Solemnidad de San Indalecio

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González, en la festividad del Patrono de la diócesis y ciudad de Almería

Lecturas bíblicas: Sb 5,1-4.14-16; Sal 88,2.6.12-13; 1 Cor 1,18-25; Jn 15,9-17

Excelentísimas e Ilustrísimas autoridades;
Excelentísimo Cabildo Catedral;
Queridos hermanos y hermanas:

La fiesta de san Indalecio, fundador y patrono de nuestra diócesis y patrono principal de la ciudad de Almería nos invita a la alabanza a Dios providente, que nos ha llamado al seguimiento de Cristo y en él a abrazar el evangelio de la salvación.

Es importante considerar que san Indalecio, al que la tradición hace discípulo de Santiago, es fundador de esta Iglesia diocesana y, siendo su primer obispo, es por eso mismo su protector e intercesor en el cielo; y unido a Cristo, Mediador único entre Dios y los hombres, eleva constantemente a Dios Padre súplicas por esta Iglesia y su ciudad.

Los documentos más antiguos de la tradición legendaria le hacen español, convertido por la predicación de Santiago en Zaragoza, pues habría nacido en tierras aragonesas; y no han faltado especulaciones sobre su origen judío y su pertenencia los muchos discípulos del Señor, entre los cuales habría acompañado a Santiago en su viaje apostólico a España. Esto, naturalmente, antes de que el apóstol patrono de nuestra nación, vuelto a Jerusalén, sucumbiera a la espada de Herodes Agripa.

Esta leyenda hagiográfica, de la que forma parte la tradición de los Varones Apostólicos, es en parte matizada por el Martirologio Romano, fija la predicación de los Varones Apostólicos en el tránsito del siglo II al III, a los cuales identifica como obispos que se establecieron en las ciudades de la Hispania meridional. Así, el Martirologio se refiere a san Indalecio como primer obispo de la Iglesia de Urci, actual Iglesia de Almería.

La reliquia de nuestro Patrón que hoy acompañaremos al término de la santa Misa en procesión claustral nos vincula a una historia de fe que se remonta a la predicación evangélica entre nosotros. La predicación del Evangelio dio origen a la plantación y primer desarrollo de nuestra Iglesia en la Urci hispanorromana, precedente histórico de la diócesis almeriense. Al venerar esta santa reliquia del obispo fundador y patrono de la ciudad y diócesis de Almería, se reaviva en nosotros y alcanza un eco especial en nuestra cultura del bienestar el mensaje de la cruz, que por sí mismo «es necedad para los que están en vías de perdición; pero para los que están en vías de salvación –para nosotros– es fuerza de Dios» (1 Cor 1,18).

Esta reliquia que hoy veneramos fue solicitada al monasterio de san Juan de la Peña por el gran obispo franciscano Fray Juan de Portocarrero, y una vez que el Papa Paulo V otorgó la autorización de su traslado, fue recibida en Almería el 21 de enero de 1620. Desde entonces hasta hoy las generaciones de fieles cristianos de estas tierras han venerado esta reliquia de san Indalecio, obispo fundador y mártir de Cristo, y al venerar tan preciada reliquia han reafirmado la fe que recibieron del ministerio apostólico y pastoral de su primer obispo. Con el ejercicio del ministerio de la palabra y la cura pastoral de la naciente Iglesia urcitana, san Indalecio coronó en el martirio la generosa entrega con la que engendró a los hijos de esta Iglesia para la fe en Cristo; y su memoria e intercesión por nosotros sigue hoy alentando nuestra fe y nuestra esperanza, e inspirando la caridad por la que reconocerán cuantos sean testigos de nuestra vida que somos discípulos del Señor. La caridad que es el contenido del mandamiento nuevo, imperativo del Maestro que nos recuerda cómo podemos distinguirnos como amigos del Señor, al mandarnos cumplir con la caridad como crédito de vida, al decirnos: «Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 15,17).

Jesús nos dice que su alegría, experiencia interior del amor que el Padre le profesa y que él profesa al Padre, amor que le lleva a la obediencia de la cruz, estará en sus discípulos, si se aman guardando sus mandamientos. Dice Jesús: «como yo guardo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor» (Jn 15,10). Esta guarda de los mandamientos del Padre mantiene en Jesús aquella alegría suya que durará también en ellos; y en ellos la alegría de Jesús producirá aquel gozo que comparten con Jesús y en sus discípulos «alcanzará su plenitud» (Jn 15,11). Esta alegría no es propia de esclavos, sino de hijos; por eso, entre Jesús y sus discípulos no hay señor y siervos, porque los discípulos son sus amigos, si se aman: «si hacéis lo que yo os digo» (Jn, 15,14).

En una situación tan tensionada como la que estamos viviendo, cuando se agudizan las oposiciones entre las naciones y resulta tan difícil restablecer el equilibrio de la paz en zonas tan castigadas como el Oriente Próximo; y cuando entre nosotros, en nuestro suelo patrio, esta tensión y estas oposiciones arrastran a algunos a la ruptura de la historia común de quienes somos herederos de la misma tradición cristiana y hemos formado una gran comunidad de siglos, hemos de sentir la llamada al entendimiento y la unidad. La historia todavía reciente de España debe recordarnos que alentar la desafección y la hostilidad entre quienes somos herederos de esta historia común, no es una apuesta por la paz y la concordia de todos; y no lo es tampoco negar el bien moral de la unidad fundada en la convivencia histórica.

Hoy, como siempre, hemos de invocar la intercesión de aquellos varones apostólicos que nos predicaron el Evangelio de la vida y de la fraternidad, que inspiró siglos de vida en común y consolidó una identidad compartida. Hemos de suplicar a Dios la sabiduría del justo, que soportó el desprecio y las injusticias con la paciencia y el temple que acreditan que su vida se corresponde con la vida de los hijos de Dios.

San Indalecio, como los Apóstoles y los varones apostólicos que fundaron las primeras Iglesias nacidas de la Iglesia madre de Jerusalén, se condujeron con la humildad que es fruto de la sabiduría de lo alto, la sabiduría que viene del Espíritu Santo y da a conocer la verdad de las cosas, que se ajusta siempre a la mente del Creador. Como san Pablo dice a los corintios, la predicación de la cruz de Cristo aparece como locura o necedad, pero «para los que se salvan –para nosotros- es fuerza de Dios» (1 Cor 1,18). Los malvados creen tener fundada su visión de las cosas, porque apelan a la experiencia del fuerte y de la lógica de este mundo, pero «la esperanza del impío es brizna que arrebata el viento…» (Sb 5,14). Carece de consistencia, porque no tiene su fundamento en Dios y en sus obras, mientras la esperanza del justo, de aquel que fía en la palabra de Dios es esperanza que se verá colmada, porque Dios premia la fe de quienes esperan en él; como esperaron en Dios los mártires y pusieron en él su confianza frente a la arrogancia de los perseguidores.

Pidamos a san Indalecio que interceda por nuestra Iglesia y por nuestra ciudad, para que no seamos víctimas de espejismos ilusorios; para que sepamos llamar a las cosas por su nombre, conocedores de su verdad, aunque a veces nos cueste la descalificación y el desprestigio que arrojan los que dominan la opinión e incluso desde el poder que se les otorga para salvaguardar el bien común, someten a los demás mediante la mentira y el ocultamiento de la verdad.

Que la santísima Virgen, que fortaleció a Santiago en la dificultad de la predicación y acompañó la obra de evangelización apostólica siga intercediendo por nosotros que la invocamos con el título de Estrella del Mar.

S. A. I. Catedral de la Encarnación
15 de mayo de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería