Dedicación del nuevo altar de la iglesia parroquial de Canjáyar

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Querido Sr. Cura párroco;
Estimadas Autoridades; y
Hermanos y hermanas todos en el Señor:

El Señor nos permite hoy dedicar el nuevo altar, inaugurando en esta misa la importante reforma del presbiterio que se ha llevado a cabo en esta histórica iglesia parroquial de la Santa Cruz. Era un anhelo de párrocos y feligreses que ahora se ve cumplido; y que es de agradecer a la iniciativa del nuevo párroco y de su equipo de colaboradores estrechos, cuya cooperación en esta obra ha sido muy apreciable. Todos nos felicitamos por esta remodelación de la capilla mayor de la iglesia parroquial, ahora mejor dispuesta para la celebración de la santa Misa y la proclamación de la palabra de Dios.

Son momentos sin duda emotivos para la vida de la comunidad parroquial, estando ya tan próxima además la beatificación del Siervo de Dios don Lisardo Carretero, natural de Ohanes, como el santo Obispo Diego Ventaja Milán. Don Lisardo fue llevado al martirio siendo párroco de esta villa de Canjáyar, y corriendo la misma suerte que otros 94 sacerdotes que ejercían su ministerio pastoral en la provincia de Almería y que, como era su caso, muchos de ellos pertenecían al presbiterio de la archidiócesis de Granada. Damos gracias a Dios por estos testigos de la fe, cuyo heroico testimonio es fuente de paz y de reconciliación. Nos encomendamos a su intercesión, que unida a la de Cristo, único Mediador entre Dios y los hombres, nos ayuda a vivir como cristianos, testigos de la fe que profesamos.

Consagramos el nuevo altar en este II Domingo de Cuaresma, en el que el evangelio nos presenta a Cristo transfigurado, mostrando la gloria de su divinidad a los apóstoles más íntimos, llenos de temor y desconcierto por el anuncio que Jesús hace de su pasión, muerte y resurrección.

Después de la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo, en respuesta a la pregunta de Jesús: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» (Mt16,13); Pedro confesará: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16). Jesús le ha prometido las llaves del reino de los cielos, pero Pedro y los apóstoles no comprenden el anuncio de la pasión, está fuera de su mentalidad mesiánica una cosa así. Por eso, como reacción al anuncio de su pasión, Pedro trata de disuadir a Jesús ante pensamientos que no encajan en sus expectativas: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo sucederá eso!» (Mt 16,22). La reacción de Jesús es firme y recrimina a Pedro, diciéndole que sus pensamientos «no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mt 16,23).

Es necesario evocar esta escena, narrada en el evangelio de san Mateo inmediatamente antes de la experiencia de la transfiguración. Jesús ha comenzado a hablarles de las exigencias del seguimiento. Seguir a Jesús implica «negarse a sí mismo y cargar con la cruz y seguirle» (Mt 16,24). Conoce bien la debilidad de sus apóstoles y toma consigo a Pedro, Santiago y Juan para introducirlos en una experiencia que levante sus corazones acobardados, una experiencia de la gloria de Jesús, que es la de Dios su Padre. Esta experiencia tendrá lugar en el monte, porque el evangelista presenta a Jesús como un nuevo Moisés, que fue llamado por Dios a la montaña del Sinaí para encontrarse con Dios en la nube, que cubre la montaña santa, a donde Moisés sube para recibir las tablas de la ley. Así, en la narración del Éxodo se presenta a Moisés que regresa al campamento de Israel después del encuentro con Dios, con el rostro trasfigurado, luminoso, irradiando la gloria que es propia de Dios y le ha iluminado y transformado el rostro (cf. Ex 34,29-35). La misión de Moisés era llevar al pueblo de Dios a la tierra prometida, y Dios quiere que su Hijo amado, el predilecto, sea el nuevo guía de la salvación, resultando ser suprior a Moisés por su condición de «hijo al frente de su propia casa» (Hb 3,6).

El pueblo de Dios tiene su origen en Abrahán, al que Dios llamó de su tierra para enviarlo a la tierra de la promesa, un pueblo del que nacerá el Salvador de Israel, y la llamada de Abrahán lleva consigo el despojo de sus orígenes y el abandono de la propia tierra. Un desprendimiento que es condición de la multiplicación del pueblo, de su crecimiento como la arena de las playas marinas y las estrellas del cielo. El camino de Jesús pasa por el despojo completo de sí, que los apóstoles no entienden. Sin la salida de su tierra de Abrahán, no hubiera sido posible el caudillaje de Moisés ni la entrada en la tierra de la promesa con Josué. Las lecturas que hemos escuchado pondrán el acento en el significado de la vocación de Abrahán como condición de la creación de la nación santa, de la elección divina de un pueblo que Dios quiere entregar a la guía de Moisés.

La misión de Jesús es la de llevar la ley y las promesas proféticas a su cumplimiento, por eso, en la transfiguración aparecerá flanqueado por Moisés y Elías. Jesús lleva la ley a su cumplimiento, dándole, con sus enseñanzas, un nuevo sentido. Jesús lleva la ley al interior del hombre, donde reside la intencionalidad que guía los actos humanos, cumpliéndose así la interiorización prometida de la ley prometida por Dios: «Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jer 31,31). Jesús pone de manifiesto que no viola la ley sólo el que mata, sino el que odia a su prójimo y tiene intenciones desleales con él. No sólo comete adulterio el que adúltera, sino quien desea ilícitamente una mujer, peca contra la justicia de Dios que ha colocado en el interior del corazón la conciencia moral del ser humano. Jesús recapitula en sí la ley y da cumplimiento a cuanto anunciaron los profetas, representados por Elías.

