todopoderoso lo realizará", como anunciaba ya Isaías varios siglos antes (Is ). Quien es el mismo Amor viene por amor. Esta es la clave: su amor, su misericordia.

A quien acoge este amor se le llena de esperanza el corazón y se le ilumina la vida. Eso sí, no se recibe sin más, sin entrar antes en el camino por el que entra en nuestro mundo: la sencillez. Esto es fácil, aparentemente, porque todos somos muy pobres y frágiles, pero, precisamente por esto, huimos de la pobreza y nos afianzamos en la arrogancia. El camino de Dios es, sin embargo la simplicidad, pues ha acogido nuestra pobreza. En ella se despliega el esplendor de su vida en nosotros. Quien es simple ("sin-plex" quiere decir en latin "sin doblez"), comprende enseguida. Y el amor, que de suyo es humilde, se entrega pronto.

A la vista de un mundo ingobernable y conflictivo, Dios nos responde con su amor más grande, con su propio Hijo, el Amado en quien se complace. El es la misericordia hecha carne. También para el porvenir de cada uno, que llevamos la muerte en nuestro destino. La Encarnación del Hijo de Dios es la expresión de un cuidado especial con el que Dios cuida a cada hombre, en cuerpo y alma, aquí y por toda la eternidad, y muestra de este modo la importancia que tiene la persona humana pues, fuera de Dios, lo más grande es el ser humano.

Cuando San Bernardo decía que "el beso de Dios al hombre es la Encarnación de su Hijo" (Cf. Homilia 2 sobre el CantC), no solo se refería a su ternura, al cariño de Dios que nos quiere abrazar. Es aún más profundo. Este reencuentro del hombre con el Hijo de Dios acaba con la imagen de un dios mitológico, tapagujeros, refugio-evasión, porque nos ofrece al verdadero Dios que haciéndose hombre nos transforma, diviniza la vida, cambia lo humano en divino, porque no deja de ser Dios. Pero si fuese sólo Dios, sin ser hombre, quedaría inaccesible en su trascendencia, e incomprensible, y nuestra vida igual de pobre y humana. Lo sagrado se quedaría tan sólo en lo esotérico. Sin embargo, la Encarnación lo cambia todo. Decía San León Magno: "Reconoce Cristiano tu dignidad y puesto que has sido hecho de naturaleza divina, no caigas en antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de que cuerpo eres miembro". Es cierto: acoger a Jesús nos hace volver a nacer y compartir nuestra existencia con la de Dios, que nos dinamiza para amar como Él y para hacer siempre el bien.

Su misericordia nos hace divinos, herederos de su gloria, serenos ante la muerte, testigos de un desposorio que abre un diálogo para siempre entre nosotros y Dios, y una comunicación de amor –una comunión—que ya nunca acabará. Este amor, como Dios mismo, es eterno y nos lleva a la eternidad. ¿Puede darse mayor amor?

Los primeros cristianos sabían bien lo que decían cuando recitaban el Cantico de Zacarías, el Benedictus: "Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el Sol que nace de lo alto" (Lc 1, 78-79). Decían que esta visita tuvo lugar con Cristo.

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Cádiz y Ceuta Fri, 08 Jan 2016 10:14:51 +0000
“Muéstranos Señor tu Misericordia” http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/30124-“muéstranos-señor-tu-misericordia”.html http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/30124-“muéstranos-señor-tu-misericordia”.html

Carta Pastoral del Obispo de Cádiz y Ceuta, Mons. Rafael Zornoza Boy, con motivo de la apertura del Año Jubilar de la Misericordia.

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Cádiz y Ceuta Fri, 04 Dec 2015 13:01:03 +0000
Comunicado del Obispo de Cádiz y Ceuta http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/28618-comunicado-del-obispo-de-cádiz-y-ceuta.html http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/28618-comunicado-del-obispo-de-cádiz-y-ceuta.html Comunicado del Obispo de Cádiz y Ceuta

En relación con las declaraciones aparecidas en diferentes medios en referencia a la denegación o aceptación como padrino de bautismo de una persona que se presenta como transexual, tengo el deber pastoral de manifestar pública y definitivamente lo siguiente:

En relación con las declaraciones aparecidas en diferentes medios en referencia a la denegación o aceptación como padrino de bautismo de una persona que se presenta como transexual, tengo el deber pastoral de manifestar pública y definitivamente lo siguiente:

Los padrinos del Sacramento del Bautismo asumen, ante Dios y su Iglesia y en relación con el bautizado, el deber de cooperar con los padres en su formación cristiana, procurando que lleve una vida congruente con la fe bautismal y cumpla fielmente las obligaciones inherentes. En vista de esa responsabilidad, el Catecismo de la Iglesia Católica pide que los padrinos sean "creyentes sólidos, capaces y prestos a ayudar al nuevo bautizado ... en su camino de la vida cristiana"(CEC, n. 1255). Por todo ello, al ser una función eclesial la ley de la Iglesia exige, entre otras condiciones, que sólo sea admitido como padrino o madrina quien tenga capacidad para asumir seriamente estas responsabilidades y lleve un comportamiento congruente con ellas (cf.CIC, can. 874 §1, 3). Si no fuera posible hallar una persona que reúna las cualidades necesarias, el párroco puede conferir el Bautismo sin padrinos, que no son necesarios para celebrar este Sacramento.

Ante la confusión provocada entre algunos fieles al haberme sido atribuidas palabras que no he pronunciado, y por la complejidad y relevancia mediática alcanzada por este asunto, teniendo en cuenta las posibles consecuencias pastorales de cualquier decisión al respecto, he elevado una consulta formal ante la Congregación para la Doctrina de la Fe, cuya respuesta ha sido: "Sobre este particular le comunico la imposibilidad de que se le admita. El mismo comportamiento transexual revela de manera pública una actitud opuesta a la exigencia moral de resolver el propio problema de identidad sexual según la verdad del propio sexo. Por tanto resulta evidente que esta persona no posee el requisito de llevar una vida conforme a la fe y al cargo de padrino (CIC can 874 §3), no pudiendo por tanto ser admitido al cargo ni de madrina ni de padrino. No se ve en ello una discriminación, sino solamente el reconocimiento de una objetiva falta de los requisitos que por su naturaleza son necesarios para asumir la responsabilidad eclesial de ser padrino".

En efecto, el Papa Francisco ha afirmado en varias ocasiones, en continuidad con el Magisterio de la Iglesia, que esta conducta es contraria a la naturaleza del hombre. En su última encíclica acaba de escribir: "La ecología humana implica también algo muy hondo: la necesaria relación de la vida del ser humano con la ley moral escrita en su propia naturaleza, necesaria para poder crear un ambiente más digno. Decía Benedicto XVI que existe una «ecología del hombre» porque «también el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo». En esta línea, cabe reconocer que nuestro propio cuerpo nos sitúa en una relación directa con el ambiente y con los demás seres vivientes. La aceptación del propio cuerpo como don de Dios es necesaria para acoger y aceptar el mundo entero como regalo del Padre y casa común, mientras una lógica de dominio sobre el propio cuerpo se transforma en una lógica a veces sutil de dominio sobre la creación. Aprender a recibir el propio cuerpo, a cuidarlo y a respetar sus significados, es esencial para una verdadera ecología humana. También la valoración del propio cuerpo en su femineidad o masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente. De este modo es posible aceptar gozosamente el don específico del otro o de la otra, obra del Dios creador, y enriquecerse recíprocamente. Por lo tanto, no es sana una actitud que pretenda «cancelar la diferencia sexual porque ya no sabe confrontarse con la misma»" (Laudato si, n.155).

Por estas razones,se ha hecho saber a los interesados que no puede aceptarse su solicitud.

La Iglesia acoge a todas las personas con caridad queriendo ayudar a cada uno en su situación con entrañas de misericordia, pero sin negar la verdad que predica, que a todos propone como un camino de fe para ser libremente acogida.

RAFAEL ZORNOZA BOY

OBISPO DE CÁDIZ Y CEUTA

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Cádiz y Ceuta Tue, 01 Sep 2015 18:33:20 +0000
"Sacerdotes, sed evangelizadores capaces de abrir constantemente nuevos caminos" http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/28138-sacerdotes-sed-evangelizadores-capaces-de-abrir-constantemente-nuevos-caminos.html http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/28138-sacerdotes-sed-evangelizadores-capaces-de-abrir-constantemente-nuevos-caminos.html

Homilía en la ordenación de presbíteros del Obispo de Cádiz, Mons. D. Rafael Zornoza Boy, en la Catedral el sábado 27 de junio de 2015.

Is 61,1-3 / Sal 115 / Heb 5, 1´10 / Lc 10, 1-9

Queridos hermanos todos;

Muy queridos Jesús, Benjamín, Rubén y Alfonso.

Queridos Vicarios episcopales, Sr. Deán, Arciprestes, sacerdotes, diáconos y seminaristas. Muy querido Sr. Rector y formadores del seminario:

Estos hermanos nuestros han sido llamados al orden del presbiterado. Demos gracias al Señor que bendice a nuestra diócesis con este regalo.

Jesús es el único sumo sacerdote del Nuevo Testamento, por el que todo el pueblo santo de Dios ha sido constituido pueblo sacerdotal. Pero "nadie puede arrogarse este honor, pues Dios es quien llama" ---como dice la Carta a los Hebreos (5,8)--. El Señor Jesús quiso escoger a algunos en particular, para que, ejercitando públicamente en la Iglesia el oficio sacerdotal en su nombre y a favor de todos los hombres, continúen su misión personal de maestro, sacerdote y pastor.

Amigos ordenandos: Vais a ser consagrados como verdaderos sacerdotes de Jesucristo, y con este título, quedáis unidos en el sacerdocio a vuestro obispo, para cooperar con el como predicadores del Evangelio, pastores del pueblo de Dios, y presidir los actos de culto, especialmente la celebración del sacrificio del Señor. Es necesario, por tanto, por encima de todo, servir a Cristo, nuestro maestro, sacerdote y pastor, para cooperar en la edificación del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, pueblo de Dios y templo santo del Espíritu.

Vais a participar de la misión de Cristo Profeta, único Maestro, ejercitando el ministerio de enseñar sagrada doctrina. Dispensad a todos esa palabra, que vosotros mismos habéis recibido con alegría desde niños. Leed y meditad asiduamente la palabra del Señor para creer lo que habéis leído, para enseñar lo que habéis aprendido en la fe y vivir lo que habéis enseñado. La homilía y la catequesis tienen que marcar vuestra vida de modo que se unan en vosotros la palabra y la vida de modo coherente, es decir, con santidad virtuosa, con criterio y vida sobrenatural, sin mundanidad. El Papa nos exhorta vivamente a predicar bien, pero eso es algo más que un ejercicio de retórica y de técnicas de comunicación. Este ministerio profético nos exige una honda experiencia de la acción del Espíritu y una vida convencida y capaz de convencer con el testimonio antes que con el discurso.

Recordad siempre que no sois dueños de la doctrina. Se trata de la palabra de Jesús, y debéis ser fieles a la enseñanza del Señor, que es vida. Pero esto quiere decir también que para instruir hay que entrar en diálogo con las personas para llegar a convencerles con la verdad de Dios. ¿Qué espera entonces de vosotros el Maestro? Sencillamente que seáis evangelizadores que no huyen de los problemas ni rehúyen a las personas, no de los que se duermen pensando que "cumplen" ya su "oficio" por predicar o dar catequesis, sino que seáis capaces de abrir constantemente nuevos caminos saliendo al encuentro de las personas iluminándolas con la fe. De vuestra iluminación debe nacer una conversación con el Señor, abierto a un trato de amor.

Continuad la obra santificadora de Cristo. A través de vuestro ministerio el sacrificio espiritual de los fieles se hace perfecto porque se une al sacrificio de Cristo, que por vuestras manos y en nombre de toda la Iglesia es ofrecido de modo incruento sobre el altar en la celebración de los santos misterios. Es algo inmenso introducir a los hombres por el Bautismo en la vida de Dios y restablecerla por la Penitencia, y aliviar a los enfermos y a los ancianos por el oleo de la Santa Unción. Pero la mayor fuerza está en la Eucaristía, la que celebraréis hoy por primera vez conmigo después de ser ordenados. El sacrificio de Cristo, su muerte y resurrección, celebrado cada día, os permitirá vencer dentro de vosotros el mal y que todos los fieles se ofrezcan a si mismos como culto vivo al Señor.

Sed expertos en comunión. La Misa nos invita directamente a comulgar, y la comunión es el bien más preciado de la fe, y, por esto precisamente, el más atacado y vulnerado. Sed ministros de unidad haciendo de la Iglesia una familia unida por la fraternidad, con profunda experiencia de misericordia y perdón. Sed padres de familia, hermanos de todos, capaces de vivir en el amor y fomentar a toda costa la unidad. Sin ella no somos creíbles para el mundo. Es imprescindible valorar todos los carismas y buscar a todas horas una sincera sinergia entre todos, donde se perciba la presencia eficaz del Espíritu Santo que nos une en su amor. No tengáis más anhelo que éste: que la Iglesia sea casa y escuela de comunión (cf. NMI Juan Pablo II). Cuando lo palpéis recogeréis el fruto del testimonio y del gozo de ser de Cristo. También en la reciente Encíclica Laudato si el Papa nos llama a hacer del mundo entero una familia unida que vive en el mundo entendido como una casa común. El cuidado de la creación está reclamando vivir en comunión con gratitud y amor, como hijos, no como dueños. En el fondo nos invita de nuevo a una gran revolución que no llegará si no aprendemos a vivir en la relación fraterna de discípulos del Señor, que es lo propio nuestro, lo cristiano.

Debéis practicar la mística de la comunión. ¿Cómo explicarla? Se comprende sencillamente cuando entendemos que la Esposa-Iglesia está referida al Esposo, que es Cristo. Así, el sacerdote está referido a Cristo que le llama, que le impulsa, y a nadie más. Su referencia a la Iglesia se da a través del Obispo y sus colaboradores, de modo que aprende a ser co-presbítero. En el polo opuesto está la autorreferencialidad, los celos, críticas, rivalidades y toda esa negatividad fruto de la desesperanza y de la falta de fe, propias de quien vive la Iglesia como algo puramente humano, manipulable, y con esquemas de poder. Por tanto decid un fuerte "no" al individualismo y a la autoreferencialidad, es decir, a pensar el sacerdocio como algo propio vuestro, centrados en vosotros mismos, en intereses particulares o caprichos, mirando tan sólo los intereses, los gustos o los derechos. Esto impide vivir la libertad de quien está expropiado, de dejarse llevarse por el Señor, y conduce a apropiarse de la pastoral, y es un freno a la evangelización, como sucede cuando huimos de lo diocesano o nos dejamos llevar del pasotismo.

Os aseguro que esta experiencia de comunión, sin embargo, hace crecer las vocaciones, las sacerdotales y a la vida consagrada, y todos los carismas, que florecen cuando la Iglesia respira el aire puro de la caridad. Por esto cuidad el acompañamiento de quienes os confía el Señor. Cada uno merece vuestro consuelo y compañía para fortificarse como discípulo de Jesús y llegar a ser apóstol, fecundo en su fe, y así encontrar su camino de santidad.

Id a las periferias, salid de vosotros mismos Si el Espíritu nos envía "a consolar a los afligidos, a cambiar su abatimiento en cánticos..." (cf Is 61,2), uno no puede replegarse en la propia comunidad o entre sus amigos. La cercanía a los pobres y necesitados nos exige salir de nosotros mismos y acercarnos con creatividad en la vida de oración, en la catequesis, en el Primer Anuncio, etc. No os refugiéis en esas respuestas consabidas que parecen decirlo todo, pero que no responden a las cuestiones que inquietan a la gente. Salid de las rutinas como auténticos apóstoles, pues os esperan las familias, los jóvenes, los pobres y los ricos, los tristes y los vacíos, y reclaman una respuesta en su idioma, lo que les pueda saciar, la novedad de Cristo.

¿Qué os pide Dios hoy? Escuchábamos antes que Cristo, "a pesar de ser Hijo, aprendió sufriendo a obedecer" (Heb 5, 9). Esto significa que debéis verificar cada día en conciencia qué espera hoy Dios de mi, preguntaros qué espera el mundo, mi parroquia, cuantos me rodean, los alejados, para responder con docilidad y actualidad a la llamada del Señor. Porque cada día hemos de escuchar que "el Espíritu del Señor está sobre mi, porque el Señor me ha ungido" (Is 1,3) "para proclamar un año de gracia", y "consolar a los afligidos", ¡para así poder oír el grito de los pobres! No permitáis que la luminosa caridad de Cristo se diluya en un rutinario servicio asistencial. Dejad que os impulse el amor irrefrenable del Señor, un corazón de Buen Pastor.

Hemos recibido un don exigente. Jamás os canséis de ser misericordiosos. ¡Por favor! Tened esa capacidad de perdón que tuvo el Señor, que no vino a condenar sino a perdonar. Tened misericordia, ¡mucha misericordia! Al fin de la vida os preguntará Nuestro Señor ¿qué hiciste con mi misericordia? ¿Qué pasó con tu talento? ¿Lo enterraste? ¿Te dio miedo y lo escondiste? El regalo de la vocación es para llenar el mundo del amor de Dios. Es para corresponderle como hizo San Juan de Ávila o el Cura de Ars, y no menos. "¿Cómo le pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?", preguntaba el Salmo 115. La respuesta es invocar su nombre y alabarle haciendo de la vida una entrega, un sacrificio que le glorifique, "cumpliendo mis votos en presencia de todo el pueblo". En efecto: con vuestra entrega sin reservas al Señor y a la misión que os confía, con vuestra consagración expresada en los consejos evangélicos, a los que se refiere el Señor en el evangelio escuchado, que pide a sus discípulos desprendimiento, docilidad, abnegación, confianza en la providencia.

Imitad lo que celebráis, para que participando en el misterio de la muerte y resurrección del Señor, llevéis la muerte de Cristo en vuestros miembros y caminéis con Él en una vida nueva. Ya que habéis sido elegidos entre los hombres y constituidos en su favor para atender a las cosas de Dios, ejerced con alegría y caridad sincera la obra de Cristo buscando únicamente agradar a Dios y no a vosotros mismos.

"La mies es mucha y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies" (Lc 10,2). Posiblemente si vais a ser curas es gracias a la oración de todo este pueblo aquí reunido. Hermanos todos: seguid pidiendo insistentemente al Señor por las vocaciones y la santidad de sus sacerdotes, que tanto necesitamos. El sacerdocio es un regalo precioso de Dios que ofrece a quienes le aman de verdad y son capaces de dejarlo todo para servirle como amigos íntimos suyos hasta compartir con el su misión. Aquí estáis muchos jóvenes amigos de los ordenandos, de sus parroquias. Se que muchos jóvenes pensáis alguna vez si os está llamando Cristo. No dejéis pasar su llamada. "¡Poneos en camino!", dice Jesús, para llevar su paz. Queridos jóvenes: El mundo necesita el amor de Dios, su perdón y su salvación, y no lo encontrará sin curas que por El lo dejen todo. Pero sabed, eso sí, que Jesús mismo nos recompensa y nos da la felicidad, el ciento por uno aquí y por toda la eternidad. No temáis emprender la mejor aventura. Los necesitados os esperan. Id, pues, y decidles en su nombre: "Está con vosotros el Reino de Dios" (Lc 10,9).

Queridos Jesús, Benjamín, Rubén y Alfonso: Invocad a todas horas a la Virgen María, Madre de la Misericordia, Madre de los sacerdotes, y vivid con ella siempre la alegría de ser de Cristo, de actuar en la persona de Cristo, de regalar continuamente a Cristo, buscando y defendiendo solamente los intereses de Cristo. El Señor os hará muy felices y, como el Buen Pastor, llevaréis a los demás el gozo del Evangelio.

Señor: Concede a estos que has elegido perseverar haciendo tu voluntad para que, buscando solo tu gloria, llegue por ellos a tu pueblo tu perdón tu misericordia, tu consuelo y tu verdad. AMEN.

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Cádiz y Ceuta Tue, 30 Jun 2015 10:28:52 +0000
La Pascua, fiesta de la esperanza http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/26918-la-pascua-fiesta-de-la-esperanza.html http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/26918-la-pascua-fiesta-de-la-esperanza.html

Mensaje de Pascua 2015, de Mons. Rafael Zornoza Boy, Obispo de Cádiz y Ceuta.

A todos los sacerdotes, religiosos, consagrados y fieles de la diócesis.

Queridos hermanos:

Acabamos de celebrar con toda solemnidad la Resurrección del Señor. Después de la intensa Vigilia Pascual y del Domingo de Resurrección toda la Iglesia se reúne durante este largo tiempo de Pascua para saborear y comprender lo que supone que Cristo vivo se siga haciendo presente entre nosotros y nos otorgue su vida. La pascua celebra la resurrección de Jesucristo, victorioso sobre la muerte, pero, sobre todo, que su victoria es nuestra victoria. Esto hace que la fiesta se denomine como "la reina de todas la estaciones", "día esplendoroso", "la fiesta regia de todas las fiestas". Éste es el día que hizo el Señor. Celebramos y vivimos, por tanto, la verdad fundamental de la fe cristiana. "La fe cristiana se mantiene o se pierde según se crea o no en la resurrección del Señor. La resurrección no es un fenómeno marginal de esta fe; ni siquiera un desenlace mitológico que la fe haya tomado de la historia y del que más tarde haya podido deshacerse sin daño para su contenido: es su corazón" (Romano Guardini, El Señor, Parte sexta).

"Hoy el cielo y la tierra cantan 'el nombre' inefable y sublime del Crucificado resucitado.

Todo parece como antes, pero, en realidad, nada es ya como antes.

Él, la Vida que no muere, ha redimido y vuelto a abrir a la esperanza a toda existencia humana.

'Pasó lo viejo, todo es nuevo' (2 Co 5, 17).

Todo proyecto y designio del ser humano, esta noble y frágil criatura, tiene hoy un nuevo 'nombre' en Cristo resucitado de entre los muertos,

Porque 'en Él hemos resucitado todos'".

(S. Juan Pablo II, Mensaje de Pascua para el Nuevo Milenio).

Así, pues, "la resurrección de Cristo es vida para los difuntos, perdón para los pecadores, gloria para los santos. Por esto el salmista invita a toda la creación a celebrar la resurrección de Cristo, al decir que hay que alegrarse y llenarse de gozo en este día en que resucitó el Señor" (San Máximo de Turín, Sermón 53).

Os invito, por consiguiente, a vivir intensamente este tiempo de Pascua, tan largamente preparado, para recibir ahora su fruto. Han pasado los 40 días del ayuno cuaresmal y comienzan "los Cincuenta Días de la Pascua," siete semanas más un día –una "semana de semanas" desde ahora hasta la fiesta de Pentecostés--. En estos cincuenta días nuestro Señor resucitado nos hace vivir una nueva primavera.

¿De qué manera es posible aprovechar este tiempo y las gracias que Dios nos quiere conceder?

1º Vivamos festivamente la Pascua porque Cristo, vencedor de la muerte, está presente activamente también en nuestra vida y en la historia de hoy. "¡Cristo nuestra Pascua, se ha inmolado en la cruz por nuestros pecados y ha resucitado glorioso: hagamos fiesta en el Señor!". Este es el sentimiento que invade la liturgia en estos días, tras la celebración de la Pascua; en estos días repetimos con júbilo las palabras de la Secuencia: Mors et vita duello conflixere mirando, dux vitae mortuus regnat vivus': "¡Lucharon vida y muerte en singular batalla, y muerto el que es la Vida, triunfante se levanta!". De esta certeza nace una profunda alegría, que es el distintivo de los cristianos: que la seguridad del triunfo de Cristo nos haga vivir con abandono en la providencia, cordiales en el trato con cercanos y extraños.

"La alegría cristiana es una realidad que no se describe fácilmente, porque es espiritual y también forma parte del misterio. Quien verdaderamente cree que Jesús es el Verbo Encarnado, el Redentor del Hombre, no puede menos de experimentar en lo intimo un sentido de alegría inmensa, que es consuelo, paz, abandono, resignación, gozo... ¡No apaguéis esta alegría que nace de la fe en Cristo crucificado y resucitado! ¡Testimoniad vuestra alegría! ¡Habituaos a gozar de esta alegría!" (S. Juan Pablo II, Alocución 24.11.1979).

2º Anunciemos al mundo que Cristo vive.

Pedro, los Apóstoles y los discípulos comprendieron perfectamente que les tocaba a ellos la tarea de ser los "testigos" de la resurrección de Cristo, porque de este acontecimiento único y sorprendente dependería la fe en el y la aceptación de su mensaje salvífico.

La Iglesia, junto al sepulcro vacío, advierte siempre así a los hombres: "¡No busquéis entre los muertos al que vive! No está aquí: ha resucitado!". Pedro, que entró con Juan en el sepulcro vacío, vio "las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte" (Jn 20, 6-7). El, después, le vio resucitado y se entretuvo con el, como afirmó en el discurso en la casa del centurión Cornelio: "Los judíos lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que El había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos" (Hech 10, 39-42). Este primer anuncio muestra el valor de la muerte de Cristo y su resurrección que nunca debemos esconder a nadie ni dar por supuesto. Sin este anuncio no hay evangelización posible, es el corazón de la fe. Debemos proclamarlo sin cesar.

3º Seamos testigos de Cristo resucitado.

Somos testigos del Señor. Todos conocemos las inquietudes y los miedos de nuestra sociedad, los sufrimientos de las familias, la dificultad de educar. Estamos permanentemente confrontados y parece a veces que nada ni nadie puede desbloquear estas situaciones sociales, económicas, culturales, eclesiales que nos dejan un tanto desvalidos. Sin embargo, cada cristiano ve con los mismos ojos de Pedro y de los Apóstoles, está convencido de la resurrección gloriosa de Cristo crucificado y por ello cree totalmente en el, que es camino, verdad, vida y luz del mundo, y lo anuncia con su propia vida, con su palabra y su manera de actuar, con serenidad y valentía. La mirada sobrenatural nos hace mirar los sucesos y las personas con esperanza y responsabilidad, dispuestos siempre a ser levadura cristiana en medio del mundo, al que nos entregamos con caridad para que sea mejor. El testimonio pascual se convierte, de este modo en la característica especifica del cristiano.

4º Vivamos el amor de Dios que hemos recibido

Así escribe San Pablo a los Colosenses: "Si habéis resucitado con Cristo, buscadlas cosas de arriba, donde está Cristo, sentado a la diestra de Dios; aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra, porque habéis muerto y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios" (Col 3, 1-3).

En un discurso sobre los sacramentos, San Ambrosio observaba justamente: "Dios, por tanto, te ha ungido, Cristo te ha sellado con su sello. ¿De qué forma? Has sido marcado para recibir la impronta de su cruz, para configurarte a su pasión. Has recibido el sello que te ha hecho semejante a Él, para que puedas resucitar a imagen de Él que fue crucificado al pecado y vive para Dios. Tu hombre viejo ha sido inmerso en la fuente, ha sido crucificado en el pecado, pero ha resucitado para Dios" (Discurso VI, 2, 7). Quien nos ha mandado amar como el mismo nos amó nos capacita para hacerlo colaborando con su gracia. Llenémonos de sus criterios y sentimientos meditando la Palabra de Dios, con decisión por corresponder al don de su amor. Vivir en su amor es también aceptar la gracia, rechazar el pecado y ser dóciles a las mociones del Espíritu hasta hacer nuestro anhelo vivir según las bienaventuranzas.

5º Busquemos ser santos

Dar testimonio es el fruto antes que nada de vivir en tensión constante y decidida hacia la perfección, en valiente adhesión a las exigencias del bautismo y de la confirmación. El Concilio Vaticano II, en la Constitución sobre la Iglesia, tratando de la vocación universal a la santidad, escribe: "Quedan, pues, invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado. Estén todos atentos a encauzar rectamente sus afectos, no sea que el uso de las cosas del mundo y un apego a las riquezas contrario al espíritu de pobreza evangélica les impida la prosecución de la caridad perfecta" (Lumen Gentium, 42).

Querer la santidad se expresa mediante el empeño apostólico, aceptando con sano realismo las tribulaciones y las persecuciones, acordándose siempre de lo que dijo Jesús: "Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mi antes que a vosotros... Tendréis tribulaciones en el mundo, pero tened confianza: ¡Yo he vencido al mundo!" (15, 18; 16, 33). Se expresa, por fin, mediante el ideal de la caridad, por el que el cristiano, como buen samaritano, aun sufriendo por tantas situaciones dolorosas en que se encuentra la humanidad, se halla siempre implicado de alguna forma en las obras de misericordia temporales y espirituales, rompiendo constantemente el muro del egoísmo y manifestando así de modo concreto el amor del Padre.

Recorrer con el camino de la vida con Jesús significa ir contra la fuerza natural de la gravedad, contra la gravedad del egoísmo, del afán materialista de tener, del deseo de conseguir el mayor placer, que el mundo confunde con la felicidad. Solamente el nos mantiene en el campo gravitatorio de la gracia, del amor infinito de Dios con una fuerza que nos allana el camino hacia la verdad y el bien. Imitar a Cristo es más que tenerle simpatía o sentirnos de acuerdo con este hombre modelo. Es recorrer un camino divino con el Hijo de Dios vivo, porque en la vida resucitada está la aspiración auténtica del hombre y la verdadera felicidad.

6º Vivamos con coherencia ejemplar

¿Cómo ha entrado Jesucristo en mi vida? Gracias a la fe de la Iglesia Jesús sale a mi encuentro como alguien con quien me puedo encontrar. De su figura emana siempre algo optimista y liberador, una infinita generosidad.

Tenemos una fuerte responsabilidad, unida a nuestra gran dignidad, porque solamente si somos coherentes en nuestra vida seremos creíbles en la verdad que profesamos y anunciamos. Llevad a vuestras familias, a vuestro trabajo, a vuestros intereses, llevad al mundo de la escuela, de la profesión y del tiempo libre, así como al sufrimiento, la serenidad y la paz, la alegría y la confianza que nacen de la certeza de la resurrección de Cristo!

7º Oremos por los cristianos perseguidos

Las noticias constantes de la situación de los cristianos perseguidos violentamente en más de cincuenta países y la tragedia de los continuos atentados, asesinatos, deportaciones de cristianos por la única razón de serlo y confesar su fe, llaman a nuestra conciencia y piden nuestro auxilio. Los sucesos recientes de Pakistán, Irán, Siria, Kenya, China, Corea del Norte, etc. nos afligen y llenan de consternación. Siguiendo la invitación del Santo Padre el Papa Francisco os pido vuestra oración y ayuda material. Además de las oraciones en la celebración de la misa dominical y diaria que hemos de hacer, ofreced vuestra oración personal y comunitaria –liturgia de las horas, adoración eucarística, etc.—por ellos. Os animo a secundar las acciones de denuncia ante las instituciones y cualquier forma de ayuda organizada, así como a aportar limosnas que les haremos llegar.

Hermanos, queridos amigos: En la familia de la Iglesia Jesús me espera en el lenguaje luminoso de la liturgia y de los sacramentos y me sigue hablando en su Palabra para establecer una conversación conmigo. Jesús no es un hombre del pasado. Al contrario, no deja de mirarme, como un amigo que al tiempo es el Señor, es Dios. El siempre se deja ver, pero, como sabe quien vive la fe de la Iglesia, se acerca directamente en la oración, en los sacramentos, y especialmente en la Eucaristía y en el perdón. Se nos ha dado en la eucaristía, su cuerpo vivo entregado, para que nosotros también le demos nuestro cuerpo y la Eucaristía traspase los límites de la iglesia y para estar presente en las formas de servicio al hombre y al mundo.

Un mensaje de Pascua que expresa bien estos empeños de amor de quien, está vivo y reclama nuestra relación. "Sursum corda", levantemos el corazón, fuera de la maraña de todas nuestras preocupaciones, de nuestros deseos, de nuestras angustias, de nuestra distracción, levantad vuestros corazones, vuestra interioridad... siempre debemos apartarnos de los caminos equivocados, en los que tan a menudo nos movemos con nuestro pensamiento y obras. Siempre tenemos que dirigirnos a Él, que es el Camino, la Verdad y la Vida. Siempre hemos de ser "convertidos", dirigir toda la vida a Dios. Y siempre tenemos que dejar que nuestro corazón sea sustraído de la fuerza de gravedad, que lo atrae hacia abajo, y levantarlo interiormente hacia lo alto: en la verdad y el amor. En esta hora damos gracias al Señor, porque en virtud de la fuerza de su palabra y de los santos Sacramentos nos indica el itinerario justo y atrae hacia lo alto nuestro corazón. Y lo pedimos así: Sí, Señor, haz que nos convirtamos en personas pascuales, hombres y mujeres de la luz, colmados del fuego de tu amor. Amén. (Benedicto XVI, Pascua 2007).

Quiera el Señor que sigamos adelante con su camino, con confianza firme en el, para confiarle la vida y tener el valor de caminar sobre el agua, vivir sus milagros, dentro de su fuerza de gravedad, que es la vida resucitada.

Os bendigo de todo corazón con afecto y me encomiendo a vuestra oración ante el Señor, que vive y reina para siempre

+ Rafael, Obispo de Cádiz y Ceuta

En Cádiz a seis de abril de dos mil quince

Solemnidad de la Resurrección del Señor

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Cádiz y Ceuta Wed, 08 Apr 2015 09:56:07 +0000
Carta Pastoral con motivo del Día del Seminario http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/26581-carta-pastoral-con-motivo-del-día-del-seminario.html http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/26581-carta-pastoral-con-motivo-del-día-del-seminario.html Carta Pastoral con motivo del Día del Seminario

Mons. D. Rafael Zornoza Boy, Obispo de Cádiz y Ceuta.

Queridos amigos, fieles cristianos, religiosos y sacerdotes:

Volvemos a celebrar el DÍA DEL SEMINARIO en la festividad de San José, aunque, por ser día laborable, se traslada al Domingo día 22 de marzo.

Demos gracias especialmente por los catorce jóvenes que se preparan al sacerdocio en el Seminario Mayor y los diez adolescentes del Seminario Menor. Debemos orar insistentemente por su perseverancia y por las vocaciones sacerdotales, tan necesarias, y también socorrer económicamente para que puedan formarse adecuadamente y prepararse para servir a la Iglesia. Cuando ayudamos al Seminario nos favorecemos a nosotros mismos.

El sacerdocio de Cristo es un don precioso para la Iglesia y para el mundo. El sacerdote, configurado con Cristo, "entrega su vida por él y por la salvación de los hermanos", sabe que es un servidor humilde del único Pastor, que debe ser un dócil instrumento en sus manos, un signo; que su vida, como decía san Agustín, es amoris officium, dar la vida por las ovejas (cf. Jn 10,14-15), con la fuerza de Dios para consolar.

Es fácil para los cristianos valorar el sacerdocio de Cristo porque queréis a vuestros sacerdotes. Es algo evidente que compruebo a diario. Quiero agradecer a todos los presbíteros de la diócesis con la ocasión del Día del Seminario su servicio generoso y desinteresado a todos vosotros, a la Iglesia y al mundo. Me conmueve y asombra cada día su entrega para proclamar el Evangelio y servir a los necesitados del consuelo de la esperanza así como de las cosas materiales. Frecuentemente son incomprendidos por quienes desde fuera minusvaloran su ministerio y por quienes desde dentro palpan sus debilidades o no aceptan su papel y su autoridad dispuesta por Cristo. Ellos, no obstante, perseveran y regalan su tiempo y su vida con gratuidad y superan las adversidades sin esperar aplausos, medallas ni compensaciones.

Necesitamos sacerdotes enamorados de Jesucristo y de su vocación. Hay que tener la audacia de proponer a los jóvenes el atractivo único de Cristo y la radicalidad de su seguimiento, aunque lo hagamos contra la corriente de un mundo que seduce con modelos de apariencia, de violencia, de prepotencia o de éxito a toda costa, y que prefiere el tener en detrimento del ser. He aquí la resistencia para responder, pero también aquí está la fuerza y el atractivo y novedad de esta llamada de Dios. Demos gracias al Señor, porque sigue llamando a muchos.

Cada sacerdote esconde un secreto que queda en su intimidad compartida con Jesús que les llamó: escucharon su llamada y le entregaron su persona. Se deben a Él, a quien se han entregado, y el Señor ha hecho con ellos un regalado para vosotros. Se identifican con los apóstoles, como colaboradores que son del obispo, y se convierten en testigos de Cristo para evangelizar. Son perseverantes en consolar y curar heridas del prójimo sin lamentarse por las suyas. Presiden la comunidad y lideran el mayor movimiento de verdad y de renovación de la sociedad imaginable sin alardes ni triunfalismo, pero con su seguridad puesta en Dios que sostiene sus vidas. Son fermento de caridad contracorriente y actúan con convicción. Se entregan como padres a sus hijos y desaparecen cuando conviene, con libertad de espíritu, cuando se les pide otra misión. Sin ellos no tendríamos la experiencia de Iglesia ni recibiríamos a Cristo en la Eucaristía, ni su perdón. Con ellos sabemos qué es la comunión y tenemos la práctica permanente que inició la primitiva comunidad cristiana y que también vivimos hoy.

¿Cómo se explica su vocación? Sencillamente porque entre los cristianos la vida se comprende como una vocación de amor y de servicio. También hoy es una novedad apreciar la vida humana, como un don. Quien comprende su vida como un regalo de Dios y vive el bautismo y la vocación cristiana como el seguimiento de Jesús puede preguntarse: ¿Dónde y cómo quiere Dios que ame y sirva a mis hermanos? Los padres, catequistas y educadores tenéis la responsabilidad de despertar, alentar y cuidar a cada uno para que progrese la respuesta que Dios le hace. Es precisamente aquí donde la pastoral vocacional desarrolla un acompañamiento y discernimiento muy concreto, para que los jóvenes descubran la llamada específica del Señor: la vocación al sacerdocio, a la vida consagrada o al laicado comprometido.

La pastoral vocacional diocesana debe estar en relación continua con las parroquias, las universidades, las escuelas, los movimientos, la actividad social juvenil y las familias, y animar su dimensión misionera: saliendo, anunciando y dando testimonio de que la vida es vocación.

Todos los seminaristas dicen que han tenido dos experiencias fundamentales: el encuentro amoroso con Cristo y la presencia de uno o más sacerdotes cercanos a su vida o a su familia, sacerdotes amigos y acompañantes en su crecimiento de fe. Estos dos datos, que son muy claros, son profundos porque enlazan la llamada trascendente de Dios, la relación interpersonal con Él y la respuesta humana. Debemos ayudar al joven al encuentro de amor con Dios Padre, más allá de la situación en la que se encuentre. La relación con Cristo y el acompañamiento cercano a los jóvenes son la clave en el descubrimiento y desarrollo de la vocación. Cuando son amigos entregados a Jesús comparten el apostolado y la caridad, se hacen serviciales, y el mismo Señor invita y seduce a algunos al ministerio, entregados por amor.

Os invito, por tanto, a orar por las vocaciones sacerdotales en todas las Iglesias parroquiales, oratorios y capillas de religiosos y religiosas. Encontraréis estampas y carteles para rezar e información sobre nuestro seminario y cómo poder ayudar para que siga realice su tarea educativa - siempre costosa - en medio de las dificultades económicas que padecemos.

Os animo especialmente a los sacerdotes para que organicéis en estas fechas alguna vigilia o momento de adoración donde se unan los fieles en esta suplica. Dios escucha siempre nuestra plegaria y, ante el don de la vocación que viene sólo de Él, nos ha pedido nuestra implicación para que tengamos también parte y colaboración, y nos hagamos cómplices suyos moviéndole a este valioso regalo. Posiblemente quiere, además, otorgar este regalo tan grande a aquellas comunidades donde realmente más valoran y lo acogerán bien: "Pedid al Señor de la mies que envíe obreros a su mies". Que el Señor reciba pues nuestro clamor.

No basta por tanto con estas jornadas de oración. Las familias, parroquias y colegios fundamentalmente deben animar a los adolescentes y jóvenes a responder ante el Señor y, superando sus gustos y proyectos personales lícitos, a ofrecer la vida como amigos confiados de Nuestro Señor que espera de cada uno un servicio generoso que depende de su disponibilidad, más allá de sus propios planes.

El lema para la jornada de este años es: "Señor ¿qué mandáis hacer de mi?". Es una frase de Santa Teresa de Jesús, a quien recordamos en el V Centenario de su nacimiento. Muy devota de San José puso bajo su custodia e intercesión toda su obra fundacional del Carmelo Descalzo. "Vuestra soy, para vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí?", le decía al Señor una y otra vez. Es la oración que, con estas u otras palabras debe hacer todo cristiano atento a la voluntad de Dios: Señor ¿qué quieres de mi?. El joven que se ofrezca con disponibilidad no se verá defraudado: la gracia de la vocación es siempre un regalo que lleva a felicidad más grande. Los seminaristas son un ejemplo cercano de este gozo que es el primer fruto de responder a la llamada del Señor.

Os bendigo de todo corazón

+ Rafael, Obispo de Cádiz y Ceuta

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Cádiz y Ceuta Tue, 17 Mar 2015 10:10:31 +0000
Cuarenta días para ser libres http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/26241-cuarenta-días-para-ser-libres.html http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/26241-cuarenta-días-para-ser-libres.html

Carta Pastoral del Obispo de Cádiz y Ceuta, Mons. Rafael Zornoza Boy, al comienzo de la Cuaresma.

Queridos fieles cristianos, sacerdotes, religiosos y consagrados:

La cuaresma es una llamada a la liberación interior que puede tocar a cada uno en lo mas profundo. Los católicos del mundo entero hemos comenzado la cuaresma. Hemos visto llenarse las iglesias con fieles que quieren vivir esta preparación a la Pascua. La tradición popular de esta liturgia y su arraigo nos hace constatar que son muchísimos los fieles que buscan este momento con gran generosidad y un profundo deseo de renovación interior. Al recibir la ceniza se nos ha invitado a la humildad y a la conversión: "Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás", " Conviértete y cree en el evangelio", es decir, ahonda en tu vida, profundiza tu fe.

El Miércoles de Ceniza hemos inaugurado esta etapa con una llamada al ayuno, a la oración y a la limosna. Necesariamente hemos de ser auténticos --cosa que no sucede sin reflexión-- para replantear las cosas de la vida, nuestra coherencia e integridad y, sobre todo, la fidelidad al Señor que nos ha creado por amor y que, con un amor excesivo, ha dado la vida por nosotros. Por eso decía San Agustín que este tiempo "no solo es parte de nuestra vida, sino la representación de la vida entera".

La llamada habitual de la Iglesia en cuaresma a vivir en oración, ayuno y limosna parecen estar pasadas de moda para algunos. Creo, sin embargo, que son de una extraordinaria modernidad. Orar es supone entrar en la profundidad de uno mismo para reencontrar a Dios. Ayunar es situarse con libertad ante los deseos espontáneos y aparentemente insaciables. La limosna es compartir resistiéndose ante la voluntad de poder y de posesión a favor de la generosidad que nos engrandece cuando crecemos en solidaridad y sobriedad. No se trata, pues, en modo alguno de cumplir un formalismo externo. Al contrario, es el camino que nos hace progresar en libertad interior, en el "secreto del corazón", como dice el evangelio, y nos asemeja a Cristo.

La Cuaresma entera está orientada hacia la libertad. Nuestra sensibilidad moderna por la libertad se pone de manifiesto cada día. Recordemos por ejemplo la defensa de la libertad de expresión a raíz de los atentados de Paris. Sin embargo, esta dimensión externa de la libertad que forma parte de la democracia no es suficiente por si misma: tenemos que preguntarnos hasta que punto somos esclavos de nuestros miedos, prejuicios, cegueras o violencias. Las libertades legales no resuelven todo. Es decir, cada día debemos profundizar en la lógica de la libertad personal, que es siempre una conquista. La libertad más profunda del hombre reclama siempre a la conciencia, a la ética, al sentido de las cosas y de la vida misma. Y nos compromete. Tiene que ver con la verdad. Decía San Agustín que "no se entra en la verdad sino por la caridad". Quizá por esto hay que añadir que adquirir la libertad mayor necesita el auxilio del cielo, que es también fruto de un regalo.

La liberación del pueblo de la Antigua Alianza que hizo Moisés no es más que una muestra de la que nos obtiene Cristo, nuevo Moisés, que libera a toda la humanidad por su cruz y resurrección, de la esclavitud del pecado y de la muerte. El bautismo nos procura y difunde esta libertad de la Pascua. La experiencia cada vez más extendida entre nosotros de adultos que se bautizan en Pascua nos devuelve la conciencia de este milagro de libertad que experimentan cuantos abrazan la fe con todas sus consecuencias, conversos que dejan atrás fuertes historias de esclavitud.

La preparación para esta vivencia de fe que es la Pascua nos obliga a tomar conciencia de nuestras servidumbres interiores, de los obstáculos y lastres que encadenan la libertad. Cristo con su luz nos las hace ver, y con su poder nos levanta y hace caminar a su lado. Porque la libertad hay que conseguirla, hay que hacerse libre, lo cual supone un trabajo y un don. Hay que distinguir siempre entre la libertad exterior que me ofrece los derechos y la libertad interior para escoger el bien que se reconoce. Los poderes públicos deben garantizar la primera pero la segunda solo la adquiere cada uno cuando supera sus miedos, su egoísmo, su falta de valor y de autenticidad.

