Almería Oficina de Información de los Obispos del Sur de España http://odisur.es Sat, 23 Feb 2019 13:09:55 +0000 Joomla! 1.5 - Open Source Content Management es-es Fiesta de San Blas en Sierro http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/48576-fiesta-de-san-blas-en-sierro.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/48576-fiesta-de-san-blas-en-sierro.html Fiesta de San Blas en Sierro

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Lecturas bíblicas: Jer 1,4-5.17-19;Sal 70,1-6.15. 17; 1 Cor 12,31-13,13;Lc 4,21-30


Queridos hermanos y hermanas:

La fiesta de san Blas cae este año en domingo, y como es patrono junto con san Sebastián de esta villa de Sierro la solemnidad nos obliga a hacer la conmemoración de este santo tan amado por el pueblo fiel. Celebramos el día de nacimiento para el cielo (dies natalis), es decir la fecha de su martirio, que el santo obispo de Sebaste, en Armenia, padeció durante la persecución del emperador de Oriente Flavio G. Valerio Licinio en el siglo IV, que le condenó a morir decapitado en torno al año 320 . La memoria de este santo Obispo ha pasado a la historia de la Iglesia como protector de las enfermedades de garganta, por haber realizado en vida el milagro de sanar a un niño que se estaba asfixiando al habérsele atragantado una espina según las Actas de su vida y pasión (passio) o martirio, que cuenta sin duda con hechos históricos y está adornada con elementos legendarios.
Muy pronto comenzó el culto a este santo obispo, siendo uno de los santos auxiliadores más invocados. Es venerado tanto en Oriente como en Occidente en este mismo mes. De su eficaz intercesión protectora ante Dios por medio de Cristo, bendecía y sanaba con la señal de la cruz a los fieles devotos que acudían a él en vida. El amplio reparto de sus reliquias, tras su muerte martirial, dio origen a muchas tradiciones vinculadas a su culto, entre ellas la de portar las gargantillas bendecidas en su fiesta y aplicar las velas, igualmente bendecidas a las ampollas y úlceras hemorrágicas, pues él vertió su sangre por Cristo .
Nos fijamos en los milagros de los santos, muchos de los cuales son sencillamente legendarios, más que en su vida santa de plena configuración Cristo hasta la muerte, en el caso de los mártires como san Blas. Los mártires como los profetas han tenido que afrontar con frecuencia la persecución y la muerte, a vece precedida de crueles torturas. En el caso de san Blas, estos padecimientos por su fe tenían además la señal propia del ministerio pastoral, pues el cuidado de la grey le ocasionaban grandes desvelos. Sucedió, en realidad con todos los santos pastores que han ejercido el ministerio pastoral bajo la amenaza de ser apresados y conducidos a la prisión y al martirio.
En el oficio de lectura de la fiesta de san Blas, leemos en un sermón de san Agustín, en el cual el santo Doctor habla de la muerte que había de sufrir san Pedro profetizada por Jesús. Cuando le pregunta el Señor a Pedro si le quiere, Pedro responde que sí y Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21,16.17). Luego, Jesús anuncia a Pedro la muerte con la que daría gloria a Dios. San Agustín comenta: «El Señor, pues, va más allá de lo que había dicho: “Apacienta mis ovejas”, ya que añade de modo equivalente: “Sufre por mis ovejas”» .
Es lo que sucedía con los profetas, cuando la fuerza del Espíritu los impulsaba a denunciar el pecado y las injusticias, el abandono de la ley de Dios y guarda de los mandamientos por el pueblo igual que por sus dirigentes. Lo vemos así en la primera lectura de hoy, que contiene la narración biográfica de la llamada de Dios a Jeremías. La vocación del profeta arranca desde su concepción en el seno materno a mediados del siglo VII antes de Cristo, él mismo tiene que creer que Dios está verdaderamente con él y es Dios quien le llama e induce a profetizar contra las injusticias y la violación de la ley divina. Tiene que creer y responder a la elección divina: Dios le ha llamado, separándolo de entre los demás y consagrándolo para la misión profética que le confía. Por eso el profeta no ha de tener miedo alguno, porque es Dios mismo quien le sostiene y le ha dado un nuevo ser al elegirlo y constituirlo profeta. Debe por ello tener la certeza de la fe de que Dios está con él incluso en la persecución y el martirio, porque la victoria del profeta va más allá incluso que la muerte; aunque, ciertamente, Dios puede librarlo y devolverlo sano y salvo allí mismo de donde lo tomó, una vez cumplida la misión de profetizar.
El profeta se resiste a hablar en nombre de Dios, porque quiere evitar los sufrimientos que le acarrea la predicación y de los que podría estar alejado fácilmente, si no hace caso a Dios. Sin embargo, Dios es más fuerte que la resistencia del profeta a secundar la vocación a la que es llamado. La historia de Jonás ilustra bien esta resistencia del profeta a cumplir con el cometido que Dios le confía, enviándole a predicar a Nínive, la ciudad símbolo del pecado. Conocemos bien la historia de Jonás, baste recordar ahora que, cuando Jonás va a Nínive después de haberse resistido al mandato de Dios, contra todo pronóstico del profeta que no quiso ir donde Dios le enviaba, la ciudad se convierte por la predicación de Jonás y hace penitencia.
Volvamos ahora a la crónica evangélica del día. Cuando Jesús fue invitado a predicar en la sinagoga de Nazaret recordó a sus paisanos la falta de reconocimiento que acompañó la vida de los profetas. Jesús se encuentra ante la expectación de sus paisanos, que esperan de él los milagros que dicen que ha hecho en otros lugares; y «todos los ojos estaban fijos en él» (Lc 4,20). Después de leer el pasaje del profeta Isaías en el que se dice: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva…» (Lc 4,18; cf. Is 61,1-2). Jesús les dice que la profecía se cumple en él, en Jesús mismo, que está delante de ellos y no tienen fe alguna en él.
Se admiran de su saber y se preguntan si no es el hijo de José el carpintero, pero Jesús les recuerda que así ha sucedido con los profetas, que fueron rechazados, pero de modo especial en su patria y entre los suyos: «Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra» (Lc 4,23). Les recuerda cómo en tiempos del profeta Elías Dios le envió a socorrer a una viuda fenicia en Sidón; y en tiempos de su discípulo Eliseo, Dios no quiso curar por medio del profeta a ninguno en Israel, sino a un extranjero. La respuesta irrita aún más a sus paisanos que le empujan hacia el barranco sobre el que se levanta el pueblo.
El evangelio de san Juan, que narra al comienzo de su evangelio el milagro de las bodas de Caná y ha presentado la conversión del agua en vino, y que interpreta como signo de su misterio personal y de su misión, es secundado por el relato de san Lucas que estamos comentando: Jesús se abrió camino entre sus paisanos, cuando con reacción airada le echaron fuera de la población y le empujaron hasta un barranco donde despeñarlo. Jesús se libró de ellos con serena actitud y se alejó sin que nadie se atreviera a nada. La majestad de Jesús y la soberanía de sus actos le acreditan como quien es en verdad: aquel en quien se cumplen las profecías, lleno de Espíritu Santo, el enviado por el Padre para liberar y redimir. Jesús ha venido para curar y sanar, para evangelizar a los pobres, y para dar su vida por nuestro rescate. Por eso dice en el mismo lugar san Agustín: «Fue su sangre y su muerte lo que nos redimió de la muerte, fue su abajamiento lo que nos levantó de nuestra postración» .
Si así hemos sido amados por Dios, sigamos la senda del amor que nos traza san Pablo en el cántico a la caridad que hemos escuchado en la segunda lectura, porque «el amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no presume ni se engríe… El amor no pasa nunca» (1 Cor 13,4.8). Que la Santísima Virgen y su castísimo esposo san José, que presentaron a Jesús en el templo para entregarlo a Dios, fiesta que acabamos de celebrar, y la intercesión de san Blas y de san Sebastián nos lo alcancen de la gracia de Dios.

Iglesia parroquial de Sierro
3 de febrero de 2019

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Tue, 12 Feb 2019 11:05:28 +0000
Fiesta de la Presentación del Señor http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/48422-fiesta-de-la-presentación-del-señor.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/48422-fiesta-de-la-presentación-del-señor.html Fiesta de la Presentación del Señor

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo Gonzaléz, en la Jornada de la Vida consagrada.

Lecturas bíblicas: Hb 2,14-18; Sal 23,7-10; Lc 2,22-40

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

La fiesta de la Presentación de Jesús en el templo no forma parte de fiestas de la Navidad, pero el misterio de Cristo y de María que hoy celebramos sigue a la circuncisión del Señor presente en la solemnidad mariana del primer día del año. El evangelio de la infancia de Jesús se concluye con la peregrinación de Jesús a Jerusalén con sus padres, cuando Jesús cumplió los doce años; una peregrinación que hacía la sagrada Familia con parientes y paisanos con motivo de las fiestas de la Pascua. Fue entonces cuando sucedió la pérdida de Jesús sembrando de inquietud a sus padres, que lo hallaron en el templo «sentado en medio de los maestros [de la ley], escuchándoles y haciéndoles preguntas» (Lc 2,46). Con la peregrinación a Jerusalén, se cierra el evangelio de la infancia y comienza la vida oculta de Jesús, hasta que se manifieste a Israel, acudiendo a que Juan le bautice en las aguas del Jordán. Comienza entonces la vida pública de Jesús, revelado por el Padre no sólo como Siervo del Señor, sino como verdadero Hijo de Dios, enviado al mundo para cumplir la misión de salvación que el Padre le ha confiado.
Esta misión de salvación lleva consigo la entrega plena al designio de Dios en obediente acogida de su voluntad, desarrollando el ministerio que el Padre le ha confiado. En este sentido, es preciso comprender el evangelio de la presentación de Jesús como consagración plena a la voluntad de Dios. Comenta el Papa Benedicto XVI este misterio de la infancia de Jesús, la presentación de Jesús en el templo ahondando en significado que la ley mosaica otorgaba a la presentación de todos los primogénitos varones para ser consagrados a Dios como pertenencia divina (cf. Ex 13,2). Los primogénitos presentados al templo podían, ciertamente, rescatarse (cf. Éx 13,13.14) con un sacrificio de res menor; o «un par de tórtolas o dos pichones» (Lc 2,24; cf. Lv 12,8), cuando se trataba de los pobres y no podían costear el sacrificio de una res menor.
Sin embargo, este acontecimiento en el que el protagonista es Jesús adquiere una significación que trasciende el puro rescate para reforzar el carácter de plena consagración a Dios de Jesús. Jesús fue rescatado, pero la intervención profética del anciano Simeón y de la profetisa Ana, hija de Fanuel, nos descubren el significado real del acceso de Jesús al templo: llega para ser consagrado a la misión a la que el Padre le ha enviado al mundo: para ser salvación de las naciones, luz que iluminará a los pueblos y gloria de Israel. Estas palabras de Simeón nos han dejado el cántico del «Nunc dimitis» («Ahora, Señor, según tu palabra…») con el que cada noche concluye la recitación de la liturgia de las Horas. Simeón habla de la misión de Jesús como iluminación de las naciones y gloria del pueblo elegido, pero también como «causa de que muchos en Israel caigan y se levanten, y como signo de contradicción» (Lc 34). Jesús responderá a los enviados de Juan Bautista, que le preguntan si es el que había de venir o si deben esperar a otro: «Id y decid a Juan lo que habéis visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!» (Lc 7,22-23).
Según Benedicto XVI, el evangelista no dice nada acerca del acto prescrito por la ley para el rescate del primogénito, fuera de citar su fundamentación bíblica en el libro del Levítico; el evangelista se detiene en lo contrario: «la entrega del Niño a Dios, al que tendrá que pertenecer totalmente (…) Aquí en lugar del encuentro entre Dios y su pueblo, en vez del acto de recuperar al primogénito, se produce el ofrecimiento público de Jesús a Dios, su Padre» . Sin duda, el pasaje de Jesús entre los doctores de la ley en el templo ilustra plenamente esta entrega de Jesús que contiene el pasaje de su presentación en el templo. La respuesta de Jesús a sus padres es inquietante para ellos, pero guiados por la fe saben que el destino de Jesús depende del plan de Dios. Jesús respondió a la observación de su madre que declara su angustia y la de José al haberle perdido: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?»; y el evangelista añade: «Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio» (Lc 2,49-50). Esta es la primera declaración de Jesús que evidencia su conciencia de ser «el Hijo» .
El evangelista pone de manifiesto que, en verdad, el Hijo eterno de Dios se ha hecho carne y, como lo explicita san Pablo en Gálatas, aconteció así conforme al designio de Dios, para que su Hijo, nacido según su humanidad de una mujer en la plenitud de los tiempos, pudiera «rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la condición de hijos» (Gál 4,5). Misión para la cual, el autor de la carta a los Hebreos, dice a su vez que Jesús, siendo el Hijo de Dios, «participó de nuestra carne y sangre; y así, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos» (Hb 2,14.15). Esta es la razón, agrega el autor de Hebreos, por la cual Jesús tenía que parecerse en todo a sus hermanos, siendo compasivo con todos como «pontífice fiel en lo que refiere a Dios y expiar así los pecados del pueblo» (Hb 2,17).
Hagamos todavía una consideración sobre lo que este acontecimiento de Cristo tiene de misterio de la vida de la Virgen. La presentación de Jesús en el templo es inseparable de la purificación de María, aunque la madre del Señor no necesitaba ser purificada y, por tanto, ante Dios no estaba obligada a acudir al templo a los cuarenta días. El libro del Levítico dice que la mujer que ha dado a luz quedará impura y requiere un tiempo de purificación ritual de la sangre. Al octavo día será circuncidado el hijo varón, pero la madre «permanecerá treinta y tres días más purificándose de su sangre» (Lv 12,6); y, en diversos plazos para un niño o niña, acudirá a la entrada de la Tienda del Encuentro para presentarse al sacerdote y ofrecer el sacrificio de acción de expiación y «quedará purificada del flujo de su sangre» (Lv 12,7).
Aunque en nuestros días prácticamente se ha perdido, es importante recordar que esta ritualidad judaica pasará al cristianismo y las mujeres que han sido madres acudirán a presentarse a la iglesia parroquial, llevando un cirio encendido en la mano junto con su hijo, para ser bendecidas por el sacerdote. De la fusión de ambos elementos se configura la fiesta de la Candelaria, llena de hermosura de la traición cristiana. La importancia para la vida cristiana de este rito de maternidad iluminada por la fe se reflejará en los misterios gozosos del Rosario, que incorporan en el cuarto misterio la purificación de María uniéndola a la presentación de Jesús en el templo.
También las personas de especial consagración de vida, que han radicalizado la consagración bautismal, sabiéndose entregadas por entero a Dios, purificadas de sus pecados por el bautismo que alcanza a todos los renacidos del agua y del Espíritu Santo, quieren entregarse al Señor y vivir para su amor y proclamar con la consagración de vida las maravillas de Dios. Con un corazón indiviso, viviendo en pobreza, castidad y obediencia, hacen de su vida donación a aquel que es la razón de su propio vivir para Dios. Una entrega sin condiciones al Dios que es hontanar y fuente de la que dimana toda vida. Los religiosos y religiosas están llamados a vivir unidos al Esposo de la Iglesia, Cristo Luz del mundo: a vivir del amor de Dios del cual dimana el amor con el que se entregan al prójimo y hacen de su vida servicio de amor a los hermanos.
Hoy, a la distancia de más de veinte años de la introducción de esta Jornada de la vida consagrada, conviene recordar la importancia que tiene dar a conocer la vida de consagración y, en particular el carisma religioso propiamente tal, tanto de contemplación como apostólico, a todo el pueblo de Dios. Suscitar vocaciones entre los jóvenes de uno y otro sexo, es tarea no pequeña, porque no lo es lograr que el amor por Cristo llegue a fascinarles como para entregar a Dios un corazón indiviso. Pidámoslo al Señor de la mies y supliquemos al que reparte los carismas, al Espíritu Santo del Padre y del Hijo, que en el Sacramento del altar hace posible que el pan y el vino vengan a ser el Cuerpo y Sangre del Redentor, nacido de la Virgen María, muerto y resucitado para nuestra salvación. Amén.

S. A. I. Catedral de la Encarnación
Almería, a 2 de febrero de 2019


+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Mon, 04 Feb 2019 12:57:47 +0000
Igualdad y dignidad de las personas http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/48353-igualdad-y-dignidad-de-las-personas.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/48353-igualdad-y-dignidad-de-las-personas.html Igualdad y dignidad de las personas

Carta del obispo de Almería, Mons. Adolfo González, con motivo del 60º aniversario de Manos Unidas

Queridos diocesanos:

El lanzamiento de la campaña de 2019 de Manos Unidas comienza este año haciendo memoria de sus sesenta años de existencia, que arrancan del inicio de la «Campaña contra el hambre en el mundo» lanzada por las mujeres de Acción Católica hace seis décadas, un tramo histórico de compromiso de amor al prójimo que acredita al cristianismo como fe que inspira la humanización de la vida y la paz social; una fe que alienta la búsqueda del bienestar de las personas y su promoción integra, material y espiritual.
El lema «Creemos en la igualdad y en la dignidad de las personas» tiene una razón natural de ser de alcance universal: la común humanidad de todas las personas; y tiene una razón trascendente, que descubre el fundamento de esta común humanidad en la paternidad de Dios, que ha creado a los seres humanos en aquella dignidad que le confiere la semejanza divina en la cual fueron creados.
La fe, nada quita a lo que a la razón se le alcanza, al hacer descansar la declaración universal de los derechos humanos en la común participación de la misma condición, fundamento de los sentimientos de compasión, solidaridad y altruismo que inspiran todas las obras de ayuda y promoción de los más débiles y desfavorecidos. La fe ilumina el amor al prójimo convirtiendo el altruismo y la sola beneficencia en generosa entrega de la vida por amor a Dios y al prójimo como a uno mismo. Amor al prójimo no sólo por solidaridad, sino porque Dios amó al hombre por sí mismo e incondicionalmente, antes de que el ser humano pudiera darse a sí mismo razón alguna para amar y no odiar al prójimo.
Manos Unidas pide colaboración y ayuda para llevar a cabo los proyectos que presenta en cada edición anual de su acción benefactora y promocional. Lo hace promoviendo la igualdad y el respeto a la dignidad de las personas, llamando con sus proyectos la atención sobre las necesidades de los países más empobrecidos y de los sectores sociales excluidos o en riesgo de exclusión. Trabaja con particular preocupación por la infancia y las mujeres, porque son ellas y los niños las personas que padecen en las sociedades deprimidas más sometimiento y marginación social y cultural; y lo hace sin dejar de promover una maternidad que repercuta en la crianza de los niños asistida por la higiene y la alimentación adecuada. Manos Unidas se ha convertido así en un ejemplo de ONG sin otras compensaciones que la satisfacción que produce contribuir a humanizar la vida de las personas, porque con palabras de Jesús: “hay mayor alegría en dar que en recibir” (Hch 20,35).
La igualdad entre las personas se acredita en la misma medida en que, al tiempo que se salvaguarda la igualdad en dignidad de hombres y mujeres, no se violentan ideológicamente las dotes de cada uno, las de cada hombre y cada mujer, sin que la promoción de un igualitarismo que ignora la identidad de cada sexo, ahogue su complementariedad; sin que la promoción laboral y social de la mujer margine y haga imposible a la madre el ejercicio compartido con el padre del cuidado de los recién nacidos. Manos Unidas trabaja por abrir cauces de acceso sostenible al agua entre los pobres del mundo, imprescindible no sólo para una alimentación necesaria y sana, sino del mismo modo para la crianza de los hijos con la garantía de la higiene. Trabaja para devolver dignidad a la maternidad fracasada y recomponer o proporcionar un hogar para los niños de la calle, abandonados a su suerte y pasto de la explotación y la delincuencia desde la infancia. Para ello compromete la presencia de su actuación en latitudes muy diversas, propiciando proyectos de educación de la infancia que pasan previamente por proporcionar educación social y promoción laboral de la mujer sometida.
Cuando se repasan los proyectos presentados por Manos Unidas en esta última década se toma conciencia de cuánto esfuerzo e información han sido necesarios para elaborar los proyectos. No sólo, cualquier puede constatar también cuánta ayuda técnica y financiera para llevarlos a cabo y combatir el hambre en el mundo, promocionando la igualdad y dignidad de las personas, ha puesto en juego esta organización de mujeres católicas que ha cumplido sesenta años de eficaz compromiso de apostolado social.

Con mi afecto y bendición

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Thu, 31 Jan 2019 12:54:53 +0000
En la Fiesta del Bautismo del Señor http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/48039-en-la-fiesta-del-bautismo-del-señor.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/48039-en-la-fiesta-del-bautismo-del-señor.html En la Fiesta del Bautismo del Señor

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González, en la peregrinación mariana a Torregarcía

Lecturas bíblicas: Is 42,1-4.6-7
Sal 28, 1-4.9-10
Hch 10,34-38
Lc 3,15-16


Queridos hermanos y hermanas:

En esta fiesta del Bautismo del Señor, celebramos la romería junto a las aguas de Torregarcía, la playa donde fue avistada la imagen sagrada de nuestra Patrona la Virgen del Mar. Este año venimos hasta ermita amada en peregrinación dolidos por el atentado que ha sufrido, una acción vandálica que va directamente contra el derecho fundamental a la libertad religiosa que asiste a todas las personas en razón de su dignidad. Los que han atentado contra esta ermita no han podido impedir, con su acción totalitaria y su falta del respeto hacia la santidad del lugar, que hoy celebremos gozosos esta fiesta del bautismo de Cristo acompañados de nuestra Patrona, representada por la imagen de la Virgen. Este atentado es contrario a toda conducta democrática y no ha podido impedir que, hoy y aquí, hagamos memoria de nuestro bautismo, para reavivar en nosotros el fuego de la fe que alienta nuestro testimonio de Cristo.
Jesús descendió a las aguas del Jordán, para que las aguas concibieran para siempre la virtud de santificar a quienes las reciben como signo sacramental del bautismo, tal como reza la liturgia de la Iglesia. Jesús, que era santo por encima de toda santidad que pueden alcanzar los hombres, porque era el Hijo de Dios y no tenía pecado, recibió el bautismo de manos de Juan cargando con los pecados de todos, como siervo obediente de Dios anunciado por Isaías. Bajó a las aguas del Jordán para alcanzarnos el perdón y para que las aguas con las que somos bautizados concibieran el poder de santificar. Dice el padre de la Iglesia antigua san Máximo de Turín: «Cristo se hace bautizar, no para santificarse él con el agua, sino para santificar el agua y para purificar aquella corriente con su propia purificación y mediante el contacto de su cuerpo. Pues la consagración de Cristo es la consagración completa del agua» .
Fueron los padres de la Iglesia antigua llamaron al bautismo «iluminación» . Jesús es «la luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1,9), por eso el bautizado, «tras haber sido iluminado» (Hb 10,32), se convierte en «hijo de la luz» (1 Ts 5,5), y en luz él mismo (Ef 5,8)» . Jesús ha sido enviado por Dios Padre para ser la luz que ilumina a las naciones, porque abre el conocimiento de Dios a cuantos le reciben y le confiesan como Hijo de Dios, en cuya sangre vertida en la cruz, Dios ha establecido una alianza nueva y eterna con cuantos confiesan el nombre de Jesús. Por la fe en el nombre de Jesús los apóstoles curaron al paralítico que pedía limosna, porque sólo hay salvación en el nombre de Jesús, como proclamó Pedro ante el consejo judío del sanedrín, que amenazó con prisión y castigo a los apóstoles por anunciar la resurrección de Jesús y curar en su nombre: «Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el cual podamos salvarnos» (Hch 4,12).
La resurrección de Jesús ilumina la vida de los hombres al darnos a conocer el destino que Dios, en su designio amoroso, ha querido para la humanidad, a fin de que llegue a la felicidad que consuma la vida humana por la participación en la vida misma de Dios. Tal como anunció el anciano Simeón, Jesús ha venido como «luz para iluminar a las naciones y gloria de su pueblo Israel» (Lc 2,32). La luz de Cristo se proyecta sobre el destino de cada ser humano, al venir a la fe en Jesús como único Salvador, porque sólo sobre Jesús ha derramado el Padre el Espíritu Santo, el fuego que hace arder la fe de cuantos reciben el bautismo.
En la lectura del profeta Isaías, Dios manifiesta que ha puesto su espíritu sobre su siervo elegido, a quien Dios sostiene y prefiere, «para que traiga el derecho a las naciones» (Is 42,1). Se refiere el profeta a la redención que el siervo de Dios llevará a cabo, con humildad y firmeza, dibujando de esta forma el profeta la misión que Dios confiará a Jesús. En el bautismo por Juan en el Jordán, se nos da a conocer que la misión que el Padre confía a Cristo es la que corresponde a su verdadera identidad como Hijo de Dios. En el bautismo Dios manifiesta quién es Jesús, cuando la voz que viene del Padre le dice: «Tú eres mi Hijo amado, el predilecto» (Lc 3,22).
San Marcos dice que Jesús, al salir del agua del Jordán vio cómo se abrían los cielos y el Espíritu de Dios descendía sobre él, oyéndose la voz del Padre; y san Lucas narra esta misma escena, según acabamos de escuchar en el evangelio, haciendo partícipe de la visión de Jesús al propio Juan y a la muchedumbre congregada para escuchar a Juan y recibir de él el bautismo de penitencia. Lucas pasa de la experiencia vivida por Jesús en su bautismo a hacer partícipe de esta experiencia que revela el misterio de la persona de Jesús, su condición divina de Hijo de Dios, porque el evangelista san Lucas contempla el bautismo de Jesús como modelo del bautismo cristiano, que nos hace hijos de Dios y nos hace partícipes del Espíritu Santo, que nos es dado por medio de Jesús; todos los bautizados hemos recibido como don de la redención el Espíritu Santo, que se nos da junto con el perdón de los pecados para que seamos hechos hijos del Padre.
Juan Bautista proclamaba un bautismo de penitencia que no podía otorgar el perdón de los pecados, por eso decía: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego» (Lc 3,16). El Bautista era precursor, pero no era ni el profeta Elías, que se pensaba que había de venir al final de los tiempos para convertir a Israel; ni tampoco era el Mesías esperado, sino aquel que anuncia la llegada de Dios mismo, para cuya venida es preciso estar preparado, porque viene con el juicio sin posibilidad para nadie de esquivar la justicia divina. El bautismo de Jesús revela que el Hijo de Dios viene para quitar el pecado del mundo, como el mismo Juan Bautista había dicho de Jesús, señalándole ante sus discípulos como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (cf. Jn 1,29.35).
De esta manera se pone de manifiesto cómo la encarnación del Verbo de Dios, del Hijo eterno del Padre, tiene como finalidad la redención, que Jesús llevó a cabo mediante su muerte en la cruz y su resurrección. Si la misión de Jesús es otorgar el perdón de los pecados, esta misión revela su misma identidad de ser Hijo de Dios, porque, ciertamente, sólo Dios puede perdonar los pecados (cf. Mc 2,7), por eso los milagros de sanación que realiza Jesús son un signo de la curación espiritual que transforma al pecador.
Dios Padre declara quién es Jesús, nacido según la carne de la Virgen María, de la estirpe de David, pero se reveló en su verdadera condición en cuanto Hijo de Dios en el bautismo y en la transfiguración (cf. Mt 17,5 par), acreditado por la voz que viene del «cielo abierto» (Lc 3,21); revelado en su resurrección (cf. Hch 13,33) y manifestado en su dignidad sacerdotal (cf. Hb 5,5). La voz del Padre se oyó al abrirse el cielo, dando cumplimiento a la súplica del profeta, que le recuerda al Dios de Israel que él es su padre y de él espera que, frente a sus opresores, les devuelva la libertad, y exclama: «¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses!» (Is 63,19b). Ha llegado la repuesta a la súplica: Dios envía a su propio Hijo amado con la misión de devolver la libertad a su pueblo. Los cielos se abren y el Padre hace descender al Espíritu Santo como paloma sobre Jesús. La misión que ha de llevar a cabo Jesús exige la acreditación de quien le envía, de quien es la fuente y el origen de toda de salvación: el Padre de las luces y Dios de misericordia, el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Él unge a Jesús con la unción del Espíritu Santo, para que pueda llevar a cabo su misión redentora.
En las palabras del Padre resuenan las palabras que el salmo pone en la boca de Dios: «Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy» (Sal 2,7) . Es el Hijo de Dios el que viene a salvarnos y en su bautismo se nos da a conocer el misterio de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, la santa Trinidad de Dios, fuente de nuestra salvación. Lo que Jesús era desde su concepción en el seno de la Virgen María se revela en su bautismo y en su transfiguración en la montaña santa, y en la luz poderosa de la resurrección: Jesús es verdadero Hijo de Dios. Por eso, san Pablo dirá de Jesús que es «nacido según la carne del linaje de David, constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos, Jesucristo nuestro Señor» (Rm 1,4).
Es verdad que estas enseñanzas del Evangelio son profundas, pero necesitamos imbuirnos de la palabra de Dios para poder ser cristianos y dar razón de nuestra esperanza que hemos puesto en Cristo. Pidamos a la santísima Virgen del Mar que interceda ante Jesús, hijo suyo y verdadero Hijo de Dios, que el Espíritu Santo que recibimos en el bautismo y en la confirmación ilumine nuestra vida; que el Espíritu Santo reavive en nosotros el fuego purificador, que transforma nuestra nuestro ser y hace de nosotros nuevas creaturas, hijos de Dios para llevar al mundo el testimonio del que es Hijo de Dios y Salvador del mundo. María lo dio a luz, para que la Luz que es Cristo ilumine a todos los hombres. Vayamos a Jesús por María, aprendiendo de su mano a ser discípulos de Jesús.

Ermita de Torregarcía
13 de enero de 2019

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Mon, 14 Jan 2019 13:47:34 +0000
En el encuentro con los Religiosos y Religiosas y personas de Vida Consagrada en Navidad http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/47961-en-el-encuentro-con-los-religiosos-y-religiosas-y-personas-de-vida-consagrada-en-navidad.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/47961-en-el-encuentro-con-los-religiosos-y-religiosas-y-personas-de-vida-consagrada-en-navidad.html En el encuentro con los Religiosos y Religiosas y personas de Vida Consagrada en Navidad

Alocución de Mons. Adolfo González, obispo de Almería, en el encuentro con los Religiosos y Religiosas y personas de Vida Consagrada en Navidad

Sr. Delegado episcopal para la Vida consagrada;
Queridos miembros de la Vida consagrada: de los Institutos de vida religiosa masculinos y sobre todo femeninos, Sociedades de vida apostólica; Institutos seculares y Asociaciones de fieles de vida consagrada;
Religiosas de Vida contemplativa, que tenemos presentes y las que haremos llegar estas breves palabras:

Es expresión de la comunión eclesial de nuestra Iglesia particular que agradecemos a Dios contar con un encuentro como éste que tenemos por Navidad las personas de Vida consagrada y el Obispo diocesano. Un encuentro para felicitar al Obispo diocesano y recibir su felicitación para todos cuantos han hecho de la vida de consagración una entrega vocacionada a todo aquello que mira a Dios. Vuestra vida es una entrega a Dios y siempre acompañada por el generoso servicio a los hermanos en tareas bien distintas, que responden a carismas fundacionales diversos, si bien se podrían agrupar en unos pocos de características suficientemente abarcadoras.
Me detengo brevemente en algunos de estos carismas. Es el caso de las órdenes y congregaciones surgidas fundamentalmente para dar cauce a la enseñanza y educación católica de la infancia, adolescencia y juventud. Un carisma que no podemos en manera alguna abandonar; y aunque es cierto que la educación católica ha tenido una historia compleja y desigual, si se considera toda su trayectoria histórica. Todavía es reciente el establecimiento de financiación pública de los colegios de la Iglesia concertados con el Estado, pero la enseñanza católica privada se afianzó en la sociedad financiada por los padres de los alumnos, de suerte que a ella tenían fundamentalmente acceso las clases media y alta, aunque siempre hubo bolsas y becas que ayudaban un buen número, si bien limitado, de alumnos sin recursos. No obstante, no es menos cierto que un número muy significativo de fundaciones surgieron con el fin primordial de la educación para los hijos de los más pobres y necesitados de la sociedad. No es otro el origen de muchas órdenes y congregaciones, porque la consagración de una vida a la enseñanza y la educación íntegra de la persona es una vocación y carisma que tiene la finalidad de convertir el evangelio en fuente de humanidad, progreso y bienestar, ayudando mediante la educación a la promoción de los más necesitados.
Hoy, cuando gozamos de un ordenamiento jurídico que ampara constitucionalmente el derecho de los padres a elegir la enseñanza y educación de sus hijos, a pesar de los obstáculos puestos a la política de conciertos en nuestro país, no podemos nosotros dejar la enseñanza católica que tanto ha supuesto en la vida de los institutos religiosos en grupos de profesores, que aunque comparten en primera generación el ideario de órdenes y congregaciones, el dinamismo de la legislación laboral lleva por sí mismos a convertir la obra del carisma de la escuela católica en una empresa, sin duda competente, pero que progresivamente se va alejando de los ideales de enseñanza y educación de los fundadores. La búsqueda de la calidad de la enseñanza termina primando sobre los ideales de la escuela católica, hasta difuminar de tal manera la identidad de la misma que a veces es difícil diferenciarla de la escuela pública.
Sucede lo mismo con otros carismas religiosos, como es el caso del amplio campo de la sanidad. Hospitales y centros residenciales de ancianos, centros de recuperación e inserción de personas discapacitadas. Son muchos los centros católicos de este género que han ido perdiendo capacidad de gestión propiamente religiosa, de suerte que la gestión ha quedado, del mismo modo que un importante porcentaje de colegios católicos, en manos de terceros limitándose los religiosos a dirigir la empresa sanitaria de que se trate.
Estos grades proyectos educativos, como la escuela católica; y sanitarios, como es el caso de los hospitales confesionales, se encuentran hoy en dificultad. En el origen de esta dificultad no está tanto la legislación que ampara los centros concertados, aun cuando los obstáculos con los que tropieza la labor de los religiosos no cesa; cuanto la carencia de vocaciones a la vida en religión. Sobre esto sí tenemos que reflexionar en profundidad. No basta decir que Dios providente nos prueba y nos purifica, para no hacer nada para paliar la situación, al menos para lograr un diagnóstico objetivo de lo que nos pasa.
La vida cristiana ha perdido suelo social y cultural, lentamente avanza la secularización y desaparecen los contextos propicios para las vocaciones. Son ya muchas las familias que no transmiten la fe y los niños, pocos, son educados en el supuesto erróneo de que, cuando sean mayores de edad, podrán elegir con libertad; o de la forma más común, crecen los niños en un clima en el que la religión sólo conserva algunos elementos que perviven en al diversas manifestaciones folclóricas o culturales, vagas y difusas en contenidos religiosos.
Por otra parte, no todas las parroquias y comunidades religiosas desarrollan una acción apostólica con miras a la captación de vocaciones sacerdotales y religiosas. Las causas son de diverso género, y entre otras a veces hay que buscar la causa de la escasez de vocaciones en la falta de coraje suficiente de las personas de vida consagrada para proponer un ideal de vida tan distinto al modelo que vida que propone la sociedad. Falta el coraje porque falta la convicción sobre la bondad de proponer la vocación sin paliativos; en definitiva, falta la fe en que Dios suscita las vocaciones mediante la acción del Espíritu Santo, y las sostiene con su gracia. Nos falta fe para atrevernos a romper con mentalidad evangélica los prejuicios sociales y culturales que frenan la propuesta vocacional.
En esta carencia de vocaciones tiene asimismo una gran importancia una cierta relajación disciplinar de la vida religiosa, que hoy se considera anticuada por parte de muchas personas religiosas en sus formas más identitarias. La atomización de las comunidades transformadas en equipos que, en muchos casos llevan una vida de inmersión plena en la sociedad, trabajando a veces en cometidos muy dispares, de forma que los miembros de un equipo se ven poco, faltando con ello la vida en común; y otros elementos sobre los que sería preciso reflexionar, son asimismo elementos de análisis de la crisis vocacional, ya que al quebrarse la visibilidad del carisma religioso, las personas que forman un equipo de vida religiosa dejan de ser punto de mira y atracción para la infancia y la juventud.
Cuando pierde visibilidad la identidad de las personas de vida consagrada, ésta deja de ofrecer novedad y su labor deja de ser polo de atracción; en definitiva, deja de ser un género de vida por el cual merezca la pena sacrificar todo por lograr con la vida de consagración un modo de ser y estar que merezca la pena. Cuando esto sucede, la vida religiosa ha dejado de ser reclamo de fascinación y seguimiento que conduzca hasta aquel que es la causa de la atracción: el mismo Cristo señor, cuya presencia en el equipo se hace transparente de las personas que lo forman y en la actuación de las mismas.
Teniendo todo esto delante de nosotros, podemos preguntarnos si no es comprensible el desinterés de muchos jóvenes ante la falta de visibilidad de la vida consagrada. Tal vez desencantados de lo que en algún momento ha podido ilusionarles como apertura a una vocación de consagración de vida, sean bastantes los que han podido preguntarse si no sería mejor mantenerse como laicos conscientes de su fe y capaces de dar testimonio de la misma en las tareas propias del seglar que aventurarse por un estilo de vida sin rostro e identidad definidas y muchas veces tentado a convertirse principalmente en una asociación de beneficencia o de carácter altruista. Han podido, pues, preguntarse por la vida religiosa y responderse a sí mismos que no merece la pena romper con el propio estilo de compromiso eclesial para aventurarse en un proyecto de vida que ya se ha acreditado como una salida malograda.
Hay comunidades religiosas que ante la escasez de vocaciones y en progresivo e inexorable envejecimiento de sus miembros se consuelan diciendo que, sin duda, es designio de la Providencia que mueran institutos religiosos que han cumplido su función en la Iglesia, resignándose a no hacer nada esperando que otros cojan el relevo. Cuando veo estas comunidades y oigo estos razonamientos, me pregunto si no les faltará fe han dejado de creer en la palabra revelada de Ana, madre de Samuel, que alborozada por recibir de Dios un hijo en la ancianidad canta exultante con el salmista: «Mi corazón se regocija por el Señor, / mi poder se exalta por Dios; /mi boca se ríe de mis enemigos, / porque gozo con tu salvación (…) la estéril da a luz siete hijos, / mientras la madre de muchos queda baldía» (1 Sam 2,1.5). Ana da gracias y bendice a Dios con el salmista, cuando afirma en incisiva imagen de lo real, acontecido en la historia por el poder y la gracia divina, que cambia el vientre de las estériles para que venturosamente den a luz (cf. Sal 113,9; cf. Lc 1,36).
Queridos religiosos y religiosas, amigos todos de la Vida consagrada: la encarnación del Verbo y su vida oculta fue preparación para salir a la escena de la historia de la salvación, y llevar a culminación en el misterio pascual el ministerio de nuestra redención. Jesús, que pasó como un hombre más, sostuvo en su vida pública aquel modo de estar y hacer que suscitó el movimiento de adhesión a su persona que llevó a los apóstoles y santas mujeres, a todos sus verdaderos discípulos al seguimiento apasionado de quien, sin embargo, había venido como piedra de contradicción según lo reveló la profecía de Simeón: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción…» (Lc 2,34b). Por eso, que la vida religiosa y de consagración en los diversos estados, el religioso propiamente dicho y el de las personas de vida consagrada inmersas en la secularidad, adquiera visibilidad objetiva, dada por la práctica de los consejos evangélicos, lleva consigo su también visible conversión en piedra de contradicción. No podéis tener miedo a que suceda así, porque forma parte sustantiva del carácter escatológico de la vida consagrada. Os animo afrontar esta hermosa realidad de la consagración de vida que acrecienta el carácter significante de la Iglesia como comunidad de salvación.
Gracias de corazón por vuestra felicitación. También yo felicito a todos y a cada uno de los miembros de la vida consagrada y les encomiendo en la oración. Rezad todos por mí. Que Dios os pague vuestro servicio en la Iglesia diocesana. ¡Feliz Navidad!

Auditorio Diocesano Juan Pablo II
Almería, 28 de diciembre de 2018.

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Almería Tue, 08 Jan 2019 12:53:41 +0000
En la Epifanía del Señor y ordenación de un diácono http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/47946-en-la-epifanía-del-señor-y-ordenación-de-un-diácono.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/47946-en-la-epifanía-del-señor-y-ordenación-de-un-diácono.html En la Epifanía del Señor y ordenación de un diácono

Homilía de Mons. Adolfo González Montes, obispo de Almería, en la Epifanía del Señor y ordenación de un diácono.

Homilía en la Epifanía del Señor

Ordenación de un diácono

Textos bíblicos: Is 60,1-6; Sal 71,7-8.10-13; Ef 3,2-3.5-6; Mt 2,1-12

 

Queridos hermanos y hermanas:

Cuando acudimos con los magos a adorar al Salvador del mundo, el Niño nacido por nosotros nos sale al encuentro con el don de una nueva ordenación para el ejercicio del ministerio pastoral. Hoy se nos concede ordenar como diácono a uno de nuestros seminaristas mayores que, conforme a la norma de la Iglesia, ha sido juzgado digno de acceder a la recepción de las sagradas Órdenes. Por ello damos gracias a Dios que otorga a su Iglesia las vocaciones para proveer al ministerio sacerdotal, algunas de ellas, como sucede con la ordenación de hoy, salidas del cultivo de la piedad popular y de las hermandades y cofradías, un ambiente eclesial propicio para las vocaciones.

Antes de realizar la exhortación al candidato que el Ritual prevé para la ordenación, hemos de comentar las lecturas bíblicas que forman parte de la liturgia de la palabra de Dios en esta solemnidad de la Epifanía del Señor. La tradición litúrgica de occidente conmemora la Natividad del Señor en una doble fiesta. La fecha del 25 de diciembre, centrada en el hecho histórico del nacimiento de Cristo, manifestado por los ángeles a los pastores, a quienes la tradición bíblica espiritual ha identificado como simbólicamente representante del pueblo elegido, al que se le anuncia el nacimiento del Mesías salvador. La liturgia de esta fiesta está centrada la Natividad de Jesús como revelación del misterio del Hijo eterno de Dios que, engendrado antes del tiempo en el seno del Padre, posee la gloria infinita que le corresponde como Dios, y que ha aparecido en carne mortal naciendo de María Virgen para salvación del pueblo.

También es fiesta de la Navidad la solemnidad de la Epifanía que hoy celebramos, centrada igualmente en el Niño nacido como salvador de las naciones. Es ésta una fiesta que encontró en oriente un clima de fervor litúrgico especial, mientras la fiesta de diciembre tiene mayor relieve en la liturgia occidental, pero ambas fiestas aparecen ya celebradas en el siglo IV tanto en oriente como en occidente. La liturgia de la Epifanía es la propia de la fiesta de la manifestación de Jesús como salvador único y universal a los pueblos todos de la tierra, simbolizados en los magos de Oriente que adoran al Señor.

La lectura del profeta Isaías procede de la tercera parte del libro que llamamos de Isaías, que reúne materiales muy diversos. El fragmento que acabamos de escuchar parece pertenecer al libro de la consolación de Isaías, obra del siglo VI a. C. que contiene el anuncio de la liberación del pueblo hebreo de la cautividad, motivo para la alegría. Todo el fragmento que hemos escuchado es una invitación a la alegría, porque llega la luz gozosa de la liberación salvadora y se despunta ya en el horizonte la restauración de Jerusalén y del templo. El profeta clama con júbilo: «¡Levántate, brilla, Jerusalén que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!» (Is 60,1).

El cautiverio, símbolo de la oscuridad que cubre a los pueblos sometidos, toca a su fin, llega la luz poderosa de Dios que ilumina la vida de los hombres, y esta luz que viene de Dios brillará sobre Jerusalén y a su resplandor caminarán los pueblos de la tierra. Esta luz prodigiosa que brillará en las tinieblas anunciada por el profeta es la luz del redentor del mundo. Lo veíamos en la fiesta del 25 de diciembre, cuando escuchábamos en la misa del día el comienzo del evangelio de san Juan: «la luz brilla en las tinieblas, y la tiniebla no la recibió… La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre viniendo a este mundo» (Jn 1,5.9).

La luz brillaba para el mundo entero y este es el sentido universal de esta fiesta de hoy. Aunque el pueblo elegido sienta la tentación de no recibirle, Jesús vino como verdadero Mesías de Israel y como verdadero salvador de las naciones, que necesitan escuchar el mensaje del Evangelio, si no lo han recibido. Por eso, esta fiesta tiene una gran proyección misionera: Jesús ha venido para toda la humanidad como salvador único y universal. Todos los pueblos están convocados por su Palabra hecha carne a reconocer a Dios Padre en el Hijo, pues «Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo…» (Ef 2,5). Estas palabras del Apóstol a los Efesios se completan con las que acabamos de escuchar también en la segunda lectura de esta fiesta. San Pablo, que se comprende a sí mismo como apóstol de Cristo para predicar a los paganos añade que el misterio de nuestra salvación en Cristo se le dio a conocer por revelación y este misterio «no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio» (Ef 3,5-6).

Cristo ha venido para todos los pueblos y como el mismo Israel, están llamados a ser iluminados con la luz de Cristo Jesús. Muchos han sido ya iluminados, pero han caído en una apostasía práctica abandonando la fe que recibieron de las generaciones que les precedieron y es necesario volver a evangelizarlos, porque a pesar de haber sido cristianizadas por la predicación evangélica, se apartan de la luz que brilló en el nacimiento de Cristo para alumbrar a todos los pueblos de la tierra. Esta luz viene del Oriente y ha sido alumbrada en la historia de salvación de los israelitas nuestros padres. Es la luz que emerge poderosa con la predicación apostólica, tras haber brillado en el pueblo elegido. Como Jesús diría a la samaritana: los samaritanos, como los demás pueblos de la tierra adoran lo que no conocen, pero Dios se reveló al pueblo elegido y, porque Dios lo quiso así, de este hecho que manifiesta que la salvación es gratuita y ningún pueblo tiene méritos para merecerla, cobran su más claro sentido las palabras de Jesús dirigidas a la mujer samaritana: «Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos» (Jn 4,22).

Los magos, posiblemente estudiosos de las estrellas, aunque no pertenecieran, como se ha podido suponer, a la casta sacerdotal de los persas, tenían «un conocimiento religioso y filosófico que se había desarrollado y aún persistía en aquellos ambientes [orientales]»[1]; de modo parecido a como consideraron los griegos a los magos de la época. Estos cultivadores de ideas religiosas y filosóficas, pasaron con la tradición espiritual cristiana a convertirse en reyes, al reconocer en ellos como representantes de las naciones, el cumplimiento de la profecía de Isaías que hemos escuchado: «…sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti; y caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora» (Is 60,2b-3).

Las palabras del profeta y los versos del salmo 72 ayudarán a la tradición piadosa a transformar a los magos en reyes. Tal como hemos recitado, el salmo dice: «Que los reyes de Tarsis y de las islas / le paguen tributos; / que los reyes de Saba y de Arabia / le ofrezcan sus dones /que se postren ante él todos los reyes, / y que todos los pueblos le sirvan» (Sal 71/72, 10-11). Los versos del salmista revelan el carácter universal de la salvación que viene de Jerusalén, sin mayores precisiones; y la tradición piadosa popular concreta en los magos la adoración de los reyes de la tierra. La tradición piadosa terminará reduciendo el número de magos a tres, cuando el evangelio armenio de la infancia fije definitivamente, no antes del siglo VII, y dando los nombres con los que hoy los identificamos: Melkón o Melchor, rey de los persas; Gaspar, rey de los indios; y Baltasar, rey de los árabes.

Al salmo 72 se añade la piedad popular ayudada por los evangelios legendarios o apócrifos, que trataban de completar lo que no nos dicen sobre la infancia de Jesús los evangelios canónicos. El evangelio de san Mateo dice que estos magos de Oriente fueron guiados hasta Jesús por una estrella, una alusión clara a la luz que conduce a los pueblos a Cristo. Después de haberse postrado ante el Niño y haberle rendido homenaje, temerosos de Dios, conocedores de las intenciones homicidas de Herodes, que buscaba al Niño para matarlo, volvieron a su tierra por otro camino. Los magos ofrecieron sus regalos al rey de reyes y dejaron ante él oro, incienso y mirra, con significados que completan la escena evangélica: oro como a rey, incienso como a Dios y mirra como a hombre. Del oro y el incienso nos habla Isaías; de la mirra dice el evangelista san Juan que Nicodemo compró mirra que mezcló con áloe para embalsamar el cuerpo de Jesús antes de ser sepultado (cf. Jn 19,39).

Jesús nace para todos y su frágil vida es amenazada por quienes no quieren recibir la luz que brilló en las tinieblas y disipa la oscuridad de los pueblos, aunque la luz ha sido más poderosa que las tinieblas y «no la vencieron» (Jn 1, 5; cf. Is 60, 2). Dios, que guió a los Magos mediante la luz de una estrella, protegió a Jesús y a la sagrada Familia, para que, llegada la hora de Jesús, se manifestara al mundo como el Salvador universal. Jesús ha venido para todos y en él está la salvación del mundo que llega a los pueblos mediante la predicación del evangelio.

Es imposible llegar a datos concretos fuera del evangelio, porque la estrella de la que nos habla el evangelio es posiblemente en la mente de san Mateo una realidad sobrenatural[2], difícil de precisar desde el punto de vista de la astronomía como inspiración del evangelista. San Mateo nos deja un evangelio de la infancia de Jesús que el evangelista ha enriquecido con los datos del Antiguo Testamento, para decirnos que la verdadera estrella de Jacob, que brillará en Judá no es sino el mismo Cristo Jesús, verdadero rey de los judíos y salvador del mundo. Nacido en dificultades en los márgenes del Imperio de Roma y bajo el signo de la persecución[3], Jesús es el verdadero y nuevo Moisés, legislador nuevo y definitivo, cuya ley del amor es el camino de la salvación. Jesús es aquel que ejercerá el único sacerdocio que instaura Dios como obra del Mediador único y universal.

Nos dice el relato que los magos encontraron al Niño con María, su madre; del mismo modo que en el relato de san Lucas, nos dice el evangelista que María y José contemplaron la adoración de los pastores, meditando cuanto contemplaban en su corazón. Que con ellos meditemos nosotros en el amor de Dios que en el nacimiento de su Hijo nos entrega en nuestra propia carne al Salvador.

S.A.I. Catedral de Almería

Epifanía del Señor

                                                                               X Adolfo González Montes

                                                                                    Obispo de Almería

 


[1] J. Ratzinger/Benedicto XVI, La infancia de Jesús (Barcelona 2012) 99.

[2] U. Luz, El evangelio según san Mateo, vol. 1 (Salamanca 1993) 159-161.

[3] Cf. W. Carter, Mateo y los márgenes. Una lectura sociopolítica y religiosa (Estella, Navarra 2007)129-142.

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Almería Tue, 08 Jan 2019 08:03:12 +0000
En la solemnidad de Santa María, Madre de Dios http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/47910-en-la-solemnidad-de-santa-maría-madre-de-dios.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/47910-en-la-solemnidad-de-santa-maría-madre-de-dios.html En la solemnidad de Santa María, Madre de Dios

Homilía de D. Adolfo González Montes, obispo de Almería, el día 1 de enero

Homilía de la solemnidad de Santa María Madre de Dios

Jornada mundial de la Paz

Lecturas bíblicas: Núm 6,22-27

                                    Sal 66,2-3.5-6.8

                                    Gál 4,4-7

                                    Lc 2,16-21

Queridos hermanos y hermanas:

La solemnidad que celebramos en este día primero del nuevo año está consagrada a la Madre de Dios. Podemos decir que, si la liturgia se centra toda la octava desde el día de la Navidad en el Niño, el Hijo de Dios hecho carne, la octava se cierra con una mirada puesta en la Madre del Señor, una mirada llena de agradecimiento y de tierna confianza en la que es la Madre de Dios a la luz de la fe en la humanidad de Jesucristo. Fue el Concilio de Éfeso en el año 431 el que proclamó la maternidad divina de la Virgen María. En este concilio tuvo importante protagonismo el gran padre de la Iglesia antigua san Cirilo de Alejandría, y su nombre y enseñanzas están desde entonces unidas a la defensa de la maternidad divina de María. San Cirilo mostró cómo el Concilio no innovaba nada con este dogma mariano, pues la declaración conciliar no afirma ciertamente nada que no esté ya contenido en la fe. El Concilio de Nicea del año 325, un siglo anterior al Concilio de Éfeso había declarado sobre Jesucristo ser verdadero Hijo de Dios, concebido y nacido de la Virgen María. Es lo que seguimos recitando en el en el Credo de la Misa: Jesucristo, nacido de María Virgen es Dios verdadero de Dios verdadero. Por su parte el Concilio de Nicea recogía la fe profesada por la Iglesia desde la época apostólica.

La Iglesia bizantina celebró desde muy temprano la fiesta de la Santísima Madre de Dios (en griego Theotókos) el día 26 de diciembre, al día siguiente de haber celebrado la Natividad del Señor el día 25. De Oriente nos vino esta fiesta mariana, que celebra a María como personaje secundario después de haber celebrado a Cristo como personaje principal. De este modo en esta fiesta, tal vez la más antigua en honor de la Virgen Madre de Dios, después de adorar al Niño nacido de sus purísimas entrañas, alabamos y bendecimos al Dios misericordioso por su santísima Madre.

Sin embargo, esta fiesta ha conocido algunas variaciones a lo largo de los siglos, acumulándose en ella contenidos muy valiosos de la historia de la redención realizada por Jesucristo. Así en este día se comenzó a celebrar ya en el siglo VI en España, igual que en las Galias (Francia), la «circuncisión del Señor», que hoy se lee en el evangelio del día según san Lucas. El evangelio recoge una importante dimensión de la encarnación del Hijo de Dios, narrando justamente el sometimiento de Jesús y de la sagrada Familia a la ley mosaica. Según lo prescrito en la ley de Moisés: «Al cumplirse los ocho días tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción» (Lc 2,21). Cumpliendo la prescripción de la ley, Jesús es circuncidado como todos los varones del pueblo judío, quedando en su carne de tierno infante la marca y señal de la Alianza entre Dios y el pueblo elegido. Jesús nace bajo la ley conforme al designio de Dios y así dice san Pablo que, «cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos la adopción filial» (cf. Gál 4,4-5).

El nacimiento de mujer, hace a Jesús igual a todos los humanos; y el sometimiento a la ley le hace solidario de la promesa hecha al pueblo elegido de verse libre de este sometimiento, que Cristo llevará cabo pagando el alto precio de su sangre derramada para obtener la liberación de todos los cautivos por el pecado[1]. En Cristo hemos sido rescatados y redimidos, es decir, «liberados de la conducta estéril heredada por tradición, sino con la preciosa sangre de Cristo, cordero inmaculado sin defecto ni mancha» (1 Pe 1,19).                        

Como hemos dicho, en España, antes de la invasión musulmana, el día 1 de enero se celebraba ya en el siglo VI la fiesta de la circuncisión del Señor y la maternidad divina de María a mediados del siglo VII, conforme lo establece el X Concilio de Toledo en el año 656. Esta fiesta se celebraba en la España hispano-visigoda el 18 de diciembre, día que ha perdurado en nuestro calendario litúrgico, en el cual se celebra a la Virgen de la O, llamada por eso «Virgen de la buena esperanza» y «Virgen del buen parto», mientras en Roma se celebraba por las mismas fechas esta fiesta mariana en este día primero de enero[2].

Con la reforma litúrgica del II Concilio Vaticano se ha repuesto la tradición de la Iglesia romana de celebrar el 1 de enero esta solemnidad de la Madre de Dios. María está en el corazón de todos los fieles porque de ella hemos recibido al Autor de la vida, Jesucristo nuestro Señor. Dios ha derramado sobre la Virgen Madre la plenitud de la bendición que Moisés entregó a su hermano Aarón, sumo sacerdote y a sus hijos, para que bendijeran al pueblo. Sobre María reposó la paz de la reconciliación de Dios con la criatura, porque sobre ella descendió el Espíritu Santo con su poder creador para disponer un cuerpo para el Verbo eterno, el Hijo engendrado en el seno del Padre antes del tiempo. En ella tomó el cuerpo, nuestra carne y humanidad para liberarla del pecado y de la muerte eterna.

Nos sentimos atraídos por el olor de sus perfumes, porque María, bendecida por Dios entre todas las mujeres, como la proclamó su prima santa Isabel, nos ha entregado al Enmanuel, al «Dios-con-nosotros». María es Madre de Dios, porque es Madre del Hijo de Dios, pero María es también nuestra Madre según el espíritu, porque Jesús nos la entregó desde la Cruz confiándosela a Juan. El santo papa Pablo VI la proclamó Madre de la Iglesia, Madre de los fieles y los Pastores, haciéndose eco de que, desde los primeros momentos de la Iglesia, María ha sido invocada como Madre por todas las generaciones de los hijos de la Iglesia.

Nadie como María ha recibido la bendición del Señor: ella, madre y figura de la Iglesia, es la perfecta discípula de Cristo, que es al tiempo Hijo de Dios e hijo de María. Por eso la bendecimos como Dios bendecía por medio de Moisés al pueblo elegido en que ella nació como la verdadera «hija de Sión», en quien se recapitula el mismo pueblo fiel de la antigua Alianza. Por Jesús nacido de María podemos llamar a Dios Padre, invitando a todas las naciones a la alabanza divina, mientras unidos a los pastores adoramos al Niño, al que absortos contemplan María y José en el pesebre de Belén. María ha dado un sí a Dios y Dios se ha hecho hombre en su seno y ahora, medita en su corazón tan grande maravilla, misterio que la sobrepasa. La circuncisión del Niño es su primera experiencia de dolor, de la que participan María y José.

Comenzamos el año, recibiendo también nosotros la bendición divina, acompañados de la madre del Redentor, al que ponen por nombre Jesús «como lo había llamado el ángel antes de su concepción» (Lc 2, 21). Que María nos acompañe durante todo el nuevo año, que pedimos a Dios sea de paz y bendición para todos los hombres de buena voluntad.

Todos tenemos necesidad de paz interior y exterior, la necesitamos para nuestro corazón y la necesitan las naciones como marco natural de buenas relaciones y recíproco servicio. Por eso el Papa afirma en su mensaje para esta Jornada del primero de enero, Jornada mundial de la paz, asegura que «la buena política está al servicio de la paz». Los gobernantes están obligados a buscar la paz, si aman de verdad a su pueblo y la sociedad a la que sirven. La Iglesia es portadora de paz, y los evangelizadores anuncian la paz que nos Jesucristo ha venido a traer al mundo. Jesús proclamó bienaventurados a los constructores de la paz, construcción en la que tienen una particular responsabilidad los jefes y guías de las naciones. Por eso, el Papa, en su mensaje, dice: «La política es un vehículo fundamental para edificar la ciudadanía y la actividad del hombre, pero cuando aquellos que se dedican a ella no la viven como un servicio a la comunidad humana, puede convertirse en un instrumento de opresión, marginación e incluso de destrucción». Ojalá todos puedan entender estas palabras y poner por obra la construcción de la paz.

A la Virgen María, Madre del Príncipe de la Paz, confiamos la construcción de una civilización del amor y de la paz.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

1 de enero de 2019

                                               X Adolfo González Montes

                                                      Obispo de Almería

 


[1] Cf. Nota a Gál 4,4-5 en la edición crítica de Nuevo Testamento. Edición crítica sobre el texto original griego del Nuevo Testamento, de M. Iglesias González SJ (Madrid 2017) 777.

[2] E. Lodi, Los santos del calendario romano. Orar con los santos en la liturgia (Madrid 31992) 33-34.

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Almería Thu, 03 Jan 2019 09:40:14 +0000
En la fiesta de San Esteban http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/47908-en-la-fiesta-de-san-esteban.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/47908-en-la-fiesta-de-san-esteban.html En la fiesta de San Esteban

Homilía de D. Adolfo González Montes, obispo de Almería, en el Día de la entrega de la ciudad a los Reyes Católicos

Homilía de la Fiesta de San Esteban, Protomártir

Día de la Entrega de la ciudad a los Reyes Católicos

Día del Pendón

Lecturas bíblicas: Hch 6,8-10; 7,54-59

                          Sal 30,3-4.6-8.17.21

                          Mt 10,17-22

Queridos hermanos y hermanas:

La fiesta de san Esteban, el primer mártir de la predicación del Evangelio, día en el cual el reino nazarí hizo entrega de la ciudad de Almería y sus tierras a los Reyes Católicos en 1489. Día memorable por razones diversas, dos ellas muy fundamentales: día que da carta oficial a la incorporación de Almería a los reinos cristianos de Castilla y Aragón, unidos en las personas de los Reyes Católicos; y día en el que comienza la restauración de la cristiandad en unas tierras de las cuales la invasión musulmana había desalojado progresivamente a los cristianos mozárabes, forzados a huir a los reinos del norte de la Península y a refugiarse al amparo de los reyes cristianos. Lo que al principio de la dominación musulmana fue tolerancia del credo cristiano por los dominadores, muy pronto se fue haciendo muy difícil y amenazada permanentemente por el riesgo del martirio, sometida la población cristiana a cuantiosas tasas y limitada la práctica pública de la religión católica con la marginación de los cristianos en el ejercicio de los derechos cívicos, impedidos de tomar parte en la vida pública, no tal como hoy entendemos estos derechos, sino como eran entendidos a partir del siglo VIII bajo la dominación.

Destacamos que el avance incontenible de la Reconquista desembocó en la capitulación del último reino musulmán ante el poder real de Castilla y Aragón. Hoy damos gracias a Dios por el retorno de nuestra ciudad y sus tierras a la libertad a la que siempre aspiraron, sólo parcialmente lograda en un paréntesis de sesenta años tras la primera reconquista de Almería. Esta primera reconquista ocurrió en 1147 y en ella fue decisiva la contribución de la armada genovesa, alentada por el papa Eugenio III. La armada concitó la intervención de Alfonso VII el Emperador, rey de Castilla y León, que contó con la ayuda de aragoneses y catalanes del condado de Barcelona, testimonio incontrovertible de la existencia de un proyecto de unidad como aspiración de los reinos cristianos.

Hacer memoria de estos hechos históricos, al margen de valoraciones ideológicas o de alcance político que aquí no son pertinentes, nos permite afirmar que la nación que hoy somos como realidad históricamente constituida no hubiera podido llegar a ser sin la voluntad de los reinos cristianos de restaurar la cristiandad, y de permanecer en la tradición cultural de Europa inspirada por la fe cristiana. Hoy tendemos a proyectar sobre el pasado histórico conceptos ideológicos y políticos propios de nuestro tiempo, lo que constituye un error de perspectiva que es tanto como pretender injustamente interpretar y, lo que es peor, juzgar el pasado desde la concepción del mundo y de la sociedad de nuestro presente.

Hacer memoria de la historia no es imponer de forma sectaria una visión única y excluyente del pasado, sino reconocer el pasado en su propio acontecer y en su misma complejidad y en su verdad: la que emerge de los hechos históricos. Este pasado ha sido cristiano y la inspiración de la fe llega hasta nuestros días, aun cuando la secularización y la divulgación de una visión agnóstica pretenda difuminar de dónde venimos y a qué cultura nos debemos, a qué concepción de la vida estamos históricamente vinculados.

La fe cristiana no se impuso con violencia sobre nosotros, fue el resultado de la predicación de los varones apostólicos que muy tempranamente, desde finales del siglo I y principios del siglo II anunciaron a los moradores de estas tierras la muerte y resurrección de Cristo, el Hijo de Dios hecho carne y entregado al suplicio de la cruz por nosotros para nuestra salvación. Entre los primeros heraldos del evangelio de Jesús brilla con luz propia Esteban, joven lleno de fe y al que el Nuevo Testamento presenta como predicador del camino nuevo de Jesús, sosteniendo con fuerza de convicción que Jesús es el Mesías prometido, esperado por generaciones en el pueblo elegido durante siglos. Sostenía Esteban que leyendo las Escrituras a la luz de lo ocurrido en Jesús, conforme al designio de Dios, se podía entender la historia de Israel y la trayectoria que va de Abrahán hasta Jesús.

El libro de los Hechos nos presenta a Esteban como lo presenta a los Apóstoles, por eso, si bien se trata de uno de los siete que fueron elegidos para atender las mesas de las viudas y los pobres, la crónica de san Lucas, autor de los Hechos, nos presenta a Esteban al igual que al también apostólico Felipe, persona distinta de del apóstol Felipe como dos evangelizadores, por cuyo medio avanza la predicación del Evangelio. Dotado de la palabra y conocedor de la historia De esteban dice el libro de los Hechos que, «lleno de gracia y poder, realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo» (Hch 6,8).

El martirio de Esteban es en realidad una represalia movida por la rabia y la envidia ante quien es mejor y superior intérprete de la historia del pueblo elegido y su argumentación más convincente. La “teología de la historia de Israel” de Esteban obligaba a sus adversarios a renunciar a su teología de la historia oficial de Israel. Cuando no hay en realidad argumentos que puedan desmontar los del adversario, la única salida que deja la envidia y la maldad es la destrucción del adversario, acabar con su vida. Según la información de san Lucas, los adversarios de Esteban son judíos de la diáspora que frecuentan en Jerusalén la sinagoga llamada de «los libertos», probablemente antiguos presos del Imperio e incluso esclavos que redimidas sus condenas con la ayuda de un romano benevolente han recobrado la libertad. Esta sinagoga era frecuentada por judíos de Cirene y Alejandría, Cilicia y Asia Menor (cf. Hch 6,8). Estos judíos ortodoxos no podían aceptar la interpretación cristiana de las sagradas Escrituras, sin duda porque en la interpretación judía tradicional tenían el criterio de su identidad judía. La interpretación de las Escrituras que proponía Esteban obligaba a hacer de Cristo el centro y contenido de las Escrituras, conforme a lo que el propio Jesús resucitado dice a los discípulos de Emaús, quien partiendo de Moisés y de los profetas «les interpretó lo que se refería a él en toda la Escritura» (Hch 24,27).

El paralelismo del juicio que condena a Esteban a la muerte con el juicio padecido por Jesús se fundamenta en los mismos argumentos: presentaron contra Esteban falso testimonio: «Este hombre no deja de proferir palabras contra este lugar santo y contra la ley» (Hch 6,13). La acusación de blasfemia contra el templo y la ley de Moisés llevaba consigo la condena a la lapidación hasta la muerte del condenado. Este paralelismo alcanza una singular grandeza, al afirmar Esteban, ya próximo a la agonía, que ve al Hijo del hombre venir sobre las nubles del cielo, en manifiesta alusión a la glorificación de Cristo a la derecha del Padre, siguiendo la profecía de Daniel sobre la venida del Hijo del hombre sobre las nubes del cielo (cf. Dn 7,13). Son las mismas palabras de Jesús dadas como respuesta a la pregunta del sumo sacerdote sobre su identidad: «¿Eres tú el Cristo, el hijo del Bendito?» (Mc 14,61). Jesús respondió: «Sí, yo soy, y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo» (Mc 14,62).

La crisis que trae consigo en los discípulos la participación en la gloria de Jesús, poniendo en cuestión los méritos propios deja ver la fragilidad de los hombres. Los hijos de Zebedeo quisieron ocupar los dos importantes puestos de estar a la derecha y a la izquierda de Cristo en su reino, provocando la reacción celosa de los demás apóstoles es un ejemplo claro de cómo desde el principio hubo divisiones. Desde el principio las rivalidades entre los discípulos se prolongarán en la Iglesia apostólica y sólo el martirio unificará a todos en fidelidad a Cristo. Sólo el Evangelio renueva y ayuda a la Iglesia a superar sus dificultades y contradicciones, resolviendo siempre en favor de la común misión de los cristianos, lo que ha de responder al mandato de Cristo: «Id y haced discípulos de todos los pueblos…» (Mt 28,18-20). El amor a Cristo hace olvidar las divisiones entre hermanos, para afrontar juntos la persecución y la muerte que pueden infligirle los adversarios del Evangelio y perseguidores de la Iglesia.

Que el ejemplo de san Esteban, mártir de la palabra de Dios, y su intercesión nos ayuden a dar testimonio de la fe sin miedo alguno a los adversarios del Evangelio, pues Cristo vino para ser testigo de la verdad.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

26 de diciembre de 2018

                   X Adolfo González Montes

                            Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Almería Thu, 03 Jan 2019 09:31:59 +0000
En Nochebuena http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/47841-en-nochebuena.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/47841-en-nochebuena.html En Nochebuena

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Lecturas bíblicas: Is 9,2-7; Sal 95,1-3.11-13; Ti 2,11-14; Lc 2,1-14

Queridos hermanos y hermanas:

Nos reunimos en esta noche santa, para conmemorar con la celebración de la Eucaristía el nacimiento en nuestra carne del Hijo eterno de Dios, que fue engendrado en el seno del Padre antes de todos los siglos desde toda la eternidad. El Hijo es el Verbo eteno de Dios, su Palabra, que existía antes del tiempo y «por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre».
En esta noche brilla la luz de Cristo anunciada por los profetas, luz que disipa las tinieblas y oscuridades que ofuscan el espíritu de los hombres, marcados por el pecado. Esta noche nos gozamos en la presencia de Dios «como gozan los segadores al segar y la alegría embarga nuestros corazones «porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y es su nombre: Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz» (Is 9,5). Dios se ha compadecido de la humanidad y le envía un redentor, «para que el mundo tenga vida eterna» (Jn 3,13).
El niño que nos ha nacido en esta noche santa lleva todos los títulos de la dinastía real de Judá y al mismo tiempo el nombre de Dios: es la Sabiduría de Dios hecha carne; es fuerte como David, padre de la dinastía judía, y, como es Dios Hijo se le aclama como “Padre del siglo futuro”. Como se llamó Salomón rey de paz (que eso significa el nombre), el hijo que se nos ha dado es el verdadero Príncipe de la paz. Todos estos títulos se dan al heredero de la dinastía en Egipto, y como Jesús es contemplado a la luz de la fe en las Escrituras que a él se aplican, Jesús es el heredero de David al tiempo que hijo de Dios y en él se recapitulan las virtudes de Moisés y de los Patriarcas. Por tanto, es el verdadero Enmanuel (Dios-con-nosotros), profetizado por Isaías .
Los padres de la Iglesia antigua comentan estos títulos de Jesús, y así dicen que el título «Maravilla de Consejero», equivalente a «Ángel del gran Consejo» , se puso por esta razón. Dice Gregorio de Nisa, que el Lógos o Verbo de Dios «se llama “ángel” en cuanto revelador del Padre», explicándolo que se llama así también a Dios porque su nombre no se puede nombrar, ya que Dios «no tiene nombre que dé a conocer su sustancia» .
Este niño que nos ha nacido es hijo de Dios y es también hijo del hombre por ser hijo de María. Como hombre hereda el trono de David su padre, pero como Dios su principado se dilatará con una paz sin límites (cf. Is 9,6), por contraposición a la paz efímera de los hombres. Fue Jesús mismo el que dijo a sus discípulos que la paz que él les entregaba no era como la paz que da el mundo (cf. Jn 14,27). Lo comenta san Juan Crisóstomo diciendo que Jesús habló de esta forma «porque la paz que procede de los hombres es fácilmente destruible y está sujeta a muchos cambios, mientras que su paz [de Jesús] es segura, inamovible, firme, estable, inmortal y no tiene fin» .
Jesús viene a traer la paz que sólo Dios puede darnos: la paz que es shalom, que es salvación. Sólo Dios puede dar esta paz y la ofrece a todos los hombres de buena voluntad, al anunciar a los pastores el nacimiento de Jesucristo. En el evangelio según san Lucas que hemos escuchado, el ángel confirma la condición del recién nacido como heredero de David y verdadero “mesías real” que trae el cumplimiento de la profecía hecha a Israel: el recién nacido es el Mesías que recibe el trono de David, como se lo anuncio el ángel a María. Jesús es un mesías que al tiempo que es rey es el salvador que trae la paz perpetua, que Dios dilata hasta abarcar a las naciones. En realidad, el Mesías de Israel es el Salvador universal. En esta narración del nacimiento de Jesús, el evangelista san Lucas hace de los pastores los representantes del pueblo de Israel, que acudieron presurosos a Belén para ver hecha realidad la llamada del ángel a la adoración del recién nacido. En el evangelio de san Mateo la llegada de los magos de Oriente, para adorar al rey de los judíos que ha nacido, es expresión del carácter universal de la misión de salvación que trae el Nino de Belén.
Estos títulos sagrados nos ayudan a comprender que Jesús es Dios y hombre, porque es el Mesías y al mismo tiempo es el Señor, y como tal ha venido al mundo para traernos la salvación que la humanidad no puede darse a sí misma. Así lo dice san Pablo en la carta a Tito, recordándole que la dicha que los cristianos esperamos es «la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo» (Ti 2,13). El anuncio de san Pablo quiere ser exhortación a vivir en consonancia con la fe que predica: es preciso «renunciar a una vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa» (Ti 2,11) , mientras esperamos la manifestación final de Cristo.
Acojamos la invitación de san Pablo que nos prepara para recibir a Jesús que, habiendo nacido por nosotros llama a la puerta de nuestro corazón. Con los pastores de Belén acudamos ante el pesebre donde María y José han reclinado al Niño y absortos contemplan el misterio de su virginal nacimiento. La sagrada Familia hubo de refugiarse en una cueva para que María pudiera dar a luz lejos del bullicio de la posada, pero en aquella soledad sin tráfico humano alguno irrumpió el ángel del Señor para anunciar a los pastores la gran noticia.
Corramos también nosotros como ellos, presurosos al pesebre de Belén, pero dejemos el bullicio de la fiesta que tanto se aleja de la primera Navidad de la historia. Nuestra Navidad ha perdido hondura religiosa y adoración, porque ya no hay fe en el misterio que acontece a las afueras de la ciudad de David. Claro que hemos de festejar el nacimiento de Jesús, marco tradicional del reencuentro de las familias y de las hermosas vivencias del amor familiar, reforzado por el ejemplo de la sagrada Familia. Lo que decimos es que, si todo se va en fiestas gobernadas por los intereses comerciales, nos quedaremos sin Navidad. Tiempo santo para reconsiderar lo que esperan de nosotros quienes nos necesitan, y lo que esperan de nosotros los que ya no tienen fe, los que nos han dejado en la iglesia y ya no son capaces de contemplar el prodigio inmenso del amor divino y de la divina misericordia. Pidamos a Dios que renueve nuestra fe y la haga firme, y acudamos a dar testimonio de lo que hemos conocido, de lo que han tocado nuestras manos y nuestros han visto (cf. 1 Jn 1,3): que «la Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Unigénito, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14).

S.A.I. Catedral de la Encarnación
Almería, 24 de diciembre de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Thu, 27 Dec 2018 13:55:41 +0000
En Navidad http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/47840-en-navidad.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/47840-en-navidad.html En Navidad

Homilía del obispo de Almería, D. Adolfo González

Lecturas bíblicas: Is 52,7-10; Sal 97,1-6; Hb 1-6; Jn 1,1-18

Queridos hermanos y hermanas:

Si ayer contemplábamos con los pastores este maravilloso intercambio entre Dios y el hombre, al haberse hecho hombre el mismo Dios creador del género humano, hoy la misa del día de la Natividad del Señor nos coloca ante el misterio de la Palabra hecha carne. La liturgia de la Palabra de esta tercera misa de Navidad, a la cual han precedido la misa de medianoche y la de la aurora, nos invita a cantar con el salmista las misericordias de Dios con nosotros: «Cantad al Señor un cantico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo» (Sal 98/97,1). Le alabamos y le damos gracias, porque maravilla es el intercambio que nos salva: Dios reviste nuestra carne, para que nosotros participemos de la vida divina.
Acojamos la exhortación del profeta Isaías que proclama la hermosura de los pies del mensajero que anuncia la buena nueva de la victoria sobre los poderes de este mundo, una victoria prefigurada en la liberación definitiva de Israel que ve en lontananza un profeta. Es el gran anuncio de salvación del llamado libro de la consolación, al cual pertenece este fragmento del libro de Isaías que hemos escuchado en la primera lectura.
El profeta anuncia la victoria del verdadero rey de Israel, no otro que el mismo Dios que llevó a cabo las grandes gestas de la liberación de Egipto y arrancó a los israelitas de la esclavitud a que los sometieron los egipcios. La restauración de Israel no sólo traerá consigo el retorno de los desterrados, que vuelven a la patria gracias a Ciro, el gran rey de los persas, que ha vencido sobre Babilonia, donde habían sido deportados los judíos. Ciro ha decretado el retorno tras la caída de Babilonia, y en su victoria es la victoria de Dios la que contemplan los redimidos del cautiverio. Este retorno es como un nuevo éxodo, como una nueva salida de Egipto camino de la tierra prometida. En adelante Babilonia sólo será símbolo del poder del mal y será destruida, como profetizaron Isaías (13,19-22) y Jeremías (50,21.23ss) y como contempla su ruina el vidente del Apocalipsis convertida «en morada de demonios, en guarida de toda clase de espíritus inmundo» (Ap 18,2).
Así iluminan los profetas la caída de Babilonia y el retorno de los desterrados, figura de la gran victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, la cautividad en la cual vivimos como pecadores. Si Cristo ha vencido en su propia carne y esta victoria suya requería la encarnación del Hijo de Dios, para ser con nosotros solidarios. La encarnación llegó cuando lo dispuso el designio de Dios, y según san Pablo la encarnación del Verbo aconteció en la “plenitud de los tiempos”, cuando el Hijo de Dios se hizo hombre en el seno de María Virgen, nacido así según la carne «de una mujer» (cf. Gál 4,4). Dios, como hemos escuchado al autor de la carta a los Hebreos, dispuso el discurrir de una historia de salvación, tal como había prometido en el Paraíso, cuando maldijo a la serpiente y anunció la victoria de la mujer sobre la serpiente, cuando diera a luz la mujer al Hijo de Dios, que nació siendo plenamente hombre como hijo de María.
Recordemos el diálogo de Dios con nuestros primeros padres y la maldición de la serpiente, es decir, del diablo como tentador que condujo al pecado a nuestros primeros padres. Dios dijo a la serpiente: «Pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo: él te aplastará la cabeza, mientras acechas tú su calcañar» (Gn 3,15). Estas palabras de Dios mediante la cuales promete la victoria de la mujer sobre la serpiente son un género literario por medio del cual Dios promete la victoria sobre el demonio y el pecado, victoria que se hizo realidad en el nacimiento de Jesucristo del seno de la Virgen María.
La Navidad celebra el nacimiento en carne de nuestro Señor Jesucristo, cuya preparación Dios dispuso a lo largo de la historia de la salvación: en su desarrollo, dice el autor de Hebreos, «en distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los profetas» (Hb 1,1). De esta manera resume la historia de la revelación durante la antigua alianza, para decir a continuación: «Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, a quien ha nombrado heredero de todo, por quien también hizo el universo» (Hb 1,2); para afirmar a continuación que Jesús es verdadero representante de Dios, porque él mismo es Dios: «reflejo de su gloria e impronta de su ser, que sostiene el universo con su palabra poderosa» (Hb 1,3).
El evangelio de san Juan que hemos proclamado esta mañana nos da la razón de esta afirmación sobre la identidad divina de Cristo, al decirnos que el Verbo de Dios, su Palabra «existía junto a Dios, y el Verbo era Dios» (Jn 1,1). Si Jesús no fuese Dios no habría podido llevar a cabo la redención de la humanidad, y aún estaríamos sin perdón de nuestros pecados. Jesús es el Hijo de Dios, como dice la carta a Hebreos: «Pues, ¿a qué ángel dijo jamás: “Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado? O: “Yo seré para él un padre y él será mi hijo. Y en otro pasaje, al introducir en el mundo al primogénito, dice: “Adórenlo todos los ángeles de Dios”» (Hb 1,5-6).
La Iglesia nos propone hacer nuestra la confesión de fe, siempre necesitada de afianzamiento, para poder dar testimonio de Cristo Jesús ante el mundo y proponerle como aquel que es la Verdad y el único Camino de tránsito a la salvación y la Vida que nos ha de plenificar. Dios hizo los cielos y la tierra, el mundo universo y cuanto existe en él, lo hizo todo mediante su Palabra poderosa, el Verbo eterno de Dios, su Hijo amado, al cual envió al mundo para recuperar cuanto estaba perdido a causa del pecado.
Son verdades de fe que no pueden dejarse de lado, si queremos permanecer cristianos, y la fiesta de la Natividad del Señor viene a recordárnoslo y a fortalecer nuestra fe en Cristo. Porque Jesús es Hijo de Dios, el amor de Dios revelado en la persona de su Hijo, a cuya imagen hemos sido creados es el verdadero fundamento de la dignidad de cada ser humano.
Podemos defender los derechos de las personas y apoyar nuestra defensa en los sentimientos de humanidad que compartimos; y que han sido proclamados en históricas convenciones o como resultado de un trabajosamente logrado entre partes en una determinada sociedad, pero la dignidad de cada ser humano descansa en su fundamento divino. Somos hijos de Dios «creados en Cristo Jesús» (Ef 2,10), a imagen y semejanza de Dios. He aquí el fundamento del amor incondicional al prójimo, a los más débiles y necesitados, a quienquiera que sale a nuestro encuentro necesitado de nuestra ayuda.
Tenemos hoy muy presentes cuanto sufren y van al martirio por el nombre de Cristo, por confesar la verdad del Hijo de Dios. También y con gran preocupación a cuantos emigran de sus países con grave riesgo para su vida, perseguidos o forzados por la pobreza en busca de una vida mejor, o perseguidos siguiendo el camino de la sagrada Familia de Jesús, María y José. También a enfermos y ancianos, personas en soledad y abandono. A todos abraza el Señor y de todos se hace solidario, al poner su tienda entre nosotros, venciendo el pecado que está en el origen de nuestros males. Que la natividad del Señor sea fuente de esperanza para todos y nos devuelva el gozo de saber que hemos sido amados por Dios.

S.A.I. Catedral de la Encarnación
Almería, Navidad de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Thu, 27 Dec 2018 13:54:21 +0000