Almería Oficina de Información de los Obispos del Sur de España http://odisur.es Sun, 23 Sep 2018 22:08:12 +0000 Joomla! 1.5 - Open Source Content Management es-es En la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/46019-en-la-fiesta-de-la-exaltación-de-la-santa-cruz.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/46019-en-la-fiesta-de-la-exaltación-de-la-santa-cruz.html En la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolgo González

Lecturas: Núm 21,4-9; Sal 77,1-2.34-38; Fil 2,6-11; Jn 3,13-17

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos la Fiesta de la Exaltación (‘´Yphõsis) de la santa Cruz, que históricamente fue en primer lugar fiesta de la invención o hallazgo de la santa Cruz, acontecimiento que los calendarios antiguos fijaron el 14 de septiembre del año 320. Esta fiesta que comenzó celebrándose en Jerusalén y desde la Ciudad Santa se extendió a Oriente y Occidente, quedó establecida de forma segura dicha fecha como aniversario de la Dedicación de la Basílica de la Resurrección (Anástasis), que el emperador Constantino levantó en el lugar de la crucifixión del Señor y recibió el nombre de Basílica del Martyrium, ya que se construyó sobre el Calvario, y su dedicación aconteció el año 335 pocos años después del hallazgo de la Cruz.

Esta fiesta se fundiría en Occidente con la del 3 de mayo, llamada también de la “invención” de la santa Cruz, que encontró entre los latinos un gran eco y que ha llegado hasta nosotros, celebrándose hasta hoy, aunque la reforma del litúrgica del Vaticano II suprimió de hecho la fiesta de mayo. Los persas llegaron a arrebatar el madero de la cruz a los cristianos, pero fue rescatado y restituido a su lugar en Jerusalén por el emperador Heraclio, que la entregó al Patriarca Zacarías de Jerusalén el 3 de mayo del año 630. En este día acudían de todo el Oriente a la mostración de la santa Cruz, origen de la fiesta. La mezcla de ambas fiestas y de sus referencias históricas han pervivido en la liturgia cristiana latina [cf. estos datos en A. I. SCHUSTER, Liber sacramentorum. Estudio histórico-litúrgico sobre el Misal Romano (Barcelona 1948) 286-290].

La antífona que hemos recitado como entrada de la misa de este día canta la exaltación de la santa Cruz. Es la misma del Jueves Santo: «Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo: en él está nuestra salvación, vida y resurrección; él nos ha salvado y libertado». Se comprenderá por qué en este día se celebra la fiesta de tantos patronazgos que tienen las más diversas advocaciones de Cristo pendiendo de la cruz con la que fuimos redimidos, o suspendido de ella evocando en la figura del árbol de nuestra redención. Sin embargo, la fiesta se halla centrada sobre todo en la Cruz como instrumento de nuestra redención porque en ella Cristo crucificado alcanzó para los pecadores el perdón y la reconciliación con Dios, dando muerte en su cuerpo crucificado al pecado.
También vosotros, queridos cofrades de la «Ilustre y Muy Antigua Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de la Amargura y Santa Mujer Verónica» tenéis en alta estima la devoción del pueblo cristiano siente por la cruz del Redentor, y celebráis con gran gozo esta fiesta de la exaltación de la Cruz, porque en 1943 fueron bendecidas las sagradas imágenes de vuestros titulares Jesús Nazareno y la Virgen de la Amargura. La bendición aconteció el 18 de abril, domingo de Ramos de aquel año en el que recuperabais vuestros venerados titulares, plasmados de nuevo por la gubia del artista escultor José Martínez Puertas, después de la devastación del patrimonio religioso por la persecución religiosa, hace ahora setenta y cinco años. El martirio de las cosas sagradas acompañó el martirio de tantos cristianos en cuyos labios daba sentido a su muerte generosa el nombre de Cristo, confesando la fe en la realeza de aquel que reina desde el madero de la cruz.
La historia de vuestra hermandad y cofradía se remonta a los antecedentes de las cofradías históricas, entre las cuales la vuestra tiene el suyo en la cofradía erigida en 1743, alcanzando así, a pesar de los paréntesis históricos de cierta recesión de la hermandad, 275 años de historia de fe y devoción popular. Una historia que es expresión de la fe profesada en el credo, y de la fe vivida en el alma y el corazón: la fe que inspiró la vida de tantos cristianos a lo largo de los siglos, que, con sincera voluntad de seguir los pasos de Cristo hasta la cruz, cuando así lo dispusieron los avatares de la vida. Cristianos que vivieron sus gozos y también sus sufrimientos como como realidades acontecidas en el horizonte del designio de Dios para cada uno de ellos.

El libro de los Números narra lo acontecido al pueblo peregrino en el desierto, cuando orientó sus pasos desde el monte Hor hacia el mar Rojo, rodeando el territorio de las poblaciones paganas de Edom, para ser sometido a prueba y ver si de vedad servían a Dios sin preferir las ollas de Egipto y no la libertad que los arrancaba de la esclavitud. Añoraron las ollas y protestaron contra Dios, y quedaron tendidos sobre la tierra árida del desierto: picados por las serpientes venenosas, morían extenuados por haber pecado contra el quien los libertaba (cf. Núm 14,29). Moisés hizo aquella serpiente de bronce que levanto ante el pueblo, para que cuantos la miraran sanaran de las picaduras y no murieran (cf. Núm 21, 9).

Aquel estandarte levantado en el desierto prefiguraba aquel el estandarte de la cruz levantada ante los pecadores irremediablemente condenados a la muerte eterna, para que aconteciera lo que había predicho Jesús de su propia muerte en la cruz: «Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,31). El Crucificado reina desde el madero de la Cruz, convertido en el trono de su gloria, porque por medio del madero de la cruz del cual pende el cuerpo exánime del Redentor, ha entrado para siempre en el reino de Dios y ha sido glorificado por el Padre. El evangelista lo contempla así, atravesado por la lanza del soldado y muerto en la cruz como aquel al que Dios ha convertido en remedio definitivo de la muerte, tal como había anunciado el profeta Zacarías: «Mirarán al que atravesaron» (Jn 19,37; Za 12,10).

La humillación de Cristo Jesús, cantada por el himno de la carta de san Pablo a los Filipenses, es el camino de nuestra santificación: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo Jesús: el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo …Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Fil 2,5-8). Nos cuesta comprenderlo, porque aspiramos a ser reconocidos y la vanidad nos ciega, sucumbimos a la tentación de las apariencias hasta ofrecer muchas veces una imagen de nosotros mismos engañosa, que no responde a lo que de verdad somos y lo sabemos. Por eso, el Apóstol nos exhorta a tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús, que existiendo en la forma de Dios se despojó de su rango para aparecer como un hombre más. Sólo así llevó a cabo la obra de la redención, recibiendo de la Virgen madre el cuerpo de la pasión entregado a la cruz por nosotros.

La fiesta de la exaltación de la Cruz nos enseña a contemplar el camino de la salvación: no podemos vivir al estilo del mundo, buscando nuestra propia gloria, sino la gloria de Dios. La cruz de Jesús nos lleva a la purificación de nuestros sentimientos religiosos, sin que dejemos de plasmar en la belleza de las imágenes, que han de llevarnos al centro del misterio redentor, la historia de nuestra salvación y el lugar donde alcanza suprema expresión: el sacrificio eucarístico de la Iglesia, sacramento donde se hace presencia permanente sobre el altar el sacrificio de Cristo por nosotros, sucedido de una vez para siempre en el Calvario. Nuestra configuración con Cristo nos devuelve al realismo de nuestra condición pecadora, redimida mediante el sacrificio del Calvario. La necesaria imitación de Cristo en la vida de todo cristiano nos abre al camino de la salvación que nos viene de aquel que se hizo hombre por nosotros, despojándose de su condición divina para que nosotros llegáramos a la participación de la vida divina.

Que la Virgen de la Amargura nos ayude, queridos cofrades y fieles todos, a recuperar el sentido redentor del sufrimiento, mientras lo combatimos y construimos mejores condiciones de una vida que Dios nos ha dado como anticipación de la vida eterna. Asociada por designio de Dios a la pasión de Cristo y, desde el primer dolor cuando circuncidaron a Jesús hasta el dolor mayor del Calvario, María nos acompaña hasta que con Cristo entremos en la gloria del Padre y participemos plenamente de la vida divina.

Iglesia parroquial de San Antonio de Padua
Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz
Almería

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Tue, 18 Sep 2018 11:43:42 +0000
Día de la Procesión del Santísimo Cristo de la Luz de Dalías http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/46018-día-de-la-procesión-del-santísimo-cristo-de-la-luz-de-dalías.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/46018-día-de-la-procesión-del-santísimo-cristo-de-la-luz-de-dalías.html Día de la Procesión del Santísimo Cristo de la Luz de Dalías

Homilía del obispo de almería, Mons. Adolfon González

Lecturas bíblicas: Is 50,5-10; Sal 114,1-9; Sant 2,14-18; Mc 8,27-35

Excelencia Reverendísima y querido hermano en el Episcopado;
Sr. Cura párroco y hermanos sacerdotes;
Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades;
Cofrades del Santísimo Cristo;
Hermanos y hermanas:

Hemos celebrado la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz el pasado día 14, seguida de la memoria litúrgica de la Nuestra Señora la Virgen de los Dolores. Terminadas las grandes solemnidades del Año litúrgico, estas fiestas traen de nuevo al primer plano de la fe y de la piedad popular cristiana la memoria de la pasión de Cristo crucificado y los dolores de su santísima Madre, asociada a la pasión de su Hijo. Es el contenido del sacrificio pascual de Cristo el que adquiere forma y figura plástica en las imágenes de la piedad cristiana con motivo de estas fiestas que nos devuelven al memorial de la pasión del Señor. Son fiestas que nos ayudan a mejor comprender y retener que el sacrificio de Cristo Redentor, acontecido de una para siempre en el Calvario, sigue haciéndose presente en el sacrificio eucarístico de la Misa y nos alcanza con especiales efectos de salvación en su celebración dominical y cotidiana.

En la cruz de Cristo el cristiano tiene la enseña de la victoria sobre el pecado y el mal que atenaza la vida del hombre desde el origen mismo de nuestra existencia. La cruz es la señal del cristiano y por la señal de la cruz comenzamos cada día nuestra actividad, bajo el signo de la cruz ponemos nuestro trabajo, y por bajo su luz comemos y descansamos, porque en ella nos ha sido dado el sentido trascendente de nuestras acciones desde las más humildes a las que pueden resultar heroicas. De esta suerte, como dice san Pablo, al hacer la señal de la cruz confesamos que «Dios nos ha destinado a obtener la salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo; él murió por nosotros, para que, despiertos o dormidos, vivamos con él» (1 Ts 5,9-10). La señal de la cruz da comienzo a la oración del Cristo, que se dirige al padre en el Espíritu Santo por medio del único Mediador entre Dios y los hombres: Cristo Jesús, «mediador de una alianza mejor [que la antigua], como fundada en promesas mejores» (Hb 8,6). Jesús posee el sacerdocio único por haberse ofrecido al Padre por nosotros, aceptando la cruz, verdadera ignominia de los hombres contra él. San Pablo le dice a Timoteo que, justamente en razón de este sacerdocio único del Señor, «como hay un solo Dios, hay también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo en rescate por todos» (1 Tim 2,5).

En la primera lectura de la misa de hoy, hemos escuchado un fragmento del tercer cántico del Siervo de Dios. Los poemas o cánticos del Siervo de Dios que encontramos en Isaías nos describen la entrega hasta el maltrato y la tortura del Siervo, que padece en lugar del pueblo pecador y en su favor. Estos cánticos son descripciones en las que se presenta el drama del Siervo que sufre a causa de los pecados del pueblo, poemas de gran belleza que causan en el lector una honda impresión y le interpelan. En ellas se nos da a conocer por anticipado la revelación profética de los sufrimientos de Jesús, condenado siendo inocente, flagelado y torturado hasta ser llevado al suplicio vejatorio en sumo grado de la cruz.

La lectura que hemos escuchado presenta al Siervo como «el oyente fiel de la palabra, que la hace suya y la anuncia», y aunque «la suya es una misión dolorosa, expuesta a la injuria y la violencia de los hombres […] se somete voluntariamente a esa misión, sin resistencias» [SECRETARIADO NACIONAL DE LITURGIA, Comentarios bíblicos al leccionario dominical. II. Ciclo B (Madrid 1975) 259]. El Siervo se comporta en el cantico como quien acoge la sabiduría que llega con la palabra de Dios y que él hace suya para transmitirla: «El Señor me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado, ni me he echado atrás» (Is 50,5). Esta disposición para la misión queda reflejada en la narración de su vocación por el profeta, cuando escuchó la voz del Señor diciendo: «A quién enviaré?, ¿quién irá de parte nuestra?» (Is 6,8a), y el profeta responde a la llamada del Señor con clara disposición para afrontarla: «Heme aquí: envíame» (Is 6,8b). Está disponible en obediencia a la palabra que le interpela, a pesar de que la misión que se le encomienda llevará consigo amenazas y persecuciones. Esta es la actitud del Siervo que, lleno de coraje y paciencia, no se echará atrás. La lectura nos hace revivir la pasión del Señor: «Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban «insultos y salivazos, mis mejillas a los que mesaban mi barba» (Is 50,6).

Esta lectura del profeta Isaías nos introduce en el evangelio, en el cual vemos de la mano de san Marcos cómo la confesión de fe de Pedro, al declarar en nombre de los discípulos que Jesús es el Mesías, no garantiza privilegios ni amparo alguno como garantía de poder, tal como pretenderían los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, sino por el contrario, Jesús desmontará la mala interpretación de esta confesión de fe, anunciando a los apóstoles que el Mesías prometido tiene que padecer y ser probado en el dolor. Jesús les anuncia por primera vez su pasión y muerte: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días» (Mc 8,31).

El evangelista dice que Jesús les hablaba de su pasión, muerte y resurrección con claridad, pero Pedro no comprende y trata de disuadir a Jesús, que le reprende y lo aparta de sí como al tentador, llamándole Satanás. Jesús no sólo se dirige a sus discípulos más íntimos, los apóstoles que le acompañan, sino a todos: el sufrimiento pasa por la vida del discípulo como consecuencia del discipulado, del seguimiento del Maestro. En definitiva, de su compromiso con Jesús y con su misión, del mismo modo que Jesús carga con su propia cruz al acoger la palabra del Padre y hacerla suya, para transmitirla a los hombres. Por eso, añade: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga» (Mc 8,34).

No se trata de que Dios Padre se ponga contra su propio Hijo, sino que Jesús, el Hijo de Dios, al llevar al mundo la misión que le confía el Padre ha de hacer suyas también las consecuencias, el sufrimiento que lleva consigo la misión, a causa de la resistencia del mundo a aceptar la palabra de Dios. Jesús cargará sobre sí los pecados de un mundo alejado de Dios, lo que se puede interpretar de este modo: que Jesús carga con los pecados de los que debían ser castigados por sus trasgresiones, los pecadores que rechazan a Dios y quieren vivir como si Dios no existiera; los pecadores que no acogen la palabra de Jesús y echan sobre él el pecado del mundo.

Es una escena impresionante cuando levantando las manos hacia el Crucificado representado en la imagen del Cristo de la Luz, la multitud parece suplicar de él misericordia y compasión, y al tiempo cargar sobre Jesús sus propios pecados. Como sucedía en el ritual de la Alianza antigua, cuando el sumo sacerdote, extendiendo las manos sobre el macho cabrío que se enviaba a vagar en la aridez del desierto, cargaba los pecados del pueblo sobre el animal convertido simbólicamente en la víctima expiatoria y se entregaba al ángel caído Azazel (cf. Lv 16,10). Aunque haya perdido el sacerdocio antiguo tras la destrucción del templo, hoy perdura en el judaísmo esta fiesta del gran día de la Expiación (Yom Kippur), día del arrepentimiento y purificación de los pecados.

Tengamos plena confianza en que Cristo ha muerto por nosotros y ha destruido en sí mismo el pecado de todos. Esto exige tener conciencia clara de que somos pecadores y la cruz de Jesús marca nuestra existencia. Esta bella y ya tradicional advocación del Cristo de la Luz nos ayuda a comprender mejor que Jesús es «la luz que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo» (Jn 1,9), la luz que ilumina la vida del hombre «para que no camine en tinieblas» (Jn 8,12): la luz que desvela el sentido trascendente del dolor del mundo y valor redentor, ayudándonos a soportarlo y superarlo en la fe. Nuestros ojos están hoy y siempre vueltos al Redentor del mundo que pende de la cruz, donde está nuestra salvación. Lo olvidamos con frecuencia y no comprendemos por qué hemos de sufrir, por qué sufre el justo y el inocente, por qué tanto dolor que nubla la felicidad de los hombres. Sólo sabemos que en la cruz de Jesús Dios hace suyo nuestro dolor y nos acompaña, alentando la esperanza de alcanzar plena victoria sobre el sufrimiento y la muerte.

Con esta fe acudimos a Cristo venerando la sagrada imagen del Crucificado en esta advocación tan nuestra del Santísimo Cristo de la Luz. Nuestra devoción confiesa que, en verdad, en Cristo y en su cruz está nuestra salvación, vida y resurrección, porque sólo Cristo nos ha salvado y libertado [MISAL ROMANO: Antífona de entrada de la Misa «in Caena Domini» del Jueves Santo, y de la Misa de la Exaltación de la Santa Cruz].

Que su madre santísima, la Virgen de los Dolores, interceda por nosotros y nos acompañe para que pongamos nuestra esperanza en la cruz de su amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

Iglesia parroquial de Santa María de Ambrox
17 de septiembre de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Tue, 18 Sep 2018 11:42:03 +0000
En la Procesión de Alabanzas ante la imagen de la Virgen del Mar http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45770-en-la-procesión-de-alabanzas-ante-la-imagen-de-la-virgen-del-mar.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45770-en-la-procesión-de-alabanzas-ante-la-imagen-de-la-virgen-del-mar.html En la Procesión de Alabanzas ante la imagen de la Virgen del Mar

Alocución del Obispo de Almería, Mons. Adolfo González Montes, en la Procesión de Alabanzas ante la imagen de la Virgen del Mar, Patrona de Almería

Queridos diocesanos:

Estamos ante la imagen sagrada de la Virgen nuestra Patrona, para suplicar su intercesión ante su Hijo, Mediador único entre Dios y los hombres. Como lo hemos hecho tantas veces, nos postramos a las plantas de la Virgen sabiendo que su presencial espiritual en medio del pueblo de Dios es real, que ella nos acompaña a lo largo de nuestra vida cristiana. María es madre de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y es madre de quienes formamos el cuerpo místico, la Iglesia de Jesús, en la que se congregan hombres débiles y pecadores, pero sostenidos por la gracia de Dios.

Sabemos que María ruega por nosotros para que aceptemos el Evangelio y lo hagamos fructificar en nosotros, cumpliendo los mandamientos y honrando el nombre de Dios, y viviendo con autenticidad el culto cristiano, para que inspire nuestras obras en justicia y en verdad. No podemos ser testigos de Jesús si no somos justos y verdaderos, reconociendo que somos pecadores y que necesitamos el perdón de Dios y el recíproco perdón de los hombres.

Pedimos a la Virgen María que nos ayude a vivir con coherencia nuestra fe, como verdaderos constructores de fraternidad y paz social, que tanto necesitamos. Elevamos a ella nuestra súplica para que nos ayude a superar la tentación de descalificar a quienes no piensan como nosotros, a no actuar con hechos consumados al margen de la ley divina y de la ley natural, y que actuemos en el respeto debido a las legítimas leyes de los hombres. Una sociedad civil que no se atiene a las leyes legítimas, más aún que las ignora y las infringe es una sociedad amenazada por el desorden, la injusticia y la violencia.

Supliquemos a la Virgen que a todos nos ayude a no apartarnos de Cristo, el Príncipe de la Paz, y nos ayude a comprender el Evangelio de la paz. No siembra la paz quien impone sus convicciones sobre las convicciones de los demás; tampoco las convicciones religiosas se asientan en el alma de las personas si se imponen. Pidámosle que en nuestra nación nadie caiga en la tentación de imponer el pensamiento único, para entrar por la senda de la discordia y aventurarse por el peligroso camino que lleva a la eliminación de la libertad. Las heridas del pasado no se curan con la descalificación global del pasado ni se hace mejor la sociedad del presente.

Que la Virgen María, con su maternal solicitud nos ayude a hacer el bien a los demás que nos es posible, con generosa entrega a los más necesitados. Que sepamos discernir siempre el bien del mal, y separar la justicia de la injusticia, belleza de la fealdad de las acciones inmorales y perversas. Quien cumple los mandamientos se aparta de las malas acciones, hace suya la voluntad de Dios, que quiere nuestro bien. María nos precede y nos acompaña en el camino de la vida cristiana, para que sepamos acoger lo que Dios quiere de nosotros y convertirlo en camino de santidad.

Virgen del Mar, Patrona nuestra:

Mira a tus hijos que vienen a ti, para que como madre los acojas y protejas en las dificultades, para que los ampares e ilumines con la luz de tu Hijo en los malos momentos y no dejes que los arrastren las tempestades de la vida.

Madre de la Iglesia, ayuda a cuantos venimos a cobijarnos bajo tu manto y protege a nuestras familias, para que sepan transmitir la fe a los niños. Preserva a los jóvenes del mal, para que no yerren el camino y, mediante el estudio y el trabajo, se preparen para crear ellos una nueva familia, que transmita la vida y la fe para bien de nuestra sociedad y del mundo.

Reina de la paz, ayúdanos a superar todas las heridas y a mantenernos unidos, porque la unión es un bien moral que hace grandes a los pueblos y a las naciones. Con tu suave imperio maternal inspira en nosotros sentimientos de concordia y de paz, para que el Evangelio de Jesús pueda ser proclamado y presentado como la salvación definitiva que Dios ha ofrecido a los hombres.

Virgen Santísima, Estrella del Mar, Patrona nuestra, ruega por nosotros y acoge el saludo del ángel Gabriel que recitamos ante tu sagrada imagen: «Dios te salve, María, llena eres de gracia…».

Plaza Circular de Almería

Domingo 26 de agosto de 2018

Día de la procesión de la Virgen del Mar

                            X Adolfo González Montes

                                   Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Almería Tue, 28 Aug 2018 09:29:09 +0000
En la solemnidad de Nuestra Señora la Virgen del Mar, patrona de Almería http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45766-en-la-solemnidad-de-nuestra-señora-la-virgen-del-mar-patrona-de-almería.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45766-en-la-solemnidad-de-nuestra-señora-la-virgen-del-mar-patrona-de-almería.html En la solemnidad de Nuestra Señora la Virgen del Mar, patrona de Almería

Homilía de Mons. Adolfo González Montes, Obispo de Almería, en la solemnidad de Nuestra Señora la Virgen del Mar

Lecturas bíblicas: Eclo 24,1.3-4.8-12.19-21; Sal Jdt 13,18b-e.19; Gál 4,4-7; Lc 11,27-28

Dichosa eres, santa Virgen María, y digna de toda alabanza:

de ti ha salido el sol de justicia, Cristo nuestro Señor (Lc 11,27)

         Con estas hermosas palabras inspiradas en el evangelio de san Lucas, hemos cantado el Aleluya que nos introduce en el misterio de la excelencia de la Virgen María. En mi carta a los diocesanos he querido poner de relieve cómo la vida del pueblo de Dios transcurre acompasada por la maternal intercesión de la Virgen María, que experimenta los fieles de modo especial en la celebración de los llamados misterios de la Virgen. La solemnidad de la Virgen del Mar ocurre justamente después de la gran fiesta mariana de la Asunción de la Virgen y de la memoria litúrgica de la Virgen Reina. Elevada a los cielos, María es coronada en la gloria, lenguaje simbólico con el cual queremos expresar la fe que, por singular privilegio concedido a María en razón de su divina maternidad, Dios la glorificó en cuerpo y alma, participando así plenamente en el señorío de Cristo Jesús sobre la creación. Es el destino que anhelamos y que esperamos ver realizado en nosotros, como discípulos de Jesús y con la intercesión de la Virgen.

         La Iglesia celebra la realeza de María después de haber celebrado su asunción a los cielos en cuerpo y alma, que es celebrar un único misterio en dos actos simbólicamente expresivos de la glorificación de la Madre del Señor. La Virgen comparte el destino de gloria del Hijo, a quien crucificaron los hombres y Dios lo resucitó de entre los muertos (cf. Hch 2,24; 4,10); y «lo exaltó con su diestra haciéndolo Jefe y Salvador» (Hch 5,31). El año litúrgico termina con la solemnidad de Cristo Rey del universo, de quien el libro del Apocalipsis dice que es «el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra» (Ap 1,5). Por su resurrección Jesucristo ha comenzado a reinar, «porque él debe reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies» (1 Cor 15,25); pues Dios Padre se lo ha sometido todo, para que por el reinado de Cristo «Dios llegue a ser todo en todos» (1 Cor 15,28).

         Dios ha querido asociar al reinado de Cristo a su madre, en razón del misterio de su maternidad divina. Madre del Príncipe de los reyes de la tierra, María es reina con Cristo rey del universo, pues Dios, que todo lo creó por medio de Cristo, por él y para él (cf. Col 1,16), «todo lo puso bajo sus pies y lo constituyó cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todo» (Ef 1,22-23). Cuando en el rezo del santo Rosario contemplamos el quinto misterio glorioso, vemos a María coronada como reina y señora de todo lo creado, porque en ella se ha cumplido en plenitud la redención y ha sido para toda la eternidad asociada a la realeza, al señorío de Cristo, cabeza de la Iglesia En María coronada como reina junto al Rey vemos a la Iglesia, Esposa de Cristo coronada, vemos el destino de gloria de cada uno de los redimidos y salvados.

Esta imagen de María ante nosotros es estímulo que alienta nuestra fe en la vida eterna, de la cual el mundo actual poco sabe, no anhela el hombre de hoy alcanzar la meta de nuestra esperanza, que la sagrada Escritura describe mediante símbolos que nos permiten contemplar en el destino de María nuestro propio destino como partícipes de la vida y la felicidad de Dios. Se ha debilitado tanto la fe en la vida eterna en los cristianos que se ha hecho corriente hablar indeterminadamente de un «allí donde estés» para hablar de los seres queridos ya difuntos. En realidad, el problema no es que no se sepa dónde están, sino que no se cree que estén en algún lugar y nos consolamos con el imaginario laico de una fe falsificada que se expresa en un lenguaje sin sentido.

         Todos los misterios de María responden a su lugar en la historia de nuestra salvación, y la contemplamos unida a la glorificación de Cristo, porque fue elegida por Dios para ser ella misma la morada de Cristo, palabra y sabiduría de Dios que por la encarnación vino a morar entre los hombres, para llevarnos a la morada de plenitud de su reino. Dios predestinó a María a morar en la heredad de la ciudad escogida, porque en el símbolo de la ciudad santa de Jerusalén se prefigura la ciudad del cielo: la humanidad redimida por la sangre de Cristo y glorificada en el cielo. Meta que sólo podemos alcanzar por la gracia de Dios, pues hemos sido hechos hijos adoptivos de Dios por medio de Jesucristo, «para alabanza de la gloria de su gracia con la cual fuimos agraciados en el Amado» (Ef 1,6).

         La Virgen del Mar es la estrella que brilla iluminando nuestra vida con el resplandor de la gloria de Cristo resucitado. Su luz es como un faro que guía al puerto donde refugiarse en la tempestad y donde hallar seguridad. Su luz alumbra una vida de obediencia a la palabra de Dios y cumplimiento de los mandamientos, constante aceptación del designio de Dios para ella, que la convierte en ejemplo de acogida y cumplimiento de la palabra de Dios.

Es dichosa la Virgen por haber llevado en su vientre al Salvador del mundo, pero Dios lo quiso así, porque María oyó la palabra divina y la hizo fructificar en su vida. No lo hizo con fuerza humana, sino por la gracia que la escogió y la dispuso para recibir en su seno al Hijo de Dios «llegada la plenitud de los tiempos», para que fuera «nacido de mujer» (cf. Gál 4,4), y así llegara a ser hombre entre los hombres. A veces creemos que podremos guardar los mandamientos, nos vemos inclinados al pecado e incapaces de guardar los mandamientos, pero lo que es imposible para el hombre, no lo es para Dios. Cuando habló Jesús de las riquezas como impedimento para entrar en el reino de Dios, le preguntaron sus discípulos sobre quién podría salvarse en tal condición y Jesús mirándolos fijamente, dice: «Para los hombres imposible, pero no para Dios; porque todo es posible para Dios» (Mc 10,27). Jesús pone de relieve que la salvación es gracia de Dios, pero el camino a seguir es claro: no podemos apegarnos a las riquezas. Lo mismo sucedió cuando le preguntaron por el divorcio, y Jesús contestó con claridad que el divorcio no entra en el plan de Dios, y el matrimonio cristiano sólo se puede vivir como experiencia de gracia (cf. Mc 10,10-12).

María preguntó al ángel sobre cómo podría ser que diera a luz al Hijo de Dios, si ella no conocía varón. La respuesta fue la misma: «porque nada hay imposible para Dios» (Lc 1,37), a lo que María respondió con fe: «Hágase en mí según tu palabra» (v. 38). Todo es gracia de Dios y este agraciamiento nos ha venido por Jesucristo en abundancia tal que podemos decir con el evangelista que «de su plenitud [de Cristo] hemos recibido todos, y gracia por gracia» (Jn 1,16).

En una cultura como la nuestra, fácil y líquida, no es posible mantener la tensión propia de la vida cristiana sin confiar en la gracia de Dios y, al mismo tiempo, esforzarse para poner por obra la fe que profesamos. Hacemos lo que apetece, no hacemos nada que pueda desagradarnos, nos exija alguna disciplina de la voluntad y somos víctimas de la pereza y de la indolencia de una vida cómoda. Nos parece que ya ha pasado el tiempo del sacrificio y del cumplimiento esforzado de los mandamientos divinos. El relativismo es el resultado de una vida sin esfuerzo por buscar la verdad y abrazarla, vivir en la verdad y dar testimonio de la verdad, siguiendo las huellas de Cristo, que nació de la Virgen «para ser testigo de la verdad» (Jn 18,37)

Hemos dejado de creer en el cielo y en la vida eterna, y sin fe acomodamos nuestras aspiraciones a las cosas de la tierra sin el horizonte de la vida eterna. Sin fe, la vida de la tierra pierde su sentido más profundo, porque la vida terrena es camino para alcanzar la eterna y llegar a la gloria de Cristo y de Nuestra Señora.

Por eso, cuando nos sea difícil no ceder a cualquier clase de tentación que nos arrastra a vivir sin fe en la vida eterna, cuando la tentación quiera alejarnos del ideal de la vida cristiana, digamos con san Bernardo: «Mira a la estrella, invoca a María (…) Que nunca se cierre tu boca al nombre de María, que no se ausente de tu corazón, que no olvides el ejemplo de su vida; así podrás contar con el sufragio de su intercesión» (San Bernardo, Sermones «In laudibus Virginis Matris». Homilía II, 4.17: ed. biling. BAC II, Madrid 1994, 639).

Iglesia conventual de Santo Domingo el Real

Santuario de la Virgen del Mar

Sábado 25 de agosto de 2018

                            X Adolfo González Montes

                                     Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Almería Mon, 27 Aug 2018 09:12:42 +0000
Llevada al cielo, María sigue cuidando a sus hijos http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45761-llevada-al-cielo-maría-sigue-cuidando-a-sus-hijos.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45761-llevada-al-cielo-maría-sigue-cuidando-a-sus-hijos.html Llevada al cielo, María sigue cuidando a sus hijos

Carta de Mons. Adolfo González Montes, Obispo de Almería, con motivo de la celebración de la Patrona


CARTA A LOS DIOCESANOS CON MOTIVO DE LA CELEBRACIÓN DE LA PATRONA: “LLEVADA AL CIELO, MARÍA SIGUE CUIDANDO A SUS HIJOS”

Queridos diocesanos

La fiesta mayor de la Patrona congrega un año más a los fieles en torno a su maternal regazo, para estar con nosotros y llevarnos a Cristo. María escucha siempre nuestros ruegos y nos alienta en las dificultades, animándonos a vivir como hijos suyos, que es lo mismo que decir como hijos de Dios. Conviene, por esto mismo, que tengamos en cuenta que la imagen de la Virgen nos acompaña a lo largo de todo el año, al ritmo del tiempo que su imagen santa nos trae, de unos meses a otros, el recuerdo de María como testimonio consumado de su fe.
Sostenidos por la fe de María, nuestra fe crece para vivir como testigos del Evangelio, en un tiempo de inclemencia espiritual, pero también de reto apasionado por el desafío que supone una sociedad que, aunque ha perdido en gran medida la concepción cristiana de la vida, sigue mirando a María como modelo de fe. La ve muy cerca de Dios y confía en su intercesión, por ser madre de Cristo, el Hijo de Dios y nuestro Salvador.
Al acudir a la Virgen y buscar su amparo no debemos ignorar que las fiestas de María nos ayudan precisamente porque en ellas celebramos alguno de los llamados «misterios de la vida de la Virgen»; es decir, aquellos acontecimientos vividos por María como designio de Dios para ella en favor nuestro. Misterios de salvación que nos ayudan a comprender mejor y vivir cómo Dios ha salido a nuestro encuentro en Jesús; y ha querido que este encuentro amoroso de Dios, con el que nos ha agraciado en Cristo Jesús, se haya producido con la colaboración singular de la Virgen María. Por esto hemos de conocer bien el significado de las fiestas de María, porque casi todas las fiestas patronales que celebramos en nuestro país en honor de la Virgen tienen que ver con las principales fiestas marianas.
La fiesta de la Virgen del Mar sigue a la fiesta de la “Virgen de agosto”, una de las más importantes fiestas de la Virgen: la solemnidad de la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos. Está a un tiro de piedra de la próxima fiesta mariana del 8 de septiembre, día en que se celebra la Natividad de la Virgen. Otras fiestas marianas del calendario universal van jalonando el ritmo del año litúrgico. En efecto, el año litúrgico se abre con el Adviento, que nos prepara a la Navidad con la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, una fiesta que nos coloca ante el misterio de la Virgen Madre: María permaneciendo virgen concebirá y dará a luz al Hijo de Dios hecho carne en su seno. La contemplaremos después de la Natividad del Señor como verdadera Madre de Dios, en la solemnidad del primer día del nuevo año; y desde el primer día de enero María nos lleva de la mano todo el año, con la celebración de sus misterios, hasta llegar de nuevo a diciembre, para comenzar un nuevo año litúrgico.
Se puede decir que la imagen de Santa María nos acompaña siempre, porque ella, glorificada junto a Cristo en el cielo, no deja de estar con nosotros espiritualmente en la tierra. María no sólo escucha amorosamente nuestros ruegos y súplicas, pone en juego su ascendencia ante su Hijo con maternal intercesión ante él, para que no vivamos alejados de Jesús, el único que puede llevarnos a Dios. Hemos sido creados por Dios Padre por amor, y por amor nos ha redimido y nos salva en Jesús, mediador único entre Dios y los hombres.
María sigue ayudándonos a que así sea. Por eso, el bienaventurado Papa Pablo VI la proclamó el 21 de noviembre de 1964, durante la celebración del Vaticano II, verdadera Madre de la Iglesia. Ahora el Papa Francisco ha establecido la memoria litúrgica de «María, Madre de la Iglesia», para que sea celebrada cada año el lunes después de Pentecostés. El fundamento de esta nueva memoria de la Virgen está dado ya en la tradición de fe, y el decreto con el que se establece esta fiesta lo recuerda con argumentos de dos grandes padres de la Iglesia. Apoyándose en san Agustín dice el decreto que «María es madre de los miembros de Cristo, porque ha cooperado con su caridad a la regeneración de los fieles en la Iglesia»; y con san León Magno añade que, «al decir que el nacimiento de la Cabeza es también nacimiento del Cuerpo, indica que María es, al mismo tiempo, madre de Cristo, Hijo de Dios, y madre de los miembros de su cuerpo místico, es decir, de la Iglesia».
En nuestra tradición mariana, las dos fiestas, la de la Asunción y la Natividad de María, concentran las festividades de muchas de las patronas en nuestro país, con las cuales el pueblo cristiano honra a la Madre de Dios, que la venera con especial amor. El pueblo cristiano honra a María, uniéndose al cántico de alabanza y acción de gracias con el que María bendijo al Señor. En ella Dios hizo cosas grandes, elegida para ser la madre de Jesús, quiso el Hijo de Dios entregar a María desde la cruz a la Iglesia, representada en el discípulo amado, para que María fuera madre espiritual de todos cuantos siguen el camino a su Hijo como discípulos suyos.
Con mi afecto y bendición.

Almería, 25 de agosto de 2018
Solemnidad de la Virgen del Mar

 Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Almería Fri, 24 Aug 2018 14:02:59 +0000
Una casa para Dios y para la comunidad cristiana http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45710-una-casa-para-dios-y-para-la-comunidad-cristiana.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45710-una-casa-para-dios-y-para-la-comunidad-cristiana.html Una casa para Dios y para la comunidad cristiana

Carta pastoral del obispo de Almería, Mons. Adolfo González Montes, con motivo de la Jornada Pro templos parroquiales

Queridos diocesanos y amigos que estos días veraniegos pasáis un tiempo de descanso con nosotros en esta costa mediterránea:
1. «He aquí la morada de Dios con los hombres». Cuando alguien trata de definir una iglesia la definición más socorrida y pronta para ser citada como tal es esta: «la iglesia es la casa de Dios». La explicación es asimismo fácil de obtener: Dios está en todas partes, es omnipresente, pero en la iglesia tiene una presencia singular, porque en ella el cristiano se encuentra con Dios. ¿Cómo se produce este encuentro? Dios sale al encuentro del hombre en su Palabra, proclamada en la celebración dominical de la Misa. Dios se hace particularmente presente en la persona divina de su Hijo, hecho hombre por nosotros y que nos ha prometido estar siempre con sus discípulos hasta el final de los tiempos. En verdad, Jesús es la Palabra de Dios hecha carne de nuestra carne y, porque es al tiempo que hombre verdadero Hijo de Dios, una vez resucitado de entre los muertos ha querido prolongar su presencia de un modo especial en el sacramento de la Eucaristía.
La Misa es sacramento de la presencia de Cristo en los dones consagrados: el pan y el vino que vienen a ser Cuerpo y Sangre del Resucitado, que se hace presente con su sacrificio redentor en cada celebración de la Misa. Justamente, para dar cabida a la celebración de la Misa, la comunidad cristiana necesita el templo, una casa donde Dios deje sentir su singular presencia saliendo al encuentro de cuantos anhelan su presencia. Dicho de otra manera: la iglesia, construcción de piedra y otros materiales, se hace necesaria para que todo en ella evoque la presencia de Cristo resucitado y glorioso, que viene y nos convoca, que llama a sus discípulos y les dice: «He aquí la morada de Dios entre los hombres y ellos serán su pueblo y Él, Dios-con- ellos, será su Dios» (Ap 21,3).
Son las palabras que resuenan mientras desciende del cielo la nueva Jerusalén, contemplada por el vidente del libro del Apocalipsis. Cuando la comunidad cristiana es congregada por la palabra de Dios, en ella Dios ofrece al mundo el anticipo de la Jerusalén celestial, de la morada eterna de Dios con los hombres, porque todo en la iglesia es signo y sacramento de la entrega que Dios hace de su Hijo para la salvación del mundo. Jesús, Camino por el que se va al Padre (Jn 14,6); y Puerta por la que se entra en la morada de Dios (Jn 10,9), nos invita a transitar por él y llegar así al Padre.

2. Significado sacramental de una iglesia. La iglesia de una sola nave acoge en ella a la asamblea reunida para la celebración de la Misa, y aun cuando tiene hasta tres naves, a las que se añaden las capillas que se abren en los muros laterales, la asamblea ocupa la nave central, que desemboca donde todo converge: el presbiterio, que recibe su nombre por ser el lugar destinado a los ministros ordenados: los presbíteros que presiden la Eucaristía. El presbiterio es la capilla mayor del templo y a él se accede en las iglesias históricas, por lo general, por el llamado arco toral, que evoca el arco de triunfo de la antigüedad clásica. Por este arco se accede a la meseta del presbiterio, donde acontece la “puesta en escena” de la victoria de Cristo sobre la muerte. Jesús, una vez glorificado por Dios Padre se hace presente en el sacrificio eucarístico de la Misa con su muerte y resurrección.
En la meseta del presbiterio, ligeramente elevada sobre la nave central, tiene lugar la celebración sacramental por excelencia de la fe, que es la cena del Señor o Eucaristía. Por eso, sobre el presbiterio todo se halla dispuesto para la celebración de la Misa, centro y culmen de la vida cristiana. El punto en el que convergen las naves abiertas a la capilla mayor por el crucero de un templo cristiano, el presbiterio acoge el altar, la pieza fundamental de una iglesia. Construido de piedra y materiales nobles, el altar representa la piedra angular del edificio espiritual que Dios construye con las piedras vivas que son los bautizados, para componer el cuerpo de Cristo, del cual el mismo Jesús es la cabeza.
Así, entrando por el bautismo en esta construcción espiritual, los cristianos pasan a formar parte de la asamblea que tiene su lugar propio en el templo. Entre todos los templos de la Iglesia diocesana, la iglesia Catedral se convierte por su significado y su función en el corazón del pueblo convocado por Dios, congregación de todos los fieles cristianos. Una multitud que se dilata y dispersa sin quebrar su unidad en comunidades repartidas por la geografía diocesana, que se reúnen en la iglesia de cada una de las parroquias. La comunidad cristiana se reúne en la iglesia para escuchar el Evangelio y para celebrar la fe que profesa; y es así como la casa de Dios se convierte en «casa para la congregación en asamblea de los fieles cristianos».
Cualquiera puede entender cuál es el fin principal de una iglesia y cómo todo ella evoca la realidad de aquello que se celebra: el misterio pascual de Cristo, el memorial de nuestra redención, que nos salva y se extiende a toda la Iglesia diocesana por el ministerio de los sacerdotes, de domingo a domingo, en la celebración cotidiana de la Eucaristía durante toda la semana.

3. Celebrar en la iglesia y vivir la fe. Con la Misa, la iglesia acoge todo el culto litúrgico cristiano: la predicación, cuya expresión litúrgica más propia es la homilía dentro de la Misa o en la celebración de los sacramentos y sacramentales: los sacramentos de la iniciación cristiana (bautismo, Confirmación y Eucaristía), los sacramentos de estado o consagración especial (Matrimonio y Orden), y los sacramentos de sanación (Penitencia y Unción de los enfermos). Cuando es posible, todos se administran de modo propio en el marco y desarrollo de la celebración de la Misa. En la iglesia tiene lugar la celebración de la liturgia de las Horas, el canto de los salmos y la oración de alabanza, súplica de perdón e intercesión, sobre todo en las iglesias monacales y conventuales, y en los coros de las catedrales.
También algunas de las devociones consagradas por la tradición tienen lugar en la iglesia, como sucede con algunas de las más practicadas: predicaciones de tiempos litúrgicos fuertes (Adviento, Cuaresma), la predicación de los Ejercicios espirituales, la práctica de los novenarios que preceden a las fiestas patronales; y aquellos actos de piedad consagrados por la devoción popular, como el santo Viacrucis y, la más común de las prácticas devocionales como es el santo Rosario.
Ciertamente la predicación y los sacramentos, y prácticas devocionales pueden celebrarse fuera de la iglesia, pero la iglesia, sobre todo la iglesia parroquial, es lugar propio donde la asamblea cristiana tiene su casa, que siendo casa de Dios se hace casa de los hombres, para que adelanten en la tierra la morada que esperan alcanzar en el cielo.
La fábrica de la iglesia nueva da cabida a los feligreses que, por su testimonio de pueblo de Dios en marcha, y por su permanente capacidad de convocatoria, hace visible que Dios tiene casa entre los hombres y esta casa de Dios anticipa la morada celestial que se adelanta ya en la comunidad parroquial convocada por el Evangelio.
¿Cómo no pediros vuestra ayuda para que la casa de Dios y de los hombres, levantada sobre la piedra angular que es Cristo, acoja a los que Dios llama para formar parte de la gran familia de hijos de Dios? De vuestra generosidad depende las comunidades cristianas dispongan de una iglesia y un complejo parroquiales como los que hoy necesitamos, donde celebrar y enseñar la fe, acoger y orientar la vida de los hombres.
Con mi afecto y bendición.

Almería, a 19 de agosto de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Almería Thu, 16 Aug 2018 10:59:18 +0000
En el 250 Aniversario del Patrocinio del Santísimo Cristo del Bosque sobre la población de Bacares http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45629-en-el-250-aniversario-del-patrocinio-del-santísimo-cristo-del-bosque-sobre-la-población-de-bacares.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45629-en-el-250-aniversario-del-patrocinio-del-santísimo-cristo-del-bosque-sobre-la-población-de-bacares.html En el 250 Aniversario del Patrocinio  del Santísimo Cristo del Bosque sobre la población de Bacares

Homilía en la Misa de Consagración del nuevo altar de la Iglesia de Bacares


En el 250 Aniversario del Patrocinio
del Santísimo Cristo del Bosque sobre la población de Bacares

Lecturas bíblicas: Gn 28,11-18; Sal 83,3-5.10-11; 1 Cor 10,16-21; Jn 12,31-36

Queridos hermanos y hermanas:

Se han cumplido en estos días los 250 años de la declaración de Patrocinio del Santísimo Cristo sobre esta histórica población de Bacares, que se distinguió durante el primer período de la restauración cristiana de estas tierras por su buen gobierno y tolerancia, siendo gobernador Gutierre de Cárdenas, esposo de Teresa Enríquez. Esta extraordinaria mujer cristiana es conocida como la «Loca del Sacramento» por su acendrada piedad eucarística y, después de siglos, la causa de canonización de esta Sierva de Dios va abriéndose camino. Su amistad y entusiasmo por la obra de santa Beatriz de Silva, Teresa Enríquez su colaboración resulta decisiva para la fundación de algunos de los conventos de monjas concepcionistas, empresa a la que se entregó de lleno tras la muerte de su esposo don Gutierre en 1503 en Alcalá de Henares y, poco después, de la Reina Católica en 1504. Fue dama de la Reina Isabel y la acompañó en sus empresas históricas, entre ellas la reforma de la Iglesia en el reino de Castilla. Una reforma religiosa en gran hondura que se adelantó a la reforma protestante y la posterior reforma católica que saldría del Concilio de Trento.

La población de Bacares estuvo ligada a este pasado glorioso de la restauración cristiana de estas tierras. Fue una localidad que, sin embargo, padeció el drama, las muertes y saqueos del levantamiento de los moriscos. Después, una se asentó la paz, comenzó Bacares todavía en el siglo XVII una vida de laboriosidad inteligente y fructífera, de trabajos de forja y comercio. Fue justamente la recomposición de la cristiandad, realizada por los colonos venidos de los territorios del centro y norte peninsular, la obra religiosa que afianzó la cohesión social y cultural de los territorios que había ocupado el antiguo reino nazarí.

La devoción por el Santísimo Cristo del Bosque surgió y se afianzó en aquel nuevo marco social y religioso, y sus orígenes están nimbados de leyenda. Recibe su nombre de su hallazgo en el bosque, al que siguió su introducción en el culto para la veneración de la sagrada imagen de Cristo crucificado por los lugareños. Aquellos primeros fervores y devoción a la Cruz del Señor fueron seguidos por la etapa en que aparece la primera documentación escrita sobre la bella talla barroca, datada en 1622 por el que fuera su artífice, Juan Ladrón de Freila. La sagrada imagen fue venerada en esta iglesia parroquial hasta la persecución religiosa de los pasados años treinta del último siglo, acompañada siempre de la veneración que le tributaban los fieles. Fue tan grande y amorosamente cultivada que la advocación del Santísimo Cristo del Bosque recibiría la titularidad canónica del patrocinio sobre Bacares, declarado el 25 de julio de 1768 por nuestro venerado predecesor de feliz memoria, Don Claudio Sanz Torres, el obispo que tanto contribuyó a la ornamentación arquitectónica de la Iglesia Catedral de Almería. A su iniciativa debemos el templete del presbiterio y el trascoro de la Catedral, a la cual dotó, además, de bellos paramentos litúrgicos. Fue Don Claudio el obispo por cuya iniciativa se construyó el santuario de la Virgen del Saliente, devoción mariana tan amada en estas tierras.

La destrucción de la imagen sagrada del Crucificado durante la persecución religiosa de los años treinta del pasado siglo XX, con los trágicos sucesos que forman parte de la memoria histórica de España, daría lugar a su sustitución por esta no menos bella talla del Crucificado que hoy nos preside. Esta imagen, cuya autoría no tenemos documentada, nos hace presente a Cristo que por nosotros sufrió la tortura y el martirio de la cruz. Sacrificado por nosotros vive para siempre y se hace presente resucitado y glorioso con sus llagas en el sacrificio de eucarístico de la Misa.

Para celebrar este sacrificio eucarístico habéis querido bendecir un nuevo ambón y consagrar este nuevo altar que dedicamos a Dios, sobre cuya piedra pulimentada se hace presente el sacrificio de la cruz. Esto acontece por la plegaria del sacerdote, que actúa en la persona del mismo Cristo y, al recitar la plegaria eucarística, invoca al Padre para que venga sobre las ofrendas el Espíritu Santo, y transforme con su poder el pan y el vino del altar en el Cuerpo y la Sangre de nuestro Redentor, alimento de vida eterna y prenda de eterna salvación.

Nos detenemos en las lecturas de la Misa, que iluminan el rito sagrado de la dedicación del altar. El Génesis nos dice que Jacob se quedó a pernoctar en un lugar, y tomó por almohada una piedra sobre la que reclinó su cabeza. En aquel lugar Jacob soñó que una escala, por la que subían y bajaban los ángeles, unía el cielo y la tierra; y escuchó la voz del Señor que se identificaba ante él como el Dios de Abrahán y de Isaac, su padre, prometiéndole cumplir en él la promesa hecha a Abrahán: que su descendencia llenaría la tierra. Aquella experiencia marcó el alma de Jacob que levantándose realizó el rito sagrado de ungir con aceite la piedra sobre la que descansó y que ahora colocaba erguida como estela que indicaba que aquel lugar era santo, porque en él había experimentado la presencia de Dios. Jacob dijo entonces: «Terrible es este lugar; no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo» (Gn 28,18).

Las estelas sagradas levantadas del Antiguo Testamento representan los primeros momentos de la historia de los altares. Estas estelas preceden a los altares compuestos por las doce piedras que representan a las doce tribus de Israel: las tribus de los doce hijos de Jacob. Entre otros muchos lugares de la Biblia, podemos mencionar cómo Moisés levantó un altar con doce estelas, rociándolo con la sangre de los novillos sacrificados, con la que también roció al pueblo (cf. Éx 24,4-8). El altar de la antigua Alianza estaba confeccionado con piedras sin tallas para no ser profanadas por el hierro del escoplo del escultor, siguiendo las leyes rituales de Israel (cf. Éx 20,25; Dt 27,5-7; Js 8,31).

En esta normativa litúrgica del Antiguo Testamento podemos ver el anticipo del altar del Nuevo Testamento, que es el cuerpo santísimo del Cristo Jesús, verdadero altar, sacerdote y víctima, como canta el prefacio de esta misa de consagración del altar. El evangelista san Juan contempló como altar y víctima al mismo tiempo el cuerpo sacrificado de Jesús en la cruz, el cual, al ser atravesado por la lanza del soldado, se abrió el manantial de su pecho herido del cual brotan los sacramentos del bautismo y de la Eucaristía: la sangre y el agua que manaron del costado del Señor.

Esta visión del evangelista, que se presenta como testigo de lo que él mismo contempló, es de gran hermosura. San Juan interpretó místicamente el drama del Calvario, viendo en el sacrificio de la cruz consumado el sacrificio pascual: Jesús es el verdadero cordero de Dios sacrificado por nuestros pecados, al cual los soldados, al verlo ya muerto, «no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua» (cf. Jn 19,33-34). Sucedió así para que se cumpliese la Escritura (Jn 19,36), tal como había prescrito la ley de Moisés que debía ser sacrificado y comido el cordero pascual: «no le quebraréis ni un hueso» (Éx12,46; Núm 9,12).

El costado abierto del Crucificado se ha convertido en la fuente de la vida y a Cristo «mirarán los que lo atravesaron» (Za 12,10): miran hacia él los pueblos y las gentes, que levantan la cabeza atraídas por el que ha sido elevado sobre la tierra, para que cuantos miren al Redentor hallen la salvación, la cura real y verdadera de su condición de pecadores.

El altar, queridos hermanos, contiene así el sacramento de nuestra fe, como proclamamos tras la consagración, para que los ojos de todos vueltos hacia el Señor sacramentado contemplen dónde está la luz y la gracia; para que se dejen iluminar por aquel que se ha hecho alimento de vida eterna por nosotros y dice de sí mismo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12). En el mundo de hoy, y siempre, el pecado siembra la oscuridad y vela la luz natural de la razón en tan alto grado que el hombre pierde la capacidad de distinguir entre el bien y el mal. El pecado oscurece en su mente la luz que ilumina la vida y conduce al amor, pero Jesús restaura esa luz y eleva la mente a la claridad poderosa de la revelación, porque él mismo es la luz que vino a este mundo para iluminar el misterio del hombre. El poder de las tinieblas pretende ofuscar esa luz, pero «la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron» (Jn 1,5). La gloria del Resucitado ilumina el misterio de la muerte y nos abre al significado trascendente de su cruz, de la multitud de nuestras cruces, enseñándonos a saber afrontarlas y soportar su peso hasta que nos resulte suave y tolerable, porque que mayor que el dolor del hombre es el gozo que alcanzará al contemplar la gloria del Resucitado.

Postrados ante el Santísimo Cristo del Bosque, acudamos hoy y siempre confiadamente a la vera del Crucificado: «al trono de la gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar la gracia de un auxilio oportuno» (Hb 4,16). Acerquémonos a la cruz con la mirada puesta en el que fue traspasado por nosotros y, acompañados de su Madre Santísima, dejémonos iluminar y consolar cuando sintamos los dolores de la vida, el peso de los fracasos, el mal ejemplo de las malas acciones y del crimen, la destrucción de las guerras, en nuestros fracasos morales, en la debilidad que traen las enfermedades y, al fin, en la muerte.

Dios nos ha reconciliado en la cruz de Jesús, y el pecado ha sido vencido en su muerte y resurrección. Que la misericordia del Señor venga sobre nosotros como así lo esperamos de él. Que la Virgen de los Dolores nos ayude siempre en nuestras oscuridades y no nos deje sin su amparo espiritual en las dificultades de la vida. Amén.

Iglesia parroquial de Santa María
Bacares, a 28 de julio de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Tue, 31 Jul 2018 10:45:12 +0000
En Fiñana, en la traslación de las reliquias de los Beatos http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45392-en-fiñana-en-la-traslación-de-las-reliquias-de-los-beatos.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45392-en-fiñana-en-la-traslación-de-las-reliquias-de-los-beatos.html En Fiñana, en la traslación de las reliquias de los Beatos

Homilía de Mons. Adolfo González Montes, obispo de Almería, en Fiñana, con motivo de la traslación de las reliquias de los Beatos D. Melitón Martínez Gómez y D. Manuel Alcayde Pérez, presbíteros y mártires

Homilía en el Domingo XIII del Tiempo Ordinario

Traslación de las reliquias de los Beatos D. Melitón Martínez Gómez y

D. Manuel Alcayde Pérez, presbíteros y mártires

Lecturas bíblicas:    Sb 1,13-15; 2,23-25

                          Sal 29,2.4-6.11-12a.13b

                        2 Cor 8,7-9.13-15

                        Mc 5,12-43

Querido Sr. Cura párroco y hermanos sacerdotes

Ilustrísimo Sr. Alcalde y Autoridades

Hermanos y hermanas:

Nos concede Dios providente celebrar esta solemne misa estacional, en este Domingo XIII del Tiempo ordinario, congregados en esta iglesia parroquial de la Anunciación con motivo de la traslación de las reliquias de los beatos D. Melitón Martínez Gómez y D. Manuel Alcayde Pérez, presbíteros y mártires, párroco y coadjutor de esta comunidad parroquial, sacrificados en odio a la fe en la persecución religiosa del siglo XX en España.

D. Melitón había nacido en 1878 y fue ordenado sacerdote en 1921, con sólo veintidós años, permaneciendo sacerdote hasta su muerte durante treinta y cinco años. Fue párroco de esta villa de Fiñana de 1912 a 1917, para volver a Fiñana en 1920 tras un breve paréntesis, y permanecer en el ejercicio de su ministerio parroquial hasta su martirio el 17 de septiembre de 1936. Con los bienes heredados de su familia, don Melitón fue amantísimo de los pobres y los desheredados, a los que socorría con amor, igual que consolaba a los enfermos y a sus familiares. Fue querido por sus feligreses y en particular por los ancianos, los enfermos y los niños. Su imagen de buen pastor respondía a la más honda verdad de su vida, lleno de amor a Cristo y la Santísima Virgen María.

Don Melitón puso en práctica con caridad evangélica el consejo de san Pablo a los corintios: «…distinguíos también ahora por vuestra generosidad. Bien sabéis lo generoso que fue nuestro Señor Jesucristo: siendo rico, por vosotros se hizo pobre, para que vosotros con su pobreza os hagáis ricos. Pues no se trata de aliviar a otros, pasando vosotros estrecheces: se trata de nivelar» (2 Cor 8,13). Palabras que vemos hoy con gozo cumplidas con creces en el buen cura párroco, dispuesto a perder la vida por Cristo, como él mismo profetizó de su destino martirial.

D. Manuel fue coadjutor de esta misma parroquia de la Anunciación. Había nacido en 1869 y recibió la ordenación sacerdotal a los veinticuatro años en 1893, permaneciendo hasta su muerte como sacerdote durante cuarenta y tres años. Con diversas misiones pastorales, la de coadjutor de Fiñana marcó de manera especial toda su vida sacerdotal y apostólica, leemos en la Positio de la beatificación: «La catequesis en las once barriadas del pueblo, y la misma Estación, fueron testigos mudos de la asiduidad y cuidado pastoral. El culto en las diversas Ermitas y Capillas, y la atención a los enfermos en la que los sucesivos párrocos de Fiñana encontraron en Don Manuel un fiel y seguro colaborador» (Positio, vol. II, 841).

Ambos presbíteros perecieron en una persecución marcada por el odio a la fe y a la Iglesia. La narración de su martirio hace presente la pasión de Cristo llevado ante el sanedrín: una vez hechos prisioneros fueron trasladado de su casa adelante el Comité revolucionario, «a golpes y empujones, entre mofas, burlas y palabrotas» (Positio, vol. II, 841). Se les condenó sin juicio alguno para ser asesinados en la madrugada del 18 de septiembre de 1936.

Mis queridos hermanos y hermanas, estos sacerdotes mártires amaron a Cristo hasta la muerte y por él sufrieron el martirio. Como discípulos de Cristo que somos, damos gracias a Dios por su victoria, pues fue él quien que los sostuvo con su gracia. Del mismo modo, nos parece justo que sean honrados cuantos, sin hallarse incursos en causas criminales, por fidelidad a su conciencia y sus ideas y militancia política sufrieron la muerte en aquella dramática hora de España.

Hoy honramos a estos pastores buenos, alentados por la palabra de Dios que hemos escuchado y nos recuerda que «Dios no es autor de la muerte ni se alegra con la destrucción de los vivientes. Él lo creó todo para que subsistiera» (Sb 1,13-14a.). El hombre «ha sido creado por Dios para la inmortalidad, y lo hizo a su imagen y semejanza», sigue diciendo el autor sagrado, para concluir afirmando que fue «por envidia del diablo como entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen» (Sb 2,23-24).

Dios es el autor de la vida y por la muerte de su Hijo, padecida en nuestro favor, hemos recobrado la vida eterna, que el hombre había perdido a causa del pecado. La muerte de Cristo nos ha abierto el reino de los cielos y su sacrificio redentor nos ha traído la vida eterna. Los mártires entregaron su vida por Cristo confesando su esperanza en la vida eterna, en claro contraste con la desesperanza del hombre de hoy, apegado a la tierra, sin otra meta que lo que de sí mismo pueda lograr, pero sin poder vencer la carrera que inexorablemente nos lleva la muerte. Más aún, el hombre actual que no cree en la vida eterna, se cree árbitro de la muerte y se arroga decidir cuándo merece o no vivir esta vida mortal, a la que no le encuentra sentido si es asaltado por una enfermedad incurable, o por un fracaso que le sume en la desesperación, perdiendo el gusto por una vida que ya no le resulta útil, con calidad o placentera.

Confesar hoy nuestra fe en Cristo es confesar que creemos en el Dios de la vida, aceptando que sólo Dios puede disponer de la vida que él ha creado; pues, como dice el libro de la Sabiduría, «Dios no hizo la muerte» (Sb 1,13). Todos estamos en sus manos y, si creemos en él, nada hemos de temer de quien ha entregado a su propio Hijo a la muerte, para que nosotros tengamos vida eterna (cf. Jn 3,15): la vida que no termina porque es participación de la misma vida de Dios, y nos ha llegado por la muerte redentora de Cristo y su gloriosa resurrección. Cristo resucitado nos precede en los cielos y atrae hacia sí a la humanidad que le sigue y confiesa que sólo él, Hijo de Dios y hombre verdadero, tiene las llaves de la muerte (cf. Ap 1,15), porque sólo él ha salido vencedor del sepulcro.

El evangelio de este domingo nos presente a Jesús devolviendo la salud a los enfermos que creen en él. Jesús es portador de un dinamismo de vida que otorga salvación a quien tiene fe, como él mismo dice a la mujer que le tocó la orla de su vestido, esperando verse curada de los flujos de sangre que padecía desde hacía años sin haber hallado remedio a su mal. Jesús le dice a aquella mujer: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud» (Mc 5,34).

La fe, sin embargo, no es un mecanismo autónomo o mágico, sino la plena confianza en Jesús como enviado de Dios. La fe en Jesús es fe en su persona divina de Hijo de Dios hecho hombre. La mujer curada no lo sabía de esta forma en que nosotros hoy confesamos el misterio divino de la persona de Jesús, pero sí creía que su relación con Dios era el secreto de su misión, y confió plenamente en que Jesús podía curarla. Como confiaba en Jesús Jairo, el jefe de la sinagoga que le pide vaya a curar a su hija, que estaba en las últimas. Cuando le comunicaron la muerte de su hija, seguro que se disponía a retirarse y dejar ya a Jesús, pero fue Jesús el que le dijo en qué estaba el remedio final: «No temas; basta que tengas fe» (Mc 5,36). Ante el escepticismo de todos, Jesús llama a la niña, que tenía 12 años –dice el evangelista-, para que vuelva a la vida y se la entrega a sus padres.

La fe en Jesús es causa de vida y la resurrección de la hija de Jairo, igual que la resurrección del hijo de la viuda de Naín y la resurrección de Lázaro, es la revelación de su honda verdad divina de Jesús. Jesús dice a Marta, la hermana de Lázaro: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre» (Jn 11,25-26). Creer en Jesús es creer que, más allá de la muerte que hemos de padecer, hay vida definitiva para el ser humano, porque Dios lo ama y hemos sido salvados por la cruz Cristo de nuestros pecados y reconciliados con Dios (cf. 2 Cor 5,19-20). El sacrificio de Jesús por nosotros se hace ahora presente en el altar y, por nuestra participación en él, Dios nos asocia el triunfo de Cristo sobre la muerte y nos incorpora a su glorificación en el cielo.

Así lo creyeron los mártires y, por eso, como dice el libro del Apocalipsis «no amaron tanto su vida en forma tal como para que temieran la muerte» (Ap 12,11). Que la Virgen María, Reina de los Mártires y la intercesión del mártir amado san Sebastián y de estos santos pastores mártires, nos ayuden a creer y vivir sin temor a la muerte, convencidos de que, «si con Cristo morimos, viviremos con él» (2 Tim 2,11).

Iglesia parroquial de la Anunciación

Fiñana, 1 de julio de 2018

                            X Adolfo González Montes

                                     Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Almería Fri, 06 Jul 2018 13:36:47 +0000
En el XXI aniversario de la consagración episcopal http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45363-en-el-xxi-aniversario-de-la-consagración-episcopal.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45363-en-el-xxi-aniversario-de-la-consagración-episcopal.html En el XXI aniversario de la consagración episcopal

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González, en el XXI aniversario de la consagración episcopal

Lecturas bíblicas: Éxodo 32,7-14; Salmo 88,2-5.21-22.25 y 27; 1 Tes 2,2-8; Mc 1,14-20

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos,
Queridos hermanos y hermanas:

La celebración anual del aniversario de la consagración del Obispo pone de manifiesto el carácter constitutivo de la sucesión apostólica en la Iglesia diocesana, que por medio del ministerio del Obispo se inserta en el tejido espiritual y social de Iglesia universal. La Iglesia particular fue definida por el Concilio como porción de la Iglesia universal, en la cual se hace presente el misterio de salvación.

La Iglesia particular no está aislada de la Iglesia universal, forma parte de ella y, más aún, en ella es la entera Iglesia de Cristo la que se hace presente como portadora de la salvación, que anuncia y administra como servidora del Evangelio, ministra Evangelii, para que todos los hombres vengan al conocimiento de la verdad y a formar parte de la comunión apostólica, que es comunión con «con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1 Jn 1,3).
La Iglesia es siempre creatura Verbi, creación del Verbo, del Hijo unigénito, Palabra de Dios encarnada y dirigida a las generaciones que se suceden en el tiempo, para todas se integre en la congregación eclesial, que es la comunión de quienes han recibido «el Espíritu que viene de Dios para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado» (1 Cor 2,12). La Iglesia es ministra del Evangelio y es a su vez fruto del anuncio evangélico, a cuyo servicio está. El ministerio apostólico, en cuyo ejercicio los obispos suceden a los Apóstoles, está al servicio de la misión de la Iglesia como servidora del Evangelio. El apostolado que, por voluntad de Cristo, hace la Iglesia es ministerio para evangelizar, por eso exclama san Pablo: «¡Ay de mí si no evangelizare!» (1 Cor 9,16b). Es su deber porque el Apóstol de las gentes ha sido incorporado al apostolado para llevar el anuncio de la salvación en Cristo a las naciones. Es Cristo mismo quien le ha encomendado este ministerio, a pesar de haber perseguido a la Iglesia, motivo por el cual habla de sí mismo como el último de los apóstoles. Ha sido llamado a evangelizar y no le importan los honorarios y la gloria que en justo salario merece su dedicación a la predicación. Para Pablo prima el deber de evangelizar y lo manifiesta sin ambages: «Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe» (1 Cor 9,16ab).
La sucesión en el ministerio apostólico es para proclamar el Evangelio con la autoridad que Cristo ha conferido a los apóstoles y a sus sucesores. La Iglesia es por eso mismo apostólica, se levanta sobre la predicación apostólica y la sucesión en el ministerio apostólico, de suerte que «nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo» (1 Cor 3,11). No es lo importante la singularidad de cada apóstol, su personalidad y cualidades, lo importante es que Cristo lo ha llamado y ha recibido de él la misión de llevar el mensaje hasta los confines del mundo. No es lo importante lo que cada uno de los apóstoles puede llevar a cabo según la gracia que se le conceda, sino la común misión del Evangelio. Por eso dirigiéndose a su comunidad de Corinto, san Pablo les dice: No importa plantar o regar, porque «es Dios el que hace crecer. Y el que planta y el que riega son una misma cosa; si bien cada cual recibirá el salario según su propio trabajo, ya que somos colaboradores de Dios y vosotros, campo de Dios, edificación de Dios» (1 Cor 3,8-9).
Así, pues, todo apóstol está al servicio de la proclamación del Evangelio, es su primer cometido por voluntad de Cristo resucitado, que ordena a sus apóstoles «proclamar la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16,15), hacer discípulos bautizándolos en nombre de la Trinidad y «enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28,19-20a). No podemos ser acompañantes mudos, testigos que con su mudez neutralizan el testimonio que están llamados a dar, porque la Palabra de Dios de la cual de la que los sucesores de los apóstoles somos portadores es palabra que ha de ser proferida y dirigida a cada ser humano convocándole a entrar en la congregación de la Iglesia, ámbito de la humanidad redimida, sacramento de salvación (VATICANO II, Constitución Lumen Gentium, n. 9c y 48b; Decreto Ad gentes divinitus, n. 5) y signo de la unidad del género humano (LG, n. 1). Cuando estamos tentados a evaluar con pesimismo el marco social y cultural de nuestro tiempo por su alejamiento del Evangelio y abandono de la Iglesia, no debemos olvidar que la proclamación de la verdad evangélica ha tropezado siempre, a lo largo de la historia de la Iglesia, con fuerte oposición, pero ha dejado de producir en todo tiempo, incluido el tiempo de crecimiento oculto de la semilla, los frutos de conversión a Dios y a Cristo que dan forma y figura histórica a la Iglesia.
Como san Pablo dice a los tesalonicenses, el apóstol ha de predicar la verdad de la fe sin engaños, sin rebajar su contenido para ser aceptado por el mundo, por la mentalidad ambiente y la cultura dirigida por el poder político, confiando siempre en que es Dios que hace crecer. No es la adulación ni la codicia disimulados por las buenas maneras lo que da fruto, salvo en provecho propio, sino la rectitud de la intención de quienes proclaman el Evangelio «no buscando agradar a los hombres, sino a Dios que examina nuestros corazones» (1 Te 2,4). Quienes piensan que rebajando el contenido de la fe atraerán a la Iglesia a los alejados, sólo cosecharán el fracaso de la acomodación de la vida cristiana a las exigencias del mundo, sin posibilidad alguna de que los hombres se sientan transformados por la banalidad de la sal desvirtuada e incapaz de sazonar.
El obispo como sucesor de los apóstoles, juntamente con su condición de heraldo del Evangelio, tiene, además, el cometido irrenunciable de ser vinculo de comunión en la Iglesia que preside. Queridos hermanos, la Iglesia es siempre «Iglesia de la Trinidad», está enraizada en la comunión trinitaria, y por esto mismo, con la misión de evangelizar se confía a los sucesores de los apóstoles la comunión eclesial, a cuyo servicio está el gobierno pastoral de las comunidades eclesiales y la acción sacramental que, por el obispo se extiende al colegio de los presbíteros. El Obispo y su presbiterio están al servicio de la comunión, para que en ella se realice el designio de Dios de convocar y salvar a los hombres en un único pueblo.
La enseñanza conciliar sobre las Iglesias particulares nos recuerda que el sucesor de Pedro es en la Iglesia universal «el principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles»; y declara a continuación: «Cada uno de los obispos, por su parte, es el principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares, formadas a imagen de la Iglesia universal» (LG, n. 23). De esta manera observa el Concilio que nadie puede construir la Iglesia al margen de la comunión que el obispo preside, una comunión que no es retórica ni fingida, porque no consiste en protestaciones de obediencia y fidelidad, sino en secundar el magisterio y el gobierno del obispo en su Iglesia particular.
Esta misión y cometido del obispo no sólo se realiza mediante el gobierno pastoral, es sobre todo resultado del ejercicio sacramental que al obispo corresponde. Por esto mismo, es inseparable del ejercicio del sumo sacerdocio de Cristo en su Iglesia que el obispo realiza en la persona de Cristo Cabeza, a la cual asocia a los presbíteros, que han recibido de Cristo el ministerio sacerdotal. Es el obispo quien, en primera instancia, en comunión con el sucesor de Pedro y el Colegio episcopal, confecciona y preside la Eucaristía en la Iglesia diocesana y quien manda celebrarla a los presbíteros, sus colaboradores más estrechos, unidos a él por la participación común en el ministerio sacerdotal de Cristo. El ministerio de santificación confiado por Cristo a los apóstoles se realiza por el ministerio de la reconciliación y de la Eucaristía: es el ministerio de hacer y rehacer la comunión eclesial, para que el perdón de los pecados y la gracia de la redención de Cristo produzcan la reconciliación de los pecadores en la comunión de la Iglesia y reciban la vida divina, participada de forma singular en el sacrificio eucarístico.
Nunca podremos ponderar de modo suficiente, queridos presbíteros, que somos ministros de la reconciliación que Cristo nos ha confiado ejercer, asociándonos a su ministerio sacerdotal; un ministerio proféticamente anunciado en la misión reconciliadora que ejerció Moisés, su elegido alejando la ira de Dios y el justo castigo contra el pueblo elegido. Lo hemos escuchado en la primera lectura de esta misa. En un lenguaje humano de gran belleza, leemos en el libro del Éxodo que Moisés suplicó al Señor su Dios, haciendo memoria de cómo, después de haberlo prometido a los padres, no puede destruir al pueblo de su elección (cf. Éx 32,11-13). El obispo y con él los sacerdotes presiden la oración de la Iglesia, que ellos recapitulan, anticipan y prolongan a diario unidos al ministerio de Cristo Mediador y único Sacerdote.
Ved, queridos hermanos, cómo y con qué alcance el evangelio de san Marcos que hoy hemos proclamado nos ofrece la razón de ser de nuestro ministerio episcopal y sacerdotal, que alienta en la misión de toda la Iglesia. La Iglesia es apostólica porque fundada por Cristo, ha sido plantada mediante la siembra de la predicación evangélica. La Iglesia, fiel a la herencia de los Apóstoles, ha sido enviada al mundo para ser testigo de Cristo y sacramento de su presencia en el mundo. Misión que sólo puede llevar a cabo como prolongación del ministerio apostólico, cometido irrenunciable de la Iglesia que Jesús encomendó a los Apóstoles y se prolonga en el ministerio de sus sucesores. Los obispos y sus colaboradores estrechos los presbíteros son llamados por Jesús a seguirle de una forma radical, supeditando todo a la llamada a atraer los hombres a Cristo, como lo hicieron los primeros llamados, seguidos por los demás apóstoles y discípulos, que imitaron su entusiasmo y ejemplo.
El evangelio de hoy nos ilustra el modo y la manera de una radical apostólica que nada antepone al seguimiento de Cristo. Nos dice el evangelio que pasando Jesús junto al lago de Galilea fue llamando a los primeros discípulos, a Simón y a su hermano Andrés. Al verlos Jesús, que ya les conocía de antemano como sólo el Hijo de Dios podía conocerlos, como conoció a Natanael antes de que el apóstol pudiera tomar conciencia de ello, les invitó a seguirle. Lo hizo con palabras que en su significación simbólica resumen el ministerio de los apóstoles: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres» (Mc 1,19); y ellos al instante lo siguieron dejando las redes, y así sucedió con los hermanos Santiago y Juan, a los que Jesús llamó después, «y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él» (Mc 1,20).
Suceder a los apóstoles es prolongar en el tipo esta pesca apostólica para llevarlos al encuentro con Cristo, experiencia definitiva de salvación que se realiza gracias al ministerio de la palabra y de la santificación, y se prolonga y manifiesta en la caridad pastoral, que extiende los bienes de la salvación sanando las heridas que afligen a los seres humanos, con la colaboración propio de religiosos y laicos. Los primeros radicalizando mediante la práctica de los consejos evangélicos una vida enteramente centrada en Dios a imitación de Cristo, en la cual se anticipa la plenitud del reino de Dios que esperamos ver consumado. Los laicos con su propia misión mediante la consagración de las realidades temporales para que vengan a ser anticipación de las realidades eternas. Todos en la comunión de la Iglesia apostólica que preside en cada Iglesia particular el obispo, para ser «morada de Dios en el Espíritu» (Ef 2,22).

S. A. I. Catedral de la Encarnación
5 de julio de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Almería Fri, 06 Jul 2018 12:38:33 +0000
Misa de exequias del sacerdote Dr. José Luis Sánchez Nogales http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45164-misa-de-exequias-del-sacerdote-dr-josé-luis-sánchez-nogales.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45164-misa-de-exequias-del-sacerdote-dr-josé-luis-sánchez-nogales.html Misa de exequias del sacerdote Dr. José Luis Sánchez Nogales

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Lecturas bíblicas: Job 19,1.23-27a
Sal 24,6-7bc.17-18.20-21
2 Cor 5,1.6-10
Aleluya: Si morimos con Cristo, viviremos con él
Si perseveramos, reinaremos con él
Lc 23,44-46.50.52-53; 24,1-6a


Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos esta misa de exequias en sufragio del alma de nuestro hermano D. José Luis Sánchez Nogales, que nos ha dejado al ser llamado por Dios, dando por consumada su vida, cerca ya de la meta bíblica que asigna setenta años al hombre y al más robusto hasta ochenta, años que dice el salmista «pasan a prisa y vuelan» (Sal 89,10). La esperanza de vida de nuestra sociedad ha alargado notablemente nuestros días, y el zarpazo de una cruel enfermedad que arrebata a un ser querido resulta especialmente doloroso, cuando todavía el que nos deja nos hace concebir la esperanza de poder apreciar durante años su vida y su persona, su actividad laboriosa; y cuando se trata de un sacerdote y de un teólogo, la esperanza puesta en el fruto sobrenatural del ejercicio de su ministerio y del magisterio religioso que lo acompaña.

Cuando inesperadamente y en pocos meses se resuelve una vida apreciable que nos deja, sólo cabe la confesión de fe que sustenta la esperanza y da sentido a su partida definitiva de quien nos deja, cuando ya nunca más le volveremos a ver. La confesión esperanzada de quien, como Job, después de haber sido despojado de sus bienes y herido en su carne, ha contemplado no sin decepción cómo sus allegados y amigos, a los que acudía pidiéndoles amparo, justifican a Dios que le hiere sin pensar siquiera que el único refugio en la desgracia sigue siendo Dios y que, por tanto, cabe esperar una palabra luminosa de él sin renegar de su amor.

Sólo la fe puede garantizarnos que Dios no está contra nosotros, y «si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» (cf. Rm 8,31; cf. L. ALONSO SCHÖKEL/J. L. SICRE DÍAZ, Job. Comentario teológico y literario [Madrid 22002] 353). Job será justificado porque discutiendo con Dios, que así trata a sus amigos, sabe que el sufrimiento que lleva consigo la vida del hombre sobre la tierra es sólo la prueba por la que ha de pasar para ver a Dios cara a cara: para encontrarse con el único que es garantía de justicia, el Viviente, que es la fuente inagotable de la vida que no termina. Job desea que sus palabras se graben en cobre, porque su respuesta al dolor que se le inflige es la confesión de la fe inconmovible en Dios: «Yo sé que está vivo mi Redentor, y que al final se alzará sobre el polvo: después que me arranquen la piel, ya sin carne veré a Dios; yo mismo lo veré y no otro, mis propios ojos lo verán» (Jb19,25-27).

La fe en Dios, único vindicador de los inocentes y los justos, suscita la plegaria de confianza de quienes, a pesar de los sufrimientos que padecen, no pierden la esperanza, porque Dios escucha a sus fieles: «El Señor es compasivo y misericordioso (…) no nos trata como merecen nuestros pecados, / ni nos paga según nuestras culpas» (Sal 102,10). Movido por la fe inquebrantable, el justo sufriente confía en Dios y suplica esperanzado: «Recuerda, Señor, que tu ternura / y tu misericordia son eternas» (Sal 24,6); porque tiene la certeza de la fe en Dios, y firmemente cree en la palabra de promesa del Creador y Redentor del hombre, que por puro amor de su pueblo elegido y de cada ser humano, sin mérito de nadie ante él, Dios responde de quien se fía de él.

El que fía en la palabra de Dios, aunque pase por las cañadas oscuras de la vida y la plena oscuridad de la muerte (cf. Sal 22, 4), como pasó Jesús por el abandono de la cruz, nada ha de temer, porque Dios no abandonó a su Hijo en la oscuridad del sepulcro ni dejó a su Ungido conocer la corrupción (cf. Sal 15, 10). Así, aunque la morada terrenal se desmorone, los fieles del Señor «tienen un sólido edificio construido por Dios, una casa que no ha sido levantada por mano de hombre y tiene una duración eterna en los cielos» (2 Cor 5,1). La prueba final del ser humano es un tránsito hacia la luz plena en la resurrección que compartirá con Cristo. Puede dormir y descansar en paz, y entregar el espíritu al Dios que es Padre, porque pasado el tiempo de la corrupción y llegada la cosecha del trigo renacido, los fieles que mueren en el Señor abandonarán la región de los muertos y habitarán para siempre en las moradas del cielo. Como a Jesús resucitado, no podrán ser hallados en entre los muertos, porque están vivos para siempre en Dios.

Que estas palabras de fe alienten en el corazón de cuantos lloramos la pérdida de don José Luis, sacerdote que consagró su vida a la inteligencia de la fe, para promover aquella certeza del creyente que afianza la vida del ser humano en Dios. Arrebatado por la muerte prematuramente, después de un período de enfermedad más corto de lo esperado al principio, don José Luis era plenamente consciente de que su final estaba cerca. Por ello, se dispuso a desprenderse de cuanto había amado con pasión como profesor eminente, en plena madurez de magisterio tras largos años de duro estudio e investigación, convencido de que lo mejor está en vivir con Cristo para siempre, pues, si morimos con él, viviremos con él en Dios, y perseverando con él por la fe, reinaremos con él (cf. 2 Tim 2,11-12).

Nos ha dejado don José Luis, cuando su jubilación académica le abría a un período fecundo para escribir y prestar su saber a la causa del diálogo interreligioso en el grupo de expertos de la Conferencia Episcopal y de la Santa Sede. Asesor y miembro de las comisiones de la Doctrina de la Fe y de las Relaciones Interconfesionales, su ayuda nos fue muy estimable a los obispos que hemos presidido estas comisiones y a todos sus miembros durante años. Descanse en paz y que el Señor premie sus servicios a la Iglesia como ministro del Evangelio.

Con el auxilio de la Virgen María, Madre de Cristo Sacerdote y de la Iglesia, confiamos al Buen Pastor nuestra oración en sufragio de nuestro hermano sacerdote de Cristo.

Iglesia parroquial de la Anunciación
Berja, a 23 de junio de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Mon, 25 Jun 2018 12:37:58 +0000