Almería Oficina de Información de los Obispos del Sur de España http://odisur.es Sat, 20 Jan 2018 07:14:37 +0000 Joomla! 1.5 - Open Source Content Management es-es Día de la Romería de la Virgen del Mar http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/42343-día-de-la-romería-de-la-virgen-del-mar.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/42343-día-de-la-romería-de-la-virgen-del-mar.html Día de la Romería de la Virgen del Mar

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Lecturas bíblicas: 1 Sam 3,3b-10.19; Sal 39,2.4.7-10; 1 Cor 6,13c-15ª.17-20; Jn 1,35-42

Queridos hermanos y hermanas:

Después de haber celebrado el bautismo de Cristo el pasado domingo, hemos comenzado el tiempo ordinario del año. Estamos ya en la segunda semana de este tiempo, que interrumpiremos dentro de pocos domingos por la llegada de la Cuaresma, para volver a retomarlo, una vez celebradas las solemnidades de Pascua y Pentecostés.

En este tiempo ordinario del año recorremos con Jesús el itinerario de su vida pública, dispuestos a escuchar su palabra y contemplar sus hechos. El evangelio de hoy nos presenta una escena que, en esta romería de nuestra Patrona, puede ayudarnos mucho a fortalecer nuestra vida cristiana, conscientes de que no queda sin dar su fruto el testimonio del Evangelio que seamos capaces de dar a los demás, incluso sin que nosotros llevemos cuenta de ello.

El evangelio de san Juan da cuenta del interés en seguir a Jesús de Juan y Andrés, sus primeros discípulos, impulsados por el testimonio que el Bautista había dado de Jesús y ellos dos habían escuchado. Juan Bautista había hablado de Jesús, después de su bautismo en el Jordán, refiriéndose a él como el “Cordero de Dios”. Era una confesión de fe en Jesús, en la identidad real de su persona divina de Hijo de Dios, oculta bajo su figura humana y a la vez visible en ella, a la que sólo se podía llegar por la fe.

Para entender por qué el Bautista habla de Jesús como Cordero de Dios, es necesario tener presente que el cordero pascual era sacrificado como alimento de la cena de Pascua la gran celebración hebrea, memorial de la liberación de la esclavitud de Egipto. El cordero pascual anunciaba la liberación plena del pecado, no ya la liberación de poderes humanos como el de Egipto que sometió a los israelitas, sino la plena liberación del poder y dominio del demonio y del pecado en el mundo.

El pecado es desconocer a Dios, no reconocerle como Creador y Señor, no guardar sus mandamientos ni cumplir su voluntad, que siempre es de amistad y amor hacia sus criaturas. Dios es el Dios del que tuvo experiencia Moisés en el monte Sinaí, al recibir las tablas de la ley, cuando Dios se dignó pasar delante de él exclamando: «un Dios de misericordia y clemente, tardo a la cólera y rico en piedad y fidelidad» (Éx 34,6). Por eso, habiéndose hecho Dios visible mediante la encarnación de su Hijo, rechazar al elegido de Dios es el mayor pecado. Jesús reprochará a sus adversarios en diversos pasajes del evangelio de san Juan que no crean en él. En una ocasión Jesús les ha dicho que él es la luz del mundo, pero no aceptan sus palabras, y Jesús les dice: «Yo me voy y vosotros me buscaréis, y moriréis en vuestro pecado» (Jn 8,21). Por eso añade: «No me conocéis a mí ni a mi Padre; si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre» (Jn 8,19). La noche de la cena les dice a sus discípulos, lamentando que haya sido rechazado: «Si yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa de su pecado. El que me odia, odia también a mi Padre» (Jn 15,22-23).

El pecado consiste en desconocer a Dios, porque Dios se manifiesta por sus obras en la creación del mundo universo, y ha dejado una huella indeleble en la conciencia del hombre que le capacita para distinguir entre el bien y el mal. La influencia de la atmósfera de pecado en la que se desenvuelve la vida del hombre puede disminuir la culpa de quien se aleja de Dios, pero si ha conocido a Jesús ya no tiene excusas, porque Jesús es la revelación de Dios, que se da a conocer en su persona; y esta revelación de Dios en Jesús llega a su punto culminante en la entrega de Jesús a la muerte por el mundo. Jesús, como dijo de él Juan Bautista es, en verdad, «el cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Jesús nos da a conocer en su sacrificio por nosotros la misericordia y el amor que Dios nos tiene; porque como dice el evangelio: «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

Este fue el testimonio de Juan el Bautista: que Jesús era el cordero de Dios que quita el pecado del mundo, que ha venido a darnos a conocer el amor de Dios, a revelarnos el misterio de Dios para que el mundo se salve. Este es el testimonio que el Bautista dio sobre Jesús, viéndole pasar delante de él. Lo oyeron dos de sus propios discípulos, pues Juan y Andrés era discípulos del Bautista, se sintieron a traídos por Jesús y lo siguieron. Jesús, viendo que le seguían, se volvió a ellos y les dijo: «¿Qué buscáis? Ellos le contestaron: Rabí (que significa maestro); ¿dónde vives? Entonces fueron, vieron donde vivía y se quedaron con él aquel día» (Jn 1,38-39).

A partir de aquel momento los dos discípulos del Bautista se quedaron con Jesús y se hicieron discípulos suyos. Fue el comienzo de un seguimiento y de una amistad, resultado de su respuesta a la llamada del maestro, que les llevó a ser elegidos del grupo de sus apóstoles por Jesús. Desde aquel mismo momento en que conocieron a Jesús, se convirtieron en mensajeros suyos, llevando la noticia a sus hermanos y amigos. Andrés era hermano de Pedro, y corre a decirle: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41), que es tanto como decir: hemos encontrado al Ungido por Dios con el Espíritu Santo. Andrés llevó a su hermano Simón hasta Jesús, que le cambió el nombre y le llamó Pedro, que quiere decir “Piedra”, porque sobre él había de edificar la Iglesia.

Después el evangelista cuenta que Jesús encontró a Felipe, que era de la misma ciudad que Andrés y Pedro, de Betsaida, y le dijo: «Sígueme» (Jn 1,43). Jesús reúne en torno así a los primeros discípulos, para comenzar su misión de enviado del Padre y redentor del mundo; misión que el Bautista había profetizado, al decir de él que era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el cordero inmolado para la vida del mundo.

Ser discípulo de Jesús requiere seguirle, pero no es posible seguirle sin haber oído su voz, porque a Pilato, que le juzga, Jesús le dice que ha venido al mundo para dar testimonio de la verdad; y añade: «Todo el que es de la verdad, escucha mi voz» (Jn 18,37). Escuchar la voz de la verdad, escuchar a aquel que es la palabra encarnada de Dios, el Verbo de Dios hecho carne, es el comienzo del seguimiento y del camino del discípulo. Por eso, el sacerdote Elí aconseja a Samuel que, cuando oiga la llamada de Dios, diga: «Habla, Señor, que tu siervo te escucha» (1 Sam 3,10). Del mismo modo que Samuel, por elección del Señor, se convirtió en profeta mensajero de Dios, así Jesús, que es más que un profeta, es el Hijo enviado por el Padre a quien hay que escuchar, como quedó acreditado por Dios en el bautismo de Jesús en el Jordán, cuando se oyó la voz del Padre: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Mc 1,11).

El pecado del mundo es no escuchar la voz de Dios, que ha enviado su Hijo al mundo, pero para que sea oído el evangelio de Jesús es preciso acoger su palabra y dar testimonio de Jesús como la Palabra de Dios hecha carne. El testimonio de Juan orientó a sus discípulos hacia Jesús, y nuestro testimonio tiene que orientar a los demás hacia Jesús; sólo así seremos discípulos suyos y conseguiremos que otros también lo sean.

No estamos solos en esta misión que se nos confía, nos acompaña María, que es la madre de Jesús y al mismo tiempo la discípula predilecta del Señor, que acogió la palabra de Dios, que en ella se hizo carne y palabra humana. Dice el Vaticano II que «María, hija de Adán, dando su consentimiento a la palabra de Dios, se convirtió en Madre de Jesús. Abrazando la voluntad salvadora de Dios con todo el corazón y sin ningún obstáculo de pecado alguno, se entregó totalmente a sí misma, como esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo. Con Él y en dependencia de Él, se puso por la gracia de Dios todopoderoso, al servicio del misterio de la redención» (Constitución dogmática Lumen gentium, n. 56).

Al tiempo que Madre del Hijo de Dios, María es su discípula, y como tal figura de la Iglesia, maestra de los discípulos de Jesús. El Papa Juan Pablo II nos invitaba a acudir a la escuela de María. Ella está con nosotros en medio de la Iglesia, y la anima y alienta sosteniendo su esperanza con su constante intercesión ante su Hijo Jesús. María es así el modelo que hemos de proponer a los jóvenes, al tiempo que la madre espiritual que les acoge y que pueden invocar en su ayuda. En este tiempo en que vivimos de una cultura hedonista, que gira en torno al tener y al placer, la limpieza de todo pecado de la Virgen María ha de ayudar a los jóvenes y a todos a mantener un criterio ejemplar de vida, tanto para vivir el amor del matrimonio como para mantener un ideal de vida liberada de la esclavitud de la promiscuidad y de la prostitución a que se ven sometidos tantos seres humanos, pero particularmente mujeres y jóvenes.

En este día en que la Iglesia celebra la Jornada Mundial del emigrante y del refugiado, hemos de tener presente la esclavitud a que son sometidas tantas mujeres y jóvenes en la red de la prostitución, un negocio inhumano en el que se ven atrapadas las personas víctimas de agentes inhumanos de la explotación del cuerpo.

El Papa Francisco nos hace una llamada a «acoger, promover e integrar a emigrantes y refugiados», siguiendo el modelo de conducta que Dios propone a su pueblo elegido: «El emigrante que reside entre vosotros será para vosotros como nativo (indígena): lo amarás como a ti mismos, porque emigrantes fuisteis vosotros en Egipto. Yo soy el Señor vuestro Dios» (Lv 19,34). Después de escuchar como Jesús ha venido a erradicar el pecado, que ha vencido con su victoria en la cruz y por su resurrección, tengamos presente que cuidar de los emigrantes implica combatir las mafias que trafican con personas. Hemos de acoger y promover a los que necesitan de nosotros, integrarlos en nuestra sociedad y erradicar el comercio con los débiles, porque, como dice san Pablo, todos hemos sido «comprados a un alto precio» (cf. 1 Cor 6,20); y hemos de combatir y denunciar la explotación; y hemos de combatir y denunciar la explotación de los migrantes, a los cuales afecta esta lacra que generan cuantos trafican con personas.

Sin dejar de ser realistas y conscientes de que también la emigración ha de ser regulada por las autoridades con legítimo derecho, conforme a las posibilidades de cada país, en este empeño por la dignidad de la vida y el amor a los más necesitados no estamos solos. Viene con nosotros la inmaculada Virgen María, que con su esposo san José, para salvar a Jesús, no dudaron en emigrar y buscar refugio en Egipto. Pidamos la ayuda de la Virgen en la difícil empresa de ayudar a los que lo necesitan, combatir a los malvados y proteger en particular a mujeres y jóvenes emigrantes en riesgo. Que nuestra Patrona, la Santísima Virgen del Mar nos ayude y sostenga.

Ermita de la Virgen en la Playa de Torregarcía
14 de enero de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Mon, 15 Jan 2018 12:09:26 +0000
Homilía en la Epifanía del Señor http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/42240-homilía-en-la-epifanía-del-señor.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/42240-homilía-en-la-epifanía-del-señor.html Homilía en la Epifanía del Señor

Homilía del obispo de ALmería, Mons. Adolfo González

Lecturas bíblicas: Is 60,1-6; Sal 71,2.7-8.10-13;Ef 3,2-3a.5-6; Mt 2,1-12

Queridos hermanos y hermanas:

La fiesta de la Epifanía del Señor nos coloca de nuevo ante el misterio de la encarnación del Verbo, del Hijo de Dios manifestado en nuestra condición humana. Jesús, el Hijo de Dios, engendrado en el seno del Padre antes de los siglos, ha aparecido como luz del mundo que disipa las tinieblas del pecado y abre la obscuridad de la noche al día gozoso de la salvación. Es el misterio de la Navidad, prometido por los profetas y simbólicamente adelantado en la restauración de Israel, del pueblo elegido; en la liberación y reconstrucción de la ciudad santa de Jerusalén, cautiva por sus pecados y ahora contemplada por el profeta en ciudad libre y santa.

Pocos textos tan bellos como el fragmento del profeta Isaías que acabamos de escuchar: «¡Levántate y brilla, Jerusalén que llega tu luz; / la gloria del Señor amanece sobre ti! / Mira: las tinieblas cubren la tierra, / la oscuridad los pueblos, /pero sobre ti amanecerá el Señor, / su gloria aparecerá sobre ti; y caminarán los pueblos a tu luz; / los reyes al resplandor de tu aurora» (Is 60,1-3).

La Epifanía es la fiesta de la manifestación luminosa del Señor, que se remonta al siglo IV y es un poco anterior a la fiesta de la Natividad del Señor el 25 de diciembre. Sabemos por los santos Padres que la Epifanía se celebraba en Egipto en este día 6 de enero como fiesta del Nacimiento del Señor (San Epifanio de Salamina). Es en el mismo siglo IV cuando se extiende la celebración de la fiesta de Epifanía de Oriente a Occidente, y en esa misma época se asienta la fiesta de la Natividad del Señor del 25 de diciembre. Por esto mismo, la fiesta de la Epifanía adquiere en Occidente un significado propio: Jesús, nacido en Belén, se manifiesta a los pueblos paganos como Salvador, siendo adorado por los Magos, los sabios que llegan de Oriente a adorar al recién nacido, que es contemplado como Rey mesiánico, el gran Rey que era esperado en el Oriente antiguo y había de instaurar el reinado divino en el mundo universo conocido.

El evangelio habla de unos «Magos de Oriente», que sin duda se transforman en «reyes» al ampliarse y adornarse la tradición evangélica de la infancia de Jesús con la lectura de Isaías que hoy hemos escuchado. Es una lectura en la que observamos el alcance universal de la salvación de los tiempos mesiánicos, cuando llegue el gran rey salvador y “los pueblos caminen a la luz de Jerusalén y los reyes al resplandor de su aurora”.

Es cierto que, cuando la samaritana le pregunta dónde se debe tributar culto a Dios, aunque Jesús responde que Dios es espíritu, y en consecuencia el Padre debe ser adorado «en espíritu y en verdad» (Jn 4,23), le recuerda al mismo tiempo que «la salvación viene de los judíos» (Jn 4,22). El carácter universal de la salvación se afirma como resultado del don que Dios ha hecho a Jerusalén como madre de los pueblos, por eso ante el rey Mesías que viene «se postrarán los reyes, le servirán todas las naciones» (Sal 72,11). Con toda razón declama el salmista: «¡Qué pregón tan glorioso para ti, / ciudad de Dios! (…) / Se dirá de Sión: “Uno por uno / todos han nacido en ella”; / el Altísimo en persona la ha fundado (…) / y los príncipes, lo mismo que los hijos, / todos ponen su mirada en ti» (Sal 86,1.5-7).

Dios eligió a su pueblo Israel y de él ha nacido en Mesías y Salvador. En la carta a los Romanos san Pablo dirá, defendiendo a su pueblo: «Son israelitas; de ellos es la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas, y los patriarcas; de ellos también procede Cristo según la carne, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén» (Rom 9,4-5). De los judíos, pues, procede Jesús, que vino a traer un mensaje de salvación anunciado a los judíos con destino universal, cumpliendo así las promesas hechas por los profetas.

Este mensaje que vino Jesús a traer es el anuncio de la manifestación de Dios en él para que todos lleguen a la salvación. Dice Pablo escribiendo a Timoteo que es grande el misterio de la piedad de Dios ahora revelado, cuyo contenido es la revelación universal de Cristo: «Él ha sido manifestado en la carne, / justificado en el Espíritu, / aparecido a los ángeles, proclamado a los gentiles, / creído en el mundo, / levantado a la gloria» (1 Tim 3,16).

Jesús es adorado por los Magos de Oriente, que eran expertos en el mundo antiguo en la observación de los astros, que conforme a las creencias de la época vinculaban el destino de las personas al curso de las estrellas, a su nacimiento y brillo. Estos sabios han visto la estrella del gran rey y acuden a rendirle homenaje y hacerle regalo de sus tesoros y dones, el que evangelista concreta en oro, incienso y mirra.

No sabemos si esta estrella fue un fenómeno natural como pudo ser la conjunción astral de los planetas Júpiter y Saturno que ocurrió en tiempos del nacimiento de Jesús; o si, más bien, se trató de una luz milagrosa, porque no podemos concretar los datos históricos. Sabemos que este relato está redactado para poner de manifiesto que Jesús es el rey Mesías a lo divino, no al modo humano como era concebido y esperado por los judíos. Sabemos y así lo creemos que el Mesías Jesús se cumplen las promesas hechas al pueblo elegido, tal como el oráculo del profeta dice: «Lo veo, pero no ahora, / lo diviso, pero no de cerca; de Jacob avanza una estrella, / un cetro surge de Israel» (Núm 24,17).

La estrella prometida avanza en Jesús para iluminar el mundo y atraer a los pueblos y las naciones a la luz del Señor, al resplandor de su aurora. San Pablo, que se comprende a sí mismo como evangelizador de los pueblos gentiles, de los paganos, dirá acerca de su ministerio, como hemos escuchado en la carta a los Efesios, que Dios le ha dado a conocer un misterio escondido durante los siglos y «que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio» (Ef 3,6).

Por esto mismo la fiesta de la Epifanía es una fiesta de proyección misionera. No importa que los enemigos de la fe, como Herodes, que los representa a todos, se opongan al reinado del Hijo del Altísimo, porque Jesús es el Salvador del mundo, pero es, por eso mismo, “piedra de tropezar”; porque Jesús, como le dijo Simeón a María cuando lo encontró en el templo: «Éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones» (Lc 2,34). No podemos renunciar a anunciar sin temor que Jesús es el Redentor y el Salvador de los hombres, aunque algunos se escandalicen o se muestren desconfiados e indiferentes ante el anuncio de que el Hijo de Dios se hizo hombre, adquiriendo nuestra humana condición.

No podemos renunciar a educar a la infancia y la juventud en la fe de la Iglesia, para que generación tras generación Jesús sea conocido y amado, porque sólo por medio de él llegaremos al conocimiento de Dios y a la vida eterna. Frente a una sociedad que ahoga la vida de los niños en el vientre materno, como Herodes acabó con la vida de los inocentes, hemos de ser testigos de la vida; y frente a cuantos apartan a los niños del conocimiento de Cristo Jesús, pretextando una supuesta y acrítica neutralidad imposible, hemos de ayudar a las familias a dar a conocer a los niños y adolescentes el misterio de amor de Dios manifestado en Jesús. En Jesús brilla la estrella de Jacob, la luz que ha brillado para disipar las tinieblas de los corazones iluminando una sociedad ensimismada en su propia autonomía de decisión, que no se rige por los mandamientos de Dios. Cada uno de nosotros ha de ser testigo de la manifestación de Dios en Jesús.

Que nos lo concedan la santísima Virgen María y san José, que acogieron en su la casa refugio de Belén a los Magos y les mostraron el amor de Dios hecho carne y admirados contemplaron la adoración de las naciones en la humilde postración de estos sabios del Oriente, que se sumaron a la adoración de los pastores.

Almería, 6 de enero de 2018

+Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Mon, 08 Jan 2018 10:40:12 +0000
En la Solemnidad de Santa María Madre de Dios http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/42170-en-la-solemnidad-de-santa-maría-madre-de-dios.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/42170-en-la-solemnidad-de-santa-maría-madre-de-dios.html En la Solemnidad de Santa María Madre de Dios

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González, en la Jornada Mundial de la Paz

Queridos hermanos y hermanas:

¡Salve, Madre Santa!, Virgen Madre del Rey, que gobierna cielo
y tierra por los siglos de los siglos.

Son las palabras de salutación de la comunidad congregada para celebrar la Palabra y la Eucaristía en este día festivo en honor de la Virgen Madre del Señor, esta antigua fiesta, tal vez la primera, en honor de la santísima Virgen. En este día, primero de cada nuevo año, se celebra la Jornada Mundial de la Paz, desde que la instituyó el beato papa Pablo VI, vinculándola al mensaje de paz de los ángeles que invitan a la adoración del recién nacido en Belén, el Mesías, el Señor. Jesú,s como lo anunciara el profeta Isaías, es el «niño que nos ha nacido, el hijo que se nos ha dado, que lleva a hombros el principado y es su nombre: “Mensajero del designio divino”, “Dios fuerte”, “Siempre Padre”, “Príncipe de la Paz”. Grande es su señorío, y la paz no tendrá fin sobre el trono de David y sobre su reino, para restaurarlo y consolidarlo por la equidad y la justicia» (Is 9,5-6a).

Estas palabras del profeta Isaías recogen los títulos que se le daban a los reyes orientales como el faraón, a quienes se consideraba presencia de Dios en la tierra y, por esto mismo en estos títulos se expresaba el carácter divino de la realeza. En el caso de la monarquía hebrea, se funden en estos títulos la sabiduría que Dios otorgó a Salomón para regir el reino fundado por su padre David con la fortaleza y la pacificación mediante la victoria sobre sus enemigos del mismo David. Con la sabiduría y la fortaleza del Rey-Mesías que había de venir, y a quien los israelitas esperaban como heredero de la dinastía davídica, Dios había de consolidar su reinado sobre el pueblo elegido.

La profecía del Emmanuel que leemos en Isaías le anuncia al rey Ajaz un descendiente que nacerá de una virgen. Si el profeta se refirió al hijo del propio rey Ajaz que habría de nacer, bien pronto se vería que el piadoso rey que fue Ezequías, descendiente de Ajaz, no llegó a cumplir las esperanzas puesta en él, y desde entonces las expectativas del profeta y del pueblo israelita se proyectarían al futuro, en la esperanza del Rey y Mesías que traería la restauración final de Israel.

Para nosotros, Jesús está en el centro del tiempo, en el que había de venir estaban puestas las esperanzas de la humanidad anterior a su nacimiento, y desde su nacimiento hasta hoy los cristianos vivimos de la esperanza puesta en él, sabiendo que a Jesús resucitado de entre los muertos Dios lo ha acreditado como Cristo, el Ungido de Dios que gobierna y conduce la historia humana hacia su consumación final en Dios, cuando Cristo venga a consumar el reino de su Padre. El tiempo que transcurre para nosotros año tras año tiene un origen y una orientación hacia el final de gloria que Dios ha querido para la creación, liberada de la esclavitud del pecado por medio de su Hijo.

Nosotros contemplamos en la Navidad cumplidas las promesas proféticas en el Niño que nos ha nacido y se nos ha dado, abriendo nuestra esperanza a su venida de Jesús en gloria. Reconocemos en Jesús al Cristo de Dios, al Mesías y Salvador de la humanidad, y le confesamos como el verdadero Emmanuel (Dios-con-nosotros) y Príncipe de la Paz. Es el mensaje de la liturgia navideña y la fe de la comunidad celebrante . Dice san Juan Crisóstomo, a propósito del nacimiento de Jesús como Príncipe de la Paz: «Ningún hombre desde el comienzo de los tiempos, ha sido llamado “Dios fuerte”, ni “Príncipe de paz semejante”». El mismo padre de la Iglesia aclara a continuación por qué no existe límite alguno a la paz que Jesús vino a traer a la tierra, añadiendo: «Porque la paz que procede de los hombres es fácilmente destruible y está sujeta a muchos cambios, mientras que su paz es segura, inamovible, firme, estable, inmortal y no tiene fin» . Esta paz es aquella de la que habló Jesús a los apóstoles la noche de su despedida: «Mi paz o dejo, mi paz os doy, no como el mundo la da os la doy yo» (Jn 14,27). Esta paz es fruto de la reconciliación de Dios con el mundo acontecida en Cristo. Por eso, los títulos que se dan a Jesús como Príncipe de la Paz son los títulos que se dan al rey futuro que había de venir y que sólo son títulos que corresponden a Dios, y se aplican a Cristo como Hijo de Dios a quien el Padre ha entregado el ejercicio de gobierno y del ministerio propio del verdadero Rey de Paz .

María es la Madre del Rey mesiánico, y como tal reina con su Hijo, coronada de gloria, porque la que quiso Dios asociar al sufrimiento redentor de su Hijo, ha sido asociada a la victoria de la resurrección de Cristo Jesús. Al comienzo del año, coincidente con el cumplimiento de la octava del nacimiento de Jesús, la Iglesia contempla a María como la principal destinataria de las bendiciones divinas, que Dios encomendó a los levitas, entregándole la fórmula con la cual había de bendecir al pueblo. Lo hemos escuchado en la lectura del libro de los Números. El contenido más preciado de estas bendiciones divinas que recaen sobre Maria hay que verlo en su divina maternidad, acontecida ¬–dice san Pablo¬– cuando llegó la plenitud de los tiempos y el Hijo de Dios nació de una mujer (Gá 4,4). El mismo san Pablo agrega que este nacimiento de mujer del Cristo de Dios aconteció viniendo Jesucristo «del linaje de David según la carne» (Rom 1,3; cf. 2 Tim 2,8).

La liturgia de la Navidad nos conduce suavemente de la adoración del Niño nacido por nosotros en Belén, celebrado por los ángeles y adorado por los pastores, a la contemplación de María, la Virgen Madre que «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19). La Navidad nos coloca ante el niño y ante su madre, de la cual ha nacido el Príncipe de la Paz. María es inseparable de Jesús, porque de ella ha nacido el que trae la paz al mundo. Cuando los pastores acudieron a Belén, «encontraron a María y a José acostado en el pesebre» (Lc 2,16), porque Dios quiso que su hijo viniera al mundo en el hogar de amor de una familia, regazo materno y fortaleza paterna que amparan el nacimiento y la protección de una nueva vida. El niño venía de Dios y el misterio de su concepción virginal nos es ofrecido como revelación de aquel que es nacido de Dios (cf. Jn 1,13) y llega al hogar en el que nacemos los hombres, la familia que acoge a cada vida humana que llega al mundo, el regazo y la protección que el evangelio personifica en María y en José. Ellos son los testigos y protagonistas de la encarnación del Hijo de Dios; y a ellos acude la súplica de la Iglesia para recibir a Jesús como ellos lo acogieron para que morara entre los hombres.

En esta Jornada de la Paz, el Papa Francisco nos invita a la fraterna solidaridad con cuantos necesitan de la paz estable y duradera que Dios da, poniendo fin a las guerras y a la pobreza que ahoga la vida de los pueblos más necesitados. Nos exhorta el Papa en su mensaje para esta Jornada a ser solidarios de manera particular con los migrantes a causa de las guerras regionales que asolan la paz y el bienestar de naciones enteras, y pone un énfasis especial en que sepamos acoger, proteger, promover e integrar a los emigrantes y refugiados que buscan verse libres de la persecución y buscan una vida mejor, a la que todos los seres humanos tienen derecho. No se podrá hacer sin la colaboración de los responsables de los gobiernos y la ayuda internacional, para que todo suceda conforme a los derechos de todos.


Pidamos a la Virgen María y a San José la intercesión en favor de todos los emigrantes y refugiados, porque la sagrada Familia hubo de emigrar a Egipto para salvar la vida del Niño y conocieron en sí mismos las penas de la huida y de la búsqueda de un refugio. Que por su intercesión El Príncipe de la Paz, que dio su vida para reconciliar al mundo con Dios ilumine la mente de cuantos rigen los destinos de los pueblos, para que la paz se asiente sobre un orden de justicia que respete y proteja los derechos de todos los pueblos.

Almería, 1 de enero de 2018

+Adolfo González Montes

Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Wed, 03 Jan 2018 13:08:13 +0000
La pastoral familiar objetivo de la Iglesia http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/42167-la-pastoral-familiar-objetivo-de-la-iglesia.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/42167-la-pastoral-familiar-objetivo-de-la-iglesia.html La pastoral familiar objetivo de la Iglesia

Carta Pastoral de Mons. Adolfo González Montes, Obispo de Almería, en la Fiesta de la Sagrada Familia.

La pastoral familiar objetivo de la Iglesia

Carta a los diocesanos en la Fiesta de la Sagrada Familia

         Queridos diocesanos:

         La fiesta de la Sagrada Familia se celebra como es tradicional el domingo que cae dentro de la octava de la Navidad. Este año coincide con el último día del año, justo en la víspera del Año Nuevo. El lema de esta jornada eclesial reza «La familia, hogar que acoge, acompaña y sana». Es necesario que nos paremos unos minutos a pensar sobre un lema así, que la Iglesia propone no sólo a los fieles cristianos, sino a cuantos quieran acoge su mensaje evangélico.

Hoy algunos voceros de una sociedad pretendidamente nueva opinan contra lo que es evidente en todas las culturas fundadas sobre la familia. Para estos voceros, la familia que llaman “tradicional” sería una institución, si no a extinguir, sí muy relativa, que debe convivir con otras formas de familia nueva y plural.  Sin embargo, la historia de la humanidad acredita la falacia de esta propuesta. La constitución del ser humano en varón y mujer mira a la complementariedad de los sexos y a la procreación de la especie, mediante la cual el hombre se hace cooperador de Dios en la transmisión de la vida. Aunque la biotecnología moderna y, en particular la ingeniería genética, pueda contribuir a sacar adelante la vida humana en condiciones extrauterinas, la verdad es que es imposible prescindir de los dos elementos constitutivos de la diferenciación sexual de la especie, los gametos masculinos y femeninos.

La pretensión de suprimir la diferenciación sexual o dejarla a la voluntad del individuo, según deseo y sentimiento de cada ser humano es algo arbitrario y contrario a la realidad de la especie, y por eso mismo contrario al proyecto creacional de Dios para la humanidad. Por eso, las nuevas leyes de género que se pretenden imponer, aunque intenten salvar algunos principios indudablemente aceptables, es decir, que nadie puede ser excluido ni marginado por su condición sexual e incluso por su inclinación o tendencia sexual, sin embargo, esto no puede significar que la legislación que desarrolle el ordenamiento jurídico de la sociedad haya de decidir sobre la realidad científica constitutiva del ser humano y la concepción antropológica. Esto no es facultad de la política, que se extralimitaría adentrándose por una senda equivocada.

Las leyes no están para objetivar en órdenes y prohibiciones la realidad de la ciencia y la filosofía de la corporeidad humana o el compuesto psico-anímico constitutivo de la personalidad; y por esto mismo, tampoco para imponer una clasificación médica de los estados que se han llamados intersexuales, y que han sido objeto de la labor investigadora y filosófica de eminentes científicos, médicos y pensadores. Mucho menos, para reprimir la libertad de pensamiento, creencias y religión, cuando el ejercicio de esta libertad no “discrimina” ni “excluye” ni “margina”, sino que legítimamente discrepa, en fidelidad al propio pensamiento y conciencia religiosa, de aquello que otros puedan pensar e interpretar.

Más grave es pretender imponer una visión uniforme, con todo el artificio de la ideología de género en la escuela, declarando la guerra a la libertad de los padres para educar a sus hijos en sus propias creencias religiosas y en fidelidad a su conciencia moral. No es esto ciertamente, lo que caracteriza una sociedad democrática y abierta, no represiva y tolerante. Plegarse políticamente a lo que ahora toca, porque presionan colectivos que son votos y, cuando son escasos, se necesitan para seguir en el poder o para acceder a él, es un modo de comportamiento inmoral.

La ética política obliga en conciencia a no proceder contra el bien común, y al bien común pertenece la libertad de pensamiento y creencias, en definitiva, la libertad de afirmar la constitución antropológica que la experiencia de la humanidad acredita con buenas razones y argumentación razonada, a cuyo margen es bien difícil salvar el principio fundamental de reconocer en la constitución del ser humano lo masculino y lo femenino como principios que no son susceptibles de disolución o de homologación arbitraria.

La igualdad de la dignidad no suprime la complementariedad en la diferencia. El Papa Francisco viene clamando contra esta pretensión de diluir la diferencia y habla de “colonización de la mente”, a la cual hay que resistir contra el voluntarismo de algunos grupos sociales bien organizados, tan atrevidos y desafiantes como para que criminalizar la libertad de pensamiento de quienes discrepan de ellos. Sería grave de verdad que la legislación pretendiera configurar la sociedad aplicando una ideología tan destructiva a una sociedad democrática.

La Iglesia no pretende imponer su visión del matrimonio y de la familia, sino proponerlo como un proyecto de convivencia en el amor del varón y de la mujer. Esta propuesta, acreditada por todas las civilizaciones y por las grandes religiones monoteístas, a pesar de las variables históricas, toma en serio la diferencia sexual. El cristianismo afirma que, creando Dios al ser humano como varón y mujer, en el amor humano Dios refleja su propio misterio. 

El evangelio de la luz y de la vida que Jesús ha venido a traer a la tierra ve en la familia la comunidad básica y fundamental de amor que Dios ha querido para la transmisión de la vida. La familia así constituida, ampara y protege la igual y común dignidad de los cónyuges, unidos en la diferencia, origen de la comunidad de amor que trae al mundo a los seres humanos llamados por Dios a la existencia, y que son los hijos. La familia, por ser así, recibe a los que vienen al mundo con la participación de los cónyuges en el acto creador del mismo Dios; y a los que vienen al mundo y son acogidos en ella, la familia, les da albergue y amparo, y acompaña su crecimiento para que puedan desarrollarse en libertad y alcanzar la condición de personas responsables de sus actos, permanentemente referidos a Dios y al prójimo.

En el origen de esta familia está el amor de Dios que creó al ser humano como varón y mujer a su imagen y semejanza. Por eso, Dios hace a los progenitores acreedores del respeto de los hijos y a ellos capaces de dar la vida por éstos. Progenitores que son más que meros guardianes o cuidadores: son padres, es decir, padre y madre de cada uno de sus hijos, que son llamados a ser hijos de Dios en el Hijo que nos ha nacido y se nos ha dado en Belén. El ejemplo que Dios ha querido ofrecernos en José y María nos dice que incluso para su propio Hijo eterno hecho carne Dios en su designio de amor dispuso que viniera al mundo en el regazo materno y paterno de una familia donde creciera en el amor humano para enseñarnos a vivir del amor divino.

La familia, en verdad, da cobertura a la vida de cada uno y, si ha sido concebida conforme a la mente y el designio de Dios, no sólo ampara y protege, alivia y sana el dolor y las heridas, devolviendo la alegría de vivir, de amar y ser amados.

Con todo afecto y bendición, deseando a todos un feliz Año Nuevo del Señor de 2018.

Almería, a 31 de diciembre de 2017

                            X Adolfo González Montes

                                     Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Almería Sun, 31 Dec 2017 07:07:58 +0000
En la fiesta de san Sebastián protomártir http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/42130-en-la-fiesta-de-san-sebastián-protomártir.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/42130-en-la-fiesta-de-san-sebastián-protomártir.html En la fiesta de san Sebastián protomártir

Homilía en conmemoración de la entrega de la Ciudad de Almería a los Reyes Católicos.

Lecturas bíblicas: Hb 6,8-10; 7,54-59; Sal 30,3-4. 6-8.17.20; Mt 10,17-22

Queridos hermanos y hermanas:

La fiesta de san Esteban Protomártir nos trae la conmemoración histórica de la entrega de la Ciudad de Almería a los Reyes Católicos, cercana ya la completa capitulación del poder musulmán en la península con la conquista de Granada. Conmemorar esta fecha no tiene hoy voluntad alguna de herir los sentimientos de la comunidad musulmana, a la que acogemos y estimamos de verdad, sino de evocar los acontecimientos históricos que dieron origen a la restauración de la sociedad cristiana tras la dominación del islam en España. Los acontecimientos del pasado no se hicieron realidad con los criterios de hoy, pero hicieron posible la definitiva liberación del sometimiento musulmán, que había comenzado ocho siglos atrás, y por eso estamos hoy aquí. Nuestros antepasados vivieron la recuperación de las tierras sometidas como el retorno a la libertad de la fe cristiana y la posibilidad de un modo de vida nuevo capaz de configurar la sociedad sobre principios cristianos.

En aquellos acontecimientos hubo aciertos y errores, como en toda obra humana, pero fueron resultado de la aspiración a la libertad de los reinos cristianos de la península, proyecto ideal perseguido con tenacidad en el que todos estaban de acuerdo y al que todos reinos cristianos de la península ibérica aspiraban. Este proyecto ideal era incompatible con el sometimiento a una visión del mundo impuesta y un credo religioso no compartido e imposible de aceptar para quienes habían recibido la predicación del evangelio desde los tiempos apostólicos que dieron lugar a las comunidades cristianas de la Hispania romana. Después, asentados los visigodos en la península, en el III Concilio de Toledo, celebrado en 589, el reino hispano de los godos abrazaría la fe católica que había sido la de profesada por la Iglesias hispanorromanas, siguiendo a los concilios de la Iglesia antigua y el Credo o símbolo niceno-constantinopolitano. Es el Credo que recitamos en la Misa y, a veces, alternamos con el credo del bautismo, conocido como Credo de los Apóstoles.

Lo importante es que ambos credos confiesan la divinidad de Jesucristo, que los godos venidos de la Europa central negaban, aunque eran cristianos. Con el asentamiento del reino visigótico, la fe de los godos experimentó un cambio radical, al imponerse la fe católica de los hispanorromanos, con los cuales crearon la unidad católica de la nación. Hago mención de estos datos bien conocidos de la historia de nuestra nación, porque el catolicismo configuró en tal manera la mente religiosa de España que la restauración de la fe católica constituyó un proyecto ideal. Fue un ideal de futuro que en los momentos más duros de la dominación islámica los mozárabes vieron desvanecerse en las tierras del sur, viéndose obligados a huir a los reinos del norte en la medida que éstos fueron adquiriendo configuración histórica con el avance de la Reconquista.

Por eso estamos hoy aquí, celebrando la Misa de san Esteban, en el día de la entrega de la Ciudad a los Reyes Católicos, y hemos entonado el Te Deum de acción de gracias en esta Catedral que, por afirmar la divinidad de Cristo, como otras catedrales e iglesias parroquiales de estas tierras fue consagrada con el título mariano de la Encarnación. El año que termina hemos bendecido la imagen titular de Nuestra Señora de la Encarnación, que acoge las súplicas de los fieles que oren ante esta imagen suya, colocada en el lugar preeminente del presbiterio, en la capilla mayor de esta Catedral de Nuestra Señora de la Encarnación.

Volviendo a la fiesta de esta fecha memorable, san Esteban, el primer mártir de Cristo, pagó con su vida confesar la divinidad de Cristo, al que el Nuevo Testamento da el título de Señor a Jesús, que sólo a Dios corresponde en la fe de la antigua alianza. Jesús que se refirió tantas veces a sí mismo como el «Hijo del hombre», fue, en efecto, contemplado por su resurrección de entre los muertos como el Hijo del hombre del que habla la profecía de Daniel, para referirse al ser divino que recibe de Dios el poder y el reino sobre la humanidad.

En el juicio el que el sanedrín judío sometió a Jesús, el sumo sacerdote preguntó a Jesús: «¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito»? Jesús respondió: «Sí, yo soy, y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo» (Mc 14,61-62). Esta respuesta sirvió al sanedrín para condenar a Jesús por blasfemo. El sanedrín había percibido con claridad que Jesús se equiparaba a Dios al identificarse con el ser divino que vendría sobre las nubes del cielo como juez plenipotenciario de Dios.

Queridos hermanos, la divinidad de Jesús es la clave y el fundamento de la salvación de la humanidad en él. Sólo Dios puede salvar al hombre de sus pecados, y en la aparición del ángel del Señor en sueños a José, el ángel le dice: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer, porque lo engendrado en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21).

Esteban da fe de la divinidad de Jesús y hace suyas las palabras de Jesús sobre su triunfo definitivo sobre la muerte y su glorificación a la derecha de Dios por su resurrección de entre los muertos. La palabra de Esteban es avasalladora, llena de fuego apostólico. Esteban no teme disputar con los judíos sobre la verdad profunda y la identidad divina de Jesús y, por eso, será odiado quien entre los judíos con su predicación atraía a la fe de forma irresistible. Contra Esteban sólo queda la calumnia y la mentira, como había sucedido con Jesús, contra el cual dieron falso testimonio en los mismos términos que harán con Esteban, afirmando que blasfema. Esteban no cede, no se amilana y todavía en el tormento al que será sometido, la muerte por lapidación, se yergue afirmando las palabras proféticas de Daniel, de las cuales se había servido Jesús para anunciar su glorificación como Juez de vivos y muertos. Dice el libro de los Hechos que Esteban, extasiado por la visión de los cielos abiertos, exclama: «Estoy viendo el cielo abierto y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios» (Hch 7,56).

El cronista del libro de los Hechos recoge el odio a la fe que condujo a la muerte de Esteban, y se manifiesta en cómo, ante las palabras irresistibles de Esteban, sus enemigos «se recomían por dentro y rechinaban los dientes de rabia» (Hch 7,54), dando origen a la persecución de los cristianos de aquella primera hora, dando lugar a la primera muerte cristiana que convierte a Esteban en Protomártir. En el año que termina hemos vivido el gran acontecimiento de la beatificación de los mártires de Almería del siglo XX. Este magno acontecimiento marcará la historia de nuestra Iglesia diocesana y la muerte de los mártires en odio a la fe impulsará siempre la prolongación en la historia de la proclamación del evangelio de la luz y de la vida.

Jesús había preparado a sus apóstoles para lo que se les echaba encima con su crucifixión y muerte: «Todos os odiarán por mi nombre: el que persevere hasta el final, se salvará» (Mt 10,22). La persecución forma parte de la vida cristiana, a veces de forma incruenta y otras de forma cruenta, porque el evangelio de Cristo no deja a nadie indiferente. La proclamación del evangelio se ha tornado hoy incluso difícil, ante la actitud intolerante de cuantos reivindican su propia visión del mundo, del hombre y de la vida humana, pero pretenden hacerlo intentando silenciar la visión de los demás, negándole a la fe cristiana legitimidad para sostener su propia visión del mundo y del hombre, de la vida y la sociedad.

Es la intolerancia de los que pretenden arrancar los signos cristianos de la vida pública, e incluso celebrar la Navidad sin su propia razón de ser, sin Jesús, y así disolverla en unas fiestas vacías de fin de año, vengo diciendo en las homilías de estos días, apoyando mis palabras en las del papa Francisco, invitando a no dejarnos vaciar la Navidad de su verdadero contenido, para convertirla en una fiesta vacía.

La liturgia, sin embargo, canta estos días la antífona de la Navidad: «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Canta el cielo con la tierra la salvación de nuestro Dios». Jesús es el Príncipe de la paz y en su cruz hemos sido reconciliados. Nació para devolver la paz que la humanidad perdió por el pecado y haciéndose hombre llevar al hombre a la participación de su divinidad. Lo expresa san León Magno con gran hondura en un sermón de la Navidad, al decir que Dios nos amó y, por este amor que Dios nos ha tenido, el Hijo de Dios «asumió la naturaleza del género humano para reconciliarla con su Creador, de modo que el demonio, autor de la muerte, se viera vencido por la misma naturaleza gracias a la cual había vencido» (SAN LEÓN MAGNO, Sermón 1 en la Natividad del Señor, 1-3: PL 54, 190-193). A lo cual el santo pontífice añade, invitándonos a la acción de gracias a Dios, «puesto que se apiadó de nosotros a causa de la inmensa misericordia con que nos amó; estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo, para que gracias a él fuésemos una nueva creatura, una nueva creación» (ibid.).

El sacrificio de Cristo es la gran expresión sacramental de este amor que Dios nos tiene, que la participación en él nos colme de su misericordia y nos renueve plenamente.

S.A.I. Catedral de la Encarnación
Fiesta de San Esteban

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Wed, 27 Dec 2017 13:19:27 +0000
Homilía de Navidad http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/42114-homilía-de-navidad.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/42114-homilía-de-navidad.html Homilía de Navidad

Homilía de Mons. Adolfo González Montes, Obispo de Almería, en la Misa de Navidad celebrada en la Catedral

Homilía de Navidad

Lecturas bíblicas: Is 52,7-10

                              Sal 97,1-6

                              Hb 1,1-6

                              Jn 1,1-18

Queridos hermanos y hermanas:

«A Cristo, que por nosotros ha nacido, venid, adorémosle». Con esta invitación comienza la liturgia de las horas, la alabanza del día de Navidad. Como los pastores, que presurosos corren a Belén, también nosotros hemos adorado al Niño esta noche santa de la Navidad. Una noche que anuncia la noche gozosa de la resurrección. En la vigilia del Sábado Santo, el pregón pascual exclama: ¡Qué noche tan dichosa en que se une lo humano y lo divino! El diácono que canta el pregón pascual bendice a Dios por el triunfo de Cristo sobre la muerte, y la naturaleza humana del Resucitado asciende victoriosa del sepulcro unida a la divinidad del Verbo para siempre.

San Pablo dice en la carta a los Efesios, refiriéndose a Cristo resucitado, que el que bajó, llegando incluso a las profundidades del abismo «es el mismo que subió por encima de todos los cielos, para llenar el universo» (Ef 4,10). Como comentábamos hace tan sólo unas horas, en la homilía de la misa de medianoche, no podemos separar el canto de los ángeles que glorifican a Dios por el nacimiento de Cristo en Belén, en la noche de Navidad, del canto de la Iglesia en la vigilia pascual por la luz poderosa que ha brillado en la noche pascual, iluminada por la resurrección de Cristo.

La luz que ha brillado en las tinieblas es el gran contenido del anuncio cristiano, el evangelio de la luz y de la vida es el evangelio de la salvación. Anunciamos al mundo lo que los ángeles anunciaron a los pastores y los apóstoles, enviados por el Resucitado, anunciaron al mundo: que Dios consuela a su pueblo y cancela las deudas de la humanidad, que han sido perdonados los pecados. Con el nacimiento de Cristo se ilumina el mundo, porque Dios consuela a su pueblo.

El libro de la consolación, incluido en el libro de profecías de Isaías, describe, en la primera lectura de esta misa del día de Navidad, el retorno jubiloso de los israelitas de la cautividad asiria a la ciudad santa de Jerusalén. El profeta anuncia este retorno a Jerusalén porque Dios libera a su pueblo y anuncia un reino eterno y universal. Se van a cumplir las palabras proféticas de Natán a David: Dios asegura la dinastía de David y Jerusalén tendrá rey, y este rey será el mismo Dios, que reinará para siempre. El retorno de los exiliados a la patria es contemplado el profeta como la figura de humanidad jubilosa en camino hacia la patria definitiva simbolizada en la ciudad santa de Jerusalén.

Este retorno es visto como un nuevo Éxodo que evoca el éxodo o salida de los judíos de la esclavitud egipcia, pero ahora el camino hacia la tierra prometida tiene como meta el templo de Jerusalén, porque el profeta concibe esta marcha de los israelitas que retornan como una gigantesca procesión litúrgica hacia la casa de Dios, el templo que quiso construir David, pero Dios determinó que fuera su hijo Salomón, “rey de paz”, el que lo construyera. Hacia este templo van los israelitas llevando en sus manos no el botín arrancado a los egipcios la noche en que salieron de Egipto, sino los vasos sagrados del templo restituidos por Ciro (Biblia de Jerusalén: Nota a Is 52,12).

El nacimiento de Jesucristo nos revela que este templo y morada definitiva de Dios es la carne de Jesús nacido virginalmente de María. El Hijo de Dios no fue creado como lo hemos sido nosotros, sino que fue engendrado en el seno eterno de Dios antes del tiempo y desde toda la eternidad, pero su cuerpo humano fue creado en las entrañas purísimas de la Virgen para que, unido al Verbo, el Hijo de Dios se uniera definitivamente a la humanidad para siempre. Hemos escuchado las palabras del prólogo o introducción al evangelio de san Juan: «El Verbo [la Palabra eterna de Dios] se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14). Por eso, como nadie ha subido hasta Dios, sino el mismo que bajo a nosotros haciéndose hombre, sólo por medio de Él podemos llegar a Dios. Él dijo de sí mismo: «Yo soy el Camino y la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6).

El gran padre de la Iglesia antigua y teólogo de gran hondura Orígenes comenta que cuando el profeta Isaías afirma como nosotros hemos escuchado: «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria!» (Is 52,7) lo hace con gran acierto, porque «ha comprendido el sentido profundo, la hermosura y la conveniencia de la predicación de los apóstoles que caminan en aquel que dijo: “Yo soy el camino”» (Orígenes, Com. al evangelio de Juan 1, 8,51: SC 120,86).

Orígenes ve en el anuncio del profeta una figura del anuncio evangélico confiado por Jesús a los apóstoles y prolongado en la sucesión apostólica y, en definitiva, en la misión de la Iglesia, que está llamada a anunciar a Jesús en su entera composición como comunidad de redimidos. Orígenes continúa en el mismo lugar diciendo que, por eso mismo, Isaías alaba, «bajo el término simbólico de pies, a los que caminan por el camino inteligible de Jesucristo y acceden a Dios a través de la puerta». Es decir, llegamos a Dios por medio del conocimiento de Cristo Jesús. Conociendo a Jesús conocemos a Dios, porque el Dios al que no podemos ver, como dice el prólogo de san Juan, se nos ha revelado en el rostro de Cristo: «A Dios nadie lo ha visto jamás: El Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien nos lo ha dado a conocer» (Jn 1,18).

Orígenes concluye: «Ellos [los apóstoles], cuyos pies son hermosos, anuncian el bien, es decir, a Jesús». El Hijo de Dios hecho carne es nuestro sumo bien, porque es Emmanuel, es Dios-con-nosotros, y Dios nos habla por eso por medio de él. Lo hizo en otro tiempo, en las etapas de la historia de nuestra salvación, tal como dice el autor de la carta a los Hebreos, por medio de los profetas, pero «ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo (…) Él es resplandor de su gloria, impronta de su ser» (Hb 1,3). Entendemos que dijera a Felipe la noche de la última cena: «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”?» (Jn 14,9).

San Pablo dice con el mismo propósito que los otros autores del Nuevo Testamento que «Jesús es Imagen del Dios invisible» (Col 1,15) y, por esto mismo, a Dios se va por el camino que es Jesucristo. Conocer a Jesús es conocer a Dios, y dar a conocer a Jesús es el contenido de toda evangelización. Los pastores que acudieron presurosos a ver qué había sucedido en Belén, siguiendo el anuncio de los ángeles, se convirtieron en los primeros apóstoles de Cristo, pregonando el anuncio angélico. Dice el evangelista san Lucas que «los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, tal como se les había dicho» (Lc 2,20).

También nosotros como los pastores hemos de hacernos con los pies hermosos de los que anuncian la gloria de Dios reflejada en el resplandor de Jesús, el Hijo de Dios en nuestra misma carne. Dios ha venido a morar con nosotros haciéndose hombre, y el gozo inunda el corazón del hombre que ha conocido a Cristo Jesús. Cuanto más se aleja el mundo de Cristo más se acerca a su perdición, porque la libertad de los liberados del pecado es el don de Cristo, camino para llegar a Dios. Ciertamente, no es posible celebrar la Navidad sin Jesús, renunciando así al contenido verdadero del anuncio de la Navidad: «Hoy os ha nacido, en la ciudad de David, un salvador, que es Cristo Señor» (Lc 2,11).

Con María y con José contemplemos, hermanos, el misterio del amor de Dios por los hombres, porque el amor se ha hecho carne y en la debilidad de un niño se ha acercado a nosotros, para levantar lo caído y hacernos partícipes de su vida divina.

S. A. I. Catedral de la Encarnación

Navidad 2017

                                    X Adolfo González Montes

                                            Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Almería Tue, 26 Dec 2017 11:27:19 +0000
Mensaje de Navidad http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/42027-mensaje-de-navidad.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/42027-mensaje-de-navidad.html Mensaje de Navidad

Mensaje de Navidad del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Queridos diocesanos:

Con la llegada de la Navidad los sentimientos de paz y fraternidad llenan el corazón de los cristianos y de todas las personas de buena voluntad. Deseamos vivamente que, con la celebración del nacimiento de Cristo en nuestra carne, vuelva la concordia allí donde falta la paz, y se recuperen las relaciones de fraternidad entre quienes se han vuelto adversarios o enemigos, porque Jesús vino para dar su vida por nosotros y «reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn 11,52).

Jesús viene a congregarnos en la unidad, llamando a todos a formar parte de su cuerpo. Jesús nos invita a reconocernos unos en los otros, porque formamos parte del mismo género humano y nuestra fraternidad se fundamenta en la común paternidad de Dios, creador y padre de todos los seres humanos. El mensaje de reencuentro y reconciliación que viene Jesús a traer a la tierra es una llamada a la comunión en el amor, para unir a los esposos y a las familias y aunar a los pueblos.

Todo cuanto contribuye a hacer frágil el vínculo que une a los esposos y amenaza la unidad de las familias tiene grave consecuencias para la paz social, y compromete el desarrollo armónico de las personas y de la sociedad. Todos los intentos de imponer al conjunto de la sociedad una determinada ideología o concepción del hombre y de la vida, es de hecho una inaceptable agresión a la libertad del pensamiento y a la conciencia religiosa de las personas y de las comunidades religiosas; en definitiva, una amenaza a la paz social y una peligrosa senda hacia el totalitarismo.

El adoctrinamiento ideológico desde las instituciones y, en particular, desde la escuela es contrario a una verdadera democracia, propia de una sociedad abierta. Del mismo modo, cuando un grupo social se sirve de la mentira y de la violencia intolerante como instrumento para obligar a los demás a plegarse a sus pretensiones, se cambia la paz pública por el desorden y la coacción.

Jesús viene a traer un mensaje de paz a las naciones enfrentadas, a los pueblos sometidos a la violencia armada de facciones que ansían el dominio y la supremacía, provocando contiendas civiles que dejan hondas heridas en la sociedad. Por eso, en la felicitación navideña que acompaña el crisma de este año he expresado el deseo de que el Niño de Belén nos ayude a superar la desunión a cuantos vivimos en un mismo país, compartiendo una historia común y el común quehacer de cada día, ofreciendo lo que tenemos a cuantos buscan una vida mejor junto a nosotros.

Somos conscientes de que los movimientos de migrantes encierran graves riesgos para quienes se ven forzadas a emigrar y son víctimas de las mafias que trafican con personas. La huida de tantos miles de personas de los países en guerra, buscando refugio seguro nos interpela y nos hace preguntarnos hasta dónde estamos dispuestos a ayudar a los que lo necesitan.

Jesús nace en nuestra carne para darnos a conocer que para Dios todos somos sus hijos, porque somos fruto de su poder creador y de su amor. Los cristianos estamos llamados a comunicar esta buena nueva al mundo de hoy, como siempre lo han hecho las generaciones cristianas que nos han precedido. No podemos silenciar que la Navidad es fiesta de gozo y de salvación, porque Dios sale a nuestro encuentro y viene a salvarnos de nosotros mismos, de nuestro pecado. No podemos callar esta verdad de nuestra fe porque ya son demasiados los que se proponen ocultar el nacimiento de Cristo bajos las luces que engalanan las calles y cambiar la Navidad por unas fiestas de fin de año.

No podemos celebrar la Navidad sin tener muy presentes los sufrimientos de los que habitan en Tierra Santa y de los cristianos perseguidos en tantas partes del mundo como lo fue Jesús desde su nacimiento. Quiera el Señor con su venida traer la paz a aquellas tierras atormentadas por la violencia, que fueron el escenario de la historia de nuestra salvación.

Quiera también el Niño de Belén, llenar nuestro corazón de valor para dar testimonio de él ante los hombres, anunciando al mundo que en el hijo de María es el Hijo de Dios el que viene a nosotros para compartir nuestra vida y llevarnos a Dios.

Deseo una feliz y santa Navidad a todos los diocesanos, a los cristianos de otras Iglesias y Comunidades que comparten la celebración de la Navidad con nosotros; y a todas las personas de buena voluntad que acogen nuestro deseo de paz y salvación que viene de Dios. ¡Feliz Navidad!

Almería, 24 de diciembre de 2017
Nochebuena

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Wed, 20 Dec 2017 14:54:42 +0000
En la recitación de la Liturgia de las horas de la Inmaculada Concepción de Santa María Virgen http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/41909-en-la-recitación-de-la-liturgia-de-las-horas-de-la-inmaculada-concepción-de-santa-maría-virgen.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/41909-en-la-recitación-de-la-liturgia-de-las-horas-de-la-inmaculada-concepción-de-santa-maría-virgen.html En la recitación de la Liturgia de las horas de la Inmaculada Concepción de Santa María Virgen

homilía del obispo de Almería, Mons. adolfo González

Lecturas bíblicas: Sal 23, 45 y 86 (de Santa María Virgen); Rom 5,12-21; y Lc 1,26-38
Lectura de los padres y teólogos: SAN ANSELMO DE CANTORBERY, Sermón 52: PL 158, 955-956

Queridos hermanos y hermanas:

Hemos recitando la liturgia de las horas en esta vigilia de la Inmaculada, que hemos prolongado en la proclamación del evangelio de la Anunciación. La primera de las reflexiones que provoca en nosotros la audición de la lectura del Apóstol en la carta a los Romanos es considerar de qué modo tan desconcertante Dios, creador y redentor del hombre, ha querido librar del pecado a la humanidad. Lo ha hecho recreando a Adán en Cristo verdadero nuevo Adán y hombre nuevo.

Esta nueva creación de la humanidad en Cristo tiene efectos duraderos en aquellos que aceptan ser redimidos en su sangre, y reciben el perdón de los pecados y la infusión del Espíritu Santo, iniciador de la «nueva vida en Cristo» del bautizado. San Pablo hace causa de muerte al viejo Adán y causa de vida a Cristo Jesús. Esta causalidad del viejo y del nuevo Adán se interpreta, tal vez con demasiada frecuencia, tan sólo desde el punto de vista de la herencia recibida; es decir, tanto la culpa como la gracia son entendidas como herencia recibida. Sin embargo, san Pablo no deja de afirmar que la transmisión del pecado no acontece sin la culpa de todos, «porque todos pecaron» (Rom 5,12). Se nace bajo el signo del viejo Adán y, al mismo tiempo, por el pecado los seres humanos se apropian del pecado de nuestros primeros padres, descrito simbólicamente en la Sagrada Escritura, para afirmar que, en efecto, el pecado en los orígenes de la humanidad es acontecer histórico que ha creado una nueva situación o estado de la entera humanidad, que ha quedado afectada sustancialmente por el pecado presente en la historia humana desde los albores del género humano.

La complicidad de cada uno de los seres humanos con el pecado de Adán ha ido tejiendo esa tela de araña que aprisiona la existencia del ser humano. El condicionamiento de nuestra vida por el pecado hace que cada uno de los nacidos venga al mundo en una atmósfera empecatada, de la cual nos ha arrancado Cristo con su muerte y resurrección.

El pecado de nuestros primeros padres, en los que se recapitula la humanidad primigenia, cualquiera que sea su realidad histórica, objeto de la investigación científica, ocupada en saber cómo surgieron los primeros seres humanos, constituye ciertamente una herencia de inclinación al mal que invalida toda tentativa del hombre para poder hacer el bien y merecer ante Dios el reconocimiento de nuestra justicia. San pablo lo expresa con un dramatismo fuerte, referido a su propia experiencia personal: «Pues sé que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. Y si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí» (Rom 7,18-20).


Hijos del primer Adán, somos radicalmente pecadores y como tales en vano pretendemos tener justicia. Como dice el profeta Isaías, en la primera lectura de la misa del domingo I de Adviento: «Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento… y nos entregabas al poder de nuestra culpa» (Is 64,5-6).
La carta a los Romanos recoge esta tradición profética que afirma la condición universal del pecado en la revelación de la antigua Alianza, para afirmar la misericordia de Dios como definitiva medicina de una humanidad enferma. La misericordia divina es la causa de nuestra redención, porque nuestra liberación del pecado es sólo fruto del amor ilimitado de Dios por el hombre; pues Dios no es sólo el creador del género humano, sino también su misericordioso redentor. Por esto, dice san Pablo, refiriéndose a la culpa contraída por Adán y contrapuesta a la justicia de Cristo: «una sola culpa resultó condena de todos, y un acto de justicia resultó indulto y vida para todos» (Rom 5,18).

San Pablo personifica de manera corporativa en ambos, en Adán y en Cristo, el «nuevo Adán», el pecado y la gracia otorgada por Dios sin mérito alguno del hombre. El pecado contraído por cada uno de los humanos es herencia, ciertamente, de la culpa de Adán, porque el pecado de nuestros primeros padres supone, en verdad el comienzo de la humanidad pecadora de forma absoluta, transformándose en realidad colectiva e inducida por el pecado del primer hombre; pues la herencia del pecado estriba en esta «marca» que debilita la naturaleza dejándola inclinada al pecado. Nosotros mismos somos testigos, y lo sabemos por experiencia propia cómo opera sobre nosotros, como lo sabía de sí mismo san Pablo.

Hemos llegado hasta aquí con la sagrada Escritura, teniendo presente el relato del libro del Génesis; pero, ¿cómo entender el pecado? El Apóstol de las gentes entiende el pecado tal como lo concibe el autor inspirado del Génesis: el pecado es desobediencia al mandamiento de Dios, porque así se deduce de la narración bíblica: «Adán y Eva habrían desobedecido a Dios, y comido de la fruta del árbol prohibido, con la intención de apropiarse del poder divino de dictaminar el bien y el mal» [J. MORALES, Pecado original: C. IZQUIERDO (dir.), Diccionario de teología (Barañaín, Navarra 32014) 798].
La doctrina del pecado original es vista por san Pablo en el contexto del anuncio cristiano de la salvación, por eso frente a la desobediencia de Adán y Eva, el Apóstol contrapone la obediencia de Cristo, sentenciando: «En efecto, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos» (Rom 5,19).
Este primer punto de nuestra meditación en esta vigilia nos permite pasar a una segunda consideración colocándonos ante la imagen sagrada de Virgen Madre que contemplamos en el presbiterio de nuestra Catedral; porque la concepción inmaculada de la Virgen María mira, en el designio de Dios, a Cristo y, por tanto, a la maternidad divina de María. Por esto mismo frente a la desobediencia de Eva, prolongando la oposición de tipos y anti-tipos en la historia de nuestra salvación, los santos padres y los grandes teólogos, verdaderos maestros de la fe como san Anselmo de Cantorbery, han ensalzado la obediencia de María, nueva Eva.

En los escritos de estos maestros que explanan la fe creída por la Iglesia, siguiendo a san Pablo, la fe de María es contrapuesta a la desobediencia de Eva. La mujer pecadora que está en el origen de la raza humana sospechó de Dios embaucada por la serpiente, según el relato del Génesis, y no dudó en proyectar sobre Dios lo ya en ella era pecado: la desconfianza de la veracidad de Dios y de la bondad del mandamiento divino de no comer del árbol que estaba «en medio del jardín» (Gn 3,3). Eva creyó a la serpiente y juzgó que Dios les ocultaba el secreto del árbol para conservar sólo para sí su divina sabiduría; y creyendo a la serpiente, pensó que ella podría alcanzar la sabiduría que Dios celosamente guardaba para sí comiendo del «árbol de la ciencia del bien y del mal» (Gn 2,17).

María, como hemos escuchado en el evangelio de la anunciación, también quiere saber cómo podrá ser madre de Jesús sin conocer varón, pero le basta con la respuesta del ángel de que todo descansa en el poder de Dios. María cree en las palabras del ángel Gabriel, fiando en el poder de Dios lo que desconoce y no sabe cómo va acontecer. María fue concebida sin pecado para poder contar con una condición humana redimida y encontrarse con Dios como Adán y Eva antes de la caída, sin la inclinación al pecado que dejó en la humanidad el pecado de nuestros primeros padres.

Una inclinación que san Agustín llamó concupiscencia, y es tan poderosa que sólo puede ser vencida por la gracia de Dios que hemos de suplicar de su misericordia, manteniéndonos permanentemente en vela, haciendo lo que Jesús nos pide en todo momento de nuestra vida, como se lo pidió a los apóstoles y discípulos durante el tiempo de su vida pública, exhortando a la vigilancia; con especial dramatismo ante la pasión que se le echaba encima, en la noche de la agonía de Getsemaní: «Vigilad y orad para no caer en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mt 26,41). Cuando Jesús enseñó a sus discípulos a orar con el modelo y paradigma de oración que nos dejó en el padrenuestro, incluyó en la plegaria dominical la súplica de vernos libres en la tentación de sucumbir al acoso del Maligno: «No nos dejes caer en tentación y líbranos del mal» (Mt 6,13).

La fe de María es por esto mismo la propuesta ejemplar que Dios nos hace de proceder como personas religiosas, capaces de fiar en Él y, por la gracia divina, mantener la fe que alimenta la esperanza en la bondad del designio divino sobre nosotros. María deja a Dios ser Dios, consciente de que en él reside la sabiduría mediante la cual Dios creo el mundo y llamó al ser a todas las cosas. A veces nos es difícil fiar en Dios y nuestra desconfianza se muestra como secreto ateísmo que mina la entereza de nuestra fe; porque la fe es ante todo acogida de la palabra de Dios y cumplimiento, siguiendo el ejemplo de la Virgen María. Ella supo acoger la palabra de Dios, mereciendo así la bienaventuranza de Jesús, aun cuando los oyentes pudieran pensar que Jesús mantenía distancias con su madre al corregir la alabanza de aquella mujer que, asombrada de la enseñanza de Jesús y complacida, exclamó: «“¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!” Pero él dijo: “Dichosos, más bien, los que oyen la palabra de Dios y la guardan”» (Lc 11,27-28).

Es tal el don que Dios hizo al mundo con María que en ella todo lo que perdimos con Eva ha sido en verdad recobrado, al darnos al Redentor de la humanidad. Con san Anselmo podemos decir: «El cielo, las estrellas, los ríos, el día y la noche, y todo cuanto está sometido al poder y utilidad de los hombres, se felicitan de la gloria perdida, pues una nueva gracia inefable, resucitada en cierto modo por ti, ¡oh Señora!, les ha sido concedida» (SAN ANSELMO, Sermón 52: PL 158, 955-956).

Podemos decir que hay en estas palabras un paralelismo claro con el canto del pregón pascual: ¡Oh feliz culpa que mereció tal Redentor! Cristo Jesús nacido de la Virgen María. Por ello decimos con san Pablo: «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia; así lo mismo que el pecado reinó por la muerte, así también reinará la gracia en virtud de la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor» (Rom 5,20-21).

San Anselmo lo glosa como hemos escuchado: por la plenitud de la gracia de María en razón de su divina maternidad, no sólo cuantos hemos nacido después de Cristo y hemos conocido el anuncio evangélico experimentamos el gozo de la salvación que Dios nos otorga por la fe en Cristo; sino que, «por el poder del Hijo glorioso de la gloriosa virginidad», también «los justos que perecieron antes de la muerte vivificadora de Cristo se alegran de que haya sido destruida la cautividad, y los ángeles se felicitan al ver restaurada su ciudad medio derruida» (SAN ANSELMO, ibid.).

El gran obispo y teólogo de alto Medievo contempla el fundamento soteriológico, es decir, en razón de nuestra salvación, de la gracia sobreabundante de María, a la que el ángel Gabriel saluda como a la que es la «llena de gracia» (Lc 1,28). De este modo, por María Dios se hace hombre para que nosotros alcancemos la vida divina: «Valiéndose de María, se hizo Dios un Hijo, no distinto, sino el mismo, para que realmente fuese uno y el mismo el Hijo de Dios y de María» (ibid.). Es lo que confesamos cada vez que recitamos el símbolo de nuestra fe y afirmamos que el Hijo de Dios nació de la Virgen María por obra del Espíritu Santo.

Quiera el Señor que, al celebrar la inmaculada concepción de la Virgen, la fe que profesamos en el abajamiento de Dios hasta nosotros en la encarnación del Verbo, por la intercesión de la Virgen Inmaculada, nos ayude a superar la tentación de vernos sin Dios y sin Cristo en un mundo que no reconoce al que vino a Salvarle naciendo de las entrañas inmaculadas de María.

Vigilia de la Inmaculada
S.A.I. Catedral de la Encarnación

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Thu, 14 Dec 2017 15:53:23 +0000
Caritas es referente de comunidad http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/41808-caritas-es-referente-de-comunidad.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/41808-caritas-es-referente-de-comunidad.html Caritas es referente de comunidad

Carta del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Queridos socios, colaboradores y amigos de Caritas de Almería:

Cuando la caridad es de verdad es expresión de lo mejor de los seres humanos, porque la caridad es amor en permanente comunicación, no es donación de lo sobrante, sino de aquello que uno tiene y es compartido; y, sobre todo, es donación de nosotros mismos. Por eso, la caridad compromete de tal manera que uno termina dando incluso lo que necesita.

Este año la campaña de Caritas reza para todo el año «Llamados a ser comunidad». Es un lema que inspira cuanto venimos haciendo durante todo el año, teniendo en cuanta que la campaña de sensibilización de 2014 a 2017 tiene un lema de fundamentación que une amor y justicia: «Ama y vive la justicia». De ambos lemas propositivos nos alimentamos y alimentamos a nuestros colaboradores, los que han hecho un año más que sigan extendiéndose los contenedores de recogida de ropa para convertirla en tejido industrial creando puestos de trabajo, los que nos es posible crear dentro del programa textil de Koopera, pero también los que cada ejercicio anual constatamos que son resultado de nuestros talleres pre-laborales, que acoge el «Centro de Formación San Francisco de Asís» del barrio de Regiones.

Cuando se pregunta por la identidad de uno de estos talleres que Caritas ha puesto en marcha, la respuesta está en el lema: un taller pre-laboral está al servicio de la integración de la persona marginada y sin el cultivo necesario de las habilidades sobre las que trabaja la formación, para que esté en condición es de sumarse a la comunidad que es obra de todos. Por eso, como reza la publicidad de Caritas: «Un taller pre-laboral o pre-ocupacional es una herramienta formativa destinada a trabajar aptitudes y actitudes en las personas vulnerables y en riesgo de exclusión de cara a mejorar su inclusión social y su empleabilidad».

Estos talleres de Caritas están consiguiendo que un buen número de personas en exclusión se integren mediante el trabajo en la vida comunitaria de la sociedad que pasa por la colaboración en la producción y la creación de bienes y servicios sin los cuales son hay comunidad. Nuestro programa de para la integración en la comunidad mediante el trabajo es modesto, pero incorpora al año a la formación un buen puñado de personas. Cada año pasan por los talleres entre 100 y 200 personas, que siguen cursos de alfabetización, idioma, cocina y hostelería, prevención de riesgos laborales, tecnología, auxilios domésticos, costura.

A los programas formativos para el trabajo que desarrolla el Centro San Francisco de Asís en la capital, se suma la nueva Escuela de Cocina y Hostelería que Caritas de Vera ha puesto en marcha con el amparo y patrocinio de Caritas diocesana, con notables resultados.

Leer la Memoria anual de Caritas es sumergirse en sus programas para personas sin hogar o sin techo, tomar conciencia del riesgo que corren mujeres maltratadas, sin el amparo del trabajo y del hogar o víctimas de la trata. Entrar en la Memoria anual es recorrer las cifras, modestas pero meritorias de la caridad ejercida como compromiso por la justicia en favor de los inmigrantes; como es constatar que las puertas abiertas de las delegaciones parroquiales de Caritas no dejan de atender a quienes se acercan buscan do solución a sus carencias y orientación a su confusión y desamparo.

Es mucho lo que se hace con los fondos limitados de Caritas en la diócesis de Almería. Es cierto que estos fondos siguen siendo limitados, pero la Memoria anual es escaparate argumentado de que, con un presupuesto aproximado de 1.600.000 euros, de los cuales sólo un 18 % de los ingresos tienen origen público y el resto se nutre del sector privado, es decir, de la caridad real de los diocesanos, Caritas atiende alrededor de 35.000 personas mediante sus diversos programas y la atención inmediata a los necesitados. A estos fondos la Conferencia Episcopal aportó 60.000 euros, que no está mal, pero esta información deja ver que todo lo demás salió del corazón de los católicos y colaboradores de Caritas en Almería.

Que estos programas se lleven adelante sólo es posible por la calidad del equipo director de Caritas Diocesana y la colaboración de los 950 voluntarios que lo hacen posible. Por eso, a mí me cumple la tarea de agradecer vivamente cuanto, gracias a ellos, realiza Caritas en Almería, verdadera expresión de la caridad de la Iglesia.

Con todo afecto y los mejores deseos de bendición para cuantos hacen posible esta tarea de fraterna voluntad de servicio y empeño por crear comunidad.

Almería, a 12 de septiembre de 2017
Fiesta del Dulce Nombre de María

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Thu, 07 Dec 2017 12:20:47 +0000
Todos somos obra de tu mano http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/41745-todos-somos-obra-de-tu-mano.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/41745-todos-somos-obra-de-tu-mano.html Todos somos obra de tu mano

Carta de Mons. Adolfo González Montes, Obispo de Almería, a los diocesanos al comienzo del Adviento.

Queridos diocesanos:

Comienza el Adviento, un tiempo de gracia que prepara a la comunidad cristiana a la celebración de la Navidad. Las cuatro semanas del Adviento, más o menos completas, según cada ciclo litúrgico anual, son un tiempo particularmente entrañable. En el Adviento es posible para la humanidad una experiencia del amor de Dios al contemplarle presente en la carne del Niño esperanza de una humanidad herida, que va a nacer de la Virgen Madre para restañar la herida de la que la humanidad que la padece ha dejado, ya hace tiempo, de ser consciente, o al menos de percibirla en toda su honda significación religiosa.

La voz poderosa del profeta Isaías, que abre el Adviento resuena incisivamente en las conciencias adormecidas de los cristianos: «Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento. Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti» (Is 64,5-6a).

Al final del año litúrgico, la palabra de Dios viene a despertarnos del letargo en el que vive la humanidad, encerrada como en una clausula en un paréntesis que, a sabiendas, uno es consciente de que es falso. Si se lo propone, puede descubrir con toda claridad que vive mintiéndose a sí mismo, cuando la sinceridad mueve a uno a mirarse en la propia conciencia, y se descubre ante sí mismo como de verdad es, pensando y haciéndose creer que no hay Dios o creando las imágenes de Dios que más le placen y tranquilizan.

La palabra de Dios despierta al hombre de su ensoñación culpable y lo devuelve a la verdad de su propia existencia. Cuando al cerrar el año litúrgico la Iglesia proclama a Jesús como aquel a quien Dios Padre le ha entregado el juicio sobre todos y cada uno de los seres humanos, la palabra de Dios coloca a cada cual ante las postrimerías de la vida. Con san Juan de la Cruz la Iglesia invita a todos considerar que al final de la vida seremos examinados de amor y es amor lo que nos falta.

Esta invitación de la Iglesia va con el anuncio de la salvación como tarea que Jesús confió a sus apóstoles, y tiene expresión litúrgica especial en los últimos domingos ordinarios del año. Es al acabar el ciclo anual de las celebraciones cristianas cuando adquiere una particular densidad en la fiesta de Cristo Rey, el último domingo del año litúrgico. La llamada a la vigilancia y a la conversión es la bisagra que une los últimos domingos del año que acaba con el Adviento de un nuevo año litúrgico que comienza. Esta llamada sigue siendo invitación a la vigilia y a estar preparados, porque no sabemos cuándo vendrá el dueño de la casa en que habitamos (cf. Mc 13,35). El nuevo ciclo de celebraciones que abre el Adviento gira sobre esta llamada a la vigilia permanente, sostenida por la fe, que distingue y al mismo tiempo ve unidas la llegada de Cristo en nuestra carne hace veinte siglos cumplidos, naciendo de la Virgen María en Belén, y la venida gloriosa de del Señor al final de los tiempos, cuando Dios consumará la historia de la creación redimida por la sangre de su Hijo.

El Adviento lleva, por esto, a la comunidad cristiana, al comienzo del nuevo ciclo litúrgico, a la espera del Señor desde la Navidad a la Pascua, y de ésta a la gloria de Cristo como Hijo del hombre y Señor de la creación y de la historia. La Iglesia llama al cristiano a ser consciente de que Dios cancela las culpas a quien humilde reconoce su condición de pecador, porque Dios ha reconciliado al mundo en Cristo (cf. 2 Cor 5,19). Cuando el pecador acepta el mensaje de salvación, todo se hace nuevo para él, y entonces vivirá el en la fe el tiempo del Adviento como un tiempo de espera y de esperanza, porque «se revelará la gloria del Señor, y toda criatura a una la verá» (Is 40,5).

Al final del Adviento la Iglesia celebra el nacimiento del Señor en nuestra carne y la evocación de aquel acontecimiento, histórico e irrepetible, que fue la encarnación del Hijo y su nacimiento de María, acontecimiento del que da cuenta el evangelista, se hace experiencia de fe y Cristo renace en el interior de cada creyente. Una experiencia que se prolonga en el tiempo, marcando la historia personal de cada bautizado, en la esperanza de que también llegará la revelación final de Cristo; y su última venida traerá consigo la consumación de este mundo que pasa, y entonces se habrá cumplido la esperanza de que «Dios sea todo en todas las cosas» (1 Cor 15,28).

La fe se hace así paciencia con un mundo que no queremos como está y aspiramos a transformarlo con Dios como protagonista. La fe librará a los impacientes de pretender arrasarlo todo y empezar de nuevo, como si nada hubiera nunca cambiado, olvidando como todos los adamitas impacientes la olvidan la infinita paciencia de Dios; olvidando que la novedad la introducido ya Dios mismo en la entraña del mundo con el nacimiento de Cristo en nuestra carne.

El Adviento es, por esto mismo, además de un tiempo de esperanza, un tiempo para la paciencia y, asimismo y sobre todo, un tiempo para la conversión: un tiempo para recibir al que vino ya en nuestra carne y vendrá en su gloria; un tiempo para recibir al que está viniendo permanentemente y llamando a la puerta de nuestro corazón y nos dice: «si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20). Sí, no los dudemos: Jesús está llamando e invitando a seguirle para cambiar con él las cosas y abrirnos a un futuro de verdadera esperanza.

Con afecto y bendición.

Almería, a 3 de diciembre de 2017

Domingo I de Adviento

                                    + Adolfo González Montes

                                            Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Almería Sun, 03 Dec 2017 15:25:35 +0000