Homilía en la clausura del bicentenario del nacimiento del cura Valera

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Queridos sacerdotes, religiosas y seminaristas, y queridos fieles laicos;
hermanos y hermanas:

Clausuramos hoy, con la celebración solemne de la santa Misa el bicentenario del nacimiento del sacerdote santo que el Señor quiso regalar a las comunidades parroquiales a las que sirvió en la Iglesia diocesana de Cartagena, y entre ellas a la parroquia de esta su villa natal. Cuando nació el Cura Valera el 27 de febrero de 1816, Huércal-Overa, en efecto, pertenecía históricamente a la diócesis de Cartagena. Esta comarca del Norte levantino se abre geográficamente a las tierras murcianas y la villa de Huércal-Overa, de la que don Salvador saliera para recorrer en Murcia el camino que le llevaría al sacerdocio, sería el escenario final de su vida, pues moriría en ella el 15 de marzo de 1889. Don Salvador retornó para convertirse en el Cura Valera amado por sus convecinos los últimos años de su vida.

En Huércal-Overa había estrenado su sacerdocio y a la villa donde nació y fue bautizado volvía, después de pasar por otras comunidades parroquiales de la vasta diócesis de Cartagena. Quiso la providencia de Dios que llegara aquí a servir a los paisanos de su patria chica cargado ya de méritos sacerdotales, inspirados por la caridad pastoral que dio aliento sobrenatural a su vida de ministro de Cristo, para dejar en ella el quehacer sacerdotal como ejemplo y testamento. Un legado, queridos huercalenses, que vosotros habéis sabido guardar en la memoria como homenaje a su vida virtuosa y santa, como presencia vivísima del Buen Pastor, de aquel que es el pastor de nuestras almas, Jesucristo, único sacerdote y Mediador universal entre Dios y los hombres.

En las lecturas que hoy ofrece la liturgia de la palabra de esta misa, el autor del libro del Eclesiástico invita al arrepentimiento, mientras es tiempo, porque, llegada la muerte, el tiempo de la salvación habrá concluido. Podemos decir con acierto que en estos días que preceden a la inauguración de la Cuaresma el próximo miércoles de Ceniza, se nos adelanta en el fragmento del Eclesiástico la llamada a la penitencia y a la conversión del corazón como camino y condición para llegar a la gozosa celebración de la Pascua. Escuchamos al autor sagrado que reclama la conversión: «A los que se arrepienten Dios los deja volver y reanima a los que pierden la paciencia. Vuelve al Señor, abandona el pecado…» (Eclo 17,20s).

El pecado es desconfiar de Dios, de su existencia y de su misericordia, dejar de creer que Dios se ocupa de nuestra vida, de la vida de cada uno de nosotros y de cada una de sus criaturas. El mensaje que el sacerdote ha de llevar a hombres es un mensaje de confianza en la providencia de Dios. El sacerdote tiene por misión llevar a Dios a los fieles, acercarlos a la esperanza de alcanzar el perdón de Dios, saliendo a buscar –como dice reiteradamente el Papa Francisco¬- a los alejados, colocando a los indiferentes ante los hechos consumados de la caridad pastoral de quien busca la oveja perdida, que puede extrañarse, como dice san Agustín, del interés del pastor; más aún, declarar sin ambages que no tiene necesidad del pastor, para que este replique: yo tengo interés por ti, aunque no te guste, porque no quiero que te pierdas y llegues ante Dios sin otra cosa que tu injusticia y como un idólatra. La réplica que san Agustín, comentando la diatriba del profeta Ezequiel 34,1-16 contra los malos pastores, pone en la boca del pastor bueno y solícito suena congruente con la misión del que es pastor y se enfrenta a la indiferencia de la oveja perdida, que pregunta al pastor: «¿Por qué me buscas?». Replica: «Porque estás en el error, quiero llamarte una vez más; porque te has perdido, y quiero hallarte» (SAN AGUSTÍN, Sermón 46,7).

El ministerio sacerdotal requiere arrojo y voluntad de enfrentarse al mal, para que el pecador pueda vencer su situación perdida; y gozoso anuncio de la salvación. Por ello dice el profeta Malaquías que «la boca del sacerdote atesora conocimiento, y a él se va en busca de instrucción, pues es mensajero del Señor del universo» (Mal 2,7). No es posible ejercer el ministerio sacerdotal sin denunciar el pecado y anunciar la misericordia de Dios, porque el amor de Dios revelado en Jesucristo, en su cruz y en su muerte por nosotros, es la gran noticia del Evangelio; y no hay posibilidad de anunciar la misericordia, si el ministro y portador de la Palabra obvia y no considera importante la denuncia del pecado. Se requieren ambas cosas: evidenciar el pecado y proponer como salida posible y única la súplica del perdón y la acogida humilde de la misericordia de Dios. Al mensaje del sacerdote pertenece exclamar: «Vuélvete al Señor, abandona el pecado, suplica en su presencia y disminuye tus faltas; retorna al Altísimo, aléjate de la injusticia y detesta de corazón la idolatría» (Eclo 17,21-23).

A esta lectura hemos respondido con la recitación del salmo 31 como salmo interleccional, que canta la misericordia del Señor y declara: «Dichoso el que está absuelto de su culpa, / a quien le han sepultado su pecado» (Sal 31,1). Dios perdona a quien confiesa su pecado, a quien reconoce su culpa, a quien tiene al Señor por amparo y refugio del pecador, y en él se siente seguro y rodeado de cantos de liberación. La caridad pastoral del sacerdote recobra para Dios al pecador en la medida en que evidenciando el pecado anuncia el amor de Dios, que no quiere la muerte del pecador, sino su arrepentimiento: «que se convierta de su conducta y viva» (Ez 18,23). Jesús dirá, por eso: «Yo he venido para que tengan vida, y la tengan abundante» (Jn 10,10).

Dios ha querido hacer del sacerdote portador y ministro de su misericordia. ¡Cómo necesitamos sacerdotes santos como el Siervo de Dios don Salvador Valera! Sacerdotes cuya vida sea en sí misma sacramento, es decir, señal eficaz de aquello mismo de lo que anuncian y administran como ministros: de la salvación que anuncian y que Dios ofrece en Cristo Jesús. Estamos cerca ya de la jornada anual del Seminario, que llegará con la fiesta de San José, Patrono de las vocaciones sacerdotales.

No dejemos de pedirle a Dios por intercesión de la Virgen María y de san José, su esposo y custodio de la sagrada Familia, las vocaciones que necesitamos para nuestro tiempo: muchachos que han nacido en esta sociedad y son hijos de su tiempo, pero han escuchado la llamada de Jesús al seguimiento, y la siguen sin poner los reparos del joven rico del evangelio que hemos escuchado hoy. El evangelio de san Marcos nos deja ese sabor agridulce de la escena que narra: Jesús siente simpatía y cariño por un joven que dice haber cumplido los mandamientos de Dios desde su infancia, que ha sido educado en la fe y en la piedad del pueblo elegido, que ha recibido en la familia el aliento de una vida en presencia de Dios; y que además ha gozado de los medios materiales para vivir sin traumas sociales, en una situación privilegiada para sociedad de la época de Jesús. Ha tenido acceso a la mejor educación religiosa de su época, asistiendo asiduamente a la sinagoga los sábados, y allí ha escuchado la lectura de la ley de Moisés y de los profetas, pero no está dispuesto a renunciar a los bienes materiales y «abatido por estas palabras (de Jesús), se marchó entristecido porque era muy rico» (Mc 10,22).

Para seguir a Jesús, queridos seminaristas, es necesario dejarlo todo, sin condiciones. Ved lo que dice el evangelio: a quien tiene apego a los bienes materiales y Jesús lo llama, tiene que escuchar estas palabras: «vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme» (Mc 10,21). Si ya era cumplidor de la ley, ¿qué le faltaba? Jesús se lo dice claramente, te falta poner a Dios por encima incluso del modo como cumples tú los mandamientos, porque no son meramente preceptos a cumplir de forma externa, sino confesión de fe en el Dios que los ha promulgado como garantía de vida y cuyo valor es superior al de las criaturas y los bienes que te ofrece. Te falta amar a Dios sin condiciones ni trabas, y para eso necesitas desprenderte de lo que tienes y ponerte en manos de Dios. Luego, ven y sígueme.

Es lo que Jesús dijo a los hermanos de una pareja de hermanos de dos familias de pescadores del lago de Galilea: a los hermanos Pedro y Andrés, y a los hermanos Santiago y Juan, hijos de Zebedeo; «y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron» (Mt 4,22). Su ejemplo ha sido seguido por miles de jóvenes a lo largo de la historia de la Iglesia. Hoy este seguimiento se ha tornado difícil, minoritario, y aun así de solidez precaria. Los jóvenes de hoy, en nuestras sociedades desarrolladas y bienestar alto, a pesar de las crisis y deficiencias, viven poseyendo muchas cosas, bienes materiales y servicios, y se hallan acosados por el un espíritu de una época que no aprecia las realidades espirituales y no tiene demasiada conciencia del pecado y, en consecuencia, tampoco necesidad de salvación más allá de lo inmediato. Es verdad que no faltan, gracias a Dios, jóvenes generosos y llenos de fe que, a pesar de los temores que pueden sentir por la decisión que toman, quieren seguir el camino que desde su infancia; pero son muchos menos que en tiempos del Cura Valera.

Aquellos eran otros tiempos, los de hace doscientos años, impregnados de una religiosidad histórica, aunque no el cristianismo hubo de afrontar las crisis sociales y los cambios culturales traídos por el siglo XVIII y la Revolución Francesa, cuando emprendió el niño Salvador Valera Parra, el camino hacia el ministerio pastoral siguiendo la vocación al sacerdocio en una sociedad empobrecida.
Hoy honramos la memoria de este sacerdote santo, que suplicamos a Dios nos permita verlo en la gloria de los altares, esperando de la misericordia divina recibir como don un día que deseamos próximo la declaración de su santidad por el ministerio del Sucesor de Pedro. Quiera Dios concedérnoslo por intercesión de la Virgen y de san José.

Parroquia de la Sunción de Nuestra Señora
Huércal-Overa, 27 de febrero de 2017

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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