En la cena del Señor

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González, en la Misa de la "Cena del Señor"

Lecturas bíblicas: Éx 12,1-8.11-14; Sal 115,12-13.15-18; 1 Cor 11,23-26; Jn 13,1-15

Queridos hermanos y hermanas:

La misa «en la Cena del Señor» que estamos celebrando nos ha introducido en la vivencia intensa del testamento del Señor. El evangelista san Lucas recoge las palabras de Jesús que crean el clima de expectación en sus discípulos palabras que alcanzan nuestro corazón, cuando a Jesús decir a sus discípulos: «Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer…» (Lc 22,15). Palabras con las que Jesús sitúa a los discípulos en el contexto real del momento: Jesús, aclamado como Mesías e hijo de David el domingo de Ramos, va ahora a la pasión y a la cruz, como se lo había anunciado y ellos se resistían a admitir.

Estas palabras nos permiten asimismo entender mejor el significado de los gestos que va a realizar con ellos y llegar a su significado y contenido. En la última Cena, Jesús nos entregó el don admirable de la Eucaristía y en ella, al entregar el pan y el vino convertidos en su Cuerpo y Sangre, anticipaba su propio sacrificio por nosotros bajo la figura del signo en el que nos dejaba el sacramento del Altar, memorial de su pasión y muerte.

Al entregarlo a sus Apóstoles, la Eucaristía se convertía en contenido central e irrenunciable de la Iglesia como contenido de la tradición apostólica, como el santo papa Juan Pablo II refería en su magisterio, afirmando que la apostolicidad de la Iglesia es inseparable de la apostolicidad de la Eucaristía. Hemos recibido de los Apóstoles el sacramento de la Eucaristía, de la cual afirmamos en la fe que «contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que, mediante su carne vivificada y vivificante, por el Espíritu Santo, da la vida a los hombres» (VATICANO II: Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, n. 5; Catecismo de la Iglesia Católica, n.1324).

San Pablo nos informa de la institución de la Eucaristía por Jesús en la primera carta a los Corintios, el texto más antiguo que narra el hecho juntamente con el evangelio de san Marcos. Hemos escuchado el pasaje de la carta que narra la institución en la segunda lectura de esta misa. Hemos de tener presente, para mejor entender la institución del sacramento del Altar, que la Eucaristía tiene su anticipación figurada en la institución por Dios de la Pascua de los hebreos, narrada en el libro del Éxodo y recogida en la primera lectura.

El libro del Éxodo nos informa del origen de la celebración pascual del pueblo judío, narrando los hechos acontecidos en la liberación de los israelitas de la esclavitud de Egipto, acaudillados por Moisés, preparados para salir hacia la tierra prometida emprendiendo la marcha hacia el Mar Rojo. Aquella primera pascua hebrea acontecía la noche de la salida de Egipto, cuando los primogénitos de los hebreos fueron salvados del exterminio a que fueron sometidos los primogénitos egipcios. La señal de sangre con la que Dios ordenó a Moisés marcar las casas de los hebreos era la sangre de la res menor inmolada por cada familia, el cordero o cabrito que habían de comer en la cena pascual. Este hecho de liberación es el origen del rito de la cena pascual judía mediante la cual se evocaría cada año la liberación de la esclavitud de Egipto y el paso del Mar Rojo hacia la tierra de promisión.

Así lo determinó el Señor, que les urgía a comer de prisa aquella primera noche pascual preparados para comenzar la marcha hacia la libertad: «la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; lo comeréis, porque es la Pascua, el Paso del Señor» (Éx 12,11). Cada pascua las familias judías durante siglos han evocado este acontecimiento liberador que han entendido como «Pascua, Paso del Señor». A este acontecimiento se referirá Jesús en la última Cena, pasando de la sangre de la antigua Alianza a su propia sangre, diciendo a sus discípulos: «Este es el cáliz de la nueva Alianza en mi sangre, que será derramada por vosotros» (Lc 22,20). De aquella primera inmolación en la noche de la salida de Egipto, el libro del Éxodo nos lleva al pacto de la alianza de Dios con su pueblo en el monte Sinaí, sellada en la sangre de las reses inmoladas.

Jesús se inmola por nosotros, y en su cuerpo entregado a la muerte y en su sangre derramada para el perdón de los pecados, la humanidad ha recibido el mayor signo del amor de Dios, signo en el cual tiene acceso a la gracia de la redención. Con el perdón Dios otorga también nuestra transformación en Cristo como criaturas nuevas a cuantos acceden a la fe y al bautismo; y en la Eucaristía, Dios por medio de su Espíritu Santo nos incorpora al sacrificio de su Hijo por nosotros. Por la Eucaristía somos asimilados a Cristo mismo, pues «al entregar su sacrificio a la Iglesia, Cristo ha querido hacer suyo el sacrificio espiritual de la Iglesia, llamada a ofrecerse también a sí misma unida al sacrificio de Cristo» (SAN JUAN PABLO II, Encíclica Ecclesia de Eucharistia, n. 13).

Queridos hermanos, pongamos en la patena nuestras propias vidas, con sus gozos y sufrimientos, pongámonos nosotros mismos, para que Cristo nos una a su sacrificio redentor y por su Espíritu Santo seamos transformados (cf. PO, n.5c). Este ofrecimiento es la sustancia del sacerdocio común de los fieles, ofrecimiento al cual se ha de unir el testimonio de Cristo que han de dar los bautizados en todas partes; y su disposición permanente a «dar razón de nuestra esperanza en Cristo» (1 Pe 3,15).

En este ofrecimiento tiene una función propia el ministerio sacerdotal, que Jesús instituyó en la última Cena al mismo tiempo que instituía la Eucaristía. Si Jesús entregó la Eucaristía a sus Apóstoles fue para que ellos la reiteraran y por eso les dijo: «Haced esto en memoria mía» (1 Cor 11,24; y sinop.). Aunque la Eucaristía es celebrada por toda la comunidad eclesial y los fieles participan en ella en razón de su sacerdocio real, «es el sacerdote quien “realiza como representante de Cristo el sacrificio eucarístico y lo ofrece a Dios en nombre de todo el pueblo” [LG, n. 10]» (EE, n. 28b). Razón por la cual la Iglesia reitera, contra cualesquiera desviaciones, que es «únicamente el sacerdote quien pronuncia la plegaria eucarística, mientras el pueblo de Dios se asocia a ella con fe y en silencio» (EE, n. 28b).

La Iglesia ve al sacerdote obrando «en la persona de Cristo» (in persona Christi); es decir, en representación de la persona de Cristo que actúa por medio del sacerdote. Ved, queridos hermanos y hermanas, qué ministerio entregó Cristo a los sacerdotes, y suplicad para que no nos falten sacerdotes que lo ejerzan en favor nuestro: predicadores de la palabra de la salvación y ministros de la Eucaristía. Ayer en la Misa crismal recordaba a los sacerdotes nuestra llamada a la santidad, para que mediante el ejemplo de los ministros del Señor sean edificados los fieles y alcancen a cumplir en sí mismos la vocación universal de la santidad.

El evangelio de san Juan nos presenta a Jesús actuando como «aquel que sirve», siendo el «Maestro» y el «Señor», y por eso les dice: «Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» (Jn 13,15). El evangelio de san Juan no narra la institución de la Eucaristía, y en su lugar nos transmite en el sermón del adiós, en el que Jesús se despide de sus discípulos, el contenido que de la institución de la Eucaristía se deduce: quien se entrega al sacrificio por nuestro amor quiere asociarnos a él invitándonos a asumir su misma actitud. San Lucas nos ha transmitido un pasaje equivalente a esta invitación de Jesús al servicio recíproco de unos para con los otros. Jesús corrige la actitud de los apóstoles de querer ocupar primeros puestos y les dice: «Pues, ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22,27).

El servicio y la caridad cristiana se fundamentan en el amor y la caridad de Dios manifestados en la entrega de Jesús por nosotros, por eso es la obediencia de Jesús al Padre razón de su divina voluntad de estar en plena comunión con su Padre. La Eucaristía hace la unidad de la Iglesia, porque en la Eucaristía esta comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo activa nuestra voluntad de comunión plena con Dios y con los hermanos, haciendo que visiblemente la Iglesia aparezca ante el mundo como sacramento de la unidad del género humano; es decir, haciendo visible por nuestra sincera voluntad de comunión, que es caridad verdadera, que el sacramento llegue a expresar aquello mismo que significa (cf. EE, n. 35).

El mandamiento del amor se inscribe en esta dinámica divina de amor y plena comunión entre las personas de la Trinidad, fundamento de nuestra comunión en la Iglesia y del amor recíproco que nos debemos. La caridad cristiana se abre de este modo a todos los hombres, pero de manera especial ha de llegar a los más pobres y necesitados de nuestra ayuda, siempre será el signo de nuestra sincera confesión de fe.

Demos gracias a Dios por el don inmenso de la entrega de su Hijo por nosotros, démosle gracias porque ha querido que por el Espíritu Santo esta entrega se perpetúe en la Iglesia median te la Eucaristía. Con María alabemos a Dios por dones tan altos y admirables, porque ha hecho cosas grandes y su nombre es santo.

S.A.I. Catedral de la Encarnación
29 de marzo de 2018
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería