Cádiz y Ceuta Oficina de Información de los Obispos del Sur de España http://odisur.es Sun, 09 Dec 2018 19:57:56 +0000 Joomla! 1.5 - Open Source Content Management es-es Jornada Mundial de los Pobres http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/47102-jornada-mundial-de-los-pobres.html http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/47102-jornada-mundial-de-los-pobres.html Jornada Mundial de los Pobres

Mensaje del obispo de Cádiz-Ceura, Mons. Rafael Zornoza

Queridos fieles de Cádiz y Ceuta:

“Este pobre gritó y el Señor lo escuchó” es el lema para la II Jornada Mundial de los pobres. Se celebra el 18 de noviembre. El Papa nos invita vivir esta Jornada Mundial como un momento privilegiado de nueva evangelización. Los pobres nos evangelizan, ayudándonos a descubrir cada día la belleza del Evangelio, de la caridad, del valor de cada persona. Nos dice Francisco: “No echemos en saco roto esta oportunidad de gracia. Sintámonos todos, en este día, deudores con ellos, para que, tendiendo recíprocamente las manos, uno hacia otro, se realice el encuentro salvífico que sostiene la fe, hace activa la caridad y permite que la esperanza prosiga segura en el camino hacia el Señor que viene” . Hay muchos empobrecidos en exclusión social entre nosotros, ciertamente, con graves situaciones laborales y familiares. No podemos olvidarnos de ellos ni un instante. El cristiano no debe hacerse la ilusión de buscar el verdadero bien de los hermanos, si no vive la caridad de Cristo. Aunque lograra mejorar factores sociales o políticos importantes, cualquier resultado sería efímero sin la caridad. Afortunadamente están presentes y generosamente atendidos en nuestras parroquias y en los programas de atención de Cáritas Diocesana, siempre cuidadosos, superándose en atenciones, dadivosos al extremo.

Permitidme que ponga hoy mi mirada en esos otros pobres y excluidos tan cercanos que viven en una situación de desesperanza y dolor inigualable: los emigrantes que atraviesan el estrecho dejando a su paso un reguero de lágrimas y muertos. No nos hemos acostumbrado ,–¡afortunadamente!—, a la tragedia que nos visita sin cesar. El mundo entero se conmueve ante este sacrificio permanente que nos golpea cada día. El drama de la inmigración sigue golpeando nuestra costa estimulando nuestra caridad cristiana, pero sigue también provocando una gran indignación, angustia y dolor. Sí, migrantes, a menudo en situación administrativa irregular, o de cultura y religión diferente. En cualquier caso, personas, prójimo, y bien cercanos.

Muchísimas gracias a la Delegación para los Emigrantes, a los voluntarios de Cáritas y a las asociaciones benéficas, que se vuelcan con generosidad. ¡Gracias! Gracias porque trabajan y denuncian una situación de proporciones inmensas que somos incapaces de abarcar. Queremos escuchar y dar respuesta al “grito de los pobres”. Su rostro es a menudo el de personas que llegan huyendo de la pobreza o la violencia en sus países de origen. Ayudemos especialmente a estos inmigrantes tan abruptamente llegados, compartamos nuestros bienes y nuestro tiempo, ofrezcamos un consuelo reparador para sus heridas, oremos por los difuntos, enterremos a sus muertos. Que en la oscuridad de la noche no les falte el calor ni el consuelo de Dios. Ojalá que puedan decir: “Este pobre gritó y el Señor lo escuchó” (Salmo 34,7). Ha dicho el Papa Francisco. “Para superar la opresiva condición de pobreza es necesario que ellos perciban la presencia de los hermanos y hermanas que se preocupan por ellos y que, abriendo la puerta del corazón y de la vida, los hacen sentir amigos y familiares. Sólo de esta manera podremos «reconocer la fuerza salvífica de sus vidas» y «ponerlos en el centro del camino de la Iglesia» ” En efecto, lo primero que necesitan es la mano tendida de un hermano o, aún mejor, sentirse tenidos ellos mismos por hermanos, iguales, personas con dignidad. Más aún, en su condición de radical necesidad. Después vendrán las políticas, o no. Mientras tanto, la misión de los cristianos no puede terminar con un socorro asistencial. Tocar la carne de los pobres conduce a compartir también la convivencia, a escuchar e integrar. El servicio a los pobres puede ser un camino providencial para encontrarse con Cristo, porque el Señor recompensa con creces cada don hecho al prójimo (cf. Mateo 25, 40).

Como ciudadanos responsables que buscan el bien social busquemos la justicia y reclamemos asimismo sus derechos. Resulta incomprensible que los problemas no tengan solución si hay conciencia humanitaria y voluntad de ayudar. Es evidente que hay criterios y posturas políticas discutibles y diferentes. Precisamente por ello se ha de dialogar en los foros políticos y sociales, y actuar. Es urgente, no obstante, que se tomen las decisiones políticas necesarias que resuelvan este problema que afecta a todos y determina el presente y futuro de la sociedad.

El espíritu del mundo altera la tendencia interior a servir desinteresadamente e impulsa a satisfacer los propios intereses particulares. Intensifiquemos por nuestra parte la atención al prójimo; pongamos en ello nuestro corazón y acción. No es fácil desarrollar hoy una cultura de la solidaridad, pero la persona doliente no puede esperar. En este campo, como en las demás iniciativas de solidaridad, son innumerables las iniciativas que diariamente emprende la comunidad cristiana. Por añadidura la colaboración con otras personas y grupos que no están motivadas por la fe sino un noble deseo humanitario, hace posible brindar una ayuda mayor que solos no podríamos realizar. El diálogo entre las diversas experiencias y la humildad en prestar nuestra colaboración sin ningún tipo de protagonismo, es una respuesta plenamente evangélica que podemos realizar.

Muchos necesitados encontraron en esta Jornada de los Pobres celebrada ya el año pasado el calor de una casa, la alegría de una comida festiva y la solidaridad de cuantos quisieron compartir la mesa de manera simple y fraterna. Hagamos lo posible para que de ahora nuevo redescubramos el valor de estar juntos con cercanía y sencillez, y de ayudar a los demás bajo el signo cristiano de la alegría. Nos mueve la fe y el imperativo de la caridad que nos impulsa a conducir a todos hacia Dios y a la santidad. Quien se presta a servir en las manos de Dios es instrumento para que se reconozca su presencia y su salvación, convencidos de que los menesterosos son una presencia real de Jesús entre nosotros. «Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25, 40).

En la medida en que seamos capaces de discernir el verdadero bien seremos ricos ante Dios, además de sabios ante nosotros mismos y ante los demás. Así es: cuando se logra dar el sentido justo y verdadero a los bienes, a nuestro tiempo y a nuestra vida, cuando somos capaces de amar, cuando sabemos compartir, crecemos en humanidad. “Hay más felicidad en dar que en recibir” (Hech 20,35), dijo el Señor. El creyente experimenta una profunda satisfacción siguiendo la llamada interior de darse a los otros sin esperar nada. No echemos en saco roto esta oportunidad de gracia. Intensifiquemos nuestra caridad.

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Cádiz y Ceuta Fri, 16 Nov 2018 13:36:14 +0000
Cristo Eucaristía, tesoro de la Iglesia http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/44411-cristo-eucaristía-tesoro-de-la-iglesia.html http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/44411-cristo-eucaristía-tesoro-de-la-iglesia.html Cristo Eucaristía, tesoro de la Iglesia

Carta del obispo de Cádiz-Ceuta, Mons. Rafael Zornoza

Queridos fieles de Cádiz y Ceuta:

 

Me dirijo a vosotros en la cercanía de la Solemnidad del Corpus Christi. Toda la historia de Dios con los hombres se resume en las palabras pronunciadas por Jesús en la última cena: “Tomad, esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos” (Mc 14,22-24). Hablan del acontecimiento central de la historia del mundo y de nuestra vida personal. Son palabras inagotables porque hablan de una persona que, a través del sacramento de la eucaristía, se acerca y se une a nosotros. En la eucaristía experimentamos a Dios, su presencia y su cercanía. Pero, contemplando la Hostia consagrada, en cada procesión y en la adoración, experimentamos su visita a la Iglesia en la proximidad de nuestras personas, casas y calles. En su presencia se expande nuestro ánimo y desbordan de fervor nuestros labios y el corazón, contemplando en la fe a Aquel que, con certeza sabemos, nos ama infinitamente y
provoca en nosotros los mejores deseos de entrega y de pervivencia feliz durante toda la eternidad.

Cristo, siempre contemporáneo nuestro, viene continuamente a nosotros de múltiples modos, en su Palabra, en la cercanía del prójimo, en los sacramentos. Pero en la eucaristía nos da su propia vida de modo eminente y sublime. En este pan comprendemos las palabras de Cristo antes de la pasión: “Si el grano de trino no cae en tierra y muere, queda el solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24). Este pan que nos alimenta en la peregrinación de la vida nos descubre a un Dios que muere y nos lleva a la vida. Recibirle y contemplarle es una de las mayores gracias que un cristiano puede recibir, lleno cada vez de asombro y admiración. No es un símbolo más, sino que su presencia real, tal como nos lo presenta Cristo mismo en la institución de este sacramento y en el discurso del Pan de Vida (cf. Jn 6), nos hace vivir eternamente.

Jesucristo instituye este sacramento como permanente memorial, como escuela de amor, de oblación y sacrificio, presente para siempre en su iglesia para que aprendamos, unidos a su experiencia de entrega, a ofrecernos y entregarnos a nosotros mismos por amor. Es fuente de gracia y de acción de gracias, punto de encuentro con la Trinidad y lugar de superación, y, por ello, un fabuloso consuelo. En la eucaristía aprendemos a servir, haciéndonos –como Cristo– esclavos que lavan los pies a los demás, hasta la entrega total de la vida (cf. Jn 13).

Los granos molidos que se convierte en este pan nos hablan también de un proceso de unificación para llegar a ser un solo pan y un solo cuerpo. En la comunión, por consiguiente, experimentamos la verdadera unión con Dios y con el prójimo, después de romper la coraza del individualismo que nos impide amar y nos inutiliza viviendo para nosotros mismos. Cristo eucaristía es, así mismo, el lugar de la comunión de la Iglesia, comunidad de hermanos, que, como un cuerpo fuerte, unidos a su Cabeza en la autoridad del Vicario de Cristo y los sucesores de los apóstoles, nos permite lanzarnos sin miedo a la misión, a transformar la sociedad y a la evangelización. Pidamos al Padre que nos dé “el pan de cada día”, como Jesús nos enseñó a pedir en el Padrenuestro, y que este pan “diario” y “de vida eterna” nos recuerde que nuestro tiempo está abrazado por la eternidad.

La Solemnidad del Corpus Christi para el amor más grande

Hermanos: Si hay un momento donde se manifieste nuestra fe de modo eminente y se venere solemne y públicamente a Cristo resucitado es en la celebración de la Solemnidad del Corpus Christi. La tradición de llevar el santísimo Sacramento en procesión es un gesto lleno de significado. Le seguimos en ella y le imploramos, adoramos y aclamamos haciendo profesión pública de nuestra fe. Esta es la verdadera fiesta solemne y pública de Cristo resucitado que sigue presente entre nosotros, alimentando y haciendo crecer nuestra fe. Por ello cantamos: “¡Venid, adorémosle!”. El Sacramento de la Eucaristía llena por completo la vida de la Iglesia, que se convierte para siempre en un cenáculo permanente donde rememoramos y nos adentramos misteriosamente en la pasión, muerte y resurrección de Cristo; donde nos identificamos hasta cristificarnos con el, donde encontramos fuerza para perseverar y consuelo en nuestras luchas. Es la fuente y la cima de nuestra vida cristiana, siempre escuela de entrega y amor, misericordia y servicio, adoración y acción, embriaguez de amor sublime a Dios y renuncia heroica hasta dar la vida por los demás. Al procesionar por nuestras calles le pedimos: “Quédate con nosotros, Jesús; danos el pan de la vida eterna que purifica nuestras conciencias con el poder de tu amor misericordioso. Líbranos del mal, de la violencia y del odio que nos contamina. Mira con compasión a los necesitados, a los enfermos, empobrecidos y abandonados. Convierte nuestra ciudad en un templo donde encontremos tu caridad y tu paz. Tu que nos diste el Pan del Cielo, el auténtico Maná que nos alimenta en esta vida, fortalécenos en nuestra peregrinación de la vida”.

La presencia del Señor en la Eucaristía nos hace experimentar que nunca estamos solos, que Cristo comparte nuestra vida, que sigue siendo –tal como el mismo quiso– “Dios con nosotros”, el Emmanuel, que nos acompaña hasta el fin de los tiempos. En su presencia, además, pregustamos ya el deleite del amor infinito que ha de colmar nuestros anhelos durante toda la eternidad.

En el Año Jubilar Diocesano, la alegría del amor

Os invito a celebrar el Corpus con mayor interés, si cabe, este año, por celebrarlo dentro del Jubileo Diocesano. Ahora que se cumplen 750 años del traslado de la sede de la diócesis a la ciudad de Cádiz, y el 600 aniversario de la creación de la de Ceuta, nos hemos propuesto renovar nuestra fe fortaleciéndola, profundizando en su fuente y raíz para seguir dando frutos de santidad.

La celebración del año jubilar de la diócesis, cargado de gracias que lucramos habitualmente a través de las celebraciones, catequesis y demás actos previstos, continúa desarrollándose ahondando en el seguimiento del Señor. Como indiqué en mi carta pastoral al inicio de curso, “para celebrar como conviene estos acontecimientos de gracia se han programado diversos actos a lo largo del Año Jubilar que nos ayudarán a expresar la gratitud a Dios por los dones recibidos y para renovar nuestra fe. Participar convenientemente en ellos con fervor y sentido de pertenencia es, sin duda, una manifestación pública de fe y una invitación a creer. La sociedad que nos rodea, donde crece la increencia, reclama de nosotros una manifestación de fe, personal y comunitaria, que supere la mala creencia y esa mediocridad que es incapaz de atraer a otros ni hacernos perseverar”.

Doy gracias a Dios por vuestras peregrinaciones a la Santa Iglesia Catedral y por los encuentros diocesanos preparados por las diferentes delegaciones diocesanas –de emigrantes, jóvenes, juveniles, catequistas, enfermos, vida consagrada, etc.– que han hecho converger allí a los distintos agentes de pastoral y fieles, uniendo parroquias, colegios y movimientos.

Este curso se ha visto privilegiado además por la presencia de nuestra Madre, la Virgen María, que se ha hecho presente en las parroquias y demás instituciones cristianas a través de la visita itinerante de la Virgen Peregrina de Fátima, que culminó con la espléndida peregrinación diocesana a su santuario. En la ciudad de Cádiz, además, caló hondamente la visita de nuestra Patrona la Virgen del Rosario que en la celebración de conmemoraciones importantes fue recibida en todas las parroquias, donde ayudó sensiblemente a la renovación de la fe con la celebración de su novena y el rezo del rosario por las calles.

Aunque faltan aún meses para aprovechar este movimiento de renovación de nuestra fe, ya se percibe la ilusión con la que se prepara y espera el Via Crucis Diocesano en Cádiz el 7 de julio, con la presencia de apreciadas imágenes de las Cofradías de toda la diócesis, así como la Magna Mariana que tendrá lugar en Ceuta el 16 de junio, recordando, dentro del Jubileo, la llegada a la ciudad de la Virgen del Valle y Nuestra Señora de África. Asimismo se están preparando con esmero y laboriosidad dos exposiciones que, con sentido catequético, hagan patente a los fieles y a toda la sociedad en Cádiz y en Ceuta, la fuerza cultural de la presencia de la fe y de la vida de la Iglesia en nuestra tierra.

Celebrar nuestra fe con gozo y sentido de conversión personal y pastoral no se centra, sin embargo, en nuestros logros ni en nuestra propia experiencia, sino que hace presente a Nuestro Señor Jesucristo que nos ha redimido dando la vida por nosotros, y que, con su resurrección, nos ha hechos hombres nuevos, una asamblea santa, y nos ha abierto las puertas de la Vida. De su costado abierto brota la vida sacramental, de modo que, con la fuerza de su amor eterno, nos transforma y llena nuestra pobre existencia de la vida resucitada. A Cristo el Señor sea el poder y la gloria, la alabanza y el honor por los siglos.

Celebremos, pues la Solemnidad del Corpus Christi en toda la diócesis, como el momento supremo de manifestación publica de nuestra fe. Que la preparación intensa y dedicada de la fiesta, así como la celebración eucarística de esta solemnidad y, de modo especial, la procesión por las calles, llene de gozo nuestros corazones y haga patente al mundo la fuerza de nuestro amor al Señor.

»» Pido a todos los sacerdotes, especialmente a los Vicarios episcopales, a los arciprestes y a los párrocos, un esfuerzo mayor que otras veces para disponer los actos necesarios de esta solemne celebración y que todos los fieles – laicos, consagrados y religiosos, asociaciones, movimientos, cofradías, instituciones benéficas, etc. – puedan sumarse activamente a esta manifestación de fe Jubilar.

»» Conviene disponer con anterioridad como preparación días de adoración eucarística en las parroquias, conventos, oratorios y colegios. Es también oportuno ofrecer algunas meditaciones o charlas que ayuden a profundizar el misterio que celebramos, así como cualquier otro acto cultural – literario o musical – que disponga los corazones y motive la fiesta.

»» La procesión del Corpus es esperada siempre por el pueblo fiel: es necesario, una vez determinado el horario de cada ciudad, facilitar la participación en la procesión disponiendo los horarios de las misas, de modo que prevalezca aquello que facilite hacerse presente en ella, disponiendo, si fuera necesario, de otros horarios de misas para que, participando en la procesión, sea fácil participar también en diferentes horas en la Santa Misa.

»» Espero que todas las Hermandades y Cofradías sin excepción estén presentes y se esmeren en la preparación y desarrollo de estos actos – como suelen hacer ya –, facilitando con su trabajo generoso la participación en esta significativa manifestación de fe popular.

»» Hago una llamada a todos los niños que han recibido este año la Primera Comunión a acompañar a Jesús Sacramentado mostrando agradecidos su fe y afecto al Señor en la eucaristía. Asimismo pido a los numerosos jóvenes y adultos que han recibido la Confirmación – especialmente durante este curso – que participen también, como una acción de gracias por el sacramento recibido y un signo de su compromiso público, haciendo público su propósito de perseverar unidos a Cristo a la eucaristía.

»» Es mi deseo también que las asociaciones de fieles y los religiosos dispongan altares en el recorrido de la procesión mostrando con sencillez su fervor y deseo de alabar al Señor. Hago una llamada especial a los colegios religiosos para que no falte su presencia, así como la de sus alumnos y asociaciones de padres o comunidad educativa.

»» Después de la Solemnidad. Es una costumbre extendida en no pocos lugares celebrar el popularmente llamado “el Corpus chiquito”, que suele tener lugar en la octava en el recinto
parroquial, con una breve procesión claustral después de la misa. Animo a sacerdotes y fieles a llevarlo a cabo este año, en la medida de lo posible, como una prolongación gustosa de la anterior manifestación eucarística y como una nueva acción de gracias a Dios en este Año Jubilar.

Día de la Caridad

Como propuse en mi Carta Pastoral al inicio del jubileo diocesano, “el afecto extraordinario del Señor para con nosotros ha de expresarse, por tanto, en signos de la caridad que nos confirma en la fe y nos hace un signo de esperanza. (…) La caridad, por tanto, sigue siendo una propuesta actual que nos permite mostrar la profundidad del amor y el valor de la fe en este momento histórico en el que es difícil para las personas reconocerse y encontrar un camino hacia el futuro. La acogida de Dios engendra la acogida del otro en todas sus dimensiones, expresiones y exigencias, y, así la Iglesia puede ser faro para una humanidad renovada y contribuir a la llegada de la “civilización del amor”. La caridad debe marcar nuestro jubileo para socorrer a los menesterosos y hacer caritativos nuestros corazones”.

Tengo la satisfacción de ver hecho realidad, como fruto de nuestro jubileo, la apertura del Centro de Acogida Madre Teresa para transeúntes en San Fernando. Ahora tenemos la oportunidad de colaborar con la Agencia de Colocación, un servicio de nuestra Cáritas Diocesana, con el objetivo de mediar entre las empresas y los particulares castigados por el problema del paro para encontrar empleo. Un paso más en la fiesta del Corpus, día señalado para la comunicación cristiana de bienes en favor de los necesitados, y mostrar con la cuestación económica de Cáritas Diocesana un signo de caridad en consonancia con nuestro amor al Señor expresado en la eucaristía.

Celebremos, pues, el Corpus con toda intensidad, devoción y participación generosa. La Iglesia, que somos nosotros en Cristo, debe renacer en las almas día tras día, arraigados en el Señor. En este Año Santo es decisivo volver al Cenáculo, lugar eucarístico por excelencia, para fortalecer nuestra fe y salir al encuentro del mundo cantando las maravillas que Dios ha hecho en nosotros y dando testimonio de Cristo Resucitado. En la Solemnidad del Corpus Christi tenemos una inmejorable oportunidad de hacerlo. Cuento con vosotros. Que se afiance en todos nosotros la relación con Dios y con el prójimo fortaleciendo nuestro testimonio y compromiso como Pueblo de Dios unido, familia de los hijos de Dios y Cuerpo de Cristo presente en el mundo. En el encontramos la fuerza de la comunión que vigoriza la unidad. ¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar!

+Rafael
Obispo de Cádiz y Ceuta

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Cádiz y Ceuta Thu, 17 May 2018 15:44:20 +0000
En la festividad de San José Obrero y Día del Trabajo http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/44145-en-la-festividad-de-san-josé-obrero-y-día-del-trabajo.html http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/44145-en-la-festividad-de-san-josé-obrero-y-día-del-trabajo.html En la festividad de San José Obrero y Día del Trabajo

Carta del obispo de Cádiz-Ceuta, Mons. Rafael Zornoza

Queridos hermanos, fieles diocesanos de Cádiz y Ceuta:

El día uno de mayo, la Iglesia celebra la memoria litúrgica de san José Obrero, fiesta cristiana de los trabajadores instituida por el Papa Pío XII coincidiendo con el Día Mundial del Trabajo. Saludo a todos los trabajadores de la diócesis y, con especial cordialidad, a cuantos no tienen trabajo o a cuantos, por su escasa retribución o precariedad, se ven en condiciones de exclusión social o son más vulnerables. También a cuantos vivís como cristianos comprometidos con el mundo del trabajo, a la Delegación Diocesana de Pastoral obrera, y a los miembros de la HOAC.

Hoy hemos de celebrar el sentido creador del trabajo, clave para el desarrollo humano, integral y solidario, pues se inserta en el proyecto de Dios sobre la humanidad, confiriendo a cada hombre y cada mujer dignidad humana por su condición de hijos de Dios. Invito, por consiguiente, a todas las comunidades cristianas a celebrar la Eucaristía en acción de gracias por el don del trabajo humano y como signo de solidaridad con quienes sufren, para pedir al Señor por los que padecen la deshumanización del trabajo o carecen de él. También para que la caridad estimule nuestro compromiso social para colaborar con nuestro esfuerzo en la consecución del bien común.

Fieles a la Doctrina Social de la Iglesia, hemos de recordar la importancia del trabajo y denunciar también la falta del trabajo decente en nuestra sociedad. La deshumanización del trabajo atenta contra la dignidad del hombre y sitúa a la persona en una peligrosa situación de vulnerabilidad y exclusión social. El papa Francisco, en su discurso en el Parlamento Europeo en noviembre de 2014, afirmó por ello que, ante una globalización que concentra más el poder y hace vertiginosa la competitividad, y hasta la marginación y exclusión de quienes se encuentran sin trabajo o trabajan subsistiendo con empleos y salarios precarios, “ha llegado la hora de construir juntos la Europa que no gire en torno a la economía, sino a la sacralidad de la persona humana”.

Siguiendo el lema de esta campaña: “Sumando fuerzas por un trabajo decente”, recordemos que, hacer posible un trabajo decente, corresponde a toda la sociedad, pero es también una tarea eclesial, porque lo que está en juego es la dignidad de la persona y la suerte de los pobres. El Papa emérito Benedicto XVI hizo un llamamiento para “una coalición mundial a favor del trabajo decente” y que la apuesta por esta clase de trabajo es el empeño social por que todos puedan poner sus capacidades al servicio de los demás. Un empleo digno nos permite desarrollar los propios talentos, nos facilita su encuentro con otros y nos aporta autoestima y reconocimiento social.

Luchemos a través de los medios democráticos a nuestro alcance para posibilitar trabajo para todos, que sea generador de una vida digna, y para que el trabajo digno y estable sirva para realizar a la persona, situándola siempre en el centro de las relaciones laborales, además de satisfacer sus necesidades básicas. Asimismo es necesario conseguir la conciliación real del trabajo y la familia, sin que queden mermadas las relaciones más importantes de la vida, las que más humanizan a la sociedad.

Salgamos al mundo –como tantas veces nos repite el Papa Francisco– para llevar a Dios a los lugares de trabajo. Hagamos lo posible para convertir el lugar de trabajo en un lugar de encuentro de Dios entre los hombres y hacer de el un espacio para hacer presente a Dios y a la Iglesia entre los trabajadores, de tal forma que ese encuentro no quede reducido sólo al ámbito de las iglesias. Animo a todos los fieles –trabajadores, empresarios, cooperadores, agentes financieros y comerciantes–, a unir vuestras fuerzas, vuestra mente y vuestro corazón para contribuir a construir una sociedad que respete al hombre y su trabajo, a comprometerse en esta tarea unidos en la comunión con la que nos ha unido en Señor en su caridad. Unidos a Cristo y siguiendo sus enseñanzas con conciencia social, colaboremos entre todos a construir una sociedad más justa en la que cada uno sea considerado y valorado como persona y encuentre su sustento y una digna realización a través de su trabajo. Que San José, el humilde obrero de Nazaret, además de encarnar delante de Dios y de la Iglesia la dignidad de todo trabajador, sea también el fiel guardián de cada uno de vosotros y de vuestras familias y el intercesor de todos vuestros intereses.

Os bendice con afecto

+ Rafael Zornoza

Obispo de Cádiz y Ceuta

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Cádiz y Ceuta Wed, 02 May 2018 11:21:47 +0000
En la Fiesta de Pascua http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/43619-en-la-fiesta-de-pascua.html http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/43619-en-la-fiesta-de-pascua.html En la Fiesta de Pascua

Carta del obispo de Cádiz-Ceuta, Mons. Rafael Zornoza

Queridos fieles diocesanos de Cádiz y Ceuta:

¡Cristo ha resucitado, Aleluya!
¡Feliz Pascua!
¡Paz a vosotros!

Celebremos el gran misterio que fundamenta nuestra fe: Jesús, el crucificado, ha resucitado de entre los muertos. Esta experiencia de júbilo se prolonga permanentemente en la Iglesia y los cristianos nos felicitamos en este día diciendo: «Felices Pascuas».

