Almería Oficina de Información de los Obispos del Sur de España http://odisur.es Thu, 19 Jul 2018 21:31:00 +0000 Joomla! 1.5 - Open Source Content Management es-es En Fiñana, en la traslación de las reliquias de los Beatos http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45392-en-fiñana-en-la-traslación-de-las-reliquias-de-los-beatos.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45392-en-fiñana-en-la-traslación-de-las-reliquias-de-los-beatos.html En Fiñana, en la traslación de las reliquias de los Beatos

Homilía de Mons. Adolfo González Montes, obispo de Almería, en Fiñana, con motivo de la traslación de las reliquias de los Beatos D. Melitón Martínez Gómez y D. Manuel Alcayde Pérez, presbíteros y mártires

Homilía en el Domingo XIII del Tiempo Ordinario

Traslación de las reliquias de los Beatos D. Melitón Martínez Gómez y

D. Manuel Alcayde Pérez, presbíteros y mártires

Lecturas bíblicas:    Sb 1,13-15; 2,23-25

                          Sal 29,2.4-6.11-12a.13b

                        2 Cor 8,7-9.13-15

                        Mc 5,12-43

Querido Sr. Cura párroco y hermanos sacerdotes

Ilustrísimo Sr. Alcalde y Autoridades

Hermanos y hermanas:

Nos concede Dios providente celebrar esta solemne misa estacional, en este Domingo XIII del Tiempo ordinario, congregados en esta iglesia parroquial de la Anunciación con motivo de la traslación de las reliquias de los beatos D. Melitón Martínez Gómez y D. Manuel Alcayde Pérez, presbíteros y mártires, párroco y coadjutor de esta comunidad parroquial, sacrificados en odio a la fe en la persecución religiosa del siglo XX en España.

D. Melitón había nacido en 1878 y fue ordenado sacerdote en 1921, con sólo veintidós años, permaneciendo sacerdote hasta su muerte durante treinta y cinco años. Fue párroco de esta villa de Fiñana de 1912 a 1917, para volver a Fiñana en 1920 tras un breve paréntesis, y permanecer en el ejercicio de su ministerio parroquial hasta su martirio el 17 de septiembre de 1936. Con los bienes heredados de su familia, don Melitón fue amantísimo de los pobres y los desheredados, a los que socorría con amor, igual que consolaba a los enfermos y a sus familiares. Fue querido por sus feligreses y en particular por los ancianos, los enfermos y los niños. Su imagen de buen pastor respondía a la más honda verdad de su vida, lleno de amor a Cristo y la Santísima Virgen María.

Don Melitón puso en práctica con caridad evangélica el consejo de san Pablo a los corintios: «…distinguíos también ahora por vuestra generosidad. Bien sabéis lo generoso que fue nuestro Señor Jesucristo: siendo rico, por vosotros se hizo pobre, para que vosotros con su pobreza os hagáis ricos. Pues no se trata de aliviar a otros, pasando vosotros estrecheces: se trata de nivelar» (2 Cor 8,13). Palabras que vemos hoy con gozo cumplidas con creces en el buen cura párroco, dispuesto a perder la vida por Cristo, como él mismo profetizó de su destino martirial.

D. Manuel fue coadjutor de esta misma parroquia de la Anunciación. Había nacido en 1869 y recibió la ordenación sacerdotal a los veinticuatro años en 1893, permaneciendo hasta su muerte como sacerdote durante cuarenta y tres años. Con diversas misiones pastorales, la de coadjutor de Fiñana marcó de manera especial toda su vida sacerdotal y apostólica, leemos en la Positio de la beatificación: «La catequesis en las once barriadas del pueblo, y la misma Estación, fueron testigos mudos de la asiduidad y cuidado pastoral. El culto en las diversas Ermitas y Capillas, y la atención a los enfermos en la que los sucesivos párrocos de Fiñana encontraron en Don Manuel un fiel y seguro colaborador» (Positio, vol. II, 841).

Ambos presbíteros perecieron en una persecución marcada por el odio a la fe y a la Iglesia. La narración de su martirio hace presente la pasión de Cristo llevado ante el sanedrín: una vez hechos prisioneros fueron trasladado de su casa adelante el Comité revolucionario, «a golpes y empujones, entre mofas, burlas y palabrotas» (Positio, vol. II, 841). Se les condenó sin juicio alguno para ser asesinados en la madrugada del 18 de septiembre de 1936.

Mis queridos hermanos y hermanas, estos sacerdotes mártires amaron a Cristo hasta la muerte y por él sufrieron el martirio. Como discípulos de Cristo que somos, damos gracias a Dios por su victoria, pues fue él quien que los sostuvo con su gracia. Del mismo modo, nos parece justo que sean honrados cuantos, sin hallarse incursos en causas criminales, por fidelidad a su conciencia y sus ideas y militancia política sufrieron la muerte en aquella dramática hora de España.

Hoy honramos a estos pastores buenos, alentados por la palabra de Dios que hemos escuchado y nos recuerda que «Dios no es autor de la muerte ni se alegra con la destrucción de los vivientes. Él lo creó todo para que subsistiera» (Sb 1,13-14a.). El hombre «ha sido creado por Dios para la inmortalidad, y lo hizo a su imagen y semejanza», sigue diciendo el autor sagrado, para concluir afirmando que fue «por envidia del diablo como entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen» (Sb 2,23-24).

Dios es el autor de la vida y por la muerte de su Hijo, padecida en nuestro favor, hemos recobrado la vida eterna, que el hombre había perdido a causa del pecado. La muerte de Cristo nos ha abierto el reino de los cielos y su sacrificio redentor nos ha traído la vida eterna. Los mártires entregaron su vida por Cristo confesando su esperanza en la vida eterna, en claro contraste con la desesperanza del hombre de hoy, apegado a la tierra, sin otra meta que lo que de sí mismo pueda lograr, pero sin poder vencer la carrera que inexorablemente nos lleva la muerte. Más aún, el hombre actual que no cree en la vida eterna, se cree árbitro de la muerte y se arroga decidir cuándo merece o no vivir esta vida mortal, a la que no le encuentra sentido si es asaltado por una enfermedad incurable, o por un fracaso que le sume en la desesperación, perdiendo el gusto por una vida que ya no le resulta útil, con calidad o placentera.

Confesar hoy nuestra fe en Cristo es confesar que creemos en el Dios de la vida, aceptando que sólo Dios puede disponer de la vida que él ha creado; pues, como dice el libro de la Sabiduría, «Dios no hizo la muerte» (Sb 1,13). Todos estamos en sus manos y, si creemos en él, nada hemos de temer de quien ha entregado a su propio Hijo a la muerte, para que nosotros tengamos vida eterna (cf. Jn 3,15): la vida que no termina porque es participación de la misma vida de Dios, y nos ha llegado por la muerte redentora de Cristo y su gloriosa resurrección. Cristo resucitado nos precede en los cielos y atrae hacia sí a la humanidad que le sigue y confiesa que sólo él, Hijo de Dios y hombre verdadero, tiene las llaves de la muerte (cf. Ap 1,15), porque sólo él ha salido vencedor del sepulcro.

El evangelio de este domingo nos presente a Jesús devolviendo la salud a los enfermos que creen en él. Jesús es portador de un dinamismo de vida que otorga salvación a quien tiene fe, como él mismo dice a la mujer que le tocó la orla de su vestido, esperando verse curada de los flujos de sangre que padecía desde hacía años sin haber hallado remedio a su mal. Jesús le dice a aquella mujer: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud» (Mc 5,34).

La fe, sin embargo, no es un mecanismo autónomo o mágico, sino la plena confianza en Jesús como enviado de Dios. La fe en Jesús es fe en su persona divina de Hijo de Dios hecho hombre. La mujer curada no lo sabía de esta forma en que nosotros hoy confesamos el misterio divino de la persona de Jesús, pero sí creía que su relación con Dios era el secreto de su misión, y confió plenamente en que Jesús podía curarla. Como confiaba en Jesús Jairo, el jefe de la sinagoga que le pide vaya a curar a su hija, que estaba en las últimas. Cuando le comunicaron la muerte de su hija, seguro que se disponía a retirarse y dejar ya a Jesús, pero fue Jesús el que le dijo en qué estaba el remedio final: «No temas; basta que tengas fe» (Mc 5,36). Ante el escepticismo de todos, Jesús llama a la niña, que tenía 12 años –dice el evangelista-, para que vuelva a la vida y se la entrega a sus padres.

La fe en Jesús es causa de vida y la resurrección de la hija de Jairo, igual que la resurrección del hijo de la viuda de Naín y la resurrección de Lázaro, es la revelación de su honda verdad divina de Jesús. Jesús dice a Marta, la hermana de Lázaro: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre» (Jn 11,25-26). Creer en Jesús es creer que, más allá de la muerte que hemos de padecer, hay vida definitiva para el ser humano, porque Dios lo ama y hemos sido salvados por la cruz Cristo de nuestros pecados y reconciliados con Dios (cf. 2 Cor 5,19-20). El sacrificio de Jesús por nosotros se hace ahora presente en el altar y, por nuestra participación en él, Dios nos asocia el triunfo de Cristo sobre la muerte y nos incorpora a su glorificación en el cielo.

Así lo creyeron los mártires y, por eso, como dice el libro del Apocalipsis «no amaron tanto su vida en forma tal como para que temieran la muerte» (Ap 12,11). Que la Virgen María, Reina de los Mártires y la intercesión del mártir amado san Sebastián y de estos santos pastores mártires, nos ayuden a creer y vivir sin temor a la muerte, convencidos de que, «si con Cristo morimos, viviremos con él» (2 Tim 2,11).

Iglesia parroquial de la Anunciación

Fiñana, 1 de julio de 2018

                            X Adolfo González Montes

                                     Obispo de Almería

]]>
no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Almería Fri, 06 Jul 2018 13:36:47 +0000
En el XXI aniversario de la consagración episcopal http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45363-en-el-xxi-aniversario-de-la-consagración-episcopal.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45363-en-el-xxi-aniversario-de-la-consagración-episcopal.html En el XXI aniversario de la consagración episcopal

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González, en el XXI aniversario de la consagración episcopal

Lecturas bíblicas: Éxodo 32,7-14; Salmo 88,2-5.21-22.25 y 27; 1 Tes 2,2-8; Mc 1,14-20

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos,
Queridos hermanos y hermanas:

La celebración anual del aniversario de la consagración del Obispo pone de manifiesto el carácter constitutivo de la sucesión apostólica en la Iglesia diocesana, que por medio del ministerio del Obispo se inserta en el tejido espiritual y social de Iglesia universal. La Iglesia particular fue definida por el Concilio como porción de la Iglesia universal, en la cual se hace presente el misterio de salvación.

