Día de la Romería de la Virgen del Mar

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Lecturas bíblicas: 1 Sam 3,3b-10.19; Sal 39,2.4.7-10; 1 Cor 6,13c-15ª.17-20; Jn 1,35-42

Queridos hermanos y hermanas:

Después de haber celebrado el bautismo de Cristo el pasado domingo, hemos comenzado el tiempo ordinario del año. Estamos ya en la segunda semana de este tiempo, que interrumpiremos dentro de pocos domingos por la llegada de la Cuaresma, para volver a retomarlo, una vez celebradas las solemnidades de Pascua y Pentecostés.

En este tiempo ordinario del año recorremos con Jesús el itinerario de su vida pública, dispuestos a escuchar su palabra y contemplar sus hechos. El evangelio de hoy nos presenta una escena que, en esta romería de nuestra Patrona, puede ayudarnos mucho a fortalecer nuestra vida cristiana, conscientes de que no queda sin dar su fruto el testimonio del Evangelio que seamos capaces de dar a los demás, incluso sin que nosotros llevemos cuenta de ello.

El evangelio de san Juan da cuenta del interés en seguir a Jesús de Juan y Andrés, sus primeros discípulos, impulsados por el testimonio que el Bautista había dado de Jesús y ellos dos habían escuchado. Juan Bautista había hablado de Jesús, después de su bautismo en el Jordán, refiriéndose a él como el “Cordero de Dios”. Era una confesión de fe en Jesús, en la identidad real de su persona divina de Hijo de Dios, oculta bajo su figura humana y a la vez visible en ella, a la que sólo se podía llegar por la fe.

Para entender por qué el Bautista habla de Jesús como Cordero de Dios, es necesario tener presente que el cordero pascual era sacrificado como alimento de la cena de Pascua la gran celebración hebrea, memorial de la liberación de la esclavitud de Egipto. El cordero pascual anunciaba la liberación plena del pecado, no ya la liberación de poderes humanos como el de Egipto que sometió a los israelitas, sino la plena liberación del poder y dominio del demonio y del pecado en el mundo.

El pecado es desconocer a Dios, no reconocerle como Creador y Señor, no guardar sus mandamientos ni cumplir su voluntad, que siempre es de amistad y amor hacia sus criaturas. Dios es el Dios del que tuvo experiencia Moisés en el monte Sinaí, al recibir las tablas de la ley, cuando Dios se dignó pasar delante de él exclamando: «un Dios de misericordia y clemente, tardo a la cólera y rico en piedad y fidelidad» (Éx 34,6). Por eso, habiéndose hecho Dios visible mediante la encarnación de su Hijo, rechazar al elegido de Dios es el mayor pecado. Jesús reprochará a sus adversarios en diversos pasajes del evangelio de san Juan que no crean en él. En una ocasión Jesús les ha dicho que él es la luz del mundo, pero no aceptan sus palabras, y Jesús les dice: «Yo me voy y vosotros me buscaréis, y moriréis en vuestro pecado» (Jn 8,21). Por eso añade: «No me conocéis a mí ni a mi Padre; si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre» (Jn 8,19). La noche de la cena les dice a sus discípulos, lamentando que haya sido rechazado: «Si yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa de su pecado. El que me odia, odia también a mi Padre» (Jn 15,22-23).

El pecado consiste en desconocer a Dios, porque Dios se manifiesta por sus obras en la creación del mundo universo, y ha dejado una huella indeleble en la conciencia del hombre que le capacita para distinguir entre el bien y el mal. La influencia de la atmósfera de pecado en la que se desenvuelve la vida del hombre puede disminuir la culpa de quien se aleja de Dios, pero si ha conocido a Jesús ya no tiene excusas, porque Jesús es la revelación de Dios, que se da a conocer en su persona; y esta revelación de Dios en Jesús llega a su punto culminante en la entrega de Jesús a la muerte por el mundo. Jesús, como dijo de él Juan Bautista es, en verdad, «el cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Jesús nos da a conocer en su sacrificio por nosotros la misericordia y el amor que Dios nos tiene; porque como dice el evangelio: «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

Este fue el testimonio de Juan el Bautista: que Jesús era el cordero de Dios que quita el pecado del mundo, que ha venido a darnos a conocer el amor de Dios, a revelarnos el misterio de Dios para que el mundo se salve. Este es el testimonio que el Bautista dio sobre Jesús, viéndole pasar delante de él. Lo oyeron dos de sus propios discípulos, pues Juan y Andrés era discípulos del Bautista, se sintieron a traídos por Jesús y lo siguieron. Jesús, viendo que le seguían, se volvió a ellos y les dijo: «¿Qué buscáis? Ellos le contestaron: Rabí (que significa maestro); ¿dónde vives? Entonces fueron, vieron donde vivía y se quedaron con él aquel día» (Jn 1,38-39).

A partir de aquel momento los dos discípulos del Bautista se quedaron con Jesús y se hicieron discípulos suyos. Fue el comienzo de un seguimiento y de una amistad, resultado de su respuesta a la llamada del maestro, que les llevó a ser elegidos del grupo de sus apóstoles por Jesús. Desde aquel mismo momento en que conocieron a Jesús, se convirtieron en mensajeros suyos, llevando la noticia a sus hermanos y amigos. Andrés era hermano de Pedro, y corre a decirle: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41), que es tanto como decir: hemos encontrado al Ungido por Dios con el Espíritu Santo. Andrés llevó a su hermano Simón hasta Jesús, que le cambió el nombre y le llamó Pedro, que quiere decir “Piedra”, porque sobre él había de edificar la Iglesia.

