«In albis»

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Lecturas bíblicas: 1 Juan. 5,4-10; Gradual: Mt 28,7/Jn 20,19; Jn 20,19-31


Queridos hermanos y hermanas:

En este domingo, llamado en latín «in Albis», porque los catecúmenos que fueron bautizados en la vigilia pascual vestían sus albas blancas, durante toda la octava de la Pascua, en la celebración de la santa Misa. Hoy, concluyendo la octava de Pascua, integrados ya en la comunidad cristiana como neófitos, comenzaban el camino ordinario de vida cristiana. Con su incorporación plena a la Iglesia, por los sacramentos de la iniciación cristiana, como dice san Agustín, estos «niños recién nacidos, párvulos en Cristo, nueva prole de la Iglesia, gracia del Padre, fecundidad de la Madre, retoño santo, muchedumbre renovada…» (SAN AGUSTÍN, Sermón 8, en la Octava de Pascua 1,4: PL 46, 838) dilataban y fortalecían el crecimiento de la Iglesia.
Este domingo recibía además el nombre de «Quasimodo», porque así reza en latín el introito o antífona de entrada que ha cantado el coro: «Quasimodo geniti infantes, rationabiles sine dolo lac concupíscite» («Como infantes recién nacidos, apeteced la leche del espíritu pura y no adulterada»). Esta leche espiritual es, pues, transitoria por ser alimento espiritual de infantes en la fe, que han de caminar hacia la plena adultez, para que puedan alimentarse con alimento sólido; como sucede de hecho con el cambio de la alimentación de un niño a un adulto.

Sucede, sin embargo, con frecuencia que nuestra condición de cristianos adultos, a pesar de haber renovado las promesas bautismales como cada año en Pascua, carece de un conocimiento suficiente en materia de fe, y nos falta una real experiencia de vida sobrenatural, por lo cual se nos ha de aplicar tantas veces lo que dice el autor de la carta a los Hebreos a propósito de la flojera de la fe de la comunidad a la que escribe: «Pues debiendo ser ya maestros en razón del tiempo, volvéis a tener necesidad de ser instruidos en los primeros rudimentos de los oráculos divinos, y estáis necesitados de leche en lugar de manjar sólido» (Hb 5,12).

Por eso cuantos reciben estos días pascuales el bautismo han de ser alimentados progresivamente para alcanzar la adultez cristiana mediante una verdadera educación de la fe, en el caso de los niños; y una formación religiosa adecuada, en el caso de los adultos. La formación en la fe ha de continuar toda la vida, como dice el Apóstol: «hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado del hombre perfecto, a la plena madurez de Cristo» (Ef 4,13).

Este domingo, además, es conocido desde hace algunos años como «domingo de la misericordia», como quiso llamarle san Juan Pablo II, siguiendo a santa Faustina Kowalska. A esta santa el Señor le otorgó revelaciones místicas sobre la misericordia divina, cuya devoción propagó alcanzando gran eco en el pueblo cristiano. Hemos de suplicar, por esto, con plena confianza al Dios de misericordia infinita, como reza la oración colecta reformada de la misa de hoy, ligeramente reformada en el rito ordinario, que seamos consecuentes «el bautismo que nos ha purificado, del Espíritu que nos ha hecho renacer y de la sangre que nos ha redimido» (MISAL ROMANO: Oración colecta, Misa de la Octava de Pascua); y, al celebrar estas fiestas pascuales cada año se acrecienten en nosotros los dones de la gracia divina. Hemos de suplicarlo así a Dios, acercándonos al «trono de la gracia» (Hb 4,16), porque hemos conocido que, en la pasión y muerte en cruz de nuestro Señor Jesucristo, Dios Padre nos ha agraciado en abundancia con la misericordia y el perdón que a todos alcanza y nos viene por el agua del bautismo, el Espíritu Santo y la sangre de la nueva Alianza.

Es lo que el Resucitado revela a los Apóstoles, a los cuales se aparece el mismo día de la resurrección, cuando los apóstoles se hallan reunidos en una casa con «con las puertas cerradas, por miedo a los judíos» (Jn 20,19). El Resucitado les mostró las llagas de las manos y el costado y les saludó con el saludo de la paz, y soplando sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados le quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos» (Jn 20,22-23).

El Espíritu Santo es el gran don de la Pascua que Jesús entrega a sus discípulos. Se cumple ahora la condición que hace posible el derramamiento del Espíritu sobre la comunidad pascual: que Jesús ha resucitado ya de los muertos, como él mismo lo había anunciado y había dicho: «Si alguno tiene sed, que venga a mí, y beberá el que cree en mí, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva» (Jn 7,37); y el evangelista aclara que Jesús: «Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él» (Jn 7,38).

Si Jesús no hubiera muerto y resucitado no hubiéramos recibido el perdón de los pecados ni se nos habría dado el Espíritu Santo que crea en nosotros el hombre nuevo, la nueva criatura a imagen del mismo Cristo Jesús. Por eso el Resucitado afianza en sus discípulos la fe en su resurrección, mostrándoles las manos y el costado, dando así testimonio de su verdadera identidad: El Crucificado es el Resucitado, y la humanidad de Jesús entregado, por nosotros a la pasión y a la cruz, ha sido glorificada, pero lleva las marcas de la pasión, porque es el Hijo de Dios hecho hombre el que ha sufrido por nuestra redención. La misericordia de Dios revelada en la pasión y cruz de Jesús marcará la humanidad glorificada del Señor para siempre; por eso, se aparece a sus discípulos con los signos de su humanidad sacrificada, dándole pruebas de que, en verdad, ha vencido a la muerte, y está vivo para siempre. Cuando vuelva a aparecerse a los Apóstoles, estando ya Tomás con ellos, porque la primera vez estaba ausente, Jesús volverá a mostrarle las llagas de sus manos y su costado; y declarará bienaventurados a los que sin ver creerán en él por la predicación del evangelio.

Finalmente, al celebrar hoy la santa Misa en nuestra iglesia Catedral de la Encarnación, hemos querido ofrecer a los fieles que han tenido voluntad de participar en esta celebración eucarística la ejecución del modo extraordinario de la Misa, atendiendo al deseo de un grupo de fieles que así lo solicitaron. Hemos celebrado la Misa en la forma establecida por la última reforma del antiguo Misal Romano, tal como fue aprobado y promulgado por san Juan XXIII en 1962.

Damos gracias a Dios porque nos ha permitido celebrar este solemne pontifical como culminación de la Octava de Pascua, con la que concluimos estos días solemnes y gozosos de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, Redentor del hombre y Salvador del mundo, en el cual hemos puesto nuestra esperanza. Su humanidad glorificada por el Padre nos precede y guía hacia la patria del cielo mientras peregrinamos en este mundo. Hemos de trabajar por la evangelización de este nuestro mundo, anticipando en su constante acomodación al Evangelio de Cristo la gloria que esperamos; transformando las realidades temporales de forma tal que veamos en ellas un anticipo de las realidades eternas que esperamos.

A Cristo Jesús resucitado y glorioso sea dada toda alabanza y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

S. A. I. Catedral de la Encarnación
Almería, a 8 de abril de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería