Almería Oficina de Información de los Obispos del Sur de España http://odisur.es Sun, 22 Apr 2018 18:31:25 +0000 Joomla! 1.5 - Open Source Content Management es-es «In albis» http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/43808-in-albis.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/43808-in-albis.html «In albis»

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Lecturas bíblicas: 1 Juan. 5,4-10; Gradual: Mt 28,7/Jn 20,19; Jn 20,19-31


Queridos hermanos y hermanas:

En este domingo, llamado en latín «in Albis», porque los catecúmenos que fueron bautizados en la vigilia pascual vestían sus albas blancas, durante toda la octava de la Pascua, en la celebración de la santa Misa. Hoy, concluyendo la octava de Pascua, integrados ya en la comunidad cristiana como neófitos, comenzaban el camino ordinario de vida cristiana. Con su incorporación plena a la Iglesia, por los sacramentos de la iniciación cristiana, como dice san Agustín, estos «niños recién nacidos, párvulos en Cristo, nueva prole de la Iglesia, gracia del Padre, fecundidad de la Madre, retoño santo, muchedumbre renovada…» (SAN AGUSTÍN, Sermón 8, en la Octava de Pascua 1,4: PL 46, 838) dilataban y fortalecían el crecimiento de la Iglesia.
Este domingo recibía además el nombre de «Quasimodo», porque así reza en latín el introito o antífona de entrada que ha cantado el coro: «Quasimodo geniti infantes, rationabiles sine dolo lac concupíscite» («Como infantes recién nacidos, apeteced la leche del espíritu pura y no adulterada»). Esta leche espiritual es, pues, transitoria por ser alimento espiritual de infantes en la fe, que han de caminar hacia la plena adultez, para que puedan alimentarse con alimento sólido; como sucede de hecho con el cambio de la alimentación de un niño a un adulto.

Sucede, sin embargo, con frecuencia que nuestra condición de cristianos adultos, a pesar de haber renovado las promesas bautismales como cada año en Pascua, carece de un conocimiento suficiente en materia de fe, y nos falta una real experiencia de vida sobrenatural, por lo cual se nos ha de aplicar tantas veces lo que dice el autor de la carta a los Hebreos a propósito de la flojera de la fe de la comunidad a la que escribe: «Pues debiendo ser ya maestros en razón del tiempo, volvéis a tener necesidad de ser instruidos en los primeros rudimentos de los oráculos divinos, y estáis necesitados de leche en lugar de manjar sólido» (Hb 5,12).

Por eso cuantos reciben estos días pascuales el bautismo han de ser alimentados progresivamente para alcanzar la adultez cristiana mediante una verdadera educación de la fe, en el caso de los niños; y una formación religiosa adecuada, en el caso de los adultos. La formación en la fe ha de continuar toda la vida, como dice el Apóstol: «hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado del hombre perfecto, a la plena madurez de Cristo» (Ef 4,13).

Este domingo, además, es conocido desde hace algunos años como «domingo de la misericordia», como quiso llamarle san Juan Pablo II, siguiendo a santa Faustina Kowalska. A esta santa el Señor le otorgó revelaciones místicas sobre la misericordia divina, cuya devoción propagó alcanzando gran eco en el pueblo cristiano. Hemos de suplicar, por esto, con plena confianza al Dios de misericordia infinita, como reza la oración colecta reformada de la misa de hoy, ligeramente reformada en el rito ordinario, que seamos consecuentes «el bautismo que nos ha purificado, del Espíritu que nos ha hecho renacer y de la sangre que nos ha redimido» (MISAL ROMANO: Oración colecta, Misa de la Octava de Pascua); y, al celebrar estas fiestas pascuales cada año se acrecienten en nosotros los dones de la gracia divina. Hemos de suplicarlo así a Dios, acercándonos al «trono de la gracia» (Hb 4,16), porque hemos conocido que, en la pasión y muerte en cruz de nuestro Señor Jesucristo, Dios Padre nos ha agraciado en abundancia con la misericordia y el perdón que a todos alcanza y nos viene por el agua del bautismo, el Espíritu Santo y la sangre de la nueva Alianza.

Es lo que el Resucitado revela a los Apóstoles, a los cuales se aparece el mismo día de la resurrección, cuando los apóstoles se hallan reunidos en una casa con «con las puertas cerradas, por miedo a los judíos» (Jn 20,19). El Resucitado les mostró las llagas de las manos y el costado y les saludó con el saludo de la paz, y soplando sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados le quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos» (Jn 20,22-23).

El Espíritu Santo es el gran don de la Pascua que Jesús entrega a sus discípulos. Se cumple ahora la condición que hace posible el derramamiento del Espíritu sobre la comunidad pascual: que Jesús ha resucitado ya de los muertos, como él mismo lo había anunciado y había dicho: «Si alguno tiene sed, que venga a mí, y beberá el que cree en mí, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva» (Jn 7,37); y el evangelista aclara que Jesús: «Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él» (Jn 7,38).

Si Jesús no hubiera muerto y resucitado no hubiéramos recibido el perdón de los pecados ni se nos habría dado el Espíritu Santo que crea en nosotros el hombre nuevo, la nueva criatura a imagen del mismo Cristo Jesús. Por eso el Resucitado afianza en sus discípulos la fe en su resurrección, mostrándoles las manos y el costado, dando así testimonio de su verdadera identidad: El Crucificado es el Resucitado, y la humanidad de Jesús entregado, por nosotros a la pasión y a la cruz, ha sido glorificada, pero lleva las marcas de la pasión, porque es el Hijo de Dios hecho hombre el que ha sufrido por nuestra redención. La misericordia de Dios revelada en la pasión y cruz de Jesús marcará la humanidad glorificada del Señor para siempre; por eso, se aparece a sus discípulos con los signos de su humanidad sacrificada, dándole pruebas de que, en verdad, ha vencido a la muerte, y está vivo para siempre. Cuando vuelva a aparecerse a los Apóstoles, estando ya Tomás con ellos, porque la primera vez estaba ausente, Jesús volverá a mostrarle las llagas de sus manos y su costado; y declarará bienaventurados a los que sin ver creerán en él por la predicación del evangelio.

Finalmente, al celebrar hoy la santa Misa en nuestra iglesia Catedral de la Encarnación, hemos querido ofrecer a los fieles que han tenido voluntad de participar en esta celebración eucarística la ejecución del modo extraordinario de la Misa, atendiendo al deseo de un grupo de fieles que así lo solicitaron. Hemos celebrado la Misa en la forma establecida por la última reforma del antiguo Misal Romano, tal como fue aprobado y promulgado por san Juan XXIII en 1962.

Damos gracias a Dios porque nos ha permitido celebrar este solemne pontifical como culminación de la Octava de Pascua, con la que concluimos estos días solemnes y gozosos de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, Redentor del hombre y Salvador del mundo, en el cual hemos puesto nuestra esperanza. Su humanidad glorificada por el Padre nos precede y guía hacia la patria del cielo mientras peregrinamos en este mundo. Hemos de trabajar por la evangelización de este nuestro mundo, anticipando en su constante acomodación al Evangelio de Cristo la gloria que esperamos; transformando las realidades temporales de forma tal que veamos en ellas un anticipo de las realidades eternas que esperamos.

A Cristo Jesús resucitado y glorioso sea dada toda alabanza y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

S. A. I. Catedral de la Encarnación
Almería, a 8 de abril de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Thu, 12 Apr 2018 15:39:34 +0000
Domingo de Resurrección http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/43615-domingo-de-resurrección.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/43615-domingo-de-resurrección.html Domingo de Resurrección

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Lecturas bíblicas: 10,34a.37-43; Sal117,1-2.16ab-17.22-23; Col 3,1-4; Jn, 20,1-9

Queridos hermanos y hermanas:

«Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo» (Sal 117,24). La resurrección de Jesús es la noticia que llena el corazón del hombre de esperanza. Dice san Pablo: «Si Cristo no ha resucitado, vacía es nuestra fe, estáis todavía en vuestros pecados (…) ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que murieron!» (1 Cor 15,14). El Señor vive para siempre y está presente en su Iglesia: es el anuncio evangélico que la Iglesia lleva al mundo, un anuncio que prolonga la predicación del kerigma, del anuncio de los Apóstoles. Es el anuncio de Pedro a la multitud de peregrinos, judíos y prosélitos, llegados a Jerusalén para celebrar la fiesta de Pentecostés: Dios ha resucitado a Jesús a quien ha acreditado ante vosotros -les dice- «con milagros, prodigios y signos», Dios lo resucitó porque Jesús es el ungido de Dios por el Espíritu Santo y «no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio» (Hch 2,22.25). Por eso, Pedro concluye su discurso: «Sepa, pues, con certeza todo Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a ese Jesús a quien vosotros habéis crucificado» (cf. Hch 2,36).


Este anuncio dirigido en principio a los israelitas se convertirá en anuncio que tiene una proyección misionera y, por eso mismo, un destino universal, porque Dios da a conocer a los Apóstoles que Jesús es Salvador de todos, no sólo de los judíos, sino también de los paganos. Por eso Pedro, poco después, pone de manifiesto en casa del centurión romano Cornelio, que le ha mandado llamar por inspiración del Espíritu Santo, que Jesús es el Salvador de todos, también de los paganos. Ante Cornelio y su casa, Pedro manifiesta cómo el mismo Espíritu le ha hecho ver el carácter universal de la salvación que Dios ha realizado en la muerte y resurrección de Jesucristo. Mientras Pedro está hablando, el Espíritu Santo descenderá sobre todos los presentes, discípulos circuncisos de origen judío y paganos como la familia de Cornelio. Dios ha resucitado a Jesús para salvación de todos y no hace distinciones. Dios es imparcial y «no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato» (Hch 10,35).

El discurso de Pedro presenta a Jesús como verdadero bienhechor de la humanidad conforme al designio de Dios, les recuerda a todos «cómo Dios le ungió [a Jesús]con la fuerza del Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él» (Hch 10,38). Pedro les dice cómo, para dar a conocer lo acontecido con Jesús, Dios ha elegido de antemano a los testigos que así lo acreditan y son sus apóstoles y discípulos. No ha querido Dios mostrar a Jesús resucitado a todo el pueblo, sino a los testigos a quienes Jesús llamó para estar con él desde el principio y lo siguieron y comieron y bebieron con él (Hch 10,41; cf. Mc 3,13). Son ellos los que han de anunciar que Dios resucitó a Jesús al tercer día de su ejecución ignominiosa en la cruz, que aconteció conforme al plan de salvación previsto por Dios, y a estos testigos a encomendado el mismo Jesús resucitado «predicar al pueblo dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos» (Hch 10,42). Así estaba predicho por los profetas y quienes acogen este anuncio de salvación y «creen en él (en Jesús), reciben por su nombre, el perdón de los pecados» (v.10,43).

Es lo que el evangelio de san Juan nos transmite con la noticia del sepulcro vacío, que sin duda procede de Jerusalén y da testimonio de que Jesús no ha sido retenido por el poder de la muerte, como dice la Escritura y Pedro así argumenta con el salmista: «Porque no me abandonarás en la región de los muertos, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción» (Sal 15,10). Ciertamente el sepulcro vacío no es un testimonio aislado, sino que está unido a las apariciones del Resucitado a sus discípulos. El evangelista da cuenta de que María Magdalena ha encontrado vacío el sepulcro, y Pedro y el discípulo a quien Jesús tanto quería, corren a comprobar lo que ella dice. El discípulo amado llega primero, es Pedro el que entra en primer lugar, sólo después entra el otro discípulo y se le abren los ojos ante la visión del sepulcro vacío. El discípulo amado comprende el alcance de lo verdaderamente sucedido: «vio y creyó, pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos» (Jn 20,8-9).

El testimonio de la resurrección encuentra así su mejor comprensión y alcance a la luz de lo prometido en las profecías, en la experiencia de las apariciones y ante el signo visible y externo del sepulcro vacío. La fe pone en relación todos estos hechos y alcanza la realidad del acontecimiento: ¡Jesús ha resucitado! Ha llegado la hora de anunciar que Jesús está vivo y está sentado a la derecha del Padre y vendrá a juzgar a vivos y muertos, porque Dios lo hay constituido Señor y Ungido (Mesías). Él es el Salvador del mundo, porque es el Redentor del hombre. Predicar a Jesús resucitado fue misión de los Apóstoles y es hoy misión e sus sucesores y tarea de toda la Iglesia.

¿Cómo podremos llevar este anuncio de salvación, que comunica la esperanza de la vida eterna a la humanidad de hoy y siempre? La evangelización es nuestra tarea. Es la tarea de la Iglesia, pero lo es de cada cristiano, de cada bautizado, llamado vivir la vocación a la santidad en este mundo nuestro hasta que Jesús vuelva. Es a lo que nos exhorta san Pablo, que dice a los Colosenses: «Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios» (Col 3,1).

Todos estamos hoy tentados a acomodarnos al mundo, a aspirar a los bienes de la tierra dejando preteridos y entre paréntesis los del cielo; pero es “de arriba” de donde procede el don supremo de la Pascua, el don de la redención que hace eficaz en nosotros el Espíritu santificador. Sin el Espíritu nada podemos hacer, porque el Espíritu Santo es el Espíritu del Padre y del Hijo; y es el Espíritu el que hace presente a Cristo en la Iglesia y en nuestros corazones. Sin él no podemos ni recibir los dones de la salvación, porque es el Espíritu del Resucitado el que nos hace partícipes de la unción espiritual de Cristo, y es por el Espíritu Santo recibido en el bautismo y en la Confirmación como hemos sido hechos hijos de Dios y partícipes de la vida divina.

Anoche, en la vigilia pascual, catorce catecúmenos adultos recibían los sacramentos de la iniciación cristiana, para comenzar la vida nueva en Cristo. Quienes como ellos han hallado la amistad de Cristo y en el encuentro con él por la fe le saben vivo y presente en la Iglesia, necesitan nuestro testimonio, al tiempo que ellos nos ayudan a nosotros a renovar nuestra profesión de fe y vivir con coherencia nuestra condición de bautizados. Por eso, conviene que, renovadas en la Pascua las promesas de nuestro bautismo, busquemos las cosas de arriba, es decir, nos dejemos atraer por la vida divina, a la que hemos de aspirar movidos por la fe y, con la fuerza que recibimos de Cristo resucitado, con el Espíritu Santo que se nos ha dado, procuremos ahondar en la conversión al evangelio. Una conversión que alcance la vida familiar y profesional, y haga crecer en cada uno la preocupación por extender el evangelio en los ambientes en los que cada uno se encuentra. No será posible sin una coherencia de vida que acredite el testimonio que como bautizado en Cristo cada uno ha de dar al mundo de hoy.

Si así lo hacemos, como dice el Apóstol, sucederá lo que él anuncia: «Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis juntamente con él, en la gloria» (Col 3,4). Que nos ayude a alcanzarlo la Virgen Madre del Señor, que estuvo junto a la cruz de su Hijo y allí nos la dio Jesús para que la recibimos por madre nuestra.

S.A.I. Catedral de la Encarnación
Domingo de Resurrección
1 de abril de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Mon, 02 Apr 2018 11:16:35 +0000
Conmemoración de la Muerte del Señor http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/43608-conmemoración-de-la-muerte-del-señor.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/43608-conmemoración-de-la-muerte-del-señor.html Conmemoración de la Muerte del Señor

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González, en la conmemoración de la muerte del Señor

Lecturas bíblicas: Is 52,13-53,12; Sal 30,2.6.12-13.15-17.25; Hb 4,14-16; 5,7-9; Jn 18,1-19,42

Queridos hermanos y hermanas:

Conmemoramos la muerte redentora del Señor en este oficio litúrgico, en el cual acabamos de escuchar la narración de la pasión del Señor según san Juan, que tradicionalmente se lee en esta liturgia del Viernes Santo. La primera lectura, tomada del cuarto “Cántico del Siervo del Señor” de Isaías, anticipa proféticamente los sufrimientos de la pasión de Cristo que acabamos de escuchar en la lectura del evangelio de san Juan. El profeta describe con gran exactitud la pasión de Cristo, anticipadamente vivida por este misterioso Siervo de Dios, en el cual la fe cristiana ha reconocido los sufrimientos y dolores sufridos por Jesús.

En el cántico del Siervo, escrito probablemente en el siglo VI antes de Cristo, el profeta habla del escándalo que la pasión del Siervo provoca: «los reyes de la tierra cerrarán la boca, pues lo que nunca se les contó verán y lo que nunca oyeron reconocerán» (Is 52, 15); enmudecerán los espectadores de tanto dolor, y cuantos contemplan los sufrimientos del Siervo. Habla también del valor expiatorio de estos dolores soportados por él como injusticia de los hombres contra el justo inocente, que la padece con una paciencia que sólo puede tener el que espera de Dios la verdadera justicia, y al final del sufrimiento, la glorificación: «He aquí que mi Siervo será enaltecido, levantado y ensalzado sobremanera…Murió con los malvados, aunque no había cometido crímenes, ni hubo engaño en su boca… El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento. Cuando entregue su vida como expiación, verá su descendencia…» (Is 52,13 y 53,9-10).

La tradición cristiana siempre ha visto en la figura sufriente de este Siervo del Señor al mismo Cristo Jesús, porque, en verdad, «¡eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba!… Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas… el Señor descargó sobre él la culpa de todos nosotros» (Is 53,4-5a.6b). El sufrimiento del Siervo anticipa el sentido vicario de expiación que tienen los sufrimientos de Cristo, que soportó en nuestro lugar el castigo merecido pro nuestros pecados.

Los sufrimientos de la pasión padecida por Jesús son como fueron anunciados por el profeta en este cántico, beneficiosos para nuestra salud eterna: «A causa de los trabajos de su alma… por su conocimiento mi Siervo justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos» (Is 53,11). Estas palabras proféticas encuentran el cumplimiento de lo que anuncian en aquellas palabras de Jesús que anuncian el derramamiento de su sangre por el perdón de nuestras culpas: las mismas palabras que el sacerdote reitera en cada celebración de la Eucaristía: «Este es el cáliz de nueva Alianza en mi sangre, que será derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados» (cf. Mc 14,24; Lc 22,20). Dios establece la nueva Alianza en la sangre Jesús, derramada para el perdón de los pecados.

Por su parte, el autor de la carta a los Hebreros afirmará, que también acabamos de escuchar en un fragmento de esta carta, dice que, en la entrega de Jesús, el Hijo de Dios, a la muerte, Dios nos ha dado «un sumo Sacerdote que penetró los cielos… siendo probado en todo igual que nosotros excepto en el pecado» (Hb 4,14.15); y que, por ello tenemos plena confianza para acercarnos «al trono de la gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para ser socorridos en el tiempo oportuno» (Hb 4,16).

Dios nos ha dado un gran pontífice, que enlaza el cielo con la tierra y ha ido a la pasión y a la cruz con aquella soberanía que sólo puede predicarse del Hijo de Dios. No rehusó la pasión y la cruz porque asumiéndola como designio del Padre la pasión y la cruz son el cáliz que había de beber para salvar al mundo. Pedro, que había sacado la espada para defender a Jesús, escucha de él esta respuesta: «Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?» (Jn 18,11). Jesús no se sustrae a la obediencia que le une al Padre en una unión de voluntades que tiene por resultado el perdón de los pecados la redención del mundo.

Esta actitud soberana con la que Jesús afronta su pasión se manifiesta en la respuesta que Jesús da sobre su propia identidad a la patrulla que acude a prenderle en Getsemaní, diciéndoles: «Yo soy» (Jn 18,5). A esta contestación de Jesús, los que acuden a prenderle «retrocedieron y cayeron en tierra» (v. 18,6), dice el evangelista, que de este modo pone de manifiesto la majestad de Jesús, marcada con particular fuerza por el evangelista en la contestación que Jesús da a Pilato en el interrogatorio, cuando el prefecto de Roma dice a Jesús: «¿No sabes que yo tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?». Jesús responde: «No tendrías ninguna autoridad sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto» (Jn 19,10-11). Respuesta con la que Jesús manifiesta que sólo Dios es el verdadero sujeto de la autoridad sobre los hombres. Pilato no podía afrontar la respuesta de Jesús. Le inquietaba el misterio de aquel preso y «trataba de dejarlo en libertad» (v. 19,12). Le había preguntado si era rey, y Jesús le había respondido que, en efecto, era rey, pero que su reino no es de este mundo; a lo cual había añadido: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 19,37); pero Pilato parecía no creer en que existiera la verdad.

Hoy una cultura agnóstica se extiende por la sociedad, sembrando un relativismo que ignora cuál es el origen de la autoridad y cómo no todo le está permitido ni a los seres humanos ni tampoco a la autoridad, porque sólo Dios es creador del mundo. Jesús ha venido para dar testimonio de la verdad. Él es el camino, la Vedad y la Vida y en él se llega tenemos acceso a la Verdad plena, de la cual con Jesús, el Hijo de Dios, da testimonio en Espíritu Santo del Padre y del Hijo. que pide de nosotros la fe en Dios y en Cristo como Hijo y Enviado del Padre. Su cruz es la revelación del misterio de Dios y de su amor al mundo, adoremos la cruz en la cual hemos sido redimidos; adoremos la cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo, porque en ella se revela la Verdad del amor de Dios.

S.A.I. Catedral de la Encarnación
Viernes Santo
30 de marzo de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Mon, 02 Apr 2018 11:00:44 +0000
En la cena del Señor http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/43585-en-la-cena-del-señor.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/43585-en-la-cena-del-señor.html En la cena del Señor

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González, en la Misa de la "Cena del Señor"

Lecturas bíblicas: Éx 12,1-8.11-14; Sal 115,12-13.15-18; 1 Cor 11,23-26; Jn 13,1-15

Queridos hermanos y hermanas:

La misa «en la Cena del Señor» que estamos celebrando nos ha introducido en la vivencia intensa del testamento del Señor. El evangelista san Lucas recoge las palabras de Jesús que crean el clima de expectación en sus discípulos palabras que alcanzan nuestro corazón, cuando a Jesús decir a sus discípulos: «Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer…» (Lc 22,15). Palabras con las que Jesús sitúa a los discípulos en el contexto real del momento: Jesús, aclamado como Mesías e hijo de David el domingo de Ramos, va ahora a la pasión y a la cruz, como se lo había anunciado y ellos se resistían a admitir.

Estas palabras nos permiten asimismo entender mejor el significado de los gestos que va a realizar con ellos y llegar a su significado y contenido. En la última Cena, Jesús nos entregó el don admirable de la Eucaristía y en ella, al entregar el pan y el vino convertidos en su Cuerpo y Sangre, anticipaba su propio sacrificio por nosotros bajo la figura del signo en el que nos dejaba el sacramento del Altar, memorial de su pasión y muerte.

Al entregarlo a sus Apóstoles, la Eucaristía se convertía en contenido central e irrenunciable de la Iglesia como contenido de la tradición apostólica, como el santo papa Juan Pablo II refería en su magisterio, afirmando que la apostolicidad de la Iglesia es inseparable de la apostolicidad de la Eucaristía. Hemos recibido de los Apóstoles el sacramento de la Eucaristía, de la cual afirmamos en la fe que «contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que, mediante su carne vivificada y vivificante, por el Espíritu Santo, da la vida a los hombres» (VATICANO II: Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, n. 5; Catecismo de la Iglesia Católica, n.1324).