La Iglesia particular no está aislada de la Iglesia universal, forma parte de ella y, más aún, en ella es la entera Iglesia de Cristo la que se hace presente como portadora de la salvación, que anuncia y administra como servidora del Evangelio, ministra Evangelii, para que todos los hombres vengan al conocimiento de la verdad y a formar parte de la comunión apostólica, que es comunión con «con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1 Jn 1,3).
La Iglesia es siempre creatura Verbi, creación del Verbo, del Hijo unigénito, Palabra de Dios encarnada y dirigida a las generaciones que se suceden en el tiempo, para todas se integre en la congregación eclesial, que es la comunión de quienes han recibido «el Espíritu que viene de Dios para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado» (1 Cor 2,12). La Iglesia es ministra del Evangelio y es a su vez fruto del anuncio evangélico, a cuyo servicio está. El ministerio apostólico, en cuyo ejercicio los obispos suceden a los Apóstoles, está al servicio de la misión de la Iglesia como servidora del Evangelio. El apostolado que, por voluntad de Cristo, hace la Iglesia es ministerio para evangelizar, por eso exclama san Pablo: «¡Ay de mí si no evangelizare!» (1 Cor 9,16b). Es su deber porque el Apóstol de las gentes ha sido incorporado al apostolado para llevar el anuncio de la salvación en Cristo a las naciones. Es Cristo mismo quien le ha encomendado este ministerio, a pesar de haber perseguido a la Iglesia, motivo por el cual habla de sí mismo como el último de los apóstoles. Ha sido llamado a evangelizar y no le importan los honorarios y la gloria que en justo salario merece su dedicación a la predicación. Para Pablo prima el deber de evangelizar y lo manifiesta sin ambages: «Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe» (1 Cor 9,16ab).
La sucesión en el ministerio apostólico es para proclamar el Evangelio con la autoridad que Cristo ha conferido a los apóstoles y a sus sucesores. La Iglesia es por eso mismo apostólica, se levanta sobre la predicación apostólica y la sucesión en el ministerio apostólico, de suerte que «nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo» (1 Cor 3,11). No es lo importante la singularidad de cada apóstol, su personalidad y cualidades, lo importante es que Cristo lo ha llamado y ha recibido de él la misión de llevar el mensaje hasta los confines del mundo. No es lo importante lo que cada uno de los apóstoles puede llevar a cabo según la gracia que se le conceda, sino la común misión del Evangelio. Por eso dirigiéndose a su comunidad de Corinto, san Pablo les dice: No importa plantar o regar, porque «es Dios el que hace crecer. Y el que planta y el que riega son una misma cosa; si bien cada cual recibirá el salario según su propio trabajo, ya que somos colaboradores de Dios y vosotros, campo de Dios, edificación de Dios» (1 Cor 3,8-9).
Así, pues, todo apóstol está al servicio de la proclamación del Evangelio, es su primer cometido por voluntad de Cristo resucitado, que ordena a sus apóstoles «proclamar la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16,15), hacer discípulos bautizándolos en nombre de la Trinidad y «enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28,19-20a). No podemos ser acompañantes mudos, testigos que con su mudez neutralizan el testimonio que están llamados a dar, porque la Palabra de Dios de la cual de la que los sucesores de los apóstoles somos portadores es palabra que ha de ser proferida y dirigida a cada ser humano convocándole a entrar en la congregación de la Iglesia, ámbito de la humanidad redimida, sacramento de salvación (VATICANO II, Constitución Lumen Gentium, n. 9c y 48b; Decreto Ad gentes divinitus, n. 5) y signo de la unidad del género humano (LG, n. 1). Cuando estamos tentados a evaluar con pesimismo el marco social y cultural de nuestro tiempo por su alejamiento del Evangelio y abandono de la Iglesia, no debemos olvidar que la proclamación de la verdad evangélica ha tropezado siempre, a lo largo de la historia de la Iglesia, con fuerte oposición, pero ha dejado de producir en todo tiempo, incluido el tiempo de crecimiento oculto de la semilla, los frutos de conversión a Dios y a Cristo que dan forma y figura histórica a la Iglesia.
Como san Pablo dice a los tesalonicenses, el apóstol ha de predicar la verdad de la fe sin engaños, sin rebajar su contenido para ser aceptado por el mundo, por la mentalidad ambiente y la cultura dirigida por el poder político, confiando siempre en que es Dios que hace crecer. No es la adulación ni la codicia disimulados por las buenas maneras lo que da fruto, salvo en provecho propio, sino la rectitud de la intención de quienes proclaman el Evangelio «no buscando agradar a los hombres, sino a Dios que examina nuestros corazones» (1 Te 2,4). Quienes piensan que rebajando el contenido de la fe atraerán a la Iglesia a los alejados, sólo cosecharán el fracaso de la acomodación de la vida cristiana a las exigencias del mundo, sin posibilidad alguna de que los hombres se sientan transformados por la banalidad de la sal desvirtuada e incapaz de sazonar.
El obispo como sucesor de los apóstoles, juntamente con su condición de heraldo del Evangelio, tiene, además, el cometido irrenunciable de ser vinculo de comunión en la Iglesia que preside. Queridos hermanos, la Iglesia es siempre «Iglesia de la Trinidad», está enraizada en la comunión trinitaria, y por esto mismo, con la misión de evangelizar se confía a los sucesores de los apóstoles la comunión eclesial, a cuyo servicio está el gobierno pastoral de las comunidades eclesiales y la acción sacramental que, por el obispo se extiende al colegio de los presbíteros. El Obispo y su presbiterio están al servicio de la comunión, para que en ella se realice el designio de Dios de convocar y salvar a los hombres en un único pueblo.
La enseñanza conciliar sobre las Iglesias particulares nos recuerda que el sucesor de Pedro es en la Iglesia universal «el principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles»; y declara a continuación: «Cada uno de los obispos, por su parte, es el principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares, formadas a imagen de la Iglesia universal» (LG, n. 23). De esta manera observa el Concilio que nadie puede construir la Iglesia al margen de la comunión que el obispo preside, una comunión que no es retórica ni fingida, porque no consiste en protestaciones de obediencia y fidelidad, sino en secundar el magisterio y el gobierno del obispo en su Iglesia particular.
Esta misión y cometido del obispo no sólo se realiza mediante el gobierno pastoral, es sobre todo resultado del ejercicio sacramental que al obispo corresponde. Por esto mismo, es inseparable del ejercicio del sumo sacerdocio de Cristo en su Iglesia que el obispo realiza en la persona de Cristo Cabeza, a la cual asocia a los presbíteros, que han recibido de Cristo el ministerio sacerdotal. Es el obispo quien, en primera instancia, en comunión con el sucesor de Pedro y el Colegio episcopal, confecciona y preside la Eucaristía en la Iglesia diocesana y quien manda celebrarla a los presbíteros, sus colaboradores más estrechos, unidos a él por la participación común en el ministerio sacerdotal de Cristo. El ministerio de santificación confiado por Cristo a los apóstoles se realiza por el ministerio de la reconciliación y de la Eucaristía: es el ministerio de hacer y rehacer la comunión eclesial, para que el perdón de los pecados y la gracia de la redención de Cristo produzcan la reconciliación de los pecadores en la comunión de la Iglesia y reciban la vida divina, participada de forma singular en el sacrificio eucarístico.
Nunca podremos ponderar de modo suficiente, queridos presbíteros, que somos ministros de la reconciliación que Cristo nos ha confiado ejercer, asociándonos a su ministerio sacerdotal; un ministerio proféticamente anunciado en la misión reconciliadora que ejerció Moisés, su elegido alejando la ira de Dios y el justo castigo contra el pueblo elegido. Lo hemos escuchado en la primera lectura de esta misa. En un lenguaje humano de gran belleza, leemos en el libro del Éxodo que Moisés suplicó al Señor su Dios, haciendo memoria de cómo, después de haberlo prometido a los padres, no puede destruir al pueblo de su elección (cf. Éx 32,11-13). El obispo y con él los sacerdotes presiden la oración de la Iglesia, que ellos recapitulan, anticipan y prolongan a diario unidos al ministerio de Cristo Mediador y único Sacerdote.
Ved, queridos hermanos, cómo y con qué alcance el evangelio de san Marcos que hoy hemos proclamado nos ofrece la razón de ser de nuestro ministerio episcopal y sacerdotal, que alienta en la misión de toda la Iglesia. La Iglesia es apostólica porque fundada por Cristo, ha sido plantada mediante la siembra de la predicación evangélica. La Iglesia, fiel a la herencia de los Apóstoles, ha sido enviada al mundo para ser testigo de Cristo y sacramento de su presencia en el mundo. Misión que sólo puede llevar a cabo como prolongación del ministerio apostólico, cometido irrenunciable de la Iglesia que Jesús encomendó a los Apóstoles y se prolonga en el ministerio de sus sucesores. Los obispos y sus colaboradores estrechos los presbíteros son llamados por Jesús a seguirle de una forma radical, supeditando todo a la llamada a atraer los hombres a Cristo, como lo hicieron los primeros llamados, seguidos por los demás apóstoles y discípulos, que imitaron su entusiasmo y ejemplo.
El evangelio de hoy nos ilustra el modo y la manera de una radical apostólica que nada antepone al seguimiento de Cristo. Nos dice el evangelio que pasando Jesús junto al lago de Galilea fue llamando a los primeros discípulos, a Simón y a su hermano Andrés. Al verlos Jesús, que ya les conocía de antemano como sólo el Hijo de Dios podía conocerlos, como conoció a Natanael antes de que el apóstol pudiera tomar conciencia de ello, les invitó a seguirle. Lo hizo con palabras que en su significación simbólica resumen el ministerio de los apóstoles: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres» (Mc 1,19); y ellos al instante lo siguieron dejando las redes, y así sucedió con los hermanos Santiago y Juan, a los que Jesús llamó después, «y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él» (Mc 1,20).
Suceder a los apóstoles es prolongar en el tipo esta pesca apostólica para llevarlos al encuentro con Cristo, experiencia definitiva de salvación que se realiza gracias al ministerio de la palabra y de la santificación, y se prolonga y manifiesta en la caridad pastoral, que extiende los bienes de la salvación sanando las heridas que afligen a los seres humanos, con la colaboración propio de religiosos y laicos. Los primeros radicalizando mediante la práctica de los consejos evangélicos una vida enteramente centrada en Dios a imitación de Cristo, en la cual se anticipa la plenitud del reino de Dios que esperamos ver consumado. Los laicos con su propia misión mediante la consagración de las realidades temporales para que vengan a ser anticipación de las realidades eternas. Todos en la comunión de la Iglesia apostólica que preside en cada Iglesia particular el obispo, para ser «morada de Dios en el Espíritu» (Ef 2,22).

S. A. I. Catedral de la Encarnación
5 de julio de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

]]>
no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Almería Fri, 06 Jul 2018 12:38:33 +0000
Misa de exequias del sacerdote Dr. José Luis Sánchez Nogales http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45164-misa-de-exequias-del-sacerdote-dr-josé-luis-sánchez-nogales.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/45164-misa-de-exequias-del-sacerdote-dr-josé-luis-sánchez-nogales.html Misa de exequias del sacerdote Dr. José Luis Sánchez Nogales

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Lecturas bíblicas: Job 19,1.23-27a
Sal 24,6-7bc.17-18.20-21
2 Cor 5,1.6-10
Aleluya: Si morimos con Cristo, viviremos con él
Si perseveramos, reinaremos con él
Lc 23,44-46.50.52-53; 24,1-6a


Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos esta misa de exequias en sufragio del alma de nuestro hermano D. José Luis Sánchez Nogales, que nos ha dejado al ser llamado por Dios, dando por consumada su vida, cerca ya de la meta bíblica que asigna setenta años al hombre y al más robusto hasta ochenta, años que dice el salmista «pasan a prisa y vuelan» (Sal 89,10). La esperanza de vida de nuestra sociedad ha alargado notablemente nuestros días, y el zarpazo de una cruel enfermedad que arrebata a un ser querido resulta especialmente doloroso, cuando todavía el que nos deja nos hace concebir la esperanza de poder apreciar durante años su vida y su persona, su actividad laboriosa; y cuando se trata de un sacerdote y de un teólogo, la esperanza puesta en el fruto sobrenatural del ejercicio de su ministerio y del magisterio religioso que lo acompaña.

Cuando inesperadamente y en pocos meses se resuelve una vida apreciable que nos deja, sólo cabe la confesión de fe que sustenta la esperanza y da sentido a su partida definitiva de quien nos deja, cuando ya nunca más le volveremos a ver. La confesión esperanzada de quien, como Job, después de haber sido despojado de sus bienes y herido en su carne, ha contemplado no sin decepción cómo sus allegados y amigos, a los que acudía pidiéndoles amparo, justifican a Dios que le hiere sin pensar siquiera que el único refugio en la desgracia sigue siendo Dios y que, por tanto, cabe esperar una palabra luminosa de él sin renegar de su amor.

Sólo la fe puede garantizarnos que Dios no está contra nosotros, y «si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» (cf. Rm 8,31; cf. L. ALONSO SCHÖKEL/J. L. SICRE DÍAZ, Job. Comentario teológico y literario [Madrid 22002] 353). Job será justificado porque discutiendo con Dios, que así trata a sus amigos, sabe que el sufrimiento que lleva consigo la vida del hombre sobre la tierra es sólo la prueba por la que ha de pasar para ver a Dios cara a cara: para encontrarse con el único que es garantía de justicia, el Viviente, que es la fuente inagotable de la vida que no termina. Job desea que sus palabras se graben en cobre, porque su respuesta al dolor que se le inflige es la confesión de la fe inconmovible en Dios: «Yo sé que está vivo mi Redentor, y que al final se alzará sobre el polvo: después que me arranquen la piel, ya sin carne veré a Dios; yo mismo lo veré y no otro, mis propios ojos lo verán» (Jb19,25-27).

La fe en Dios, único vindicador de los inocentes y los justos, suscita la plegaria de confianza de quienes, a pesar de los sufrimientos que padecen, no pierden la esperanza, porque Dios escucha a sus fieles: «El Señor es compasivo y misericordioso (…) no nos trata como merecen nuestros pecados, / ni nos paga según nuestras culpas» (Sal 102,10). Movido por la fe inquebrantable, el justo sufriente confía en Dios y suplica esperanzado: «Recuerda, Señor, que tu ternura / y tu misericordia son eternas» (Sal 24,6); porque tiene la certeza de la fe en Dios, y firmemente cree en la palabra de promesa del Creador y Redentor del hombre, que por puro amor de su pueblo elegido y de cada ser humano, sin mérito de nadie ante él, Dios responde de quien se fía de él.

El que fía en la palabra de Dios, aunque pase por las cañadas oscuras de la vida y la plena oscuridad de la muerte (cf. Sal 22, 4), como pasó Jesús por el abandono de la cruz, nada ha de temer, porque Dios no abandonó a su Hijo en la oscuridad del sepulcro ni dejó a su Ungido conocer la corrupción (cf. Sal 15, 10). Así, aunque la morada terrenal se desmorone, los fieles del Señor «tienen un sólido edificio construido por Dios, una casa que no ha sido levantada por mano de hombre y tiene una duración eterna en los cielos» (2 Cor 5,1). La prueba final del ser humano es un tránsito hacia la luz plena en la resurrección que compartirá con Cristo. Puede dormir y descansar en paz, y entregar el espíritu al Dios que es Padre, porque pasado el tiempo de la corrupción y llegada la cosecha del trigo renacido, los fieles que mueren en el Señor abandonarán la región de los muertos y habitarán para siempre en las moradas del cielo. Como a Jesús resucitado, no podrán ser hallados en entre los muertos, porque están vivos para siempre en Dios.

Que estas palabras de fe alienten en el corazón de cuantos lloramos la pérdida de don José Luis, sacerdote que consagró su vida a la inteligencia de la fe, para promover aquella certeza del creyente que afianza la vida del ser humano en Dios. Arrebatado por la muerte prematuramente, después de un período de enfermedad más corto de lo esperado al principio, don José Luis era plenamente consciente de que su final estaba cerca. Por ello, se dispuso a desprenderse de cuanto había amado con pasión como profesor eminente, en plena madurez de magisterio tras largos años de duro estudio e investigación, convencido de que lo mejor está en vivir con Cristo para siempre, pues, si morimos con él, viviremos con él en Dios, y perseverando con él por la fe, reinaremos con él (cf. 2 Tim 2,11-12).

Nos ha dejado don José Luis, cuando su jubilación académica le abría a un período fecundo para escribir y prestar su saber a la causa del diálogo interreligioso en el grupo de expertos de la Conferencia Episcopal y de la Santa Sede. Asesor y miembro de las comisiones de la Doctrina de la Fe y de las Relaciones Interconfesionales, su ayuda nos fue muy estimable a los obispos que hemos presidido estas comisiones y a todos sus miembros durante años. Descanse en paz y que el Señor premie sus servicios a la Iglesia como ministro del Evangelio.

Con el auxilio de la Virgen María, Madre de Cristo Sacerdote y de la Iglesia, confiamos al Buen Pastor nuestra oración en sufragio de nuestro hermano sacerdote de Cristo.

Iglesia parroquial de la Anunciación
Berja, a 23 de junio de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

]]>
no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Mon, 25 Jun 2018 12:37:58 +0000
En la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/44753-en-la-solemnidad-del-santísimo-cuerpo-y-sangre-de-cristo.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/44753-en-la-solemnidad-del-santísimo-cuerpo-y-sangre-de-cristo.html En la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Lecturas bíblicas: Ex 24,3-8; Sal 115,12-13.15-17; Hb 9,11-15; Aleluya Jn 6,51; Mc 14,12-16.22-26

Queridos hermanos y hermanas:

La solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo nos coloca en adoración del más grande sacramento, el signo que contiene la realidad en él significada: el Cuerpo y la Sangre del Señor. En este signo Dios nos ofrece la presencia entregada de su Hijo por nosotros: su pasión y cruz, y su gloriosa resurrección; en definitiva, el contenido del misterio pascual de Cristo, contenido del kerygma o anuncio cristiano de la salvación, tal como Dios quiso en su designio amoroso llevarla a cabo en la entrega de Jesús a la muerte por nuestros pecados, al cual resucitó para nuestra justificación (Rm 4,25). San Pablo nos ofrece probablemente el más antiguo testimonio de este gran misterio de amor de amor, no sólo en fórmulas del anuncio cristiano que dan razón del carácter salvífico de la muerte y resurrección de Jesús, sino en fórmulas también que dan cuenta de la presencia del misterio pascual en la Eucaristía. Así, dice en la carta a los Corintios: «Porque yo recibí del Señor lo que os transmití: que el Señor Jesús la noche en que era entregado, tomó pan, dando gracias lo partió y dijo: “Este es mi cuerpo que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía” Asimismo tomó el cáliz después de cenar, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre. Cuantas veces lo bebiereis, hacedlo en memoria mía” (1 Cor 11,23-25).

Esta narración de la institución de la Eucaristía por Jesús que ofrece san Pablo es anterior a la carta primera carta a los Corintios, carta que data de la Pascua del año 54, cuando el Apóstol se hallaba en Éfeso y allí fue informado de las desviaciones que se habían producido en su querida comunidad de Corinto. Sustancialmente es coincidente con la narración evangélica de la institución eucarística que hemos escuchado en el evangelio de san Marcos, escrito en torno al año 70, después de la muerte de san Pedro. El estudio de los textos sagrados permite concluir que la narración de la cena es anterior a la historia de la pasión, tal como la conocemos. La celebración eucarística es muy tempranamente descrita en la primera mitad del siglo II por san Justino mártir (†165), quien da cuenta de cómo ha sido recibida ritualmente en su época desde el tiempo de los Apóstoles la que en el libro de los Hechos de los Apóstoles se llama fracción del pan.

La Eucaristía es instituida por Jesús en la última Cena y como tal entregada a los Apóstoles y éstos la entregaron desde el principio a la Iglesia. La Eucaristía es por eso el gran bien de la salvación no sólo anunciada sino ofrecida sacramentalmente a cuantos vinieran a la fe. El II Concilio Vaticano enseña que la sagrada Eucaristía «contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo» (II CONCILIO VATICANO, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, n. 5).

El bien de la Iglesia es la salvación ofrecido por Dios al mundo en la entrega de su Hijo por nuestros pecados. La Eucaristía tiene, por esto mismo, el carácter salvífico que dimana de su misma naturaleza como presencia en el sacramento del Altar del sacrificio de Cristo. En la Eucaristía se hace presencia actual para nosotros de su entrega a la cruz, que Jesús quiso anticipar en la última Cena, ofreciendo a los apóstoles el pan de su Cuerpo y el vino de su Sangre. Jesús en el evangelio de san Marcos identifica su cuerpo con el pan y, del mismo modo, el vino de bendición con «mi sangre de la alianza que será derramada por muchos» (Mc 14,24). De esta manera, en el evangelio escuchamos el eco de la alianza del Sinaí que Dios hizo con los israelitas nuestros padres por medio de Moisés diciéndole, tal como hemos escuchado en el libro del Éxodo: «Esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros…» (Ex 24,8).

En contraposición a esta alianza antigua, Jesús ofrece el cáliz de su sangre de la alianza a los suyos, porque su sangre sustituye la sangre de los machos cabríos y las becerras, que no pueden alcanzar el perdón de los pecados, ya que sólo son ritos de purificación. Por eso, el autor de la carta a los Hebreos, recordando estos ritos de purificación con la sangre de los animales inmolados en la antigua ley, dice refiriéndose al derramamiento de la sangre de Jesús: «¡cuánto más [podrá purificar] la sangre de Cristo, que en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo!» (Hb 9,14).

El carácter de salvación de la Eucaristía dimana del hecho de que la sangre de Jesús «será derramada por muchos» (Mc 14,24), según el evangelio de san Marcos; lo que significa que no es derramada sólo «por vosotros» (por los apóstoles y por los que son del pueblo elegido, sino que el derramamiento de la sangre de Jesús alcanzará a los que viven fuera de la alianza de Moisés, a cuantos llegue el anuncio y vengan a la fe, «porque hay un solo , y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos» (1 Tim 2,5-6). Es lo que dice también la carta a los Hebreos: Jesús es «mediador de una alianza nueva»; y explica el autor de la carta que hemos escuchado hoy: en esta alianza nueva ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la vieja alianza que ahora ha sido superada por la alianza en la sangre de Jesús (cf. Hb 9,15).

Son las mismas palabras que escuchamos en la consagración de la Misa referidas al cáliz. Es la fórmula que explica el carácter de la entrega de Jesús, como la encontramos en el evangelio de san Mateo: «porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados» (cf. Mt 26,28). Entrega de Jesús por los pecados del mundo, porque Jesús es el verdadero cordero de Dios que quita el pecado del mundo, como le señaló Juan Bautista; y como le anunciaba ya el profeta Isaías al hablar del siervo del Señor que carga con los pecados del pueblo: «Mi Siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos (…) él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores» (Is 53, 11.12).

La salvación tiene un alcance universal y el mediador y redentor es uno sólo: Jesús que se hace presente con su sacrificio redentor en el altar, para transformarlo en mesa de la fraternidad, en la que se anticipa el banquete celestial de la vida eterna, donde participaremos de la vida divina para siempre. Por eso la Eucaristía alimenta nuestra esperanza y en ella tenemos el gran sacramento de nuestra fe. La fe que obra mediante la caridad que une el amor a Dios y el amor al prójimo en un solo amor, el amor que Dios infunde en nuestros corazones, la caridad que viene de lo alto y es infundida por el Espíritu Santo.

Como decía san Juan Pablo II, si con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés «nace la Iglesia y se encamina por las vías del mundo, un momento decisivo de su formación es ciertamente la institución de la Eucaristía en el Cenáculo», porque en el don eucarístico Jesús anticipa el Triduo pascual de nuestra redención y hace misteriosamente contemporáneos de aquellos acontecimientos de gracia y salvación a los hombres de todas las generaciones que venimos después de él.

Si hacia Jesús miraban las promesas de los que aguardaban la salvación antes de su nacimiento en carne, nosotros que hemos conocido en Jesús la revelación del amor de Dios, ¿cómo no dar gracias a Dios y alabarle con gozo por haber sido agraciados naciendo después de Cristo? No podemos vivir sin agradecer este don admirable de la Eucaristía, sin adorar la presencia divina del Hijo de Dios en el sacramento más admirable, sin proyectar la experiencia de su presencia que nos llega por el ministerio de los sacerdotes.

Como dice el santo papa Juan Pablo II: «El sacerdote pronuncia estas palabras de la consagración o, más bien, pone en su boca y su voz a disposición de Aquél que las pronunció en el Cenáculo y quiso que fueran repetidas de generación en generación por todos los que en la Iglesia participan ministerialmente de su sacerdocio» (SAN JUAN PABLO II, Carta encíclica Ecclesia de Eucharistia, n. 5b).
Nadie puede suplir al sacerdote en el ejercicio de este ministerio y, por eso, hemos de suplicar al Señor las vocaciones sacerdotales y agradecer que por ellas nos siga llegando la presencia del sacrificio redentor de la Eucaristía como verdadero sacrificio de la Iglesia. La crisis de fe en el valor de salvación de la Eucaristía es crisis de fe en la divinidad de Cristo y del carácter único y universal de la salvación que Dios nos ofrece por medio de Jesucristo, único Mediador entre Dios y los hombres.

Que la Virgen María de la cual recibió el Hijo de Dios nuestra carne y humanidad, nos ayude a mantener la fe en este augusto sacramento del amor y la misericordia, de la caridad de Dios con nosotros. Un amor que estamos llamados a extender a cuantos sufren carencias fundamentales necesitan de nuestra comunión fraterna de la que nunca pueden ser excluidos.

S.A.I. Catedral de la Encarnación
Almería, a 3 de junio de 2018
Corpus Christi
 Adolfo González Montes
Obispo de Almería

]]>
no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Mon, 04 Jun 2018 13:32:38 +0000
Domingo de la Santísima Trinidad http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/44661-domingo-de-la-santísima-trinidad.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/44661-domingo-de-la-santísima-trinidad.html Domingo de la Santísima Trinidad

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Lecturas bíblicas: Dt 4,32-34.39-40; Sal 32,4-6.9.18-20.22; Rm 8,14-17; Mt 28,16-20

Queridos hermanos y hermanas:

Después de haber celebrado la cincuentena pascual, que llegaba a su término con la solemnidad de Pentecostés, celebramos hoy la solemnidad de la Santísima Trinidad. Los cristianos tenemos una idea de Dios que no alcanza el hombre por la razón natural, sino que, por pura gracia, Dios mismo ha revelado a los hombres su vida íntima y su designio de salvación.

Por medio de la razón natural podemos alcanzar un cierto conocimiento de Dios: su existencia y sus principales atributos, como su trascendencia, bondad. Podemos llegar a razonar como por ser Dios la realidad más consistente es la verdad plena; y podemos concluir con buena argumentación que Dios es fundamento de la moralidad del obrar humano, conforme a la ley moral inscrita en nuestro corazón y, por eso mismo, en Dios tiene su razón de ser la conciencia moral con la que distinguimos el bien del mal, y que gobierna nuestras acciones.

El apóstol san Pablo recrimina la mala conducta de los hombres que, pudiendo haber conocido a Dios por la luz natural de la razón, no lo han conocido, no le han dado gloria y hacen el mal. El apóstol condena esta conducta dando razón del juicio gravemente negativo que pronuncia: «Pues lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto: Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de forma que son inexcusables» (Rm 1,19-20).

Sin embargo, Dios no ha querido abandonar al hombre a su mala conducta, que le ha alejado de él. Dios, en su bondad y misericordia, ha querido salir a su encuentro, revelándole su amor por la humanidad, origen de la creación y motivo de la redención. El amor de Dios nos ha creado y su misericordia infinita nos ha redimido por medio de Cristo. Para comunicar al hombre este amor y misericordia, Dios se eligió un pueblo para que fuera interlocutor de la humanidad ante él; y lo que dice la primera lectura de hoy es que este Dios, bueno y misericordioso, se dio a conocer al pueblo de su elección, a los israelitas nuestros padres. Haciéndolo así, el hombre llegó a conocer a Dios por experiencia viva de Él. Por eso Moisés pudo preguntarles: «¿Hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido? (…) Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro» (Dt 4,33.39).

Es en la historia de nuestra salvación donde Dios se da a conocer y lo hace mostrando quién es a través de lo que hace por ellos: eligió una nación por pura gracia y cuando los hebreos venidos a Egipto, los descendientes del patriarca Jacob, fueron esclavizados por los egipcios, por medio de Moisés, Dios los condujo a la libertad; y dice el libro sagrado que Dios lo hizo «porque amó a tus padres y eligió a su descendencia después de ellos, te sacó de Egipto con mano fuerte y brazo poderoso…» (Dt 4,37). Los atributos de Dios que destacan en la narración bíblica son su amor gratuito y su omnipotencia al servicio de la libertad y del bien del pueblo elegido. De esta forma muestra Dios su santidad, no tratándoles como merecen sus pecados y deserciones, pues dice de ellos que son «un pueblo de dura cerviz» (Sal 94,10), prestos para desobedecer y tentar a Dios.

Todo el Antiguo Testamento da testimonio de este Dios todopoderoso y lleno de misericordia, al que mueve el corazón de padre que tiene, que es creador de todo lo que existe y ama cuanto ha hecho y nada odia (cf. Sb 1,14; 2,23). La Escritura afirma así, junto con la bondad de Dios su unicidad: Dios es único «y no hay otro» (Dt 4,39). La Escritura afirma con contundencia la unicidad de Dios y, por tanto, el monoteísmo divino, pero en Cristo Dios se ha revelado, al tiempo que Dios único, como comunión de tres divinas personas que son de la misma naturaleza divina y no rompen la unidad del único Dios.
En ello consiste el gran misterio de Ser divino que confesamos en la fe: Dios es uno y trino. La liturgia de este domingo celebra el misterio del Dios que es amor interpersonal, en cuyo seno de Padre es engendrado el Hijo antes del tiempo y de la creación del mundo, que es su Palabra y su fuerza, eterno como el Padre. Hemos conocido esta generación del Hijo en el seno del Padre, porque el Hijo eterno de Dios se hizo hombre por nosotros en Jesús; y por Cristo hemos conocido que el amor que el Padre le tiene y el amor que Hijo tiene al Padre es el origen del Espíritu Santo desde toda la eternidad. Como recitamos en el Credo, el Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad, que «procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria». El apóstol san Pablo afirma del Espíritu Santo que es él quien da origen a la vida de los hijos de Dios y la sostiene y lleva a término. Es el Espíritu santificador que, viniendo a nosotros, da testimonio de que somos hijos por adopción; y nos ayuda a invocar a Dios como ¡Abba, Padre! (Rm 8,15).

El Espíritu Santo, que recibimos inicialmente en el bautismo completa en nosotros sus dones mediante la Confirmación, y viendo a nosotros transforma nuestro interior: venimos así a ser edificados «templo santo en el Señor» (Ef 2,21) por la fe, gracias a la predicación del Evangelio; y así nos convertimos en «morada de Dios por el Espíritu» (Ef 2, 22). Dice Jesús: «Si alguno me ama, mi Padre lo amará y cendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23). El Espíritu Santo por la Confirmación nos inserta con mayor perfección en Cristo y transforma nuestra realidad interior a semejanza del Hijo de Dios, porque enseña san Pablo que «somos hechura suya: creados en Cristo Jesús» (Ef 2,10). El Espíritu Santo es el artífice de nuestra asimilación a Cristo, en quien hemos sido creados, bendecidos, elegidos y hechos hijos adoptivos de Dios (cf. Ef 1,3.4.5).

El Espíritu Santo nos une a Dios por medio de Cristo, dándonos a conocer quién es Jesús de verdad como Hijo de Dios, redentor y salvador nuestro. Es así como hemos de anunciar al mundo que somos salvados en Jesucristo, y hemos de cumplir su mandato misionero, prolongando el anuncio que confío a los apóstoles, como hemos escuchado en el Evangelio: «Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,20).

Hemos sido enviados a dar a conocer al Dios y Padre que se nos ha revelado en Cristo, Creador de todo cuanto existe y redentor nuestro: «el Padre todopoderoso que envió al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres su admirable misterio» (MISAL ROMANO: Oración colecta de la solemnidad de la Santísima Trinidad). Misterio que se nos ha revelado como Amor eterno e inacabable, que se da en la comunión de las tres divinas Personas, comunión a la que Dios nos llama, ofreciendo a la humanidad la felicidad inacabable de su amor, participando de la vida divina.

La vida eterna comienza ya en la vida terrena si por la fe nos adherimos al Evangelio de Cristo y, movidos por el Espíritu Santo, recibimos la gracia de los sacramentos en la comunión de la Iglesia. Dios nos congrega en Cristo para vivir como miembros de su cuerpo en la Iglesia, que es su cuerpo del cual Cristo es la Cabeza.

Tenemos el modelo en la Virgen María, en quien «el Espíritu Santo realiza el designio benevolente del Padre» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 723) al dar virginalmente a luz al Hijo de Dios. El Espíritu Santo preparó a María y la hizo “llena de gracia” para que por la fe acogiera la Palabra hecha carne en su seno y la ofreciera al mundo (CCE, n. 722). Que la Virgen María acompañe a los catecúmenos que hoy reciben los sacramentos de la iniciación cristiana, interceda por los confirmandos y venga en nuestra ayuda, para que vivamos cumpliendo los mandamientos de Dios; y para que, mediante nuestro testimonio y nuestras obras, permanezcamos todos en la Iglesia en la comunión del Dios Trino y Uno, y esta comunión se extienda a todos los hombres nuestros hermanos.

Iglesia de la Sagrada Familia
Almerimar-El Ejido, 27 de mayo de 2018

 

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

]]>
no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Tue, 29 May 2018 12:24:02 +0000
Solemnidad de San Indalecio http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/44415-solemnidad-de-san-indalecio.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/44415-solemnidad-de-san-indalecio.html Solemnidad de San Indalecio

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González, en la festividad del Patrono de la diócesis y ciudad de Almería

Lecturas bíblicas: Sb 5,1-4.14-16; Sal 88,2.6.12-13; 1 Cor 1,18-25; Jn 15,9-17

Excelentísimas e Ilustrísimas autoridades;
Excelentísimo Cabildo Catedral;
Queridos hermanos y hermanas:

La fiesta de san Indalecio, fundador y patrono de nuestra diócesis y patrono principal de la ciudad de Almería nos invita a la alabanza a Dios providente, que nos ha llamado al seguimiento de Cristo y en él a abrazar el evangelio de la salvación.

Es importante considerar que san Indalecio, al que la tradición hace discípulo de Santiago, es fundador de esta Iglesia diocesana y, siendo su primer obispo, es por eso mismo su protector e intercesor en el cielo; y unido a Cristo, Mediador único entre Dios y los hombres, eleva constantemente a Dios Padre súplicas por esta Iglesia y su ciudad.

Los documentos más antiguos de la tradición legendaria le hacen español, convertido por la predicación de Santiago en Zaragoza, pues habría nacido en tierras aragonesas; y no han faltado especulaciones sobre su origen judío y su pertenencia los muchos discípulos del Señor, entre los cuales habría acompañado a Santiago en su viaje apostólico a España. Esto, naturalmente, antes de que el apóstol patrono de nuestra nación, vuelto a Jerusalén, sucumbiera a la espada de Herodes Agripa.

Esta leyenda hagiográfica, de la que forma parte la tradición de los Varones Apostólicos, es en parte matizada por el Martirologio Romano, fija la predicación de los Varones Apostólicos en el tránsito del siglo II al III, a los cuales identifica como obispos que se establecieron en las ciudades de la Hispania meridional. Así, el Martirologio se refiere a san Indalecio como primer obispo de la Iglesia de Urci, actual Iglesia de Almería.

La reliquia de nuestro Patrón que hoy acompañaremos al término de la santa Misa en procesión claustral nos vincula a una historia de fe que se remonta a la predicación evangélica entre nosotros. La predicación del Evangelio dio origen a la plantación y primer desarrollo de nuestra Iglesia en la Urci hispanorromana, precedente histórico de la diócesis almeriense. Al venerar esta santa reliquia del obispo fundador y patrono de la ciudad y diócesis de Almería, se reaviva en nosotros y alcanza un eco especial en nuestra cultura del bienestar el mensaje de la cruz, que por sí mismo «es necedad para los que están en vías de perdición; pero para los que están en vías de salvación –para nosotros– es fuerza de Dios» (1 Cor 1,18).

Esta reliquia que hoy veneramos fue solicitada al monasterio de san Juan de la Peña por el gran obispo franciscano Fray Juan de Portocarrero, y una vez que el Papa Paulo V otorgó la autorización de su traslado, fue recibida en Almería el 21 de enero de 1620. Desde entonces hasta hoy las generaciones de fieles cristianos de estas tierras han venerado esta reliquia de san Indalecio, obispo fundador y mártir de Cristo, y al venerar tan preciada reliquia han reafirmado la fe que recibieron del ministerio apostólico y pastoral de su primer obispo. Con el ejercicio del ministerio de la palabra y la cura pastoral de la naciente Iglesia urcitana, san Indalecio coronó en el martirio la generosa entrega con la que engendró a los hijos de esta Iglesia para la fe en Cristo; y su memoria e intercesión por nosotros sigue hoy alentando nuestra fe y nuestra esperanza, e inspirando la caridad por la que reconocerán cuantos sean testigos de nuestra vida que somos discípulos del Señor. La caridad que es el contenido del mandamiento nuevo, imperativo del Maestro que nos recuerda cómo podemos distinguirnos como amigos del Señor, al mandarnos cumplir con la caridad como crédito de vida, al decirnos: «Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 15,17).

Jesús nos dice que su alegría, experiencia interior del amor que el Padre le profesa y que él profesa al Padre, amor que le lleva a la obediencia de la cruz, estará en sus discípulos, si se aman guardando sus mandamientos. Dice Jesús: «como yo guardo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor» (Jn 15,10). Esta guarda de los mandamientos del Padre mantiene en Jesús aquella alegría suya que durará también en ellos; y en ellos la alegría de Jesús producirá aquel gozo que comparten con Jesús y en sus discípulos «alcanzará su plenitud» (Jn 15,11). Esta alegría no es propia de esclavos, sino de hijos; por eso, entre Jesús y sus discípulos no hay señor y siervos, porque los discípulos son sus amigos, si se aman: «si hacéis lo que yo os digo» (Jn, 15,14).

En una situación tan tensionada como la que estamos viviendo, cuando se agudizan las oposiciones entre las naciones y resulta tan difícil restablecer el equilibrio de la paz en zonas tan castigadas como el Oriente Próximo; y cuando entre nosotros, en nuestro suelo patrio, esta tensión y estas oposiciones arrastran a algunos a la ruptura de la historia común de quienes somos herederos de la misma tradición cristiana y hemos formado una gran comunidad de siglos, hemos de sentir la llamada al entendimiento y la unidad. La historia todavía reciente de España debe recordarnos que alentar la desafección y la hostilidad entre quienes somos herederos de esta historia común, no es una apuesta por la paz y la concordia de todos; y no lo es tampoco negar el bien moral de la unidad fundada en la convivencia histórica.

Hoy, como siempre, hemos de invocar la intercesión de aquellos varones apostólicos que nos predicaron el Evangelio de la vida y de la fraternidad, que inspiró siglos de vida en común y consolidó una identidad compartida. Hemos de suplicar a Dios la sabiduría del justo, que soportó el desprecio y las injusticias con la paciencia y el temple que acreditan que su vida se corresponde con la vida de los hijos de Dios.

San Indalecio, como los Apóstoles y los varones apostólicos que fundaron las primeras Iglesias nacidas de la Iglesia madre de Jerusalén, se condujeron con la humildad que es fruto de la sabiduría de lo alto, la sabiduría que viene del Espíritu Santo y da a conocer la verdad de las cosas, que se ajusta siempre a la mente del Creador. Como san Pablo dice a los corintios, la predicación de la cruz de Cristo aparece como locura o necedad, pero «para los que se salvan –para nosotros- es fuerza de Dios» (1 Cor 1,18). Los malvados creen tener fundada su visión de las cosas, porque apelan a la experiencia del fuerte y de la lógica de este mundo, pero «la esperanza del impío es brizna que arrebata el viento…» (Sb 5,14). Carece de consistencia, porque no tiene su fundamento en Dios y en sus obras, mientras la esperanza del justo, de aquel que fía en la palabra de Dios es esperanza que se verá colmada, porque Dios premia la fe de quienes esperan en él; como esperaron en Dios los mártires y pusieron en él su confianza frente a la arrogancia de los perseguidores.

Pidamos a san Indalecio que interceda por nuestra Iglesia y por nuestra ciudad, para que no seamos víctimas de espejismos ilusorios; para que sepamos llamar a las cosas por su nombre, conocedores de su verdad, aunque a veces nos cueste la descalificación y el desprestigio que arrojan los que dominan la opinión e incluso desde el poder que se les otorga para salvaguardar el bien común, someten a los demás mediante la mentira y el ocultamiento de la verdad.

Que la santísima Virgen, que fortaleció a Santiago en la dificultad de la predicación y acompañó la obra de evangelización apostólica siga intercediendo por nosotros que la invocamos con el título de Estrella del Mar.

S. A. I. Catedral de la Encarnación
15 de mayo de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

]]>
no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Wed, 16 May 2018 07:42:27 +0000
En la fiesta de San Juan de Ávila http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/44335-en-la-fiesta-de-san-juan-de-ávila.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/44335-en-la-fiesta-de-san-juan-de-ávila.html En la fiesta de San Juan de Ávila

Homilía del obispo de Almería. Mons. Adolfo González, en la fiesta de San Juan de Ávila, Patrono del Clero español

Lecturas bíblicas: Hch 13,46-49; Sal 22,1b-6; Mt 5,13-19

Queridos hermanos:

La fiesta de san Juan de Ávila nos invita a dar gracias a Dios y alabar su providencia sobre nosotros, al darnos en la persona del gran evangelizador que fue el Maestro Ávila un intercesor y un patrón que, unido y configurado con Cristo, único mediador, estimula nuestro proceso constante y sostenido de configuración con Cristo, único sacerdote y servidor de los hombres. Esta configuración con Cristo fue en san Juan de Ávila fruto de la contemplación de quien dio su vida por nuestro amor, conforme al designio del Padre, siguiendo aquellas palabras de Jesús: «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,28).

Lo que san Juan de Ávila contempla en el Crucificado es la expresión suprema de un servicio que es diaconía del amor inmolado, mediante la entrega de la propia vida por los hombres a causa de Dios y de la justicia de su Reino, para que su voluntad sea hecha y el hombre sea rescatado de la perdición. Aquello para lo cual es tomado el sacerdote de entre los hombres es la causa de Dios, pues está puesto en favor de los demás «en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados (…) por sus propios pecados igual que por los del pueblo» (Hb 5,1.3).
El ministerio de Cristo es ministerio de la palabra proclamada por aquel que dice las palabras que ha oído al Padre, y por eso mismo no habla por cuenta propia, sino que dice lo que ha oído al Padre (cf. Jn 5,30; 7,16-18; 8,40; 12,49). Cristo Jesús es el evangelizador del Padre, al servicio de aquella verdad que puede salvar al mundo: la verdad de Dios revelada en la carne del Hijo. Por eso, evangelizar es dar a conocer a Cristo. El componente paulino del magisterio de santidad que tenemos en san Juan de Ávila es atraer y ayudar a penetrar en el conocimiento de Cristo; y hacerlo llevando a Cristo a donde no ha llegado el anuncio de su misterio redentor, allí donde es ocultado y combatido; y hacerlo renunciando incluso, como san Pablo, a permanecer en el recinto cálido de los suyos. Por Cristo Pablo abandonó la frontera del judaísmo, de los que eran sus propios hermanos en la fe, pero se negaban a recibir el anuncio del Apóstol y a reconocer que Dios había cumplido en Cristo las promesa que hiciera a los padres del pueblo elegido.

El carácter universal de la salvación acompaña la predicación del sacerdote, porque está entregado a ella, para que la salvación llegue a todos, y esa apertura del predicador del Evangelio le ha de disponer, igual que sucedió con Pablo y Bernabé, a la misión apostólica. La misión que extendió la predicación de Cristo de Chipre al Asia Menor y, más tarde, hasta Roma: anunciando a cuantos encuentran en su camino de misión cotidiana el kerigma de lo sucedido en Jesús: que Dios lo ha resucitado de entre los muertos y lo ha convertido en Señor y Cristo por los méritos de su pasión y de su cruz, del camino que como evangelizador del padre le llevó a la muerte en cruz. Lo que significa para nosotros, colocados en la sucesión de la cadena apostólica dar a conocer el misterio pascual mediante el anuncio, la predicación y la catequesis, sin lo cual no es posible crear comunidades ni las ya creadas permanecen en la fe recibida y confesada; consolidar mediante la instrucción la fe de los fieles, y mediante el testimonio de Cristo que se nutre de la oración y la contemplación del Crucificado, aquella norma de vida que es participación de la vida divina ya aquí en la tierra donde peregrinamos.

El ministerio de la palabra, tal como leemos estos días pascuales en el oficio, se prolonga en la instrucción en la fe, porque, glorificado el Señor por su resurrección gloriosa y su ascensión a los cielos, la vida divina se alimenta en nosotros gracias a la instrucción en la fe y los ritos sacramentales, pues como dice san León Magno, «para que nuestra fe fuese más firme y valiosa, la visión ha sido sustituida por la instrucción, de modo que, en adelante, nuestros corazones, iluminados por la luz celestial, deben apoyarse en esta instrucción» (SAN LEÓN MAGNO, Sermón 2 sobre la Ascensión del Señor, 1-4: PL 54,397-399).

Si el sacerdote está llamado a ser luz, representando y prolongando aquella luz que es Cristo, por eso debe mirarse en la luz de Cristo. Dice el santo Maestro: «Cristo se llama luz porque con sus admirables palabras y obras alegraba y sacaba al mundo de las tinieblas» (Audi, filia [I], VI 26). A lo cual añade: «Pues ya habéis oído que la luz que vuestros ojos han de mirar es Dios humanado y crucificado, resta deciros de qué modo le habéis de mirar, pues que esto ha de ser con ejercicio de devotas consideraciones y habla interior, que en la oración hay» (Audi, filia [II], 70 1).

Es así, porque el conocimiento de Cristo resulta de la fe que alimenta la oración y en ella se torna trato de amistad e intimidad con Cristo, sin la cual es imposible al evangelizador dar a conocer a Cristo. En este trato íntimo con el Señor, se desvanecen nuestras miserias y desconfianzas, nuestras tristezas y depresiones, nuestras insatisfacciones y desesperanzas de ser no sólo mejores personas sino buenos pastores y maestros de las almas. Que sea así, lo confirma el santo doctor, al decir: «Porque los misterios que Cristo obró en su bautismo y pasión son bastantes para sosegar cualquier tempestad de desconfianza que el corazón se levante, y así por eso, como porque ningún libro hay tan eficaz como para enseñar al hombre de todo género de virtud, y cuánto debe ser el pecado huido y la virtud amada, como la pasión del Hijo de Dios, y también porque es extremo desagradecimiento poner en olvidado un tan inmenso beneficio de amor como fue padecer Cristo por nos, conviene, después del ejercicio de nuestro conocimiento, ocuparnos en el conocimiento de Jesucristo nuestro Señor» (Audi, filia [I], 46).

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos: el santo Maestro nos exhorta a hacernos esclavos de la pasión del Señor, porque contemplando en la oración el amor de Dios misericordioso que en la pasión de su Hijo se revela, se hacen los evangelizadores imagen vivísima del Señor. En el trato de intimidad de la oración, contemplando el amor humanado del Señor crucificado, hemos de alcanzar aquella configuración con él que nos con vierte en sacramento de su presencia para los demás. En la medida en que la luz de Cristo se refleje en nosotros seremos testigos eficaces del ministerio de salvación que anunciamos como ministros del Evangelio. La oración nos ayudará a conseguirlo, recibiéndolo como un don que Cristo hace a quienes le aman y le siguen y le representan ante los hombres.

Esta configuración con Cristo sacerdote y servidor del Padre segrega a los ministros del Evangelio, apartándolos del mundo, como realización de la voluntad de Cristo, suplicada al Padre la noche de la última Cena: «No te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo como yo no soy del mundo» (Jn 17,15). Plegaria de Jesús que inspira el comentario homilético del beato Pablo VI en la misa de canonización del maestro Ávila, al referirse a la falta de identificación de algunos sacerdotes y muchos seminaristas, los cuales rechazan el título de siervo de Jesucristo y apóstol: «segregado para anunciar el Evangelio de Dios» (Rm 1,1), algo indispensable ¬comentaba el santo Papa Pablo VI, pues aunque haya motivos en algunos casos incluso admisibles, no es posible sin oscurecer y desnaturalizar la identidad sacerdotal, porque los motivos que se aducen para «cancelar esta “segregación”, a asimilar el estado eclesiástico al laico y profano y justificar en el elegido la experiencia de la vida mundana con el pretexto de que no debe ser menos que cualquier otro hombre, fácilmente llevan al elegido fuera de su camino y hacen fácilmente del sacerdote un hombre cualquiera, una sal sin sabor, un inhábil para el sacrificio interior y un carente de poder de juicio, de palabra y de ejemplo propios de quien es un fuerte, puro y libre seguidor de Cristo» (PABLO VI, Homilía en la misa de canonización de san Juan de Ávila [31 de mayo de 1970]).

Valga esta larga cita del santo pontífice romano que será canonizado muy pronto, porque son palabras proféticas las de este comentario al pasaje del Sermón del Monte: «Si la sal se vuelve sosa con qué se la salará? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente» (Mt 5,13). La sal es para sazonar y la luz del cristiano y la propia de aquel que es portador de la luz de salvación de Cristo ha de brillar ante los hombres, «para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16). Sal y luz que fue san Juan de Ávila como ciudad levantada sobre el monte en tierras de la Mancha y de Andalucía, lleno del saber humano del Renacimiento que puso con prodigiosa inteligencia y cúmulo de virtudes humanas y sobrenaturales al servicio de la evangelización de aquella España nueva formada por una aglomeración de gentes diversas y cuyo estado espiritual reclamaba la palabra del Evangelio, para atraer al conocimiento de Cristo a quienes Dios exhortaba por medio del «apóstol de Andalucía» a la conversión y a la nueva vida en Cristo.

Seminario-Casa de Espiritualidad «Reina y Señora»
Aguadulce, 10 de mayo de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

]]>
no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Mon, 14 May 2018 13:09:18 +0000
«In albis» http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/43808-in-albis.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/43808-in-albis.html «In albis»

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Lecturas bíblicas: 1 Juan. 5,4-10; Gradual: Mt 28,7/Jn 20,19; Jn 20,19-31


Queridos hermanos y hermanas:

En este domingo, llamado en latín «in Albis», porque los catecúmenos que fueron bautizados en la vigilia pascual vestían sus albas blancas, durante toda la octava de la Pascua, en la celebración de la santa Misa. Hoy, concluyendo la octava de Pascua, integrados ya en la comunidad cristiana como neófitos, comenzaban el camino ordinario de vida cristiana. Con su incorporación plena a la Iglesia, por los sacramentos de la iniciación cristiana, como dice san Agustín, estos «niños recién nacidos, párvulos en Cristo, nueva prole de la Iglesia, gracia del Padre, fecundidad de la Madre, retoño santo, muchedumbre renovada…» (SAN AGUSTÍN, Sermón 8, en la Octava de Pascua 1,4: PL 46, 838) dilataban y fortalecían el crecimiento de la Iglesia.
Este domingo recibía además el nombre de «Quasimodo», porque así reza en latín el introito o antífona de entrada que ha cantado el coro: «Quasimodo geniti infantes, rationabiles sine dolo lac concupíscite» («Como infantes recién nacidos, apeteced la leche del espíritu pura y no adulterada»). Esta leche espiritual es, pues, transitoria por ser alimento espiritual de infantes en la fe, que han de caminar hacia la plena adultez, para que puedan alimentarse con alimento sólido; como sucede de hecho con el cambio de la alimentación de un niño a un adulto.

Sucede, sin embargo, con frecuencia que nuestra condición de cristianos adultos, a pesar de haber renovado las promesas bautismales como cada año en Pascua, carece de un conocimiento suficiente en materia de fe, y nos falta una real experiencia de vida sobrenatural, por lo cual se nos ha de aplicar tantas veces lo que dice el autor de la carta a los Hebreos a propósito de la flojera de la fe de la comunidad a la que escribe: «Pues debiendo ser ya maestros en razón del tiempo, volvéis a tener necesidad de ser instruidos en los primeros rudimentos de los oráculos divinos, y estáis necesitados de leche en lugar de manjar sólido» (Hb 5,12).

Por eso cuantos reciben estos días pascuales el bautismo han de ser alimentados progresivamente para alcanzar la adultez cristiana mediante una verdadera educación de la fe, en el caso de los niños; y una formación religiosa adecuada, en el caso de los adultos. La formación en la fe ha de continuar toda la vida, como dice el Apóstol: «hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado del hombre perfecto, a la plena madurez de Cristo» (Ef 4,13).

Este domingo, además, es conocido desde hace algunos años como «domingo de la misericordia», como quiso llamarle san Juan Pablo II, siguiendo a santa Faustina Kowalska. A esta santa el Señor le otorgó revelaciones místicas sobre la misericordia divina, cuya devoción propagó alcanzando gran eco en el pueblo cristiano. Hemos de suplicar, por esto, con plena confianza al Dios de misericordia infinita, como reza la oración colecta reformada de la misa de hoy, ligeramente reformada en el rito ordinario, que seamos consecuentes «el bautismo que nos ha purificado, del Espíritu que nos ha hecho renacer y de la sangre que nos ha redimido» (MISAL ROMANO: Oración colecta, Misa de la Octava de Pascua); y, al celebrar estas fiestas pascuales cada año se acrecienten en nosotros los dones de la gracia divina. Hemos de suplicarlo así a Dios, acercándonos al «trono de la gracia» (Hb 4,16), porque hemos conocido que, en la pasión y muerte en cruz de nuestro Señor Jesucristo, Dios Padre nos ha agraciado en abundancia con la misericordia y el perdón que a todos alcanza y nos viene por el agua del bautismo, el Espíritu Santo y la sangre de la nueva Alianza.

Es lo que el Resucitado revela a los Apóstoles, a los cuales se aparece el mismo día de la resurrección, cuando los apóstoles se hallan reunidos en una casa con «con las puertas cerradas, por miedo a los judíos» (Jn 20,19). El Resucitado les mostró las llagas de las manos y el costado y les saludó con el saludo de la paz, y soplando sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados le quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos» (Jn 20,22-23).

El Espíritu Santo es el gran don de la Pascua que Jesús entrega a sus discípulos. Se cumple ahora la condición que hace posible el derramamiento del Espíritu sobre la comunidad pascual: que Jesús ha resucitado ya de los muertos, como él mismo lo había anunciado y había dicho: «Si alguno tiene sed, que venga a mí, y beberá el que cree en mí, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva» (Jn 7,37); y el evangelista aclara que Jesús: «Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él» (Jn 7,38).

Si Jesús no hubiera muerto y resucitado no hubiéramos recibido el perdón de los pecados ni se nos habría dado el Espíritu Santo que crea en nosotros el hombre nuevo, la nueva criatura a imagen del mismo Cristo Jesús. Por eso el Resucitado afianza en sus discípulos la fe en su resurrección, mostrándoles las manos y el costado, dando así testimonio de su verdadera identidad: El Crucificado es el Resucitado, y la humanidad de Jesús entregado, por nosotros a la pasión y a la cruz, ha sido glorificada, pero lleva las marcas de la pasión, porque es el Hijo de Dios hecho hombre el que ha sufrido por nuestra redención. La misericordia de Dios revelada en la pasión y cruz de Jesús marcará la humanidad glorificada del Señor para siempre; por eso, se aparece a sus discípulos con los signos de su humanidad sacrificada, dándole pruebas de que, en verdad, ha vencido a la muerte, y está vivo para siempre. Cuando vuelva a aparecerse a los Apóstoles, estando ya Tomás con ellos, porque la primera vez estaba ausente, Jesús volverá a mostrarle las llagas de sus manos y su costado; y declarará bienaventurados a los que sin ver creerán en él por la predicación del evangelio.

Finalmente, al celebrar hoy la santa Misa en nuestra iglesia Catedral de la Encarnación, hemos querido ofrecer a los fieles que han tenido voluntad de participar en esta celebración eucarística la ejecución del modo extraordinario de la Misa, atendiendo al deseo de un grupo de fieles que así lo solicitaron. Hemos celebrado la Misa en la forma establecida por la última reforma del antiguo Misal Romano, tal como fue aprobado y promulgado por san Juan XXIII en 1962.

Damos gracias a Dios porque nos ha permitido celebrar este solemne pontifical como culminación de la Octava de Pascua, con la que concluimos estos días solemnes y gozosos de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, Redentor del hombre y Salvador del mundo, en el cual hemos puesto nuestra esperanza. Su humanidad glorificada por el Padre nos precede y guía hacia la patria del cielo mientras peregrinamos en este mundo. Hemos de trabajar por la evangelización de este nuestro mundo, anticipando en su constante acomodación al Evangelio de Cristo la gloria que esperamos; transformando las realidades temporales de forma tal que veamos en ellas un anticipo de las realidades eternas que esperamos.

A Cristo Jesús resucitado y glorioso sea dada toda alabanza y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

S. A. I. Catedral de la Encarnación
Almería, a 8 de abril de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

]]>
no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Thu, 12 Apr 2018 15:39:34 +0000
Domingo de Resurrección http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/43615-domingo-de-resurrección.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/43615-domingo-de-resurrección.html Domingo de Resurrección

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Lecturas bíblicas: 10,34a.37-43; Sal117,1-2.16ab-17.22-23; Col 3,1-4; Jn, 20,1-9

Queridos hermanos y hermanas:

«Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo» (Sal 117,24). La resurrección de Jesús es la noticia que llena el corazón del hombre de esperanza. Dice san Pablo: «Si Cristo no ha resucitado, vacía es nuestra fe, estáis todavía en vuestros pecados (…) ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que murieron!» (1 Cor 15,14). El Señor vive para siempre y está presente en su Iglesia: es el anuncio evangélico que la Iglesia lleva al mundo, un anuncio que prolonga la predicación del kerigma, del anuncio de los Apóstoles. Es el anuncio de Pedro a la multitud de peregrinos, judíos y prosélitos, llegados a Jerusalén para celebrar la fiesta de Pentecostés: Dios ha resucitado a Jesús a quien ha acreditado ante vosotros -les dice- «con milagros, prodigios y signos», Dios lo resucitó porque Jesús es el ungido de Dios por el Espíritu Santo y «no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio» (Hch 2,22.25). Por eso, Pedro concluye su discurso: «Sepa, pues, con certeza todo Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a ese Jesús a quien vosotros habéis crucificado» (cf. Hch 2,36).


Este anuncio dirigido en principio a los israelitas se convertirá en anuncio que tiene una proyección misionera y, por eso mismo, un destino universal, porque Dios da a conocer a los Apóstoles que Jesús es Salvador de todos, no sólo de los judíos, sino también de los paganos. Por eso Pedro, poco después, pone de manifiesto en casa del centurión romano Cornelio, que le ha mandado llamar por inspiración del Espíritu Santo, que Jesús es el Salvador de todos, también de los paganos. Ante Cornelio y su casa, Pedro manifiesta cómo el mismo Espíritu le ha hecho ver el carácter universal de la salvación que Dios ha realizado en la muerte y resurrección de Jesucristo. Mientras Pedro está hablando, el Espíritu Santo descenderá sobre todos los presentes, discípulos circuncisos de origen judío y paganos como la familia de Cornelio. Dios ha resucitado a Jesús para salvación de todos y no hace distinciones. Dios es imparcial y «no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato» (Hch 10,35).

El discurso de Pedro presenta a Jesús como verdadero bienhechor de la humanidad conforme al designio de Dios, les recuerda a todos «cómo Dios le ungió [a Jesús]con la fuerza del Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él» (Hch 10,38). Pedro les dice cómo, para dar a conocer lo acontecido con Jesús, Dios ha elegido de antemano a los testigos que así lo acreditan y son sus apóstoles y discípulos. No ha querido Dios mostrar a Jesús resucitado a todo el pueblo, sino a los testigos a quienes Jesús llamó para estar con él desde el principio y lo siguieron y comieron y bebieron con él (Hch 10,41; cf. Mc 3,13). Son ellos los que han de anunciar que Dios resucitó a Jesús al tercer día de su ejecución ignominiosa en la cruz, que aconteció conforme al plan de salvación previsto por Dios, y a estos testigos a encomendado el mismo Jesús resucitado «predicar al pueblo dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos» (Hch 10,42). Así estaba predicho por los profetas y quienes acogen este anuncio de salvación y «creen en él (en Jesús), reciben por su nombre, el perdón de los pecados» (v.10,43).

Es lo que el evangelio de san Juan nos transmite con la noticia del sepulcro vacío, que sin duda procede de Jerusalén y da testimonio de que Jesús no ha sido retenido por el poder de la muerte, como dice la Escritura y Pedro así argumenta con el salmista: «Porque no me abandonarás en la región de los muertos, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción» (Sal 15,10). Ciertamente el sepulcro vacío no es un testimonio aislado, sino que está unido a las apariciones del Resucitado a sus discípulos. El evangelista da cuenta de que María Magdalena ha encontrado vacío el sepulcro, y Pedro y el discípulo a quien Jesús tanto quería, corren a comprobar lo que ella dice. El discípulo amado llega primero, es Pedro el que entra en primer lugar, sólo después entra el otro discípulo y se le abren los ojos ante la visión del sepulcro vacío. El discípulo amado comprende el alcance de lo verdaderamente sucedido: «vio y creyó, pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos» (Jn 20,8-9).

El testimonio de la resurrección encuentra así su mejor comprensión y alcance a la luz de lo prometido en las profecías, en la experiencia de las apariciones y ante el signo visible y externo del sepulcro vacío. La fe pone en relación todos estos hechos y alcanza la realidad del acontecimiento: ¡Jesús ha resucitado! Ha llegado la hora de anunciar que Jesús está vivo y está sentado a la derecha del Padre y vendrá a juzgar a vivos y muertos, porque Dios lo hay constituido Señor y Ungido (Mesías). Él es el Salvador del mundo, porque es el Redentor del hombre. Predicar a Jesús resucitado fue misión de los Apóstoles y es hoy misión e sus sucesores y tarea de toda la Iglesia.

¿Cómo podremos llevar este anuncio de salvación, que comunica la esperanza de la vida eterna a la humanidad de hoy y siempre? La evangelización es nuestra tarea. Es la tarea de la Iglesia, pero lo es de cada cristiano, de cada bautizado, llamado vivir la vocación a la santidad en este mundo nuestro hasta que Jesús vuelva. Es a lo que nos exhorta san Pablo, que dice a los Colosenses: «Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios» (Col 3,1).

Todos estamos hoy tentados a acomodarnos al mundo, a aspirar a los bienes de la tierra dejando preteridos y entre paréntesis los del cielo; pero es “de arriba” de donde procede el don supremo de la Pascua, el don de la redención que hace eficaz en nosotros el Espíritu santificador. Sin el Espíritu nada podemos hacer, porque el Espíritu Santo es el Espíritu del Padre y del Hijo; y es el Espíritu el que hace presente a Cristo en la Iglesia y en nuestros corazones. Sin él no podemos ni recibir los dones de la salvación, porque es el Espíritu del Resucitado el que nos hace partícipes de la unción espiritual de Cristo, y es por el Espíritu Santo recibido en el bautismo y en la Confirmación como hemos sido hechos hijos de Dios y partícipes de la vida divina.

Anoche, en la vigilia pascual, catorce catecúmenos adultos recibían los sacramentos de la iniciación cristiana, para comenzar la vida nueva en Cristo. Quienes como ellos han hallado la amistad de Cristo y en el encuentro con él por la fe le saben vivo y presente en la Iglesia, necesitan nuestro testimonio, al tiempo que ellos nos ayudan a nosotros a renovar nuestra profesión de fe y vivir con coherencia nuestra condición de bautizados. Por eso, conviene que, renovadas en la Pascua las promesas de nuestro bautismo, busquemos las cosas de arriba, es decir, nos dejemos atraer por la vida divina, a la que hemos de aspirar movidos por la fe y, con la fuerza que recibimos de Cristo resucitado, con el Espíritu Santo que se nos ha dado, procuremos ahondar en la conversión al evangelio. Una conversión que alcance la vida familiar y profesional, y haga crecer en cada uno la preocupación por extender el evangelio en los ambientes en los que cada uno se encuentra. No será posible sin una coherencia de vida que acredite el testimonio que como bautizado en Cristo cada uno ha de dar al mundo de hoy.

Si así lo hacemos, como dice el Apóstol, sucederá lo que él anuncia: «Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis juntamente con él, en la gloria» (Col 3,4). Que nos ayude a alcanzarlo la Virgen Madre del Señor, que estuvo junto a la cruz de su Hijo y allí nos la dio Jesús para que la recibimos por madre nuestra.

S.A.I. Catedral de la Encarnación
Domingo de Resurrección
1 de abril de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

]]>
no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Mon, 02 Apr 2018 11:16:35 +0000
Conmemoración de la Muerte del Señor http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/43608-conmemoración-de-la-muerte-del-señor.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/43608-conmemoración-de-la-muerte-del-señor.html Conmemoración de la Muerte del Señor

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González, en la conmemoración de la muerte del Señor

Lecturas bíblicas: Is 52,13-53,12; Sal 30,2.6.12-13.15-17.25; Hb 4,14-16; 5,7-9; Jn 18,1-19,42

Queridos hermanos y hermanas:

Conmemoramos la muerte redentora del Señor en este oficio litúrgico, en el cual acabamos de escuchar la narración de la pasión del Señor según san Juan, que tradicionalmente se lee en esta liturgia del Viernes Santo. La primera lectura, tomada del cuarto “Cántico del Siervo del Señor” de Isaías, anticipa proféticamente los sufrimientos de la pasión de Cristo que acabamos de escuchar en la lectura del evangelio de san Juan. El profeta describe con gran exactitud la pasión de Cristo, anticipadamente vivida por este misterioso Siervo de Dios, en el cual la fe cristiana ha reconocido los sufrimientos y dolores sufridos por Jesús.

En el cántico del Siervo, escrito probablemente en el siglo VI antes de Cristo, el profeta habla del escándalo que la pasión del Siervo provoca: «los reyes de la tierra cerrarán la boca, pues lo que nunca se les contó verán y lo que nunca oyeron reconocerán» (Is 52, 15); enmudecerán los espectadores de tanto dolor, y cuantos contemplan los sufrimientos del Siervo. Habla también del valor expiatorio de estos dolores soportados por él como injusticia de los hombres contra el justo inocente, que la padece con una paciencia que sólo puede tener el que espera de Dios la verdadera justicia, y al final del sufrimiento, la glorificación: «He aquí que mi Siervo será enaltecido, levantado y ensalzado sobremanera…Murió con los malvados, aunque no había cometido crímenes, ni hubo engaño en su boca… El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento. Cuando entregue su vida como expiación, verá su descendencia…» (Is 52,13 y 53,9-10).

La tradición cristiana siempre ha visto en la figura sufriente de este Siervo del Señor al mismo Cristo Jesús, porque, en verdad, «¡eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba!… Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas… el Señor descargó sobre él la culpa de todos nosotros» (Is 53,4-5a.6b). El sufrimiento del Siervo anticipa el sentido vicario de expiación que tienen los sufrimientos de Cristo, que soportó en nuestro lugar el castigo merecido pro nuestros pecados.

Los sufrimientos de la pasión padecida por Jesús son como fueron anunciados por el profeta en este cántico, beneficiosos para nuestra salud eterna: «A causa de los trabajos de su alma… por su conocimiento mi Siervo justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos» (Is 53,11). Estas palabras proféticas encuentran el cumplimiento de lo que anuncian en aquellas palabras de Jesús que anuncian el derramamiento de su sangre por el perdón de nuestras culpas: las mismas palabras que el sacerdote reitera en cada celebración de la Eucaristía: «Este es el cáliz de nueva Alianza en mi sangre, que será derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados» (cf. Mc 14,24; Lc 22,20). Dios establece la nueva Alianza en la sangre Jesús, derramada para el perdón de los pecados.

Por su parte, el autor de la carta a los Hebreros afirmará, que también acabamos de escuchar en un fragmento de esta carta, dice que, en la entrega de Jesús, el Hijo de Dios, a la muerte, Dios nos ha dado «un sumo Sacerdote que penetró los cielos… siendo probado en todo igual que nosotros excepto en el pecado» (Hb 4,14.15); y que, por ello tenemos plena confianza para acercarnos «al trono de la gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para ser socorridos en el tiempo oportuno» (Hb 4,16).

Dios nos ha dado un gran pontífice, que enlaza el cielo con la tierra y ha ido a la pasión y a la cruz con aquella soberanía que sólo puede predicarse del Hijo de Dios. No rehusó la pasión y la cruz porque asumiéndola como designio del Padre la pasión y la cruz son el cáliz que había de beber para salvar al mundo. Pedro, que había sacado la espada para defender a Jesús, escucha de él esta respuesta: «Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?» (Jn 18,11). Jesús no se sustrae a la obediencia que le une al Padre en una unión de voluntades que tiene por resultado el perdón de los pecados la redención del mundo.

Esta actitud soberana con la que Jesús afronta su pasión se manifiesta en la respuesta que Jesús da sobre su propia identidad a la patrulla que acude a prenderle en Getsemaní, diciéndoles: «Yo soy» (Jn 18,5). A esta contestación de Jesús, los que acuden a prenderle «retrocedieron y cayeron en tierra» (v. 18,6), dice el evangelista, que de este modo pone de manifiesto la majestad de Jesús, marcada con particular fuerza por el evangelista en la contestación que Jesús da a Pilato en el interrogatorio, cuando el prefecto de Roma dice a Jesús: «¿No sabes que yo tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?». Jesús responde: «No tendrías ninguna autoridad sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto» (Jn 19,10-11). Respuesta con la que Jesús manifiesta que sólo Dios es el verdadero sujeto de la autoridad sobre los hombres. Pilato no podía afrontar la respuesta de Jesús. Le inquietaba el misterio de aquel preso y «trataba de dejarlo en libertad» (v. 19,12). Le había preguntado si era rey, y Jesús le había respondido que, en efecto, era rey, pero que su reino no es de este mundo; a lo cual había añadido: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 19,37); pero Pilato parecía no creer en que existiera la verdad.

Hoy una cultura agnóstica se extiende por la sociedad, sembrando un relativismo que ignora cuál es el origen de la autoridad y cómo no todo le está permitido ni a los seres humanos ni tampoco a la autoridad, porque sólo Dios es creador del mundo. Jesús ha venido para dar testimonio de la verdad. Él es el camino, la Vedad y la Vida y en él se llega tenemos acceso a la Verdad plena, de la cual con Jesús, el Hijo de Dios, da testimonio en Espíritu Santo del Padre y del Hijo. que pide de nosotros la fe en Dios y en Cristo como Hijo y Enviado del Padre. Su cruz es la revelación del misterio de Dios y de su amor al mundo, adoremos la cruz en la cual hemos sido redimidos; adoremos la cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo, porque en ella se revela la Verdad del amor de Dios.

S.A.I. Catedral de la Encarnación
Viernes Santo
30 de marzo de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

]]>
no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Mon, 02 Apr 2018 11:00:44 +0000