Gracias, queridos sacerdotes, consagrados, religiosos y religiosas, hermandades y cofradías, equipos de liturgia, etc., por vuestra dedicación y generosidad al servicio de toda la comunidad, que nos ha proporcionado unos encuentros espléndidos cargados de fervor y testimonio cristiano. Hemos vivido en esta semana pasada intensas jornadas de celebraciones, procesiones y encuentros piadosos llenos de fervor, expresión de nuestra fe, gracias a vosotros.

Podemos estar verdaderamente alegres porque celebramos la victoria de la vida sobre la muerte, de la gracia sobre el pecado, de la esperanza sobre el desánimo, del amor sobre el odio. Un amor infinito nos ha salvado de la muerte y nos vivifica. Deseo - más vivamente aún en este año en que celebramos el Jubileo Diocesano - que la vida del Resucitado llegue plenamente a todos vosotros, fieles diocesanos, y que llene con su gracia a todos los seres humanos, y a todas las dimensiones de nuestra existencia personal y social.

¡Cristo ha resucitado! Así lo anunciaron los ángeles a las santas mujeres que fueron al sepulcro y después avisaron a los perplejos apóstoles. Ellos pudieron comprobarlo más tarde viendo el sepulcro vacío, en las apariciones que el Señor hizo en el cenáculo y en el camino de Emaús. La prueba de la tumba vacía fortaleció su fe y les hizo superar el escándalo de la cruz y su posterior desorientación. Recibamos también hoy a quien, una vez más, en medio de nosotros, nos dice: “Paz a vosotros” (Jn 20,19). Respondámosle de nuevo: “Señor mío y Dios mío”, como hizo el apóstol santo Tomás (Jn 20,27s), y convirtámonos en evangelizadores entusiastas que le conocen y le anuncian por todas partes. Dios - que nos desvela en cada Pascua el misterio de su amor infinito - “vuelve a decirnos: “¡No está aquí ha resucitado! Y te espera en Galilea, te invita a volver al tiempo y al lugar del primer amor y decirte: No tengas miedo, sígueme” (Francisco, Vigilia Pascual, 2018).

Los discípulos de Emaús, desconsolados y desanimados, una vez que escuchan la explicación de las Escrituras y comparten con el Resucitado la fracción del pan, descubren que Jesús es alguien que alimenta su existencia, les da fuerza para caminar, les transforma el corazón y los pone en camino para compartir la alegría con los hermanos.

Este paso –“pascua”— quedó abierto desde entonces para llevar hoy al encuentro con el Resucitado a quien quiera que le busque.

Hoy, como entonces, con toda sencillez, El se nos acerca y camina con nosotros. ¡Tan sencillamente entra en nuestra vida la resurrección del Señor! En cada Eucaristía, Cristo vivo y glorioso sale a nuestro encuentro para renovar nuestra esperanza y fortalecernos, y nos entrega su Cuerpo y Sangre, donde es posible experimentar aún su presencia permanente.

Tendríamos que preguntarnos también nosotros, sin embargo, si la experiencia con el Resucitado en la Eucaristía nos impulsa a recorrer el camino con los hermanos ofreciéndoles su amor y compasión; si ese encuentro renueva nuestra fe y nos impulsa a descubrirlo presente y necesitado en los marginados de la sociedad. ¿No nos falta a veces una experiencia más profunda de este encuentro con Cristo vivo?

El contacto directo con Cristo desencadena la chispa que hace saltar la fe si lo vivimos con intensidad, sin rutinas ni adormecimientos. Celebrar la Pascua, “es volver a creer que Dios irrumpe y no deja de irrumpir en nuestras historias desafiando nuestros ‘conformantes’ y paralizadores determinismos”, y que, por consiguiente, “es dejar que Jesús venza esa pusilánime actitud que tantas veces nos rodea e intenta sepultar todo tipo de esperanza” (Francisco, id.). A los discípulos les costó entonces reconocerle, pues estaban ciegos, por lo que Jesús inició una pedagogía que dura hasta hoy: «Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura». Jesús se nos acerca, camina con nosotros, nos habla de sí mismo y comparte la mesa dándonos su pan, pero también nos regala su Palabra, que tanto necesitamos escuchar y meditar para hacer nuestro su estilo de vida, para empaparnos de los criterios evangélicos y experimentar el apoyo de Dios. Intensifiquemos en estas semanas de Pascua, en comunidad y personalmente, nuestra escucha y cercanía a Jesús, el compañero imprescindible, y constataremos esa presencia silenciosa y locuaz que se convierte para nosotros en un consuelo insustituible. Así lo experimentan cuantos se acercan a Él, y también quienes participan de los Cenáculos diocesanos y otras formas de catecumenado que vamos iniciando y fortaleciendo aún más en este curso y que, de nuevo, os recomiendo.

Cristo resucitó y está siempre con nosotros. El amor del Crucificado - un amor sin límites - ha hecho nuevas todas las cosas para redimir a la humanidad perdida. Son muchos los que hoy sufren la corrupción del mal y de la muerte, y quienes dicen vivir desgarrados soportando un infierno: emigrantes, refugiados, excluidos de la sociedad, maltratados, etc. Por eso la Pascua ha de llegar a todos como anuncio profético, y especialmente a quienes están sufriendo cualquier tiempo de pasión, para que Cristo Resucitado les abra el camino de la libertad, la justicia y la paz. Con Él a nuestro lado apreciamos mejor todo esfuerzo por el bien, la belleza, la bondad, la verdad y la justicia. Jesús Resucitado no nos hace personas ausentes, lejanas, desencarnadas, espiritualistas, sino cabales, realistas, conscientes de que Él hace todo nuevo y mejor y que, a su vez, nos encomienda a nosotros proseguir esta tarea. En Cristo el amor vence al odio, la justicia triunfa sobre la injusticia y el sufrimiento está cuajado de valor redentor. La Pascua no nos aleja del llanto del hermano, ni del dolor propio. Todo lo contrario: el Señor, con su amor más fuerte que la muerte y con su luz, nos sitúa más y mejor en la realidad y nos muestra como redimirla.

Hermanos y amigos todos: Nuestra vida pertenece a Cristo, somos hombres nuevos. Injertados por el bautismo en su propia vida, el Buen Pastor, inmolado por nosotros, nos lleva sobre sus hombros. “¿Queremos tomar parte de este anuncio de vida o seguiremos enmudecidos ante los acontecimientos?” - nos acaba de preguntar el Papa Francisco - . Dios que vuelve a decirnos: “¡No está aquí ha resucitado! y te espera en Galilea, te invita a volver al tiempo y al lugar del primer amor y decirte: no tengas miedo, sígueme”. Que la experiencia de ser testigos de su Resurrección nos mueva a todos a cantar “aleluya”, a bendecir a Dios por el enorme regalo de la vida nueva que nos ha hecho, habiendo vencido el Señor la muerte y al pecado. Vivamos sin temer nada -más que al pecado-, unidos como Iglesia de Cristo, fuertemente asidos a ella, en la comunión del cenáculo que marca la vivencia más profunda del Espíritu de Dios que hemos recibido para, abiertas las puertas, salir a anunciar a todos que Jesús es el Señor y ha venido al mundo al encuentro de cada uno.

¡Anunciad la Resurrección a los que preguntan, a los que dudan, a los que no creen, y siempre “buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios; pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra!” (Col 3,1-2). ¡Su victoria es nuestra victoria! ¡Feliz Pascua de Resurrección!

+ Rafael Zornoza

Cádiz, 1 de abril de 2018
Domingo de la Pascua de Resurreción del Señor

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Cádiz y Ceuta Tue, 03 Apr 2018 09:49:35 +0000
Cuaresma 2018 http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/42924-cuaresma-2018.html http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/42924-cuaresma-2018.html Cuaresma 2018

Carta del obispo de Cádiz-Ceuta, Mons. Rafael Zornoza

Queridos fieles diocesanos:

El próximo miércoles día 14 comienza el tiempo santo de la Cuaresma con la imposición de la ceniza. La ceniza habla de caducidad, de lo perecedero, y es también signo de la posibilidad de resurgir. La ceniza nos llama asimismo a la humildad, a la austeridad. Simboliza el árbol quemado, pues fue precisamente en un árbol -el árbol de la cruz- donde Jesucristo fue crucificado. El árbol de la cruz es el árbol de la vida que anticipa también la Pascua. Es necesario abrirse a la gracia de Dios viviendo intensamente los elementos que nos ofrece este tiempo, especialmente a través la liturgia, y que el fuego pascual de la caridad caliente los corazones fríos para que puedan resurgir de sus cenizas.

Hemos de procurar vivir lo mejor posible la renovación bautismal que este tiempo nos ofrece. No digamos que nos sorprende “otra cuaresma más”, sino salgamos animosos al encuentro de Cristo y de los hermanos valorando este tiempo como un verdadero regalo que nos ofrece Dios como una gracia especial. La Cuaresma es un ejercicio espiritual, un esfuerzo personal que tenemos que hacer los cristianos para prepararnos a vivir la Pascua de la Resurrección de Cristo en toda su fuerza y plenitud. En ella se nos ofrece una ocasión providencial para profundizar en el sentido y el valor de ser cristianos, estimulándonos a descubrir de nuevo la misericordia de Dios para que también nosotros lleguemos a ser más misericordiosos con nuestros hermanos.

Os invito, por tanto, a intensificar lo más posible la participación en la vida parroquial y de cada comunidad para que la gracia de Dios llegue a todos, a los más cercanos y a los alejados. Hemos de fomentar el encuentro con el Señor y la identificación en los misterios de la redención para lo cual podemos participar en retiros, ejercicios espirituales, charlas cuaresmales, y, sobre todo, en la liturgia diaria y dominical que sea verdaderamente expresiva de nuestra relación con Dios. Quien viva estas semanas como tiempo de conversión y de seguimiento más intenso con Cristo crecerá en su testimonio y compromiso cristiano.

Desde hace mucho tiempo el Papa ofrece un Mensaje para la Cuaresma. Esta vez nos advierte de los falsos profetas que apagan el amor de Dios en nosotros. Esto provoca comunidades envenenadas por el egoísmo, el pesimismo, la crítica y la tentación de aislarse. Por ello nos invita a la conversión y a la coherencia de la vida cristiana para contrarrestar este enfriamiento de la caridad, aprovechando los rasgos característicos de la cuaresma: ayuno, limosna y oración. Esta reflexión y propuesta ha de marcar los gestos y el testimonio de la Iglesia universal.

El Santo Padre anuncia en su Mensaje: “Una ocasión propicia será la iniciativa «24 horas para el Señor», que este año nos invita nuevamente a celebrar el Sacramento de la Reconciliación en un contexto de adoración eucarística. En el 2018 tendrá lugar el viernes 9 y el sábado 10 de marzo, inspirándose en las palabras del Salmo 130,4: «De ti procede el perdón». Confío, como en años anteriores que las parroquias se organicen para sumarse a esta jornada.

Os aconsejo vivamente participar en las Conferencias Cuaresmales, charlas que suelen ofrecerse en las parroquias para profundizar en la fe, haciendo el esfuerzo de volver a los fundamentos de nuestra vida bautismal y procurar la conversión del corazón. He pedido a los sacerdotes profundizar este año en las notas de mi carta pastoral al comienzo del Año Jubilar para hacer la renovación de fe que esperamos.

Os invito de nuevo a abundar más en el sacramento de la reconciliación, tan recomendado en este tiempo como medio para la conversión. La Cuaresma es tiempo de reconocer nuestros pecados. Sabemos de sobra que somos pecadores. Ni hacemos todo el bien que deberíamos hacer ni vivimos como Dios quiere, sino que el egoísmo, la comodidad, el resentimiento, el falso respeto a la opinión de los demás, nos someten y nos llevan al mal. Necesitamos reconocer nuestro pecado y pedir perdón a Dios tratando de cumplir sus mandamientos y sus expectativas sobre nosotros. Participad en las celebraciones comunitarias de la penitencia que suelen ofrecerse estos días, pero acercaos también al confesionario con más frecuencia buscando la gracia y el consejo personal propio del sacramento, más aprovechado si se hace con sosiego y deseo de renovación interior.

El progreso en el camino cuaresmal, que es una verdadera peregrinación interior, viene marcado por la liturgia diaria y, sobre todo, dominical. Necesitamos orar, leer a diario el evangelio. La participación en la Santa Misa, en las celebraciones de la Palabra de Dios y en los ejercicios de piedad, especialmente el Via Crucis, nos llevan a una identificación interior con los sentimientos de Cristo que no podemos despreciar. Necesitamos la ayuda de Dios, que es iluminación interior, clarividencia, fortaleza, confianza, motivaciones, libertad verdadera y amor eficaz. De aquí surge el arrepentimiento, la invocación, el cambio de vida, la renuncia al mal y el crecimiento en las buenas obras. Así seremos mejores, más verdaderos, más justos, más generosos, más cumplidores de nuestros deberes, más dedicados a las cosas de Dios y de la Iglesia, más atentos al bien de los demás, buscando lo perfecto en lo que hacemos habitualmente.

El papa Francisco nos ha convocado a una Jornada de Oración y Ayuno por la Paz en el mundo el próximo viernes 23 de febrero. Esta jornada de oración estará dedicada de forma especial a pedir el cese de las guerras, la violencia y otro tipo de amenazas, particularmente la violencia en la República Democrática del Congo y en Sudán del Sur, según explicó el Papa tras el rezo del Ángelus dominical al convocarlo. Francisco ha hecho un llamamiento para que el mundo "escuche este grito" y para que cada persona "en su propia conciencia, ante Dios, nos preguntemos '¿qué puedo hacer yo por la paz?”. Que la oración comunitaria y en privado nos una en comunión con el Santo Padre y de la Iglesia universal orante, que intercede ante Dios.

Junto a la oración está la limosna, el ejercicio más propio de la Cuaresma, como expresión de penitencia y de amor al prójimo. Representa una manera concreta de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un ejercicio ascético para liberarse del apego a los bienes terrenales. No somos propietarios de los bienes que poseemos, sino administradores: por tanto, no debemos considerarlos una propiedad exclusiva, sino medios a través de los cuales el Señor nos llama, a cada uno de nosotros, a ser un instrumento de su providencia hacia el prójimo. Socorrer a los necesitados es un deber de justicia aun antes que un acto de caridad. La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros. Cada vez que por amor de Dios compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría. El Padre celestial recompensa nuestras limosnas con su alegría. Restringid, pues, los gastos no necesarios para vivir la caridad y la misericordia, con justicia y de generosidad. Limosnas de dinero, de tiempo, de afecto y reconciliación, de ayuda desinteresada a quien de verdad la necesite. Dad más dinero en la Iglesia, dádselo a los pobres, directamente o por medio de Cáritas. Ya sabéis, el Señor quiere que demos a quien no nos puede devolver nada, que la mano izquierda no sepa lo que damos con la derecha, que devolvamos bien por mal y tengamos un corazón bueno y grande como el de nuestro Padre celestial. Visitad a los enfermos y socorred a cualquier necesitado de ayuda o consejo.

Ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una “terapia” para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios. Esta antigua práctica penitencial puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo, primer y principal mandamiento de la nueva ley y compendio de todo el Evangelio. El ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a él. El verdadero ayuno, nos ha dicho el Señor, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que “ve en lo secreto y te recompensará”. El ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos. Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño. Con el ayuno y la oración le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios.

La Cuaresma es el tiempo privilegiado de la peregrinación interior hacia Aquél que es la fuente de la misericordia. Es una peregrinación en la que Él mismo nos acompaña a través del desierto de nuestra pobreza. Podemos aprender de Cristo a hacer de nuestra vida un don total. Imitándolo estaremos dispuestos a dar, no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos. La respuesta que el Señor desea ardientemente de nosotros es ante todo que aceptemos su amor y nos dejemos atraer por él. Es la renovación interior que pretende también la peregrinación a la Catedral en el Año Jubilar. Aprovechemos individualmente y como comunidad este gran oportunidad.

Permanecer con María y Juan, el discípulo predilecto junto a Aquel que en la cruz consuma el sacrificio de su vida por toda la humanidad, nos ayuda a aprender las lecciones de Cuaresma. María, Madre y Esclava fiel del Señor, nos enseña suavemente a los creyentes a proseguir la “batalla espiritual” de la Cuaresma. La Virgen María, “Causa de nuestra alegría”, nos sostendrá en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para entrar en el gozo de Cristo resucitado, renacidos en Dios.

 

Que cada familia y comunidad cristiana se aplique a la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Contad con mi oración y cercanía para caminar como Iglesia en comunión.

+ Rafael Zornoza

Obispo de Cádiz y Ceuta

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Cádiz y Ceuta Mon, 19 Feb 2018 12:04:27 +0000
Mensaje de Felicitación de Pascua de 2016 http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/31888-mensaje-de-felicitación-de-pascua-de-2016.html http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/31888-mensaje-de-felicitación-de-pascua-de-2016.html

Mensaje del Obispo de Cádiz y Ceuta, Mons. Rafael Zornoza Boy, con motivo de la Pascua.

Mensaje de Felicitación de Pascua de 2016

Queridos fieles cristianos de la Diócesis de Cádiz y Ceuta,

Queridos sacerdotes, diáconos, religiosos y consagrados,

Queridos laicos de las asociaciones, movimientos y cofradías,

Queridos amigos ¡Feliz Pascua!

La alegría del Resucitado, nuestro Evangelio

Me dirijo a vosotros con gran alegría para desearos la felicidad de Cristo Resucitado cuando aún resuenan los aleluyas de la resurrección que anuncian esta gran fiesta que es el Domingo de la Resurrección del Señor, cuya celebración se prolonga cincuenta días hasta Pentecostés, y que nos invita a vivir la originalidad radical del cristianismo, a experimentar hasta que punto "los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá", como dice San Pablo (Rm 8,18). Esta es la razón por la que Cristo y su Evangelio son una "Buena Noticia" que nos alegra, pues nos cambia la vida, y nos hace mensajeros de una alegría que el mundo no puede experimentar. Toda la Pascua es como un solo día, como una gran luz que nos anuncia que Jesucristo, venido del cielo al universo de los hombres, ha entrado en las tinieblas de este mundo y las tinieblas se volvieron luz. El nos dice: "He resucitado y ahora estoy siempre contigo", "mi mano te sostiene". Su resurrección es un hecho único en la historia y, al tiempo, un misterio de fe; es un misterio de vida y gozo para quienes en el bautismo han muerto y resucitado con El.

Esta es nuestra fe, la fe de la Iglesia

La Iglesia exulta en toda la tierra y proclama un Aleluya sonoro que abarca el orbe entero. Es la expresión del gozo desbordante que nace de la fe, del encuentro vivo con el resucitado, de la experiencia de haberle encontrado vivo y activo. Confesemos nuestra fe con las palabras del Símbolo niceno-constantinopolitano: "Resucitó al tercer día, según las Escrituras"; o, con las palabras del Símbolo de los Apóstoles: "Al tercer día resucitó de entre los muertos".

La resurrección, aun siendo un evento determinable en el espacio y en el tiempo, transciende y supera la historia. La certeza de la resurrección de Jesús ha hecho de nosotros hombres nuevos, como sucedió con los apóstoles y con las santas mujeres. No sólo se afianzó en ellos la fe en Cristo, sino que se transformaron sus vidas y quedaron preparados para dar testimonio de la verdad sobre su resurrección y sobre nuestra redención. También nosotros nos alegramos y gozamos con la Gloria y el gozo de Cristo Nuestro Señor resucitado y triunfante.

La fe cristiana y la predicación de la Iglesia tienen su fundamento en la resurrección de Cristo, que es la confirmación definitiva y la plenitud de la revelación, y al mismo tiempo es la fuente del poder del evangelio que nos salva y de la Iglesia. Ella nos aporta la presencia confortadora de Cristo glorioso, el gozo de la gracia, la esperanza y la posesión ya incoada en nosotros de la vida eterna. Se trata de una alegría más sólida que sensible y fruitiva, como lo es la paz que ofrece Jesús: "Mi paz... no es una paz como la que da el mundo" (Jn 14, 27). Algo tan sublime debemos implorarlo como verdadero don.

Vivamos la vida nueva

Jesucristo, por su muerte, nos ha liberado del pecado y nos abre el acceso a la vida nueva, pues se ha revelado como "Hijo de Dios con poder, según el espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos" (Rom 1, 4), y transmite a los hombres esta santidad porque "fue entregado por nuestros pecados y fue resucitado para nuestra justificación" (Rom 4, 25). Busquemos por todos los medios esta nueva vida que brota del bautismo, y, como resucitados con Cristo, anhelemos "los bienes de arriba".

Pidamos al Resucitado que crezca nuestra fraternidad

La participación en esta vida nueva hace también que los hombres sean "hermanos" de Cristo, como el mismo Jesús llama a sus discípulos después de la resurrección: "Id a anunciar a mis hermanos..." (Mt 28, 10; Jn 20, 17). Hermanos no por naturaleza sino por don de gracia, pues esa filiación adoptiva nos da una verdadera y real participación en la vida del Hijo unigénito, tal como se reveló plenamente en su resurrección. Que esta fraternidad sea nuestro distintivo y que brille, ante nuestro mundo fragmentado y desunido, la presencia viva del resucitado que nos hermana en la comunidad de discípulos. Que la unidad sea el reflejo de esta nueva vida con el resucitado que anhela el corazón, y que se expresa mejor en la caridad fraterna y en la comunicación cristiana de bienes.

Reavivemos nuestra esperanza

La resurrección del Señor es el fundamento, el manantial y la certeza de nuestra futura resurrección. "Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en nosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros" (Rom 8, 11). Es un proceso misterioso de revitalización que alcanzará también a los cuerpos en el momento de la resurrección por el poder de ese mismo Espíritu Santo que obró la resurrección de Cristo. Que la esperanza sobrenatural sea el distintivo de nuestro ejemplo, y que la paz para afrontar las dificultades sea el consuelo para los tristes, enfermos, ancianos y cuantos viven en soledad o han perdido el sentido de la vida.

Vivamos la gracia de ser hijos de Dios

En espera de esa transcendente plenitud final, Cristo resucitado vive en los corazones de sus discípulos y seguidores como fuente de santificación por el Espíritu Santo, fuente de la vida divina y de la filiación, fuente de la futura resurrección. Esa certeza le hace decir a San Pablo en la Carta a los Gálatas: "Con Cristo estoy crucificado; y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí. La vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gal 2, 20). Como el Apóstol, también cada cristiano, aunque vive todavía en la carne (Cfr. Rom 7, 5), vive una vida ya espiritualizada con la fe (Cfr. 2 Cor 10, 3), porque el Cristo vivo, el Cristo resucitado se ha convertido en el sujeto de todas sus acciones: Cristo vive en mí (Cfr. Rom 8, 2. 10)11;. Flp 1, 21; Col 3, 3). He aquí la vida en el Espíritu Santo que hemos de desear y pedir para ser en todo profundamente cristianos.

El Señor nos fortalece en las pruebas

La certeza que sostiene al Apóstol, debe sostener a cada cristiano en los trabajos y los sufrimientos de esta vida, tal como aconsejaba Pablo al discípulo Timoteo: "Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, descendiente de David, según mi Evangelio... Por eso todo lo soporto por los elegidos, para que también ellos alcancen la salvación que está en Cristo Jesús con la gloria eterna. Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con El, también viviremos con El; si nos mantenemos firmes, también reinaremos con El; si le negamos, también El nos negará; si somos fieles, El permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo..." (2 Tim 2, 8-13).

La presencia de Cristo Vivo debe vivificar completamente nuestra vida, nuestro trabajo, la vida familiar y nuestro empeño por construir una sociedad más justa y fraterna. Esta certeza se convierte en seguridad y fuente de sentido ante la enfermedad, el dolor y el sufrimiento. Esta certeza, por fin, es acicate en la vida moral y en el esfuerzo por ser mejores, con el estilo de quien ha resucitado con Cristo y aspira a vivir una vida nueva (Col 6,1-2).

Los Sacramentos de Cristo

¡Nosotros podemos tocar a Cristo hoy, aquí y ahora! Cada sacramento es, sobre todo, un encuentro personal con Dios. Cuantas veces hemos deseando verle, plantearle nuestras dudas, tenerle cara a cara, tan cerca que incluso podamos tocarle. De hecho, muchas veces hemos envidiado a aquellos que estuvieron al lado de Jesús: los apóstoles, la samaritana, el centurión, todos los que fueron curados por Él, etc. Pues bien, este deseo profundo se hace posible hoy a través de los sacramentos y, de modo especialmente intenso, en la Eucaristía.

Gracias a los sacramentos hoy puedo nacer de nuevo, como Nicodemo; recibir el perdón total y absoluto de todos mis pecados, como María Magdalena; exultar con el gozo del Espíritu derramado en Pentecostés; sanar de mis enfermedades y complejos, como el ciego de nacimiento; y, finalmente, reposar mi cabeza en Cristo, como San Juan, para permanecer con Él al pie de la Cruz y ofrecer mi vida, con la suya, por la salvación de los hombres. En los distintos gestos y oraciones de cada sacramento por la acción del Espíritu Santo, se hace realmente presente Cristo. Cuando decimos que Cristo ha resucitado no lo decimos de manera metafórica sino que afirmamos algo que ya escandalizó a judíos y romanos hace más de veinte siglos, y que el mismo San Pablo defendió con su vida: Cristo está vivo, es una persona viva, con la que puedo relacionarme. En los sacramentos puedo tocarle y, lo más sorprendente aún, Él mismo puede tocarme a mí y transformar mi vida por completo. En los sacramentos Cristo resucitado se me entrega para darme esa vida verdaderamente nueva. Que la nueva vida que brotó del costado abierto de Cristo en la cruz nos haga experimentar su presencia continua que nunca nos abandona.

La misericordia del Señor llena la tierra

Deseo vivamente que estas semanas de Pascua nos lleven a los más necesitados para que conozcan el amor generoso del Señor que sale a su encuentro. Jesús ha entregado su vida y vuelve resucitado para cuantos buscan a Dios sin encontrarle, como sucedió a María Magdalena, y les toma en serio abriendo los ojos de sus corazones. También para los pesimistas derrotados, como los discípulos de Emaús, que pueden sentirse comprendidos y llegar a ser apóstoles. Sigue acercándose para los dominados por el miedo, tan humano, que hoy padecen tantos perseguidos, prófugos, refugiados, y abandonados de los demás. No rechaza a los incrédulos, como Tomás, que buscan razones para salir del absurdo de sus razonamientos o desvalimiento. El intercede por nosotros y sigue buscando a todos los heridos por el pecado, el odio, la miseria o el rechazo de la sociedad. Mira con infinita compasión a cuantos sufren las injusticias y desigualdades, a los marginados y excluidos de la sociedad, a los que viven en las periferias existenciales, que a veces están muy cerca de nosotros. Que con nuestra solicitud pastoral y caritativa y anunciando a todos los necesitados la resurrección del Señor puedan encontrar su presencia y el cálido abrazo de misericordia.

Seamos sus testigos, discípulos misioneros

Hemos vivido, a través de la celebración litúrgica del Triduo Santo, junto a María, nuestra participación en el Misterio Pascual donde hemos puesto los dolores y alegrías de nuestra vida, las de la Iglesia y del mundo, y hemos renovado nuestros compromisos bautismales, para compartir la victoria de Cristo Resucitado en la Eucaristía. Anunciemos ahora la Buena Noticia que ha de resonar durante toda la cincuentena pascual como un himno de victoria: ¡Cristo ha resucitado¡ La muerte y el mal no tienen la última palabra, sino la Verdad y el Bien, Dios mismo. Ahora el Señor nos envía sin fijarse en nuestros defectos: "Como mi Padre me envió, así os envío yo" (Jn 20,21). Alegrémonos de compartir con El esta misión.

Que el Señor os conceda vivir este tiempo de alegría y de fiesta con el corazón lleno de esperanza y así seamos ante cuantos nos conocen, testigos de Cristo resucitado.

+ Rafael, Obispo de Cádiz y Ceuta

Pascua de 2016

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Cádiz y Ceuta Tue, 29 Mar 2016 11:06:05 +0000
El nombre de Dios es Misericordia http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/30872-el-nombre-de-dios-es-misericordia.html http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/30872-el-nombre-de-dios-es-misericordia.html

Tercera catequesis de la Misericordia de Mons. D. Rafael Zornoza Boy, Obispo de Cádiz y Ceuta.

"El Papa quiere hacernos entrar, casi cogiéndonos de la mano, en el gran y confortante misterio de la misericordia de Dios en el libro que ha publicado. Un misterio lejano a los cálculos humanos y sin embargo necesario y esperado por nosotros, peregrinos en este tiempo de desafíos y pruebas. «La misericordia existe», dice el Papa tras ser cuestionado sobre la relación entre misericordia y doctrina. La misericordia, añade Francisco, es «el carné de identidad de nuestro Dios» (Cf. Card. Parolin en la presentación del libro).

El libro del Papa es un libro que abre las puertas, que las quiere mantener abiertas, y pretende mostrar las posibilidades, que desea ser un relámpago de la infinita misericordia de Dios, sin la cual el mundo no existiría, cuya intención no es descender a casos singulares, sino más bien ampliar la mirada, introducir en el corazón de todos el deseo de experimentar en nuestra vida el don divino, lejano a nuestra lógica humana, pero necesario para sostenernos, alentarnos, animarnos y volver a comenzar siempre. Por tanto presenta el rostro del Dios de la misericordia, el padre que toca los corazones y que busca incansablemente alcanzarnos para donarnos su amor y su perdón. Busca toda rendija, toda fisura en nuestro corazón para alcanzarnos con su gracia.

A Dios le basta una mínima rendija y, si falta la fuerza para dar el paso hacia él, basta el deseo de darlo, porque la acción de la Gracia puede tomar la iniciativa. Esta humanidad necesitada de misericordia, esclava y enferma de tantas maneras sabe que lo necesita y encontrarla le da nueva vida. Pues bien, nosotros conocemos bien la misericordia.

La ley del amor es el "mandamiento nuevo" de Jesús: "Os doy un mandato nuevo, que os améis como yo os he amado" (Jn 13, 31-34). Nadie entre nosotros lo duda. Estas palabras pronunciadas en la Ultima Cena y después que Jesús lavara los pies a los apóstoles dejan pequeños todos los preceptos anteriores que, aunque invitasen a amar a los hermanos (Lv 19,18) o a los necesitados –extranjeros, viudas, huérfanos, etc (Deut 10, 19)-- dejaban afuera a otros no considerados como prójimo (cf. Mt 5, 43) por no ser de la misma raza o grupo. Aunque los profetas insistieron continuamente en el amor --pensemos en Isaías, Amos, Oseas...-- nadie había dicho que hasta los enemigos habían de ser amados (Lc 6, 27.35), lo cual pone a Jesús y su Evangelio a un nivel moral por encima de todas las filosofías y religiones. ¿Por qué motivo he de amar así? Porque todo hombre es infinitamente amado por Dios, buscado por Él para ser su hijo.

Si, Cristo rompe todos los moldes: "como yo os he amado" muestra la novedad de este amor, sus proporciones, sus consecuencias. Jesús "nos amó hasta el extremo" (Jn 13,1), a tope, hasta el máximo. Este amor no es un sentimiento fugaz, un afecto inconsistente o sin consecuencias: es creativo, es afectivo y efectivo, es de complacencia y de benevolencia porque demuestra la calidad del corazón desbordante de un Dios buenísimo, y la fuerza del creador que "hace salir el sol para buenos y malos" (Mt 5,45) y que quisiera –respetando nuestra libertad— que llegásemos a ser uno con Él", en perfecta comunión, y que envía a su Hijo al mundo para dar la vida amándonos y conseguir la más alta comunión de vida.

No comprenderíamos casi nada si redujésemos o simplificásemos este amor en un simple sentimiento. Se trata de algo con grandes consecuencias y comprometedor y, por eso, exigente. San Pablo propone la caridad como fruto del Espíritu Santo (Gal 5,22). Dice que es el mejor de los carismas (1 Cor 12,31), el mayor regalo de Dios; y en su Carta a los Corintios nos deja un cántico que es la página más elocuente. San Juan dice, además, que tener caridad es vivir en la luz, pasar de la muerte a la vida, es un signo de Dios (1Jn 2,10; 3,14; 4,20).

Fijémonos ahora solamente en un aspecto: cómo afecta este amor a la vida diaria. Hay que pensar que mucho, pues el amor era el distintivo de la primera comunidad cristiana (cf. Hch 2, 44s). Cuantos conocían a aquellos cristianos decían con admiración y envidia: "¡Mirad cómo se aman!". ¿Nos imaginamos su entrega, su servicialidad, su capacidad de acoger a todos, de disculpar sus defectos, de corregirse con humildad, de ayudarse en todo, también en ser fieles a Cristo y su enseñanza? Amar es darse, es valorar al otro, es compartir, confiar, fiarse, dejarse querer, escucharse, buscar siempre su bien, defenderse mutuamente, compartir con buen humor, alegrar la vida a los demás...

Es un ideal muy alto, sin duda, que nunca podremos poseer por completo, pero que, si el nos posee a nosotros, si llena nuestro corazón, nos elevará hasta límites insospechados. Por eso necesitamos sentirnos amados por Dios, que es Amor, y arrastrados por Él imitando a Cristo, nuestro modelo de caridad. Amar como Jesús, y a los demás como a Jesús, es más que como a ti mismo, y esto es fruto de la gracia sobrenatural que nos da Dios en el Bautismo, en la Eucaristía, en el Perdón.

Un buen cristiano se inventó los "estatutos de la amabilidad" y los tenía enmarcados en su cuarto para repasarlos a diario. Forman una especie de código de la felicidad sencillo, de andar por casa, pero sincero y realista. Escribió así:

• Sonreir siempre a las personas con las que convives

• Ofrecerte siempre para ayudar

• Evitar o suavizar las penas a los demás

• Contener todo gesto de impaciencia o mal humor

• Cuidar especialmente a las personas difíciles

• Mandar siempre con benevolencia

• Ser comprensivo con los defectos y miserias del prójimo

• Excusar y defender a los que han fallado

• Corregir con delicadeza y sintiendo dolor por ello

• Ser respetuoso y cortés sin ser empalagoso

• Hablar siempre bien de los demás o mejor callar

No esta mal ¿verdad? Pues aunque viviésemos esto perfectamente no terminaríamos de saldar la deuda de amor que tenemos con Dios, pues sin su compasión por nosotros, sin su misericordia, ni existiríamos. Pero, al menos, le permitiríamos entrar en la vida del mundo y hacerlo más justo y amable, más feliz. Lo decía el Papa al convocar este año jubilar: "Hay momentos en los que de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener la mirada fija en la misericordia para poder ser también nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre. Por esto he anunciado un Jubileo Extraordinario de la Misericordia como tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes" (Misericordiae Vultus, n.3).

Si lo intentamos al menos al fin de nuestra vida podrá reconocernos Dios como hijos semejantes a Él, pues, como dice San Juan de la Cruz, "al caer de la tarde seremos examinados sobre el amor". Es lo que quedará entonces, lo único consistente que podremos llevarnos a la otra vida, el verdadero tesoro, la mejor inversión. Por eso dice San Agustín: "El amor es mi peso". Si no tengo caridad no soy nada (1 Cor 13,2). Es cierto, como titula el Papa su libro, que "El nombre de Dios es misericordia", pero también el nuestro debería serlo.

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Cádiz y Ceuta Wed, 27 Jan 2016 11:12:01 +0000
Misericordia es dar la vida http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/30651-misericordia-es-dar-la-vida.html http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/30651-misericordia-es-dar-la-vida.html

Segunda Catequesis de la Misericordia de Mons. D. Rafael Zornoza Boy, Obispo de Cádiz y Ceuta.

"Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por los amigos" (Jn 15,13). Así lo hizo Jesús muriendo por nosotros, así descubrimos su mayor misericordia.

Quien se sabe amado y quiere corresponder a quien ama, le entrega su vida. "Obras son amores y no buenas razones", dice el refrán. ¿Hasta donde? ¿Cómo? La medida del amor es amar sin medida. La amistad es gratuidad, amor que no pide nada a cambio, amor total.

El amor infinito de Dios cuando entra en el mundo deja su rastro que es una entrega sin limite. "Jesús vivió su pasión y muerte, consciente del gran misterio del amor de Dios que se habría de cumplir en la cruz" (Misericordiae Vultus 7). "Como se puede notar, la misericordia en la Sagrada Escritura es la palabra clave para indicar el actuar de Dios hacia nosotros. Él no se limita a afirmar su amor, sino que lo hace visible y tangible. El amor, después de todo, nunca podrá ser una palabra abstracta. Por su misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano. La misericordia de Dios es su responsabilidad por nosotros" (id. 8). Así se explica que el amor excesivo de Dios provoca en los que le aman el darse sin cálculos, sin previsiones, sin buscar la paga. Este es el amor cristiano. Solamente así se comprende la comunicación cristiana de bienes --como vemos en Cáritas y en tantas asociaciones que favorecen a los pobres--, en ejemplos particulares que resultan ser normales entre nosotros. Más aún, esta es la única explicación de los millares y millares de hombres y mujeres que se consagran a Dios dejando sus posesiones, sus familias y proyectos y se ponen al servicio de los más pobres del mundo; pero también explica la fidelidad de los matrimonios, los que sufren persecución, etc.

Sucede que el cristiano comprende que la entrega del Hijo de Dios por amor es el único culto razonable posible. Jesús ha inaugurado una nueva relación con Dios que deja atrás los sacrificios animales, porque lo que Dios quiere y consigue es la religión del amor, una entrega de corazón y por amor que es culto auténtico, el único valioso ante Dios.

Toda la vida es sagrada. Ha sido santificada porque ha sido sacrificada pues el amor del Señor lo hace todo sagrado (etimológicamente es "sacrum-fácere"), en cuanto que se ha ofrecido en sacrificio. Así también nuestra vida ofrecida en oblación es perfecta donación, es servicio y la mayor misericordia, de inmenso valor para Dios y útil para el prójimo. Así lo demostró el diácono San Esteban, el primer mártir que nos recuerda, inmediatamente después de celebrar el Nacimiento de Jesús, que la vida sin Él no tiene sentido y que se puede perder todo en esta vida menos su vida, pues es vivir para siempre, es gloria eterna para el hombre.

Los mártires son siempre el ejemplo del amor mayor, testigos inacabables de la misericordia infinita de Dios en el mundo. También los niños mártires inocentes masacrados por la primera de las persecuciones contra Jesús nos recuerdan la permanente batalla entre Dios y el maligno, la luz y las tinieblas; que "vino a los suyos y los suyos no le recibieron". Pero la palma del martirio que abre paso a Jesús a su entrada en Jerusalén entre Hosannas es el símbolo de la victoria de la resurrección y del triunfo de cuantos son fieles a Cristo a lo largo de la historia, nuestros mejores hermanos, los auténticos testigos, los amantes más desprendidos, los más misericordiosos.

"Este es el día del Señor, es el tiempo de la misericordia" (Sal 123). Este tiempo es hoy, pues cada día actúa Dios y hoy debemos entregarle la vida. No nos faltan oportunidades para ser sus testigos y mostrar a todos su amor, su infinita misericordia. Dejémonos, pues, empapar por el agua y la sangre vivificante que brota del Corazón de nuestro Redentor, Jesucristo, el Rey de la Gloria en el sacramento del Bautismo y de la Eucaristía. Sí, las compuertas han sido abiertas para todos los hombres, para cada hombre y para el conjunto de la creación. Recuerda que hicimos profesión de fe renunciando al pecado y a las obras del maligno para ser testigos del la verdad y el amor que no pasa, proclamando que vale la pena amar hasta entregar la vida. Somos testigos de la Verdad, que es Amor Infinito. Nuestro tesoro es la misericordia y estamos a su servicio. "Si no tengo amor no soy nada" (. cf1Cor 13).

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Cádiz y Ceuta Wed, 13 Jan 2016 12:35:51 +0000
Misericordia y Navidad http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/30569-misericordia-y-navidad.html http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/30569-misericordia-y-navidad.html Misericordia y Navidad

Primera Catequesis de la Misericordia del Obispo de Cádiz y Ceuta, Mons. D. Rafael Zornoza Boy.

"Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el Sol que nace de lo alto" (Lc 1, 78-79)

¿Quieres saber qué es la misericordia? Pues mira a Jesús. Si nos preguntamos cómo hablar hoy de la misericordia de modo concreto nada hay más realista, concreto, tangible y eficaz que el mismo Jesús, y nada mejor que la Navidad para comprenderlo. La misericordia tiene rostro y nombre, tiene vida y corazón: se llama Jesús y ha nacido en Belén.

Dice San Pablo que con Él "se ha manifestado la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres" (cf. Tito) puesto que quien se ha manifestado es Cristo Jesús, Dios verdadero y Hombre verdadero, que, siendo Dios, "se entregó a si mismo por nosotros". Esto quiere decir que es Él quien nos salva por amor, y que este amor hace posible una nueva vida, y que, si le dejamos, nos introduce en ella, nos modela y nos transforma, cambia nuestro corazón y nuestras obras, y nos hace eternos, pues "el amor es más fuerte que la muerte" (Cant 8,6).

En medio de este mundo en conflicto permanente y sin esperanza se ha cumplido aquella promesa divina que excede nuestras posibilidades. Porque ¿quién puede hacer algo así? Sencillamente sólo "el amor ardiente del Señor Todopoderoso lo realizará", como anunciaba ya Isaías varios siglos antes (Is ). Quien es el mismo Amor viene por amor. Esta es la clave: su amor, su misericordia.

A quien acoge este amor se le llena de esperanza el corazón y se le ilumina la vida. Eso sí, no se recibe sin más, sin entrar antes en el camino por el que entra en nuestro mundo: la sencillez. Esto es fácil, aparentemente, porque todos somos muy pobres y frágiles, pero, precisamente por esto, huimos de la pobreza y nos afianzamos en la arrogancia. El camino de Dios es, sin embargo la simplicidad, pues ha acogido nuestra pobreza. En ella se despliega el esplendor de su vida en nosotros. Quien es simple ("sin-plex" quiere decir en latin "sin doblez"), comprende enseguida. Y el amor, que de suyo es humilde, se entrega pronto.

A la vista de un mundo ingobernable y conflictivo, Dios nos responde con su amor más grande, con su propio Hijo, el Amado en quien se complace. El es la misericordia hecha carne. También para el porvenir de cada uno, que llevamos la muerte en nuestro destino. La Encarnación del Hijo de Dios es la expresión de un cuidado especial con el que Dios cuida a cada hombre, en cuerpo y alma, aquí y por toda la eternidad, y muestra de este modo la importancia que tiene la persona humana pues, fuera de Dios, lo más grande es el ser humano.

Cuando San Bernardo decía que "el beso de Dios al hombre es la Encarnación de su Hijo" (Cf. Homilia 2 sobre el CantC), no solo se refería a su ternura, al cariño de Dios que nos quiere abrazar. Es aún más profundo. Este reencuentro del hombre con el Hijo de Dios acaba con la imagen de un dios mitológico, tapagujeros, refugio-evasión, porque nos ofrece al verdadero Dios que haciéndose hombre nos transforma, diviniza la vida, cambia lo humano en divino, porque no deja de ser Dios. Pero si fuese sólo Dios, sin ser hombre, quedaría inaccesible en su trascendencia, e incomprensible, y nuestra vida igual de pobre y humana. Lo sagrado se quedaría tan sólo en lo esotérico. Sin embargo, la Encarnación lo cambia todo. Decía San León Magno: "Reconoce Cristiano tu dignidad y puesto que has sido hecho de naturaleza divina, no caigas en antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de que cuerpo eres miembro". Es cierto: acoger a Jesús nos hace volver a nacer y compartir nuestra existencia con la de Dios, que nos dinamiza para amar como Él y para hacer siempre el bien.

Su misericordia nos hace divinos, herederos de su gloria, serenos ante la muerte, testigos de un desposorio que abre un diálogo para siempre entre nosotros y Dios, y una comunicación de amor –una comunión—que ya nunca acabará. Este amor, como Dios mismo, es eterno y nos lleva a la eternidad. ¿Puede darse mayor amor?

Los primeros cristianos sabían bien lo que decían cuando recitaban el Cantico de Zacarías, el Benedictus: "Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el Sol que nace de lo alto" (Lc 1, 78-79). Decían que esta visita tuvo lugar con Cristo.

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Cádiz y Ceuta Fri, 08 Jan 2016 10:14:51 +0000
“Muéstranos Señor tu Misericordia” http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/30124-“muéstranos-señor-tu-misericordia”.html http://odisur.es/diocesis/cadiz-y-ceuta/documentos/item/30124-“muéstranos-señor-tu-misericordia”.html

Carta Pastoral del Obispo de Cádiz y Ceuta, Mons. Rafael Zornoza Boy, con motivo de la apertura del Año Jubilar de la Misericordia.

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Cádiz y Ceuta Fri, 04 Dec 2015 13:01:03 +0000