San Pablo nos informa de la institución de la Eucaristía por Jesús en la primera carta a los Corintios, el texto más antiguo que narra el hecho juntamente con el evangelio de san Marcos. Hemos escuchado el pasaje de la carta que narra la institución en la segunda lectura de esta misa. Hemos de tener presente, para mejor entender la institución del sacramento del Altar, que la Eucaristía tiene su anticipación figurada en la institución por Dios de la Pascua de los hebreos, narrada en el libro del Éxodo y recogida en la primera lectura.

El libro del Éxodo nos informa del origen de la celebración pascual del pueblo judío, narrando los hechos acontecidos en la liberación de los israelitas de la esclavitud de Egipto, acaudillados por Moisés, preparados para salir hacia la tierra prometida emprendiendo la marcha hacia el Mar Rojo. Aquella primera pascua hebrea acontecía la noche de la salida de Egipto, cuando los primogénitos de los hebreos fueron salvados del exterminio a que fueron sometidos los primogénitos egipcios. La señal de sangre con la que Dios ordenó a Moisés marcar las casas de los hebreos era la sangre de la res menor inmolada por cada familia, el cordero o cabrito que habían de comer en la cena pascual. Este hecho de liberación es el origen del rito de la cena pascual judía mediante la cual se evocaría cada año la liberación de la esclavitud de Egipto y el paso del Mar Rojo hacia la tierra de promisión.

Así lo determinó el Señor, que les urgía a comer de prisa aquella primera noche pascual preparados para comenzar la marcha hacia la libertad: «la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; lo comeréis, porque es la Pascua, el Paso del Señor» (Éx 12,11). Cada pascua las familias judías durante siglos han evocado este acontecimiento liberador que han entendido como «Pascua, Paso del Señor». A este acontecimiento se referirá Jesús en la última Cena, pasando de la sangre de la antigua Alianza a su propia sangre, diciendo a sus discípulos: «Este es el cáliz de la nueva Alianza en mi sangre, que será derramada por vosotros» (Lc 22,20). De aquella primera inmolación en la noche de la salida de Egipto, el libro del Éxodo nos lleva al pacto de la alianza de Dios con su pueblo en el monte Sinaí, sellada en la sangre de las reses inmoladas.

Jesús se inmola por nosotros, y en su cuerpo entregado a la muerte y en su sangre derramada para el perdón de los pecados, la humanidad ha recibido el mayor signo del amor de Dios, signo en el cual tiene acceso a la gracia de la redención. Con el perdón Dios otorga también nuestra transformación en Cristo como criaturas nuevas a cuantos acceden a la fe y al bautismo; y en la Eucaristía, Dios por medio de su Espíritu Santo nos incorpora al sacrificio de su Hijo por nosotros. Por la Eucaristía somos asimilados a Cristo mismo, pues «al entregar su sacrificio a la Iglesia, Cristo ha querido hacer suyo el sacrificio espiritual de la Iglesia, llamada a ofrecerse también a sí misma unida al sacrificio de Cristo» (SAN JUAN PABLO II, Encíclica Ecclesia de Eucharistia, n. 13).

Queridos hermanos, pongamos en la patena nuestras propias vidas, con sus gozos y sufrimientos, pongámonos nosotros mismos, para que Cristo nos una a su sacrificio redentor y por su Espíritu Santo seamos transformados (cf. PO, n.5c). Este ofrecimiento es la sustancia del sacerdocio común de los fieles, ofrecimiento al cual se ha de unir el testimonio de Cristo que han de dar los bautizados en todas partes; y su disposición permanente a «dar razón de nuestra esperanza en Cristo» (1 Pe 3,15).

En este ofrecimiento tiene una función propia el ministerio sacerdotal, que Jesús instituyó en la última Cena al mismo tiempo que instituía la Eucaristía. Si Jesús entregó la Eucaristía a sus Apóstoles fue para que ellos la reiteraran y por eso les dijo: «Haced esto en memoria mía» (1 Cor 11,24; y sinop.). Aunque la Eucaristía es celebrada por toda la comunidad eclesial y los fieles participan en ella en razón de su sacerdocio real, «es el sacerdote quien “realiza como representante de Cristo el sacrificio eucarístico y lo ofrece a Dios en nombre de todo el pueblo” [LG, n. 10]» (EE, n. 28b). Razón por la cual la Iglesia reitera, contra cualesquiera desviaciones, que es «únicamente el sacerdote quien pronuncia la plegaria eucarística, mientras el pueblo de Dios se asocia a ella con fe y en silencio» (EE, n. 28b).

La Iglesia ve al sacerdote obrando «en la persona de Cristo» (in persona Christi); es decir, en representación de la persona de Cristo que actúa por medio del sacerdote. Ved, queridos hermanos y hermanas, qué ministerio entregó Cristo a los sacerdotes, y suplicad para que no nos falten sacerdotes que lo ejerzan en favor nuestro: predicadores de la palabra de la salvación y ministros de la Eucaristía. Ayer en la Misa crismal recordaba a los sacerdotes nuestra llamada a la santidad, para que mediante el ejemplo de los ministros del Señor sean edificados los fieles y alcancen a cumplir en sí mismos la vocación universal de la santidad.

El evangelio de san Juan nos presenta a Jesús actuando como «aquel que sirve», siendo el «Maestro» y el «Señor», y por eso les dice: «Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» (Jn 13,15). El evangelio de san Juan no narra la institución de la Eucaristía, y en su lugar nos transmite en el sermón del adiós, en el que Jesús se despide de sus discípulos, el contenido que de la institución de la Eucaristía se deduce: quien se entrega al sacrificio por nuestro amor quiere asociarnos a él invitándonos a asumir su misma actitud. San Lucas nos ha transmitido un pasaje equivalente a esta invitación de Jesús al servicio recíproco de unos para con los otros. Jesús corrige la actitud de los apóstoles de querer ocupar primeros puestos y les dice: «Pues, ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22,27).

El servicio y la caridad cristiana se fundamentan en el amor y la caridad de Dios manifestados en la entrega de Jesús por nosotros, por eso es la obediencia de Jesús al Padre razón de su divina voluntad de estar en plena comunión con su Padre. La Eucaristía hace la unidad de la Iglesia, porque en la Eucaristía esta comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo activa nuestra voluntad de comunión plena con Dios y con los hermanos, haciendo que visiblemente la Iglesia aparezca ante el mundo como sacramento de la unidad del género humano; es decir, haciendo visible por nuestra sincera voluntad de comunión, que es caridad verdadera, que el sacramento llegue a expresar aquello mismo que significa (cf. EE, n. 35).

El mandamiento del amor se inscribe en esta dinámica divina de amor y plena comunión entre las personas de la Trinidad, fundamento de nuestra comunión en la Iglesia y del amor recíproco que nos debemos. La caridad cristiana se abre de este modo a todos los hombres, pero de manera especial ha de llegar a los más pobres y necesitados de nuestra ayuda, siempre será el signo de nuestra sincera confesión de fe.

Demos gracias a Dios por el don inmenso de la entrega de su Hijo por nosotros, démosle gracias porque ha querido que por el Espíritu Santo esta entrega se perpetúe en la Iglesia median te la Eucaristía. Con María alabemos a Dios por dones tan altos y admirables, porque ha hecho cosas grandes y su nombre es santo.

S.A.I. Catedral de la Encarnación
29 de marzo de 2018
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Fri, 30 Mar 2018 17:13:08 +0000
En la Misa Crismal http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/43575-en-la-misa-crismal.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/43575-en-la-misa-crismal.html En la Misa Crismal

Homilía de Mons. Adolfo González Montes, Obispo de Almería, en la Misa Crismal, celebrada en la catedral.

HOMILÍA DE LA MISA CRISMAL

Lecturas bíblicas: Is 61,1-3a.6a.8b-9; Ap 1,5-8; Lc 4,16-21

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos; religiosas y fieles laicos;
Hermanos y hermanas en el Señor:

Con la Misa crismal, tradicionalmente celebrada en la mañana del Jueves santo, culmina la Cuaresma, este tiempo particularmente sacramental que nos ha preparado espiritualmente para la celebración del Triduo pascual, que comienza con la Misa «in Cena Domini», que se ha de celebrar en la tarde del Jueves santo, misa que de ningún modo se debe adelantar a la mañana.
La Misa crismal es la expresión litúrgica de la misma naturaleza sacramental de la Iglesia, de la cual dimanan las acciones sacramentales mediante las cuales se nos hace partícipes de la salvación. En esta misa vamos a bendecir el óleo de los enfermos y el óleo de los catecúmenos; y vamos a consagrar el santo Crisma, con el cual sellaremos el bautismo de los infantes hasta que reciban el sello definitivo de la Confirmación. Este sacramento lo reciben los adultos que vienen a la fe seguidamente después del Bautismo en la misma celebración. Con el santo Crisma ungiremos las manos de los presbíteros y la cabeza del Obispo en su ordenación. A la consagración de los renacidos del agua y del Espíritu Santo y a los ungidos con el óleo sagrado de la salvación asociaremos las cosas santas: la nueva iglesia, donde se reúne la asamblea cristiana para la proclamación de la Palabra de Dios y la celebración de los sacramentos de la fe; y el altar, donde se celebra el sacrificio eucarístico, mesa del banquete donde se reparte la vida de Cristo como manjar de vida eterna.
El evangelio que hemos escuchado de san Lucas nos dice que Jesús se aplicó a sí mismo el anuncio profético de Isaías que presentaba la misión del profeta como portador de un mensaje de salvación y buena nueva. Justo para esta misión descrita por el profeta Isaías, Jesús es ungido interiormente por el Espíritu. Esta misión es destinada a un pueblo en reconstrucción, que se lleva a cabo por la acción misericordiosa de Dios, misión «para dar la Buena Noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados… para consolar a los afligidos» (Is 61,1-2); misión que anuncia que Dios cancela los delitos mediante el indulto divino al tiempo que restaña las heridas, y trae la libertad a los cautivos y oprimidos. Esta acción que el profeta hace suya, habilitado por la unción del Espíritu es contemplada como anuncio de aquella misión divina para la que el Espíritu Santo habilitó a Jesús en el bautismo en el Jordán por manos de Juan Bautista; y de ella dio cuenta Jesús mismo en la sinagoga de Nazaret: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4,21).
A esta unción de Jesús son asociados los catecúmenos: cuantos niños o adultos reciben el bautismo y la confirmación, sacramentos de la iniciación cristiana, que habilitan para el sacramento plenitud de esta iniciación la recepción de la Eucaristía, integrando a los neófitos en la comunión eucarística. Mediante la unción sacramental son asociados a la unción de Cristo y habilitados para el ejercicio del sacerdocio común de los fieles, los cuales por medio de esta unción «quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo» (LG, n. 10). En virtud de este sacerdocio, los fieles se ofrecen a sí mismos asociando su ofrecimiento al de Cristo, único sacerdote. Ejercitan de este modo existencialmente su sacerdocio, dando testimonio de Cristo y «razón de nuestra esperanza», y asociándose a la ofrenda eucarística que se realiza por manos de los ministros ordenados en el sacramento del Altar.
En la Misa crismal se manifiesta de modo especial la unidad de la Iglesia particular en torno al Obispo, principal ministro de la comunión en la Iglesia, al que se unen los presbíteros y los diáconos; pues, como enseña el Vaticano II: el Obispo ha recibido el ministerio de la comunidad, y con él sus colaboradores, los presbíteros y los diáconos (cf. LG, n.20c). La particular comunión que ha de darse entre el Obispo y los presbíteros se funda en que por medio del Obispo se transmite el sacerdocio de Cristo, que los presbíteros reciben en orden a la santificación de los fieles.
El Obispo es «el administrador de la gracia del sumo sacerdocio» (Oración de consagración del Obispo en el rito bizantino del Euchologion to mega), sobre todo mediante la celebración de la Eucaristía, que él celebra o manda celebrar a los presbíteros (cf. LG, n. 26). Sería contraria a la misión confiada por el Obispo a los presbíteros que alguno pretendiera regir una comunidad y ejercer el ministerio de la santificación al margen del ministerio y de la autoridad apostólica del Obispo.
El que hoy, queridos sacerdotes, estamos reunidos en torno al altar concelebrando esta misa crismal, porque en ella tenemos la expresión de la común participación del ministerio de santificación de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote. En esta misa en la que consagramos el santo Crisma, con el que fuimos ungidos en nuestra consagración sacerdotal, la gracia de nuestra ordenación vivifica y activa en nosotros la renovación del ejercicio del ministerio sacerdotal que desempeñamos para edificación del pueblo de Dios; y que los presbíteros reciben por medio del ministerio del sumo sacerdocio del Obispo. Esta renovación del ministerio sagrado se ha convertido para vosotros como para mí, queridos sacerdotes, en tarea permanente, ciertamente es así, pero hoy tiene para todo el presbiterio de nuestra Iglesia una particular experiencia de gracia en esta misa que incluye la renovación de vuestras promesas sacerdotales.
Recordad el fervor con que recibisteis la ordenación sacerdotal y el gozo que inundó vuestra vida puesta al servicio de los hombres «en las cosas que se refieren a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados» (Hb 5,1). La exhortación de la ordenación sacerdotal de los presbíteros recuerda las cosas que se refieren a Dios diciendo: los presbíteros son configurados con Cristo por la ordenación uniéndose al sacerdocio de los obispos, «para predicar el Evangelio, apacentar al pueblo de Dios y celebrar el culto divino, principalmente el sacrificio del Señor» (PONTIFICAL ROMANO: Exhortación en la Ordenación de los presbíteros). No podréis llevar a cabo vuestro ministerio sin una respuesta de amor a Cristo, en fidelidad a la vocación a la que fuisteis llamados por él. Tened presente que la salud espiritual del clero edifica al pueblo de Dios, que espera ver en vosotros el ejemplo de santidad sacerdotal, que estimula la llamada de Cristo a la santidad: y en aquella forma que les haga sentir y ver en vosotros ministros de Cristo.
Como ministros de la unidad de la Iglesia estáis llamados a promover la comunión de la Iglesia diocesana en torno al Obispo, siguiendo la exhortación de san Ignacio de Antioquía, que dice cómo la armonización del colegio presbiteral con el Obispo ha de ser igual que la armonización de las cuerdas de una lira. El santo obispo mártir pone particular énfasis en afirmar que el acuerdo y concordia en el amor que deben existir en el colegio presbiteral es como un himno a Jesucristo (cf. SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Carta a los Efesios, 2,2-5-2).
El aislamiento en el ejercicio del ministerio pastoral conduce a situaciones reales de cisma, y quien así procede deja de estar referido al centro de la comunión eclesial para comportarse, en palabras reiteradas del Papa Francisco, de forma autorreferencial. La concordia en el amor se manifiesta en la obediencia, que acrecienta la comunión, rechazando rumores infundados que hoy se difunden con tanta facilidad y crean un clima de discordia, dando lugar a injusticias cometidas contra las personas y las instituciones que tienen difícil reparación.
Nuestro ministerio es servicio colegial a la obra de redención y santificación de Cristo, «que nos amó y nos ha librado de nuestros pecados por su sangre y nos ha convertido en un reino de sacerdotes de Dios, su Padre» (Ap 1,5b-6). Auxiliados por los diáconos, ministros de la palabra y de la caridad del Padre, los sacerdotes hemos de llevar el Evangelio de la vida a nuestros contemporáneos que han dejado de creer en Jesucristo, apartándose de la Iglesia, para atraerlos a la comunión eclesial. Dice la primera carta de san Juan que el anuncio de Jesucristo está dirigido a las personas que no lo conocen y no lo han recibido, para que también ellos estén «en comunión con nosotros; y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1 Jn 1,3).
Estamos llamados a una tarea de la evangelización, en la que el testimonio de los laicos, sostenidos por la predicación y la caridad de la Iglesia, necesita ser fortalecido con el ejemplo de los pastores y la plegaria recíproca de unos por otros. Como ministros de la santificación de los fieles hemos sido puestos para interceder constantemente por aquellos que Dios puso a nuestro cuidado pastoral, y de nosotros esperan un ejemplo de santidad.
Que así nos lo conceda la intercesión de la Virgen María, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia; y que a ella se asocie la intercesión de nuestros mártires, beatificados hace un año para rogar a Dios por nuestra Iglesia y manifestar con su inmolación que el centro de todos los carismas está en el amor, en la caridad de Dios manifestada en la entrega de Cristo por nosotros.

S.A.I. Catedral de la Encarnación
Miércoles Santo
28 de marzo de 2018


+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Almería Fri, 30 Mar 2018 05:56:18 +0000
Domingo de Ramos http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/43550-domingo-de-ramos.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/43550-domingo-de-ramos.html Domingo de Ramos

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González, en la celebración de las palmas en el Domingo de Ramos. 

Lecturas bíblicas: Procesión de palmas: Mc 11,1-10
Misa: Is 50,4-7; Sal 21,8-9.17-20.23-24; Fil 2,6-11; Mc 14,1-15,47


Queridos hermanos y hermanas:

Hemos proclamado esta mañana el evangelio que precede a la procesión de las palmas, para rememorar la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, en al cual la multitud le recibe como a aquel que viene como heredero de David. Los que aclaman a Jesús le saludan como «hijo de David» y, por ello, como al heredero prometido, al rey mesiánico que se sentará sobre el trono de David su padre, como le había profetizado Natán a David: «… yo afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas y consolidaré tu reino. Él me construirá una casa y yo consolidaré su trono para siempre. Yo seré para él padre y él será para mí hijo…» (1 Cr 17,11b-13a).