Jesús, sin embargo, es más que Moisés o un profeta. Jesús se queja de la incapacidad de los judíos para reconocer quién es, y dirá a quienes le piden un signo para obrar como él lo hace: «aquí hay uno que es más que Jonás… aquí hay uno que es más que Salomón» (Mt 12,41.42); porque Moisés y los profetas han hablado en nombre de Dios y Jesús tiene aquella autoridad que le equipara al mismo Dios. La transfiguración deja ver ante los ojos de los apóstoles elegidos el misterio de la persona divina de Jesús. La voz del Padre resuena como en el bautismo de Jesús. Es el predilecto, el amado Hijo del Padre: es el Siervo de Dios anunciado por Isaías (cf. Is 42,1), pero la relación der Jesús con el Padre es de carácter filial, con la relación con el Padre que es propia del Hijo (Biblia de Jerusalén: comentario a Mt 3,17). La transfiguración de Moisés y la de Jesús son por eso diferentes: la de Moisés es resultado de su encuentro con Dios, ocurre después de estar con Dios en la nueve de la montaña santa, mientras que la transfiguración de Jesús ocurrió antes de que Jesús hablara y fue algo pasajero, algo que sólo se puede entrever, porque para conocer a Jesús es precisa la fe: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre» (Mt 11,27); sólo el Padre puede dar a conocer el misterio del Hijo, como sólo el Hijo puede dar a conocer al Padre.

El Padre revela al Hijo en su gloriosa resurrección y la transfiguración adelanta la gloria del Hijo revelada a los testigos de la resurrección, verdadera entronización de Jesús como Hijo amado del Padre. Lo que el Salmo 2 dice de los reyes de Israel entronizados en Jerusalén: «Tú eres mi hijo, yo te engendrado hoy» (Sal 2,7) es lo que dice la voz del Padre: que Jesús es el hijo de Dios, misterio que revelará el Padre resucitando a Jesús de entre los muertos, y ahora es anticipado para sus apóstoles más íntimos en la transfiguración (cf. U. LUZ, El evangelio según san Mateo, vol. II. Mt 8-17 [Salamanca 2001] 662-675).
Jesús estimula así la fortaleza de sus discípulos y los dispone al seguimiento hasta la cruz, aunque en su debilidad y temor ante lo que le ocurrirá en el Calvario a Jesús huirán desconcertados. Sólo reaccionarán cuando resucite de entre los muertos. La transfiguración de Jesús descubre nuestro destino final, más allá de la peregrinación por este mundo, marcada en tantas ocasiones por el fracaso y el dolor, por la muerte, a veces cruel de quienes son como Jesús llevados al martirio. San Pablo exhorta, por esto mismo, a Timoteo a tomar parte en «los duros trabajos del Evangelio según las fuerzas que Dios te dé» (2 Tim 1,8b).

La Cuaresma es un tiempo propicio para fortalecer la fe mediante la audición detenida de la Palabra y la conversión del corazón a Dios. Nunca estamos convertidos del todo, siempre necesitamos fortalecer la fe para tomar parte de los trabajos del Evangelio. A ello nos ayudan los sacramentos, particularmente la recepción humilde del perdón en el sacramento de la Penitencia y la comunión eucarística.

Hoy consagramos este nuevo altar para celebrar sobre él como ara el sacrificio eucarístico, que hace presente el sacrificio de la cruz, acontecido de una vez para siempre en el calvario. De ahí la santidad del altar, segregado de entre las piezas que configuran el conjunto de signos y símbolos de la iglesia parroquial, para ser la piedra que signifique y represente al mismo Cristo, «piedra angular desechada por los constructores» (Hch 11,4; cf. Mt 21,42 y Sal 118,22) de la edificación de Dios, en la que entramos a formar parte por el bautismo como «piedras vivas de un edificio espiritual» (1 Pe 2,5).
Ungiremos al nuevo altar como ungidos hemos sido nosotros en el bautismo y la confirmación, para ser consagrados a Dios y entrar a formar parte de un pueblo de reyes, profetas y sacerdotes, ungidos en la alianza antigua para llevar a cabo su misión. Jesús, de cuya unción participamos nosotros, fue ungido por el Espíritu Santo, simbólicamente significado por el aceite perfumado consagrado el Jueves Santo por el Obispo. Esta unción de Jesús alcanza también las cosas santas como el templo y el altar. Por eso veneramos el altar y vemos en él tanto el ara del sacrificio como la mesa del banquete del reino anticipado en la Eucaristía.

Hemos bendecido el nuevo ambón, para que desde él resuene la Palabra de Dios que nos salva. No dejemos de cumplirla como forma de ponerla por obra. De la predicación viene la conversión del corazón a Cristo, y sin la proclamación de la Palabra no se suscita la fe que nos salva. Que estas realidades de salvación, significadas en modo propio en la acción litúrgica, nos ayuden a vivir como discípulos de Jesús, afrontando los duros trabajos del Evangelio que genera el testimonio de una vida santa y nuestro sincero empeño y compromiso con la evangelización de nuestra sociedad.

Iglesia parroquial de la Santa Cruz
Canjáyar, 11 de marzo de 2017

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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