Después el evangelista cuenta que Jesús encontró a Felipe, que era de la misma ciudad que Andrés y Pedro, de Betsaida, y le dijo: «Sígueme» (Jn 1,43). Jesús reúne en torno así a los primeros discípulos, para comenzar su misión de enviado del Padre y redentor del mundo; misión que el Bautista había profetizado, al decir de él que era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el cordero inmolado para la vida del mundo.

Ser discípulo de Jesús requiere seguirle, pero no es posible seguirle sin haber oído su voz, porque a Pilato, que le juzga, Jesús le dice que ha venido al mundo para dar testimonio de la verdad; y añade: «Todo el que es de la verdad, escucha mi voz» (Jn 18,37). Escuchar la voz de la verdad, escuchar a aquel que es la palabra encarnada de Dios, el Verbo de Dios hecho carne, es el comienzo del seguimiento y del camino del discípulo. Por eso, el sacerdote Elí aconseja a Samuel que, cuando oiga la llamada de Dios, diga: «Habla, Señor, que tu siervo te escucha» (1 Sam 3,10). Del mismo modo que Samuel, por elección del Señor, se convirtió en profeta mensajero de Dios, así Jesús, que es más que un profeta, es el Hijo enviado por el Padre a quien hay que escuchar, como quedó acreditado por Dios en el bautismo de Jesús en el Jordán, cuando se oyó la voz del Padre: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Mc 1,11).

El pecado del mundo es no escuchar la voz de Dios, que ha enviado su Hijo al mundo, pero para que sea oído el evangelio de Jesús es preciso acoger su palabra y dar testimonio de Jesús como la Palabra de Dios hecha carne. El testimonio de Juan orientó a sus discípulos hacia Jesús, y nuestro testimonio tiene que orientar a los demás hacia Jesús; sólo así seremos discípulos suyos y conseguiremos que otros también lo sean.

No estamos solos en esta misión que se nos confía, nos acompaña María, que es la madre de Jesús y al mismo tiempo la discípula predilecta del Señor, que acogió la palabra de Dios, que en ella se hizo carne y palabra humana. Dice el Vaticano II que «María, hija de Adán, dando su consentimiento a la palabra de Dios, se convirtió en Madre de Jesús. Abrazando la voluntad salvadora de Dios con todo el corazón y sin ningún obstáculo de pecado alguno, se entregó totalmente a sí misma, como esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo. Con Él y en dependencia de Él, se puso por la gracia de Dios todopoderoso, al servicio del misterio de la redención» (Constitución dogmática Lumen gentium, n. 56).

Al tiempo que Madre del Hijo de Dios, María es su discípula, y como tal figura de la Iglesia, maestra de los discípulos de Jesús. El Papa Juan Pablo II nos invitaba a acudir a la escuela de María. Ella está con nosotros en medio de la Iglesia, y la anima y alienta sosteniendo su esperanza con su constante intercesión ante su Hijo Jesús. María es así el modelo que hemos de proponer a los jóvenes, al tiempo que la madre espiritual que les acoge y que pueden invocar en su ayuda. En este tiempo en que vivimos de una cultura hedonista, que gira en torno al tener y al placer, la limpieza de todo pecado de la Virgen María ha de ayudar a los jóvenes y a todos a mantener un criterio ejemplar de vida, tanto para vivir el amor del matrimonio como para mantener un ideal de vida liberada de la esclavitud de la promiscuidad y de la prostitución a que se ven sometidos tantos seres humanos, pero particularmente mujeres y jóvenes.

En este día en que la Iglesia celebra la Jornada Mundial del emigrante y del refugiado, hemos de tener presente la esclavitud a que son sometidas tantas mujeres y jóvenes en la red de la prostitución, un negocio inhumano en el que se ven atrapadas las personas víctimas de agentes inhumanos de la explotación del cuerpo.

El Papa Francisco nos hace una llamada a «acoger, promover e integrar a emigrantes y refugiados», siguiendo el modelo de conducta que Dios propone a su pueblo elegido: «El emigrante que reside entre vosotros será para vosotros como nativo (indígena): lo amarás como a ti mismos, porque emigrantes fuisteis vosotros en Egipto. Yo soy el Señor vuestro Dios» (Lv 19,34). Después de escuchar como Jesús ha venido a erradicar el pecado, que ha vencido con su victoria en la cruz y por su resurrección, tengamos presente que cuidar de los emigrantes implica combatir las mafias que trafican con personas. Hemos de acoger y promover a los que necesitan de nosotros, integrarlos en nuestra sociedad y erradicar el comercio con los débiles, porque, como dice san Pablo, todos hemos sido «comprados a un alto precio» (cf. 1 Cor 6,20); y hemos de combatir y denunciar la explotación; y hemos de combatir y denunciar la explotación de los migrantes, a los cuales afecta esta lacra que generan cuantos trafican con personas.

Sin dejar de ser realistas y conscientes de que también la emigración ha de ser regulada por las autoridades con legítimo derecho, conforme a las posibilidades de cada país, en este empeño por la dignidad de la vida y el amor a los más necesitados no estamos solos. Viene con nosotros la inmaculada Virgen María, que con su esposo san José, para salvar a Jesús, no dudaron en emigrar y buscar refugio en Egipto. Pidamos la ayuda de la Virgen en la difícil empresa de ayudar a los que lo necesitan, combatir a los malvados y proteger en particular a mujeres y jóvenes emigrantes en riesgo. Que nuestra Patrona, la Santísima Virgen del Mar nos ayude y sostenga.

Ermita de la Virgen en la Playa de Torregarcía
14 de enero de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería