Almería Oficina de Información de los Obispos del Sur de España http://odisur.es Tue, 20 Nov 2018 15:56:22 +0000 Joomla! 1.5 - Open Source Content Management es-es La comunión de la Iglesia, testimonio y misión http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/46792-la-comunión-de-la-iglesia-testimonio-y-misión.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/46792-la-comunión-de-la-iglesia-testimonio-y-misión.html La comunión de la Iglesia, testimonio y misión

Carta pastoral del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Queridos diocesanos:

La Iglesia diocesana, llamada «Iglesia particular», para distinguirla de la Iglesia universal, es definida por el Vaticano II como «una porción del pueblo de Dios que se confía a un obispo para que la apaciente con la colaboración de su presbiterio» (Decreto Christus Dominus, n. 11). Esta porción eclesial está inserta en la Iglesia universal, que la precede y es anterior a ella. En la Iglesia diocesana se halla presente todo el misterio de la Iglesia universal: es proclamada la Palabra de Dios y se dispensan los sacramentos de la fe, por medio de los cuales la gracia redentora de Cristo vivifica a sus miembros, y en ella el Espíritu Santo va labrando en el corazón de todos los fieles cristianos la santificación de vida de cada día, que Dios realiza en nosotros.

Todo cuanto la Iglesia particular realiza hace presente a la Iglesia universal, ya cuando anuncia el Evangelio o celebra los sacramentos, ya cuando instruye en la fe a sus miembros o asiste a los pobres y necesitados. En ella es toda la Iglesia la que tiene protagonismo, porque todas las acciones eclesiales de una diócesis son acciones de la Iglesia universal, que se hace presente de un modo singular en la eucaristía que preside el obispo, o que él encomienda celebrar a los presbíteros. Por eso, la comunión de fieles con su obispo y sus presbíteros se fundamenta en la común profesión de fe de la Iglesia universal, a la cual se adhieren todos los fieles, integrados por el bautismo en la comunidad eclesial. La entera Iglesia es el cuerpo místico de Cristo, y por la celebración de la eucaristía la vida divina recibimos la vida divina por la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor. La eucaristía es el sacramento de la unidad de la Iglesia, a cuyo servicio está el ministerio de la unidad y de la comunión que es el ministerio del obispo y, con él, el ministerio de los presbíteros. Ni el obispo es un jefe de empresa o negocio humano, ni los presbíteros son delegados del jefe de la empresa; y, por eso mismo, tampoco los fieles son clientes. Todos somos la «entera Iglesia del Cristo entero», el Christus totus del que habló san Agustín: la Cabeza, que es el mismo Cristo, y el Cuerpo místico que formamos los bautizados. Es lo que dice la primera carta de san Juan: «lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros; y nosotros
estamos en comunión con el Padre
y con su Hijo Jesucristo» (1 Jn 1, 3).
Por eso, el Concilio ve en esta comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo el origen trinitario del que dimana la comunión eclesial (Constitución sobre la Iglesia,
n. 4), como Jesús pidió al Padre:
«Como tú, Padre, en mí y yo en ti,
que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que
tú me has enviado» (Jn 17, 21).

Tengamos conciencia de ello, porque la identidad de la Iglesia nos
defiende de los envites del mundo
para romper la unidad de la Iglesia, dividiendo a los cristianos en facciones opuestas y neutralizando la atracción que el testimonio de nuestra comunión, obra de Dios y no solo de la voluntad de los hombres, puede ejercer sobre los que no creen y se sienten interpelados por el testimonio unánime de los cristianos sobre Cristo como revelador del amor de Dios. El compromiso de sostener a la Iglesia es manifestación y testimonio del misterio de amor que alienta nuestra comunión e impulsa la misión de la Iglesia.

Con mi afecto y bendición.

+Adolfo González Montes

Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Wed, 31 Oct 2018 13:08:58 +0000
En el 25 aniversario de la Beatificación de los Obispos Beatos Diego Ventaja Milán y Manuel Medina Olmos y compañeros mártires http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/46668-en-el-25-aniversario-de-la-beatificación-de-los-obispos-beatos-diego-ventaja-milán-y-manuel-medina-olmos-y-compañeros-mártires.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/46668-en-el-25-aniversario-de-la-beatificación-de-los-obispos-beatos-diego-ventaja-milán-y-manuel-medina-olmos-y-compañeros-mártires.html En el 25 aniversario de la Beatificación de los Obispos Beatos Diego Ventaja Milán y Manuel Medina Olmos y compañeros mártires

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González Montes

Lecturas bíblicas: 2 Cor 6,4-10

Sal 22,1-6
Aleluya: Jn 10,14
Jn10,11-16

Ilmo. Sr. Administrador diocesano;
Queridos hermanos sacerdotes, religiosas y fieles laicos;
Hermanos y hermanas en el Señor:

Se cumplen ahora los veinticinco años de la solemne beatificación en el sagrado de la Plaza de San Pedro, del Vaticano, de los Obispos mártires Beatos Manuel Medina Olmos y Diego Ventaja Milán y siete compañeros mártires religiosos de las Escuelas Cristianas. El 10 de octubre de 1993, el santo Papa Juan Pablo II mandaba inscribir en la lista de los beatos a los mártires de Almería, unidos en una única causa los dos obispos, que tan unidos habían estado en vida, ambos, con la diferencia de edad que marcaba casi una generación, la de Don Manuel Medina Olmos, nacido en 1869 y, por tanto, 11 años mayor que Don Diego Ventaja Milán, nacido en 1880. Ambos morían asesinados por amor a Dios y a Cristo, que había hecho de los dos sucesores de los Apóstoles en tiempos de gran convulsión para la patria.

Con ellos fueron beatificados los siete hermanos de las Escuelas Cristianas, que con su sangre regaron el sacrificio espiritual que fue su vida consagrada a la educación cristiana de la infancia y de la juventud, de cuyas aulas saldría el asesino Juan del Águila, jefe del comité de presos y persona de la máxima confianza del Comité revolucionario de Almería. Juan y su joven hermano Rafael quedaron fuertemente impresionados por los obispos que asesinaban mientras les perdonaban cayendo en el barranco del Chisme, en el territorio del municipio almeriense de Vícar. Fueron muertos en nombre de la revolución, considerando los asesinos que la Iglesia era uno de sus mayores enemigos de la revolución.

Han paso muchos años de aquel sacrificio y la sangre de los mártires sigue regando, como san Pablo dirá a los Filipenses de la suya propia: «derramada como libación sobre el sacrificio y la ofrenda de vuestra fe» (Fil 2,17; cf. 2 Tim 4,6), sacrificio espiritual de los mártires que sigue derramando sangre inocente en favor de los creyentes en tantos lugares del mundo donde los cristianos sufren la persecución por causa de Cristo.

También en nuestra sociedad de bienestar se sigue sufriendo por Cristo, si bien de un modo incruento, a causa de las descalificaciones, marginaciones sociales e intolerancia impropia de una sociedad democrática que lleva consigo la adhesión a la fe cristiana. Aunque nos parece imposible que pueda suceder algo así, sigue siendo realidad cotidiana padecer por el nombre de Jesús en una sociedad en la que se pretende reducir la profesión de fe al reducto privado de la conciencia, clausurando en ella el ejercicio de un derecho fundamental como la libertad religiosa, pieza clave que cierra el arco de las libertades fundamentales. Se trata de asimilar la libertad religiosa a la mera libertad de pensamiento o de opinión.

Con motivo de la reciente beatificación de los mártires del siglo XX en Almería, la causa del deán José Álvarez-Benavides y de la Torre y 114 compañeros mártires, hemos tenido oportunidad de reflexionar sobre esta realidad cuya actualidad nos ha conmovido en particular con motivo del martirio de tantos cristianos sirios y caldeos de Iraq en la guerra del Oriente cercano. Sufrir por Cristo tiene escenarios propios hasta la sangre en el Cercano Oriente, y en otros países de Asia y África donde los cristianos han padecido y padecen a causa de su fe de un modo terriblemente cruento.

El 25 de marzo del pasado año 2017, bendecíamos y alabábamos a Dios que dio la victoria de los mártires almerienses, entre los que se cuentan junto con los sacerdotes de la diócesis de Almería, hermanos sacerdotes de la esta amada diócesis de Guadix y un buen número de presbíteros de la archidiócesis de Granada. Este acontecimiento de gracia que fue la beatificación de estos mártires, compañeros de martirio de los obispos de Almería y Guadix, sucedía mientras seguen siendo víctimas de la persecución cristianos sirios y caldeos, sacerdotes religiosos y laicos forzados a huir del totalitarismo religioso del yihadismo islámico, como prófugos y apátridas, en busca de refugio y protección.

A estos cristianos y los que son perseguidos en Paquistán, en la India o en Nigeria, por referirnos a algunos de los casos que son actualidad permanente en los medios de comunicación, igual que a los cristianos que fueron víctimas de la persecución religiosa de los años treinta en España, podemos aplicarles con toda justicia las palabras de la segunda carta de san Pablo a los Corintios referidas a él mismo y a sus colaboradores en la evangelización: «Continuamente damos pruebas de que somos ministros de Dios con lo mucho que pasamos: luchas, fatigas, infortunios, apuros, golpes, cárceles, motines, fatigas, noches sin dormir y días sin comer» (2 Cor 6).

Son los sufrimientos que acompañaron la predicación del Evangelio, a los que se añaden los padecidos por la fe a lo largo de los veinte siglos de la historia de la Iglesia. Sangre derramada que, entre nosotros, se permuta por descalificaciones intolerantes de la fe cristiana, de la moral evangélica en tiempos de particular inclemencia, cuando la fe nos pide ir contra corriente, quebrando el pensamiento política y culturalmente correcto, afirmando con nuestra conducta que sólo los mandamientos de la ley de Dios son camino de paz social y concordia verdadera.

No podemos hacer renuncia de nuestra fe con una vida no concorde con la profesión de los labios. Cuesta, pero es el camino de la santidad, a la que Dios nos llama y a la que nos compromete nuestro bautismo. Todo lo podemos vencer, como dice san Pablo con singular fuerza autobiográfica: «¿Quién podrña apartarnos del amor de Cris? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? (…) en todo esto salimos más que vencedores gracias a Aquel que nos ha amado» (Rm 8,35.37). La victoria nos viene por Aquel que esp rotomártir de nuestra fe, Cristo nuestro Señor. Es una lucha que tenemos con nuestras propias tentaciones, contra los enemigos del alma, que se alían en ocasiones con los enemigos de la vida de los creyentes. Una lucha que, tiene un estilo propio para lograr la victoria: «procediendo con limpieza, saber, paciencia y amabilidad, con dones del Espíritu y amor sincero, llevando la palabra de la verdad y la fuerza de Dios» (1 Cor 6).

A ello la primera carta de san Pedro, observando que, como portadores del Evangelio de Jesús, los cristianos hemos de proceder con honradez y buena conciencia, añade con fuerza exhortativa que este tenor de vida debe acompañarse «dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza» (1 Pe 3,15); de modo que podamos dar oportuna explicación argumentada de la fe que profesamos, de la verdad que hemos conocido en Cristo.

Los obispos mártires hicieron entrega generosa de su vida, asemejándose al buen Pastor, que se entregó por nosotros hasta el sacrificio cruento de la cruz. En el evangelio de san Juan que hemos escuchado, Jesús se sirve de la alegoría del buen pastor, que procede de modo bien diverso a como procede el asalariado, que ante la llegada del lobo huye dejando abandonadas las ovejas. Es propio del buen pastor conocer a sus ovejas y ser conocido por ellas, porque «el buen pastor da su vida por las ovejas» (Jn 10,11). La cercanía del buen pastor es cotidiano amparo de las ovejas; es acompañamiento constante y comprometido de las ovejas, avistando los peligros y protegiéndolas contra la embestida de la voracidad del lobo.

San Pablo advertía por esto a su colaborador el obispo Timoteo recordándole cómo ha de estar dispuesto a desechar las falsas doctrinas, por novedosas y atractivas que puedan parecer, y sostener la fe verdadera frente la herejía y los errores. Le decía que esto había que hacerlo sin cesar «Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina» (2 Tim 4,2); porque el oído de los superficiales está siempre presto a escuchar placenteramente la invitación a la disidencia y al cisma confeccionándose un magisterio a su medida (cf. 2 Tim 4,3-4). El magisterio del buen pastor es inequívoco y excluye toda ambigüedad, procede de forma propositiva y con la suave orientación de quien confirma en la verdad de la fe, porque no puede declinar la tarea, ya que en ello se le va la vida a sus ovejas.

Todo lo cual exige de manera especial la caridad pastoral, que alienta el amor a los más débiles y se entrega sin descanso al bien de toda la grey. El alcance social del Evangelio dimana del amor que Dios en Cristo nos ha revelado como amor por todos y en especial por los enfermos y los pobres, por los pecadores y alejados.

Fueron pastores buenos nuestros obispos mártires, se enfrentaron a las dificultades de unos tiempos recios, en palabras de santa Teresa de Jesús, y no negaron la fe ni de palabra ni con una conducta errada. Sostuvieron el combate del Evangelio y fueron coronados por Dios con la gracia del martirio. Pidamos al Rey de los mártires que ellos nos ayuden hoy a saber discernir los signos de los tiempos, a no sucumbir al error y mantenernos en la verdad; a amar sin distinción incluso a los que nos persiguen y calumnian, bendiciendo a cuantos nos maldicen, para de esta manera acreditarnos ante Dios.
Contamos con la intercesión de la Santísima Virgen de las Angustias, tan venerada en esta Iglesia diocesana de Guadix. La Virgen Dolorosa que estuvo junto a la cruz de Jesús y fue atravesada por las siete espadas del dolor. Ella, Madre misericordia, vida y esperanza nuestra, viene en auxilio de sus hijos en el sufrimiento, porque es reina de los apóstoles y de los mártires, y nosotros a ella nos confiamos.


S. A. I. Catedral de Guadix
10 de octubre de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Wed, 24 Oct 2018 12:44:27 +0000
Homilía en la Fiesta de los Santos Arcángeles http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/46293-homilía-en-la-fiesta-de-los-santos-arcángeles.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/46293-homilía-en-la-fiesta-de-los-santos-arcángeles.html Homilía en la Fiesta de los Santos Arcángeles

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González Montes

Lecturas bíblicas: Jer 1,4-9; Sal 15,1-2a.5.7-8 (R/. 5a); 1 Cor 9,16-19.22-23; Jn 1,47-51

Queridos sacerdotes y diáconos, religiosas y fieles laicos;
Hermanos y hermanas en el Señor:

La fiesta de los santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael nos llena muy en particular este año de gozo al llegar con el regalo para la Iglesia diocesana de cuatro nuevas ordenaciones de presbiterado: cuatro sacerdotes que tan necesarios nos son para llevar adelante la evangelización de la sociedad actual, y volver a proponer ante los ojos de los alejados de la Iglesia la novedad y belleza del Evangelio de la vida y de la salvación.

Damos gracias a Dios por este don que viene a potenciar la acción apostólica y pastoral de nuestra Iglesia particular, de la que se beneficiarán las comunidades parroquiales. La juventud de los nuevos sacerdotes ayudará por ley de vida a acercar la vida de la Iglesia a tantos jóvenes que, aun habiendo sido educados en la fe, necesitan que hombres jóvenes se acerquen a ellos y vuelvan a ilusionarlos haciendo nueva realidad para ellos los años de alegre convivencia parroquial compartiendo ilusiones de apostolado. La próxima asamblea del sínodo de los Obispos afrontará la situación de los jóvenes y la siempre difícil cuestión de las vocaciones. Tenemos esperanza en que nos ayudará a aplicar a la tarea pastoral de los jóvenes sacerdotes criterios y propuestas para la mejor educación en la fe de los jóvenes cristianos; para lograr el acercamiento evangelizador de los que se encuentran alejados de la Iglesia o no han tenido noticia clara del Evangelio y de la vida de la fe en la Iglesia.

Esta ordenación sacerdotal de hoy se produce, además, en esta fiesta de los santos Arcángeles, cuya misión es la de ser mensajeros (del griego ángelos) de la salvación. Dice san Agustín, que el ángel recibe su nombre del oficio y no de su naturaleza , aunque de la naturaleza de los ángeles, agrega el santo Doctor, hemos de afirmar su condición espiritual. También después de él, reitera esta idea el papa san Gregorio Magno, que como leemos hoy en el oficio, dice: Hay que saber que el nombre de “ángel” designa la función, no el ser del que lo lleva» .

Los ángeles son criaturas, como también lo somos nosotros de la grandeza omnipotente de Dios, autor de la creación, y por eso mismo, son «objeto de la complacencia de Dios» . Los ángeles son seres espirituales, como «Dios es espíritu y ha de ser adorado en espíritu y en verdad» (Jn 4,24); y como tales, a Dios «le adoran eternamente los ángeles y los arcángeles gozosos en su presencia» . Dios los creo para que le sirvieran «contemplando constantemente su rostro en el cielo» (cf. Mt 18,10); y para que, puestos a su servicio, fueran «ministros de tu gloria» y «agentes de sus órdenes, prontos a la voz de su palabra» (Sal 103,20).

Dios, que ha dispuesto los oficios de los ángeles y de los arcángeles, y de los coros angélicos, por medio de su Hijo Jesucristo ha dispuesto el orden de los oficios sagrados; y, como recitamos en la plegaria de ordenación de los presbíteros, ya en la primera Alianza eligió colaboradores subordinados de Moisés y Aarón, para gobernar y santificar a los israelitas. Así, del mismo modo, «habiendo consagrado a los Apóstoles con la verdad, los hizo partícipes de su misión, y ellos, a su vez, eligieron «colaboradores para anunciar y realizar por el mundo entero la obra de la salvación» . De este modo convergen en un mismo fin el ministerio de los ángeles y el de los hombres elegidos por Dios para ser testigos de la redención de Cristo, y para anunciar la salvación que nos llega por medio de su Hijo, entregado por nosotros a la muerte y resucitado de entre los muertos, constituido mediador único y universal entre Dios y los hombres.

Esta es, ciertamente, una misión que impone y hace dudar a los llamados desde el vientre de su madre de la propia capacidad para llevarla a cabo. Sin embargo, en la lectura del profeta Jeremías que hemos escuchado Dios fortalece a los que envía y ante la objeción del elegido que dice: «Mira que no sé hablar, que soy un muchacho» (Jer 1,6), el Señor le responde: «No digas: “Soy un muchacho”, que a donde yo te envíe, irás, y lo que te mande, lo dirás. No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte» (Jer 1,7-8).

Estas palabras de Dios al profeta fortalecen su joven corazón, que se ve armado de valor para afrontar la difícil misión de tener que denunciar los pecados y desvíos del pueblo elegido, su idolatría y su inclinación a abandonar la ley de Dios. Se hace por esto preciso reaccionar con coraje y valentía, cuando ronda la debilidad, que se manifiesta en la inclinación a la inhibición y al silencio, a cobijarse en la inacción. Los llamados al ministerio han de tener bien presente que sólo Dios es su heredad y que no hay compensaciones que se puedan comparar con la amistad de Cristo. Sus palabras han de ser el único escudo de defensa frente a la debilidad y el temor: «En el mundo tendréis tribulaciones; pero ¡no tengáis miedo! Yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).

Todos, queridos hijos, tenéis que tener muy presente que evangelizar lleva consigo riesgos personales, pero anunciar el evangelio es el cometido que hoy os encomienda la Iglesia como servicio a Cristo y a la salvación de los hombres de nuestro tiempo. Cristo ha rogado por cada uno de vosotros al Padre (cf. Jn 17,9), para que tengáis siempre en vosotros colmada la alegría de haber sido llamados por Cristo a seguirle y cooperar con él en la misión de salvación que el Padre le confió (cf. Jn 17,13). Como Pablo, el apóstol de las gentes, habéis sido llamados por Cristo a dar a conocer el Evangelio de balde, convertidos en servidores de todos, tenéis que poder decir: «Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo a todos, para ganar, como sea, a algunos» (1 Cor 9,22). Sois, por eso mensajeros de la alegría del Evangelio, para atraer a Cristo a cuantos acojan vuestra palabra y acepten vuestro ministerio en la Iglesia como pastores; y fuera de ella, acercar a su recinto de gracia a cuantos se sienten interpelados y se vean enfrentados con la llamada a cambiar de vida y convertirse a Dios y a Cristo.

Tened fe plena en que Cristo es el que, por medio vuestro, llega a cada persona que Dios pone ante vosotros en el ejercicio de vuestro ministerio apostólico y pastoral. La nueva evangelización no será nada, si sólo pensamos en la eficacia de métodos y estrategias de convicción de los que no están con nosotros. Sólo Cristo es contenido de nuestra obra de evangelización, y por eso nos corresponde provocar y facilitar el encuentro con Cristo, acercar su divina persona a la de cada uno de los que han de recibir vuestro mensaje y sentirse interpelados por vuestro ministerio.

Si obráis así, como Jesús le prometió a Natanael, veréis que el cielo se abre y el Hijo del hombre se revela como redentor y salvador nuestro a cuantos caen en la cuenta de que Dios los ama. Descubrirán que los ángeles «suben y bajan sobre el Hijo del hombre» (Jn 1,51), porque Dios por medio de sus ángeles abrirá sus ojos ciegos y les revelará la divinidad de aquel a quien sirven, nuestro Señor y Salvador Jesucristo. El apóstol Natanael se maravillaba de que Jesús pudiera conocerle incluso en lo secreto, y Jesús le prometió, invitándolo a seguirle, que le esperaban cosas mayores. Sucederá lo mismo con vosotros: veréis que Cristo llega a los demás y que a vosotros os entrega su amistad, atrayéndoos a su corazón; y os descubriréis como lo que vais a ser: colaboradores de Cristo para llevar a Dios a los hombres.

Que la Virgen María y san José, y la compañía de los santos Ángeles os ayuden a llevar adelante la misión que hoy la Iglesia os confía, haciendo de vosotros ministros de la palabra y de los sacramentos, guías y maestros del pueblo de Dios, pastores según el corazón de Cristo.

Almería, a 29 de septiembre de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Tue, 02 Oct 2018 13:17:16 +0000
Homilía en la Fiesta de los Santos Ángeles Custodios http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/46291-homilía-en-la-fiesta-de-los-santos-ángeles-custodios.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/46291-homilía-en-la-fiesta-de-los-santos-ángeles-custodios.html Homilía en la Fiesta de los Santos Ángeles Custodios

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González, en la Misa de la celebración patronal del Cuerpo Nacional de Policía

Lecturas bíblicas: Éx 23,20-23: Sal 90,1-6.10-11 (R/. 11); Aleluya: Sal 102,21; Mt 18,1-5.10

Hermanos sacerdotes concelebrantes;
Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades civiles y militares;
Miembros del Cuerpo Nacional de Policía, que celebráis el patrocinio
de los Santos Ángeles Custodios;
Hermanos y hermanas en el Señor:

Celebramos esta misa votiva de los Santos Ángeles Custodios con motivo de la fiesta del Cuerpo Nacional de Policía, que tiene a los Santos Ángeles Custodios como patronos, y se encomienda particularmente a su protección, al tiempo que los miembros de este cuerpo de seguridad del Estado se ocupan de la custodia del orden social y garantizan la seguridad ciudadana.

Los seres humanos no estamos solos en el mundo creado, con nosotros y confiados a nuestra responsable custodia, se halla el orden animal de tantos seres vivos que comparten con nosotros este prodigioso escenario y soporte del mundo creado que habitamos; y sobre nosotros, el mundo celestial, donde Dios es glorificado por los ángeles y al que son asociados los santos.

Dios ha creado a los ángeles, que glorifican al Creador, y ha querido asimismo encomendarles auxiliar a los hombres al servicio de nuestra salvación eterna. La sagrada Escritura dice que los ángeles fueron creados por Cristo y para él, porque todo cuanto existe fue creado por Dios mediante su Verbo eterno, «en los cielos, en la tierra, las cosas visibles y las invisibles… todo fue creado por él y para él» (Col 1,16). También los ángeles fueron creados por Cristo, en él y para él, y así leemos en la carta a los Hebreos, con referencia a la encarnación del Verbo, que cuando Dios, en su designio de salvación de la humanidad, «introduce a su Primogénito en el mundo, dice: “adórenle todos los ángeles de Dios”» (Hb 1,6).

Los ángeles están al servicio del Hijo de Dios, y los evangelios describen su actuación: anuncian a María el misterio de la encarnación del Salvador en sus purísimas entrañas, y a los pastores el nacimiento del Mesías redentor; confortan a Cristo en el desierto y en su pasión, y anuncian la resurrección del Señor a las santas mujeres (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n 333).

La Iglesia recibe la fe de Israel en la creación divina de los ángeles y en su condición de estar al servicio de la historia de nuestra salvación. Los evangelios afirman que, «llegada la plenitud de los tiempos» (Gál 4, 4), la fe de Israel se ha cumplido en el mismo Jesús, de quien dan testimonio los ángeles. En el Antiguo Testamento encontramos algunas de las misiones que Dios confía a los ángeles al servicio de la humanidad, y del pueblo elegido en particular. La primera lectura de esta misa, tomada del libro del Éxodo, recoge parte del llamado «código de la Alianza» de Dios con Israel, y en él se dice que Dios pone un ángel al servicio de su pueblo, cuya función es de protección y guía para que el pueblo elegido pueda entrar en la tierra prometida. Sería muy hermoso recorrer los diversos textos sagrados siguiendo los cometidos que Dios confía a los ángeles.

Jesús habla de los ángeles y, como hemos escuchado en el evangelio, dice que los ángeles de los niños «están siempre viendo en los cielos el rostro de mi Padre celestial» (Mt 18,10). Hablando así, Jesús afirma que los ángeles no abandonan la presencia de Dios mientras sirven a los hombres, manteniendo a los niños en el recinto angélico de la inocencia, que corre el peligro de verse perturbada por la maldad y el crimen de los malvados. La inocencia de los niños dimana de su proximidad a Dios, por eso Jesús cuida de los pequeños con especial ternura, prohibiendo escandalizarlos; y advirtiendo a los adultos del pecado de herir la inocencia de los niños.

La Escritura presenta a los ángeles en figura humana para acercar su existencia y misión a los hombres; sin embargo, no son homologables con los hombres, pues se hallan en un orden de la creación que no podemos percibir por ser de naturaleza espiritual e incorpórea, aunque real y consistente como todo cuanto Dios ha creado y, por esto mismo, tienen en común con los hombres su condición de criaturas. Han sido creados para Cristo y puestos al servicio de su cuerpo místico en orden a la salvación. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, toda la Iglesia se beneficia del ministerio de los ángeles, uniéndose a ellos en la adoración de Dios cuando celebra la sagrada liturgia (CCE, n. 335).

Sobre los ángeles no podemos hacer ciencia ficción como no podemos hacerla sobre Dios, aunque la imaginación religiosa puede dar cauce a creaciones artísticas de diverso género, muchas veces fantástico y otras mitológico. No es esto lo que nos interesa destacar, sino el ministerio que Dios ha confiado a los ángeles en favor nuestro. Tenemos que tener bien presente que Dios ha querido que toda nuestra vida esté rodeada de la custodia y la intercesión de los santos ángeles, y cada uno de los seres humanos goza de esta especial protección de Dios que nos asiste por medio de los ángeles custodios, sin quebrar nuestra libertad de seres moralmente responsables de nuestros actos (cf. CCE, n. 336).

Bien habéis elegido, los miembros del Cuerpo Nacional de Policía, como patronos de vuestra misión social a los Ángeles custodios, porque el servicio que prestáis a la sociedad se asemeja a la misión de los ángeles, custodiando y protegiendo a cuantos, en condición de ciudadanos, formamos parte de una sociedad a la cual servís generosamente. Por eso, apreciamos y agradecemos vuestro constante sacrifico por mantener el orden justo, fundamento de la paz social. Un sacrificio que os lleva tantas veces a exponer vuestra propia vida para defender la vida de quienes se ven amenazados por los violentos y por cuantos intentan subvertir el orden democrático con acciones contrarias a la ley.

Confiamos a la intercesión de la Virgen María y de los santos Ángeles custodios vuestra vida y vuestras familias, pidiendo para todos los miembros de este importante Cuerpo de Seguridad del Estado la bendición de Dios.

S.A.I. Catedral de la Encarnación
27 de septiembre de 2018

+Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Tue, 02 Oct 2018 13:14:05 +0000
En la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/46019-en-la-fiesta-de-la-exaltación-de-la-santa-cruz.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/46019-en-la-fiesta-de-la-exaltación-de-la-santa-cruz.html En la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolgo González

Lecturas: Núm 21,4-9; Sal 77,1-2.34-38; Fil 2,6-11; Jn 3,13-17

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos la Fiesta de la Exaltación (‘´Yphõsis) de la santa Cruz, que históricamente fue en primer lugar fiesta de la invención o hallazgo de la santa Cruz, acontecimiento que los calendarios antiguos fijaron el 14 de septiembre del año 320. Esta fiesta que comenzó celebrándose en Jerusalén y desde la Ciudad Santa se extendió a Oriente y Occidente, quedó establecida de forma segura dicha fecha como aniversario de la Dedicación de la Basílica de la Resurrección (Anástasis), que el emperador Constantino levantó en el lugar de la crucifixión del Señor y recibió el nombre de Basílica del Martyrium, ya que se construyó sobre el Calvario, y su dedicación aconteció el año 335 pocos años después del hallazgo de la Cruz.

Esta fiesta se fundiría en Occidente con la del 3 de mayo, llamada también de la “invención” de la santa Cruz, que encontró entre los latinos un gran eco y que ha llegado hasta nosotros, celebrándose hasta hoy, aunque la reforma del litúrgica del Vaticano II suprimió de hecho la fiesta de mayo. Los persas llegaron a arrebatar el madero de la cruz a los cristianos, pero fue rescatado y restituido a su lugar en Jerusalén por el emperador Heraclio, que la entregó al Patriarca Zacarías de Jerusalén el 3 de mayo del año 630. En este día acudían de todo el Oriente a la mostración de la santa Cruz, origen de la fiesta. La mezcla de ambas fiestas y de sus referencias históricas han pervivido en la liturgia cristiana latina [cf. estos datos en A. I. SCHUSTER, Liber sacramentorum. Estudio histórico-litúrgico sobre el Misal Romano (Barcelona 1948) 286-290].

La antífona que hemos recitado como entrada de la misa de este día canta la exaltación de la santa Cruz. Es la misma del Jueves Santo: «Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo: en él está nuestra salvación, vida y resurrección; él nos ha salvado y libertado». Se comprenderá por qué en este día se celebra la fiesta de tantos patronazgos que tienen las más diversas advocaciones de Cristo pendiendo de la cruz con la que fuimos redimidos, o suspendido de ella evocando en la figura del árbol de nuestra redención. Sin embargo, la fiesta se halla centrada sobre todo en la Cruz como instrumento de nuestra redención porque en ella Cristo crucificado alcanzó para los pecadores el perdón y la reconciliación con Dios, dando muerte en su cuerpo crucificado al pecado.
También vosotros, queridos cofrades de la «Ilustre y Muy Antigua Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de la Amargura y Santa Mujer Verónica» tenéis en alta estima la devoción del pueblo cristiano siente por la cruz del Redentor, y celebráis con gran gozo esta fiesta de la exaltación de la Cruz, porque en 1943 fueron bendecidas las sagradas imágenes de vuestros titulares Jesús Nazareno y la Virgen de la Amargura. La bendición aconteció el 18 de abril, domingo de Ramos de aquel año en el que recuperabais vuestros venerados titulares, plasmados de nuevo por la gubia del artista escultor José Martínez Puertas, después de la devastación del patrimonio religioso por la persecución religiosa, hace ahora setenta y cinco años. El martirio de las cosas sagradas acompañó el martirio de tantos cristianos en cuyos labios daba sentido a su muerte generosa el nombre de Cristo, confesando la fe en la realeza de aquel que reina desde el madero de la cruz.
La historia de vuestra hermandad y cofradía se remonta a los antecedentes de las cofradías históricas, entre las cuales la vuestra tiene el suyo en la cofradía erigida en 1743, alcanzando así, a pesar de los paréntesis históricos de cierta recesión de la hermandad, 275 años de historia de fe y devoción popular. Una historia que es expresión de la fe profesada en el credo, y de la fe vivida en el alma y el corazón: la fe que inspiró la vida de tantos cristianos a lo largo de los siglos, que, con sincera voluntad de seguir los pasos de Cristo hasta la cruz, cuando así lo dispusieron los avatares de la vida. Cristianos que vivieron sus gozos y también sus sufrimientos como como realidades acontecidas en el horizonte del designio de Dios para cada uno de ellos.

El libro de los Números narra lo acontecido al pueblo peregrino en el desierto, cuando orientó sus pasos desde el monte Hor hacia el mar Rojo, rodeando el territorio de las poblaciones paganas de Edom, para ser sometido a prueba y ver si de vedad servían a Dios sin preferir las ollas de Egipto y no la libertad que los arrancaba de la esclavitud. Añoraron las ollas y protestaron contra Dios, y quedaron tendidos sobre la tierra árida del desierto: picados por las serpientes venenosas, morían extenuados por haber pecado contra el quien los libertaba (cf. Núm 14,29). Moisés hizo aquella serpiente de bronce que levanto ante el pueblo, para que cuantos la miraran sanaran de las picaduras y no murieran (cf. Núm 21, 9).

Aquel estandarte levantado en el desierto prefiguraba aquel el estandarte de la cruz levantada ante los pecadores irremediablemente condenados a la muerte eterna, para que aconteciera lo que había predicho Jesús de su propia muerte en la cruz: «Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,31). El Crucificado reina desde el madero de la Cruz, convertido en el trono de su gloria, porque por medio del madero de la cruz del cual pende el cuerpo exánime del Redentor, ha entrado para siempre en el reino de Dios y ha sido glorificado por el Padre. El evangelista lo contempla así, atravesado por la lanza del soldado y muerto en la cruz como aquel al que Dios ha convertido en remedio definitivo de la muerte, tal como había anunciado el profeta Zacarías: «Mirarán al que atravesaron» (Jn 19,37; Za 12,10).

La humillación de Cristo Jesús, cantada por el himno de la carta de san Pablo a los Filipenses, es el camino de nuestra santificación: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo Jesús: el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo …Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Fil 2,5-8). Nos cuesta comprenderlo, porque aspiramos a ser reconocidos y la vanidad nos ciega, sucumbimos a la tentación de las apariencias hasta ofrecer muchas veces una imagen de nosotros mismos engañosa, que no responde a lo que de verdad somos y lo sabemos. Por eso, el Apóstol nos exhorta a tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús, que existiendo en la forma de Dios se despojó de su rango para aparecer como un hombre más. Sólo así llevó a cabo la obra de la redención, recibiendo de la Virgen madre el cuerpo de la pasión entregado a la cruz por nosotros.

La fiesta de la exaltación de la Cruz nos enseña a contemplar el camino de la salvación: no podemos vivir al estilo del mundo, buscando nuestra propia gloria, sino la gloria de Dios. La cruz de Jesús nos lleva a la purificación de nuestros sentimientos religiosos, sin que dejemos de plasmar en la belleza de las imágenes, que han de llevarnos al centro del misterio redentor, la historia de nuestra salvación y el lugar donde alcanza suprema expresión: el sacrificio eucarístico de la Iglesia, sacramento donde se hace presencia permanente sobre el altar el sacrificio de Cristo por nosotros, sucedido de una vez para siempre en el Calvario. Nuestra configuración con Cristo nos devuelve al realismo de nuestra condición pecadora, redimida mediante el sacrificio del Calvario. La necesaria imitación de Cristo en la vida de todo cristiano nos abre al camino de la salvación que nos viene de aquel que se hizo hombre por nosotros, despojándose de su condición divina para que nosotros llegáramos a la participación de la vida divina.

Que la Virgen de la Amargura nos ayude, queridos cofrades y fieles todos, a recuperar el sentido redentor del sufrimiento, mientras lo combatimos y construimos mejores condiciones de una vida que Dios nos ha dado como anticipación de la vida eterna. Asociada por designio de Dios a la pasión de Cristo y, desde el primer dolor cuando circuncidaron a Jesús hasta el dolor mayor del Calvario, María nos acompaña hasta que con Cristo entremos en la gloria del Padre y participemos plenamente de la vida divina.

Iglesia parroquial de San Antonio de Padua
Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz
Almería

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Tue, 18 Sep 2018 11:43:42 +0000
Día de la Procesión del Santísimo Cristo de la Luz de Dalías http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/46018-día-de-la-procesión-del-santísimo-cristo-de-la-luz-de-dalías.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/46018-día-de-la-procesión-del-santísimo-cristo-de-la-luz-de-dalías.html Día de la Procesión del Santísimo Cristo de la Luz de Dalías

Homilía del obispo de almería, Mons. Adolfon González

Lecturas bíblicas: Is 50,5-10; Sal 114,1-9; Sant 2,14-18; Mc 8,27-35

Excelencia Reverendísima y querido hermano en el Episcopado;
Sr. Cura párroco y hermanos sacerdotes;
Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades;
Cofrades del Santísimo Cristo;
Hermanos y hermanas:

Hemos celebrado la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz el pasado día 14, seguida de la memoria litúrgica de la Nuestra Señora la Virgen de los Dolores. Terminadas las grandes solemnidades del Año litúrgico, estas fiestas traen de nuevo al primer plano de la fe y de la piedad popular cristiana la memoria de la pasión de Cristo crucificado y los dolores de su santísima Madre, asociada a la pasión de su Hijo. Es el contenido del sacrificio pascual de Cristo el que adquiere forma y figura plástica en las imágenes de la piedad cristiana con motivo de estas fiestas que nos devuelven al memorial de la pasión del Señor. Son fiestas que nos ayudan a mejor comprender y retener que el sacrificio de Cristo Redentor, acontecido de una para siempre en el Calvario, sigue haciéndose presente en el sacrificio eucarístico de la Misa y nos alcanza con especiales efectos de salvación en su celebración dominical y cotidiana.

En la cruz de Cristo el cristiano tiene la enseña de la victoria sobre el pecado y el mal que atenaza la vida del hombre desde el origen mismo de nuestra existencia. La cruz es la señal del cristiano y por la señal de la cruz comenzamos cada día nuestra actividad, bajo el signo de la cruz ponemos nuestro trabajo, y por bajo su luz comemos y descansamos, porque en ella nos ha sido dado el sentido trascendente de nuestras acciones desde las más humildes a las que pueden resultar heroicas. De esta suerte, como dice san Pablo, al hacer la señal de la cruz confesamos que «Dios nos ha destinado a obtener la salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo; él murió por nosotros, para que, despiertos o dormidos, vivamos con él» (1 Ts 5,9-10). La señal de la cruz da comienzo a la oración del Cristo, que se dirige al padre en el Espíritu Santo por medio del único Mediador entre Dios y los hombres: Cristo Jesús, «mediador de una alianza mejor [que la antigua], como fundada en promesas mejores» (Hb 8,6). Jesús posee el sacerdocio único por haberse ofrecido al Padre por nosotros, aceptando la cruz, verdadera ignominia de los hombres contra él. San Pablo le dice a Timoteo que, justamente en razón de este sacerdocio único del Señor, «como hay un solo Dios, hay también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo en rescate por todos» (1 Tim 2,5).

En la primera lectura de la misa de hoy, hemos escuchado un fragmento del tercer cántico del Siervo de Dios. Los poemas o cánticos del Siervo de Dios que encontramos en Isaías nos describen la entrega hasta el maltrato y la tortura del Siervo, que padece en lugar del pueblo pecador y en su favor. Estos cánticos son descripciones en las que se presenta el drama del Siervo que sufre a causa de los pecados del pueblo, poemas de gran belleza que causan en el lector una honda impresión y le interpelan. En ellas se nos da a conocer por anticipado la revelación profética de los sufrimientos de Jesús, condenado siendo inocente, flagelado y torturado hasta ser llevado al suplicio vejatorio en sumo grado de la cruz.

La lectura que hemos escuchado presenta al Siervo como «el oyente fiel de la palabra, que la hace suya y la anuncia», y aunque «la suya es una misión dolorosa, expuesta a la injuria y la violencia de los hombres […] se somete voluntariamente a esa misión, sin resistencias» [SECRETARIADO NACIONAL DE LITURGIA, Comentarios bíblicos al leccionario dominical. II. Ciclo B (Madrid 1975) 259]. El Siervo se comporta en el cantico como quien acoge la sabiduría que llega con la palabra de Dios y que él hace suya para transmitirla: «El Señor me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado, ni me he echado atrás» (Is 50,5). Esta disposición para la misión queda reflejada en la narración de su vocación por el profeta, cuando escuchó la voz del Señor diciendo: «A quién enviaré?, ¿quién irá de parte nuestra?» (Is 6,8a), y el profeta responde a la llamada del Señor con clara disposición para afrontarla: «Heme aquí: envíame» (Is 6,8b). Está disponible en obediencia a la palabra que le interpela, a pesar de que la misión que se le encomienda llevará consigo amenazas y persecuciones. Esta es la actitud del Siervo que, lleno de coraje y paciencia, no se echará atrás. La lectura nos hace revivir la pasión del Señor: «Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban «insultos y salivazos, mis mejillas a los que mesaban mi barba» (Is 50,6).

Esta lectura del profeta Isaías nos introduce en el evangelio, en el cual vemos de la mano de san Marcos cómo la confesión de fe de Pedro, al declarar en nombre de los discípulos que Jesús es el Mesías, no garantiza privilegios ni amparo alguno como garantía de poder, tal como pretenderían los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, sino por el contrario, Jesús desmontará la mala interpretación de esta confesión de fe, anunciando a los apóstoles que el Mesías prometido tiene que padecer y ser probado en el dolor. Jesús les anuncia por primera vez su pasión y muerte: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días» (Mc 8,31).

El evangelista dice que Jesús les hablaba de su pasión, muerte y resurrección con claridad, pero Pedro no comprende y trata de disuadir a Jesús, que le reprende y lo aparta de sí como al tentador, llamándole Satanás. Jesús no sólo se dirige a sus discípulos más íntimos, los apóstoles que le acompañan, sino a todos: el sufrimiento pasa por la vida del discípulo como consecuencia del discipulado, del seguimiento del Maestro. En definitiva, de su compromiso con Jesús y con su misión, del mismo modo que Jesús carga con su propia cruz al acoger la palabra del Padre y hacerla suya, para transmitirla a los hombres. Por eso, añade: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga» (Mc 8,34).

No se trata de que Dios Padre se ponga contra su propio Hijo, sino que Jesús, el Hijo de Dios, al llevar al mundo la misión que le confía el Padre ha de hacer suyas también las consecuencias, el sufrimiento que lleva consigo la misión, a causa de la resistencia del mundo a aceptar la palabra de Dios. Jesús cargará sobre sí los pecados de un mundo alejado de Dios, lo que se puede interpretar de este modo: que Jesús carga con los pecados de los que debían ser castigados por sus trasgresiones, los pecadores que rechazan a Dios y quieren vivir como si Dios no existiera; los pecadores que no acogen la palabra de Jesús y echan sobre él el pecado del mundo.

Es una escena impresionante cuando levantando las manos hacia el Crucificado representado en la imagen del Cristo de la Luz, la multitud parece suplicar de él misericordia y compasión, y al tiempo cargar sobre Jesús sus propios pecados. Como sucedía en el ritual de la Alianza antigua, cuando el sumo sacerdote, extendiendo las manos sobre el macho cabrío que se enviaba a vagar en la aridez del desierto, cargaba los pecados del pueblo sobre el animal convertido simbólicamente en la víctima expiatoria y se entregaba al ángel caído Azazel (cf. Lv 16,10). Aunque haya perdido el sacerdocio antiguo tras la destrucción del templo, hoy perdura en el judaísmo esta fiesta del gran día de la Expiación (Yom Kippur), día del arrepentimiento y purificación de los pecados.

Tengamos plena confianza en que Cristo ha muerto por nosotros y ha destruido en sí mismo el pecado de todos. Esto exige tener conciencia clara de que somos pecadores y la cruz de Jesús marca nuestra existencia. Esta bella y ya tradicional advocación del Cristo de la Luz nos ayuda a comprender mejor que Jesús es «la luz que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo» (Jn 1,9), la luz que ilumina la vida del hombre «para que no camine en tinieblas» (Jn 8,12): la luz que desvela el sentido trascendente del dolor del mundo y valor redentor, ayudándonos a soportarlo y superarlo en la fe. Nuestros ojos están hoy y siempre vueltos al Redentor del mundo que pende de la cruz, donde está nuestra salvación. Lo olvidamos con frecuencia y no comprendemos por qué hemos de sufrir, por qué sufre el justo y el inocente, por qué tanto dolor que nubla la felicidad de los hombres. Sólo sabemos que en la cruz de Jesús Dios hace suyo nuestro dolor y nos acompaña, alentando la esperanza de alcanzar plena victoria sobre el sufrimiento y la muerte.

Con esta fe acudimos a Cristo venerando la sagrada imagen del Crucificado en esta advocación tan nuestra del Santísimo Cristo de la Luz. Nuestra devoción confiesa que, en verdad, en Cristo y en su cruz está nuestra salvación, vida y resurrección, porque sólo Cristo nos ha salvado y libertado [MISAL ROMANO: Antífona de entrada de la Misa «in Caena Domini» del Jueves Santo, y de la Misa de la Exaltación de la Santa Cruz].

Que su madre santísima, la Virgen de los Dolores, interceda por nosotros y nos acompañe para que pongamos nuestra esperanza en la cruz de su amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

Iglesia parroquial de Santa María de Ambrox
17 de septiembre de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Tue, 18 Sep 2018 11:42:03 +0000
En la Procesión de Alabanzas ante la imagen de la Virgen del Mar http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45770-en-la-procesión-de-alabanzas-ante-la-imagen-de-la-virgen-del-mar.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45770-en-la-procesión-de-alabanzas-ante-la-imagen-de-la-virgen-del-mar.html En la Procesión de Alabanzas ante la imagen de la Virgen del Mar

Alocución del Obispo de Almería, Mons. Adolfo González Montes, en la Procesión de Alabanzas ante la imagen de la Virgen del Mar, Patrona de Almería

Queridos diocesanos:

Estamos ante la imagen sagrada de la Virgen nuestra Patrona, para suplicar su intercesión ante su Hijo, Mediador único entre Dios y los hombres. Como lo hemos hecho tantas veces, nos postramos a las plantas de la Virgen sabiendo que su presencial espiritual en medio del pueblo de Dios es real, que ella nos acompaña a lo largo de nuestra vida cristiana. María es madre de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y es madre de quienes formamos el cuerpo místico, la Iglesia de Jesús, en la que se congregan hombres débiles y pecadores, pero sostenidos por la gracia de Dios.

Sabemos que María ruega por nosotros para que aceptemos el Evangelio y lo hagamos fructificar en nosotros, cumpliendo los mandamientos y honrando el nombre de Dios, y viviendo con autenticidad el culto cristiano, para que inspire nuestras obras en justicia y en verdad. No podemos ser testigos de Jesús si no somos justos y verdaderos, reconociendo que somos pecadores y que necesitamos el perdón de Dios y el recíproco perdón de los hombres.

Pedimos a la Virgen María que nos ayude a vivir con coherencia nuestra fe, como verdaderos constructores de fraternidad y paz social, que tanto necesitamos. Elevamos a ella nuestra súplica para que nos ayude a superar la tentación de descalificar a quienes no piensan como nosotros, a no actuar con hechos consumados al margen de la ley divina y de la ley natural, y que actuemos en el respeto debido a las legítimas leyes de los hombres. Una sociedad civil que no se atiene a las leyes legítimas, más aún que las ignora y las infringe es una sociedad amenazada por el desorden, la injusticia y la violencia.

Supliquemos a la Virgen que a todos nos ayude a no apartarnos de Cristo, el Príncipe de la Paz, y nos ayude a comprender el Evangelio de la paz. No siembra la paz quien impone sus convicciones sobre las convicciones de los demás; tampoco las convicciones religiosas se asientan en el alma de las personas si se imponen. Pidámosle que en nuestra nación nadie caiga en la tentación de imponer el pensamiento único, para entrar por la senda de la discordia y aventurarse por el peligroso camino que lleva a la eliminación de la libertad. Las heridas del pasado no se curan con la descalificación global del pasado ni se hace mejor la sociedad del presente.

Que la Virgen María, con su maternal solicitud nos ayude a hacer el bien a los demás que nos es posible, con generosa entrega a los más necesitados. Que sepamos discernir siempre el bien del mal, y separar la justicia de la injusticia, belleza de la fealdad de las acciones inmorales y perversas. Quien cumple los mandamientos se aparta de las malas acciones, hace suya la voluntad de Dios, que quiere nuestro bien. María nos precede y nos acompaña en el camino de la vida cristiana, para que sepamos acoger lo que Dios quiere de nosotros y convertirlo en camino de santidad.

Virgen del Mar, Patrona nuestra:

Mira a tus hijos que vienen a ti, para que como madre los acojas y protejas en las dificultades, para que los ampares e ilumines con la luz de tu Hijo en los malos momentos y no dejes que los arrastren las tempestades de la vida.

Madre de la Iglesia, ayuda a cuantos venimos a cobijarnos bajo tu manto y protege a nuestras familias, para que sepan transmitir la fe a los niños. Preserva a los jóvenes del mal, para que no yerren el camino y, mediante el estudio y el trabajo, se preparen para crear ellos una nueva familia, que transmita la vida y la fe para bien de nuestra sociedad y del mundo.

Reina de la paz, ayúdanos a superar todas las heridas y a mantenernos unidos, porque la unión es un bien moral que hace grandes a los pueblos y a las naciones. Con tu suave imperio maternal inspira en nosotros sentimientos de concordia y de paz, para que el Evangelio de Jesús pueda ser proclamado y presentado como la salvación definitiva que Dios ha ofrecido a los hombres.

Virgen Santísima, Estrella del Mar, Patrona nuestra, ruega por nosotros y acoge el saludo del ángel Gabriel que recitamos ante tu sagrada imagen: «Dios te salve, María, llena eres de gracia…».

Plaza Circular de Almería

Domingo 26 de agosto de 2018

Día de la procesión de la Virgen del Mar

                            X Adolfo González Montes

                                   Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Almería Tue, 28 Aug 2018 09:29:09 +0000
En la solemnidad de Nuestra Señora la Virgen del Mar, patrona de Almería http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45766-en-la-solemnidad-de-nuestra-señora-la-virgen-del-mar-patrona-de-almería.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45766-en-la-solemnidad-de-nuestra-señora-la-virgen-del-mar-patrona-de-almería.html En la solemnidad de Nuestra Señora la Virgen del Mar, patrona de Almería

Homilía de Mons. Adolfo González Montes, Obispo de Almería, en la solemnidad de Nuestra Señora la Virgen del Mar

Lecturas bíblicas: Eclo 24,1.3-4.8-12.19-21; Sal Jdt 13,18b-e.19; Gál 4,4-7; Lc 11,27-28

Dichosa eres, santa Virgen María, y digna de toda alabanza:

de ti ha salido el sol de justicia, Cristo nuestro Señor (Lc 11,27)

         Con estas hermosas palabras inspiradas en el evangelio de san Lucas, hemos cantado el Aleluya que nos introduce en el misterio de la excelencia de la Virgen María. En mi carta a los diocesanos he querido poner de relieve cómo la vida del pueblo de Dios transcurre acompasada por la maternal intercesión de la Virgen María, que experimenta los fieles de modo especial en la celebración de los llamados misterios de la Virgen. La solemnidad de la Virgen del Mar ocurre justamente después de la gran fiesta mariana de la Asunción de la Virgen y de la memoria litúrgica de la Virgen Reina. Elevada a los cielos, María es coronada en la gloria, lenguaje simbólico con el cual queremos expresar la fe que, por singular privilegio concedido a María en razón de su divina maternidad, Dios la glorificó en cuerpo y alma, participando así plenamente en el señorío de Cristo Jesús sobre la creación. Es el destino que anhelamos y que esperamos ver realizado en nosotros, como discípulos de Jesús y con la intercesión de la Virgen.

         La Iglesia celebra la realeza de María después de haber celebrado su asunción a los cielos en cuerpo y alma, que es celebrar un único misterio en dos actos simbólicamente expresivos de la glorificación de la Madre del Señor. La Virgen comparte el destino de gloria del Hijo, a quien crucificaron los hombres y Dios lo resucitó de entre los muertos (cf. Hch 2,24; 4,10); y «lo exaltó con su diestra haciéndolo Jefe y Salvador» (Hch 5,31). El año litúrgico termina con la solemnidad de Cristo Rey del universo, de quien el libro del Apocalipsis dice que es «el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra» (Ap 1,5). Por su resurrección Jesucristo ha comenzado a reinar, «porque él debe reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies» (1 Cor 15,25); pues Dios Padre se lo ha sometido todo, para que por el reinado de Cristo «Dios llegue a ser todo en todos» (1 Cor 15,28).

         Dios ha querido asociar al reinado de Cristo a su madre, en razón del misterio de su maternidad divina. Madre del Príncipe de los reyes de la tierra, María es reina con Cristo rey del universo, pues Dios, que todo lo creó por medio de Cristo, por él y para él (cf. Col 1,16), «todo lo puso bajo sus pies y lo constituyó cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todo» (Ef 1,22-23). Cuando en el rezo del santo Rosario contemplamos el quinto misterio glorioso, vemos a María coronada como reina y señora de todo lo creado, porque en ella se ha cumplido en plenitud la redención y ha sido para toda la eternidad asociada a la realeza, al señorío de Cristo, cabeza de la Iglesia En María coronada como reina junto al Rey vemos a la Iglesia, Esposa de Cristo coronada, vemos el destino de gloria de cada uno de los redimidos y salvados.

Esta imagen de María ante nosotros es estímulo que alienta nuestra fe en la vida eterna, de la cual el mundo actual poco sabe, no anhela el hombre de hoy alcanzar la meta de nuestra esperanza, que la sagrada Escritura describe mediante símbolos que nos permiten contemplar en el destino de María nuestro propio destino como partícipes de la vida y la felicidad de Dios. Se ha debilitado tanto la fe en la vida eterna en los cristianos que se ha hecho corriente hablar indeterminadamente de un «allí donde estés» para hablar de los seres queridos ya difuntos. En realidad, el problema no es que no se sepa dónde están, sino que no se cree que estén en algún lugar y nos consolamos con el imaginario laico de una fe falsificada que se expresa en un lenguaje sin sentido.

         Todos los misterios de María responden a su lugar en la historia de nuestra salvación, y la contemplamos unida a la glorificación de Cristo, porque fue elegida por Dios para ser ella misma la morada de Cristo, palabra y sabiduría de Dios que por la encarnación vino a morar entre los hombres, para llevarnos a la morada de plenitud de su reino. Dios predestinó a María a morar en la heredad de la ciudad escogida, porque en el símbolo de la ciudad santa de Jerusalén se prefigura la ciudad del cielo: la humanidad redimida por la sangre de Cristo y glorificada en el cielo. Meta que sólo podemos alcanzar por la gracia de Dios, pues hemos sido hechos hijos adoptivos de Dios por medio de Jesucristo, «para alabanza de la gloria de su gracia con la cual fuimos agraciados en el Amado» (Ef 1,6).

         La Virgen del Mar es la estrella que brilla iluminando nuestra vida con el resplandor de la gloria de Cristo resucitado. Su luz es como un faro que guía al puerto donde refugiarse en la tempestad y donde hallar seguridad. Su luz alumbra una vida de obediencia a la palabra de Dios y cumplimiento de los mandamientos, constante aceptación del designio de Dios para ella, que la convierte en ejemplo de acogida y cumplimiento de la palabra de Dios.

Es dichosa la Virgen por haber llevado en su vientre al Salvador del mundo, pero Dios lo quiso así, porque María oyó la palabra divina y la hizo fructificar en su vida. No lo hizo con fuerza humana, sino por la gracia que la escogió y la dispuso para recibir en su seno al Hijo de Dios «llegada la plenitud de los tiempos», para que fuera «nacido de mujer» (cf. Gál 4,4), y así llegara a ser hombre entre los hombres. A veces creemos que podremos guardar los mandamientos, nos vemos inclinados al pecado e incapaces de guardar los mandamientos, pero lo que es imposible para el hombre, no lo es para Dios. Cuando habló Jesús de las riquezas como impedimento para entrar en el reino de Dios, le preguntaron sus discípulos sobre quién podría salvarse en tal condición y Jesús mirándolos fijamente, dice: «Para los hombres imposible, pero no para Dios; porque todo es posible para Dios» (Mc 10,27). Jesús pone de relieve que la salvación es gracia de Dios, pero el camino a seguir es claro: no podemos apegarnos a las riquezas. Lo mismo sucedió cuando le preguntaron por el divorcio, y Jesús contestó con claridad que el divorcio no entra en el plan de Dios, y el matrimonio cristiano sólo se puede vivir como experiencia de gracia (cf. Mc 10,10-12).

María preguntó al ángel sobre cómo podría ser que diera a luz al Hijo de Dios, si ella no conocía varón. La respuesta fue la misma: «porque nada hay imposible para Dios» (Lc 1,37), a lo que María respondió con fe: «Hágase en mí según tu palabra» (v. 38). Todo es gracia de Dios y este agraciamiento nos ha venido por Jesucristo en abundancia tal que podemos decir con el evangelista que «de su plenitud [de Cristo] hemos recibido todos, y gracia por gracia» (Jn 1,16).

En una cultura como la nuestra, fácil y líquida, no es posible mantener la tensión propia de la vida cristiana sin confiar en la gracia de Dios y, al mismo tiempo, esforzarse para poner por obra la fe que profesamos. Hacemos lo que apetece, no hacemos nada que pueda desagradarnos, nos exija alguna disciplina de la voluntad y somos víctimas de la pereza y de la indolencia de una vida cómoda. Nos parece que ya ha pasado el tiempo del sacrificio y del cumplimiento esforzado de los mandamientos divinos. El relativismo es el resultado de una vida sin esfuerzo por buscar la verdad y abrazarla, vivir en la verdad y dar testimonio de la verdad, siguiendo las huellas de Cristo, que nació de la Virgen «para ser testigo de la verdad» (Jn 18,37)

Hemos dejado de creer en el cielo y en la vida eterna, y sin fe acomodamos nuestras aspiraciones a las cosas de la tierra sin el horizonte de la vida eterna. Sin fe, la vida de la tierra pierde su sentido más profundo, porque la vida terrena es camino para alcanzar la eterna y llegar a la gloria de Cristo y de Nuestra Señora.

Por eso, cuando nos sea difícil no ceder a cualquier clase de tentación que nos arrastra a vivir sin fe en la vida eterna, cuando la tentación quiera alejarnos del ideal de la vida cristiana, digamos con san Bernardo: «Mira a la estrella, invoca a María (…) Que nunca se cierre tu boca al nombre de María, que no se ausente de tu corazón, que no olvides el ejemplo de su vida; así podrás contar con el sufragio de su intercesión» (San Bernardo, Sermones «In laudibus Virginis Matris». Homilía II, 4.17: ed. biling. BAC II, Madrid 1994, 639).

Iglesia conventual de Santo Domingo el Real

Santuario de la Virgen del Mar

Sábado 25 de agosto de 2018

                            X Adolfo González Montes

                                     Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Almería Mon, 27 Aug 2018 09:12:42 +0000
Llevada al cielo, María sigue cuidando a sus hijos http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45761-llevada-al-cielo-maría-sigue-cuidando-a-sus-hijos.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45761-llevada-al-cielo-maría-sigue-cuidando-a-sus-hijos.html Llevada al cielo, María sigue cuidando a sus hijos

Carta de Mons. Adolfo González Montes, Obispo de Almería, con motivo de la celebración de la Patrona


CARTA A LOS DIOCESANOS CON MOTIVO DE LA CELEBRACIÓN DE LA PATRONA: “LLEVADA AL CIELO, MARÍA SIGUE CUIDANDO A SUS HIJOS”

Queridos diocesanos

La fiesta mayor de la Patrona congrega un año más a los fieles en torno a su maternal regazo, para estar con nosotros y llevarnos a Cristo. María escucha siempre nuestros ruegos y nos alienta en las dificultades, animándonos a vivir como hijos suyos, que es lo mismo que decir como hijos de Dios. Conviene, por esto mismo, que tengamos en cuenta que la imagen de la Virgen nos acompaña a lo largo de todo el año, al ritmo del tiempo que su imagen santa nos trae, de unos meses a otros, el recuerdo de María como testimonio consumado de su fe.
Sostenidos por la fe de María, nuestra fe crece para vivir como testigos del Evangelio, en un tiempo de inclemencia espiritual, pero también de reto apasionado por el desafío que supone una sociedad que, aunque ha perdido en gran medida la concepción cristiana de la vida, sigue mirando a María como modelo de fe. La ve muy cerca de Dios y confía en su intercesión, por ser madre de Cristo, el Hijo de Dios y nuestro Salvador.
Al acudir a la Virgen y buscar su amparo no debemos ignorar que las fiestas de María nos ayudan precisamente porque en ellas celebramos alguno de los llamados «misterios de la vida de la Virgen»; es decir, aquellos acontecimientos vividos por María como designio de Dios para ella en favor nuestro. Misterios de salvación que nos ayudan a comprender mejor y vivir cómo Dios ha salido a nuestro encuentro en Jesús; y ha querido que este encuentro amoroso de Dios, con el que nos ha agraciado en Cristo Jesús, se haya producido con la colaboración singular de la Virgen María. Por esto hemos de conocer bien el significado de las fiestas de María, porque casi todas las fiestas patronales que celebramos en nuestro país en honor de la Virgen tienen que ver con las principales fiestas marianas.
La fiesta de la Virgen del Mar sigue a la fiesta de la “Virgen de agosto”, una de las más importantes fiestas de la Virgen: la solemnidad de la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos. Está a un tiro de piedra de la próxima fiesta mariana del 8 de septiembre, día en que se celebra la Natividad de la Virgen. Otras fiestas marianas del calendario universal van jalonando el ritmo del año litúrgico. En efecto, el año litúrgico se abre con el Adviento, que nos prepara a la Navidad con la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, una fiesta que nos coloca ante el misterio de la Virgen Madre: María permaneciendo virgen concebirá y dará a luz al Hijo de Dios hecho carne en su seno. La contemplaremos después de la Natividad del Señor como verdadera Madre de Dios, en la solemnidad del primer día del nuevo año; y desde el primer día de enero María nos lleva de la mano todo el año, con la celebración de sus misterios, hasta llegar de nuevo a diciembre, para comenzar un nuevo año litúrgico.
Se puede decir que la imagen de Santa María nos acompaña siempre, porque ella, glorificada junto a Cristo en el cielo, no deja de estar con nosotros espiritualmente en la tierra. María no sólo escucha amorosamente nuestros ruegos y súplicas, pone en juego su ascendencia ante su Hijo con maternal intercesión ante él, para que no vivamos alejados de Jesús, el único que puede llevarnos a Dios. Hemos sido creados por Dios Padre por amor, y por amor nos ha redimido y nos salva en Jesús, mediador único entre Dios y los hombres.
María sigue ayudándonos a que así sea. Por eso, el bienaventurado Papa Pablo VI la proclamó el 21 de noviembre de 1964, durante la celebración del Vaticano II, verdadera Madre de la Iglesia. Ahora el Papa Francisco ha establecido la memoria litúrgica de «María, Madre de la Iglesia», para que sea celebrada cada año el lunes después de Pentecostés. El fundamento de esta nueva memoria de la Virgen está dado ya en la tradición de fe, y el decreto con el que se establece esta fiesta lo recuerda con argumentos de dos grandes padres de la Iglesia. Apoyándose en san Agustín dice el decreto que «María es madre de los miembros de Cristo, porque ha cooperado con su caridad a la regeneración de los fieles en la Iglesia»; y con san León Magno añade que, «al decir que el nacimiento de la Cabeza es también nacimiento del Cuerpo, indica que María es, al mismo tiempo, madre de Cristo, Hijo de Dios, y madre de los miembros de su cuerpo místico, es decir, de la Iglesia».
En nuestra tradición mariana, las dos fiestas, la de la Asunción y la Natividad de María, concentran las festividades de muchas de las patronas en nuestro país, con las cuales el pueblo cristiano honra a la Madre de Dios, que la venera con especial amor. El pueblo cristiano honra a María, uniéndose al cántico de alabanza y acción de gracias con el que María bendijo al Señor. En ella Dios hizo cosas grandes, elegida para ser la madre de Jesús, quiso el Hijo de Dios entregar a María desde la cruz a la Iglesia, representada en el discípulo amado, para que María fuera madre espiritual de todos cuantos siguen el camino a su Hijo como discípulos suyos.
Con mi afecto y bendición.

Almería, 25 de agosto de 2018
Solemnidad de la Virgen del Mar

 Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Almería Fri, 24 Aug 2018 14:02:59 +0000
Una casa para Dios y para la comunidad cristiana http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45710-una-casa-para-dios-y-para-la-comunidad-cristiana.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45710-una-casa-para-dios-y-para-la-comunidad-cristiana.html Una casa para Dios y para la comunidad cristiana

Carta pastoral del obispo de Almería, Mons. Adolfo González Montes, con motivo de la Jornada Pro templos parroquiales

Queridos diocesanos y amigos que estos días veraniegos pasáis un tiempo de descanso con nosotros en esta costa mediterránea:
1. «He aquí la morada de Dios con los hombres». Cuando alguien trata de definir una iglesia la definición más socorrida y pronta para ser citada como tal es esta: «la iglesia es la casa de Dios». La explicación es asimismo fácil de obtener: Dios está en todas partes, es omnipresente, pero en la iglesia tiene una presencia singular, porque en ella el cristiano se encuentra con Dios. ¿Cómo se produce este encuentro? Dios sale al encuentro del hombre en su Palabra, proclamada en la celebración dominical de la Misa. Dios se hace particularmente presente en la persona divina de su Hijo, hecho hombre por nosotros y que nos ha prometido estar siempre con sus discípulos hasta el final de los tiempos. En verdad, Jesús es la Palabra de Dios hecha carne de nuestra carne y, porque es al tiempo que hombre verdadero Hijo de Dios, una vez resucitado de entre los muertos ha querido prolongar su presencia de un modo especial en el sacramento de la Eucaristía.
La Misa es sacramento de la presencia de Cristo en los dones consagrados: el pan y el vino que vienen a ser Cuerpo y Sangre del Resucitado, que se hace presente con su sacrificio redentor en cada celebración de la Misa. Justamente, para dar cabida a la celebración de la Misa, la comunidad cristiana necesita el templo, una casa donde Dios deje sentir su singular presencia saliendo al encuentro de cuantos anhelan su presencia. Dicho de otra manera: la iglesia, construcción de piedra y otros materiales, se hace necesaria para que todo en ella evoque la presencia de Cristo resucitado y glorioso, que viene y nos convoca, que llama a sus discípulos y les dice: «He aquí la morada de Dios entre los hombres y ellos serán su pueblo y Él, Dios-con- ellos, será su Dios» (Ap 21,3).
Son las palabras que resuenan mientras desciende del cielo la nueva Jerusalén, contemplada por el vidente del libro del Apocalipsis. Cuando la comunidad cristiana es congregada por la palabra de Dios, en ella Dios ofrece al mundo el anticipo de la Jerusalén celestial, de la morada eterna de Dios con los hombres, porque todo en la iglesia es signo y sacramento de la entrega que Dios hace de su Hijo para la salvación del mundo. Jesús, Camino por el que se va al Padre (Jn 14,6); y Puerta por la que se entra en la morada de Dios (Jn 10,9), nos invita a transitar por él y llegar así al Padre.

2. Significado sacramental de una iglesia. La iglesia de una sola nave acoge en ella a la asamblea reunida para la celebración de la Misa, y aun cuando tiene hasta tres naves, a las que se añaden las capillas que se abren en los muros laterales, la asamblea ocupa la nave central, que desemboca donde todo converge: el presbiterio, que recibe su nombre por ser el lugar destinado a los ministros ordenados: los presbíteros que presiden la Eucaristía. El presbiterio es la capilla mayor del templo y a él se accede en las iglesias históricas, por lo general, por el llamado arco toral, que evoca el arco de triunfo de la antigüedad clásica. Por este arco se accede a la meseta del presbiterio, donde acontece la “puesta en escena” de la victoria de Cristo sobre la muerte. Jesús, una vez glorificado por Dios Padre se hace presente en el sacrificio eucarístico de la Misa con su muerte y resurrección.
En la meseta del presbiterio, ligeramente elevada sobre la nave central, tiene lugar la celebración sacramental por excelencia de la fe, que es la cena del Señor o Eucaristía. Por eso, sobre el presbiterio todo se halla dispuesto para la celebración de la Misa, centro y culmen de la vida cristiana. El punto en el que convergen las naves abiertas a la capilla mayor por el crucero de un templo cristiano, el presbiterio acoge el altar, la pieza fundamental de una iglesia. Construido de piedra y materiales nobles, el altar representa la piedra angular del edificio espiritual que Dios construye con las piedras vivas que son los bautizados, para componer el cuerpo de Cristo, del cual el mismo Jesús es la cabeza.
Así, entrando por el bautismo en esta construcción espiritual, los cristianos pasan a formar parte de la asamblea que tiene su lugar propio en el templo. Entre todos los templos de la Iglesia diocesana, la iglesia Catedral se convierte por su significado y su función en el corazón del pueblo convocado por Dios, congregación de todos los fieles cristianos. Una multitud que se dilata y dispersa sin quebrar su unidad en comunidades repartidas por la geografía diocesana, que se reúnen en la iglesia de cada una de las parroquias. La comunidad cristiana se reúne en la iglesia para escuchar el Evangelio y para celebrar la fe que profesa; y es así como la casa de Dios se convierte en «casa para la congregación en asamblea de los fieles cristianos».
Cualquiera puede entender cuál es el fin principal de una iglesia y cómo todo ella evoca la realidad de aquello que se celebra: el misterio pascual de Cristo, el memorial de nuestra redención, que nos salva y se extiende a toda la Iglesia diocesana por el ministerio de los sacerdotes, de domingo a domingo, en la celebración cotidiana de la Eucaristía durante toda la semana.

3. Celebrar en la iglesia y vivir la fe. Con la Misa, la iglesia acoge todo el culto litúrgico cristiano: la predicación, cuya expresión litúrgica más propia es la homilía dentro de la Misa o en la celebración de los sacramentos y sacramentales: los sacramentos de la iniciación cristiana (bautismo, Confirmación y Eucaristía), los sacramentos de estado o consagración especial (Matrimonio y Orden), y los sacramentos de sanación (Penitencia y Unción de los enfermos). Cuando es posible, todos se administran de modo propio en el marco y desarrollo de la celebración de la Misa. En la iglesia tiene lugar la celebración de la liturgia de las Horas, el canto de los salmos y la oración de alabanza, súplica de perdón e intercesión, sobre todo en las iglesias monacales y conventuales, y en los coros de las catedrales.
También algunas de las devociones consagradas por la tradición tienen lugar en la iglesia, como sucede con algunas de las más practicadas: predicaciones de tiempos litúrgicos fuertes (Adviento, Cuaresma), la predicación de los Ejercicios espirituales, la práctica de los novenarios que preceden a las fiestas patronales; y aquellos actos de piedad consagrados por la devoción popular, como el santo Viacrucis y, la más común de las prácticas devocionales como es el santo Rosario.
Ciertamente la predicación y los sacramentos, y prácticas devocionales pueden celebrarse fuera de la iglesia, pero la iglesia, sobre todo la iglesia parroquial, es lugar propio donde la asamblea cristiana tiene su casa, que siendo casa de Dios se hace casa de los hombres, para que adelanten en la tierra la morada que esperan alcanzar en el cielo.
La fábrica de la iglesia nueva da cabida a los feligreses que, por su testimonio de pueblo de Dios en marcha, y por su permanente capacidad de convocatoria, hace visible que Dios tiene casa entre los hombres y esta casa de Dios anticipa la morada celestial que se adelanta ya en la comunidad parroquial convocada por el Evangelio.
¿Cómo no pediros vuestra ayuda para que la casa de Dios y de los hombres, levantada sobre la piedra angular que es Cristo, acoja a los que Dios llama para formar parte de la gran familia de hijos de Dios? De vuestra generosidad depende las comunidades cristianas dispongan de una iglesia y un complejo parroquiales como los que hoy necesitamos, donde celebrar y enseñar la fe, acoger y orientar la vida de los hombres.
Con mi afecto y bendición.

Almería, a 19 de agosto de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Almería Thu, 16 Aug 2018 10:59:18 +0000