La conquista de la libertad está siempre tentada. Las tentaciones no son, ni por asomo, esas cosas placenteras que nos dan "la alegría de vivir" y que la Iglesia "aguafiestas" nos quiere impedir. Son siempre una trampa a la libertad. Son una promesa mágica para tener éxito, pero que nos arrastra al peor fracaso. El mal existe y nos introduce en una dinámica destructiva, aunque nos riamos de la iconografía caricaturesca de los demonios colorados y con cuernos. La mayor argucia de esta incitación es enmascarar las intenciones de nuestros actos, querer tenerlo todo sin elegir el bien ni descartar el mal decididamente, instalarnos en el odio o la maledicencia, en la complicidad del mal justificándonos con procedimientos de lo políticamente correcto, con lo que es aceptado sin discreción evangélica, en el "todo vale", en perpetuarse en lo más placentero sin discriminación, en la burla impune y demoledora hasta de lo más sagrado. Sin embargo, la misericordia de Dios no se reduce a un sentimiento blandengue del amor que traga con todo. Más aún, es el bien que erradica la dureza de corazón, que asume el reto de confesar los pecados y de proponerse no permitirlos, y que permite que habiten en la inteligencia y en el corazón los sentimientos de Cristo. El pasó por el mundo haciendo el bien a costa de su vida y nos hace querer dar la vida por amor y mirar al mundo con espíritu de servicio constructivo. Su libertad es la garantía de la magnanimidad.

Disponemos de cuarenta días para entrenarnos en esta difícil libertad, para romper cadenas, para actualizar nuestra frágil pertenencia a Dios, para lograr que Jesucristo ocupe el centro de nuestra vida, para ajustar todos los niveles de fe, esperanza y caridad. El gozo de ser de Cristo nos hace bienaventurados si entramos en la lógica del amor en la escuela de la ofrenda, en la aventura gozosa del discípulo. De este modo la Cuaresma nos debe servir para abrir la puerta y facilitar la comunicación entre nosotros y Dios, e inmediatamente, para la relación fraterna verdadera.

El Papa nos ha hecho la llamada a tener en cuenta a los demás hasta superar la "globalización de la indiferencia". Si nos hemos cerrado en nuestro mundo interior, si dejamos de interesarnos por los otros, de "sus problemas, sufrimientos, de las injusticias que padecen... entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: "yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien".

Esto es la misión, dice el Papa, "lo que el amor no puede callar". La misericordia es la verdad de Dios y la verdad del hombre. Por medio de la caridad, de las obras de amor que nos ayudan a socorrer al prójimo en sus necesidades y a compartir con los demás lo que poseemos, ayudamos a abrir las puertas del amor para que la gente reconozca el rostro de Dios, Nuestro Salvador.

El Papa Francisco nos recuerda la necesidad de la misión, de abrir todos los caminos para hacer viable el conocimiento de Jesucristo, pero no podemos olvidar que solo se puede testimoniar lo que antes se ha experimentado: llevaremos a Cristo si antes nos hemos encontrado con Él. La exigencia es patente: dejar la indiferencia y la lejanía en favor de una relación con Dios más convencida, y descubrir el dolor y el sufrimiento de los hermanos para hacerlos propios. Hay que pasar de una situación de mediocridad y tibieza a un fervor más sentido y profundo; de una manifestación tímida de la fe al testimonio abierto y valiente del propio credo, de un amor a nuestra medida a dilatar el corazón a la medida de Dios.

San Agustín narró su encuentro inolvidable con el Señor, que tanto le marcó. Le proporcionó la energía y la fuerza para entregarle la vida. Se expresaba así: "Me llamaste, me gritaste, y desfondaste mi sordera. Relampagueaste, resplandeciste, y tu resplandor disipó mi ceguera, exhalaste tus perfumes, respiré hondo y suspiro por Ti, te he paladeado y me muero de hambre y de sed, me has tocado y ardo en deseos de tu paz" (Conf. X. 27, 38). Decía también: "Si dijeses basta, estás perdido. Ve siempre a más, camina siempre, progresa siempre. No permanezcas en el mismo sitio, no retrocedas, no te desvíes". La seguridad que nos da el Señor es más fuerte que todas las dificultades y tentaciones : "Si el Señor está con nosotros, quién contra nosotros... ¿quién nos separará del amor de Cristo?... nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro" (Rm 8,31-38).

La cuaresma nos sitúa sorprendentemente en las luchas contemporáneas, en las dificultades del hombre de hoy. Si el Señor nos transforma seremos los más útiles para la sociedad, promotores de justicia y esperanza, hacedores de bien, caricia divina para los desheredados.

Disponemos de cuarenta días para hacernos libres con la ayuda de Dios y la de las oraciones de todos los santos: los enfermos, los perseguidos, los consagrados, etc. Os animo, por consiguiente, a vivir bien la liturgia dominical y los actos de piedad personal, especialmente el Via Crucis y el Santo Rosario; también a leer diariamente el evangelio; a participar de las Conferencias Cuaresmales que se impartirán en muchas de nuestros templos; a confesar los pecados con propósito de cambiar acudiendo al sacramento renovador de la reconciliación; a ayunar, recordando las normas sobre el ayuno y la abstinencia, pero también con la privación de cuanto nos hace vivir con dependencias nocivas y con esclavitudes. Os invito además a la limosna para atender a los pobres, apoyando especialmente el proyecto de Cáritas Diocesana para "Familias en exclusión". Finalmente, a participar también en las "24 horas para Dios", una Adoración Eucarística con confesiones que nos propone el Papa Francisco los días 13 y 14 de marzo. La oración de intercesión de unos por otros nos fortalece a todos.

Celebrar la Cuaresma y la Pascua bien es una gracia para cada bautizado que puede ver renovada su vida a fondo. La liturgia, sus tiempos y celebraciones, nos acercan a la fuente de donde brota el Misterio de Dios que transforma el corazón y nuestras obras en una sinergia que nos impregna del Espíritu Santo para hacernos conformes a Cristo. María, Madre de Misericordia, abogada y defensa de los débiles, está a nuestro lado siempre en las pruebas y, más aún, en este combate de fidelidad. Como mendigos de la misericordia de Dios que ordena nuestro amor no echemos en saco roto la gracia de Dios que abunda en estos días.

+ Rafael, Obispo de Cádiz y Ceuta

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Cádiz y Ceuta Tue, 24 Feb 2015 09:12:51 +0000