El evangelista san Juan nos informa de cómo quisieron aclamar rey a Jesús después de la multiplicación de los panes y los peces, pero Jesús rechazó la pretensión de la multitud y se alejó de ellos. Sin embargo, ahora vemos que se deja aclamar como al rey mesiánico prometido, el “hijo de David”. Los evangelistas dan cuenta del carácter mesiánico de aquel gesto profético de Jesús, entrando en Jerusalén como rey pacífico, según había profetizado Zacarías: «a lomos de un pollino hijo de borrica» (Za 9,9), mientras la multitud le aclama diciendo: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David. ¡Hosanna al Altísimo!» (Mc 11,10).

Hemos de retener esta escena, para entender mejor lo que sucedió después en el juicio que Jesús hubo de soportar, una vez que fue aprehendido en el huerto de Getsemaní por una patrulla enviada por los sumos sacerdotes para apresarle, y así poderle interrogar ente el sanedrín; y, finalmente, y llevarlo ante Pilato para que le condenara a muerte.

Hemos escuchado la lectura de la crónica evangélica de la pasión de Jesús, dramatizada por los tres lectores diáconos; y en ella, vemos que, después de informarnos sobre la preparación de la cena y narrar la institución de la Eucaristía, san Marcos da cuenta de la agonía de Jesús en Getsemaní y del prendimiento que precedió a la comparecencia de Jesús ante el sanedrín de Israel. La sesión del alto tribunal religioso de Israel se ha reunido con la intención predeterminada de llevar a Jesús a la muerte, se trata de acabar con él dándole muerte, pero necesitan testigos que acrediten que la muerte de Jesús será un acto de justicia.

Sin embargo, los testimonios no son concordes y el tribunal se ve en un aprieto, ni siquiera el testimonio de que Jesús ha hablado contra el templo resulta convincente. Por eso, contra lo usual, el Sumo Sacerdote se levanta y toma la palabra para preguntar sin ambages a Jesús si es el Cristo, el Hijo del Bendito. Jesús responde: «Sí, yo soy, y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder venir entre las nubes del cielo» (Mc 14,62b). Con esta respuesta Jesús se identifica con el Hijo del hombre, del cual habla el profeta Daniel para referirse al ser divino que recibe del Padre el poder y el reino. Jesús se declara Hijo de Dios, y el Sumo Sacerdote y el sanedrín le acusan de blasfemo y le condenan a muerte.

A partir de aquí comenzará el camino hacia el Calvario que Jesús tendrá que recorrer una vez sea juzgado por el prefecto romano Pilato y entregado para ser crucificado, después de la cruel tortura y burla de los soldados que lo coronan de espinas. Jesús, según el evangelista san Marcos, había concitado contra él el odio de sus adversarios, que desde el principio se convierten en sus enemigos. Desde que aparece en la crónica del evangelio la polémica de los fariseos con Jesús porque curaba en sábado, ya está en acción la conspiración contra él. Desde el principio el evangelista ve en Jesús el justo acosado por los malvados, conforme lo habían predicho los profetas y lo vemos en Isaías y Jeremías, pero de manera igualmente muy viva en los salmos que describen las situaciones de angustia del justo ante el acecho de los malvados. Dice el salmista: «El impío espía al justo y pretende darle muerte» (Sal 37,32). Vemos al justo suplicando al Señor su defensa: «Mira que acechan vida, poderosos se conjuran contra mí» (Sal 59/58,4).

En el plan de matar a Jesús –dicen los comentaristas de san Marcos–¬ se concluye definitivamente una intención presente desde el principio de la vida pública de Jesús (cf. Mc 3,6). La parábola de los viñadores homicidas deja a sus adversarios al descubierto y son conscientes de que Jesús la ha contado por ellos (Mc 12,12). Jesús se refiere a los viñadores que pretenden quedarse con la viña, maltratan y matan primero a los criados enviados por el dueño; y, finalmente, dan muerte al hijo con la pretensión de quedarse con la viña. Vuelve el evangelista sobre la intención de matar a Jesús que tienen sus adversarios, y precisa que «dos días antes de la Pascua, los sumos sacerdotes y los escribas buscaban cómo prender y dar muerte a Jesús» (Mc 14,1).

Nosotros que escuchamos ahora el relato de la pasión del Señor, hemos de meditarla para sacar fruto de la celebración de la muerte y resurrección de Cristo nuestro Redentor. Jesús carga sobre sí el castigo merecido por el pecado de toda la humanidad y aparece como el varón de dolores del que habla Isaías en los célebres cánticos del Siervo del Señor. Obediente hasta la muerte en la cruz, como dice san Pablo en la carta a los Filipenses, Jesús hace suyo el dolor inmenso del hombre herido por el pecado y destinado a la perdición. Es el anonadamiento, el hacerse nada de aquel que es, sin embargo, el Hijo de Dios, la afirmación central que destaca en el interrogatorio del sanedrín y razón de su condena; pues, al hablar así, Jesús se hace igual a Dios. Se ha identificado con el Hijo de Dios sentado a la diestra del Padre, tal como dice el salmista del Mesías y del Hijo del hombre: «Dijo el Señor a mi Señor: “Siéntate a mi derecha y haré de tus enemigos un estrado de mis pies”» (Sal 110,1).

Jesús se abajó no reteniendo como un botín codiciable su condición divina, sino que, despojado de ella, como hemos escuchado en la carta de san Pablo, «se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz» (Fil 2, 8). Su actitud es el ejemplo a seguir, porque nosotros tendemos a hacer lo contrario, a elevarnos sobre los demás. San Pedro nos coloca ante el modelo que tenemos en el Señor, exhortándonos a seguirle por el camino de la cruz, lo que sólo es posible si comprendemos el valor redentor de su dolor y no renunciamos a asociar nuestro dolor al de Jesús. Por eso dice el príncipe de los Apóstoles: «Cristo padeció por vosotros, dejándoos un modelo, para que sigáis sus huellas. Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca; insultado no respondía con insultos; en su pasión, no profería amenazas (…) Cargado con nuestros pecados, subió al leño, para que, muertos al pecado, vivamos par la justicia. Sus heridas nos han curado» (1 Pe 2,21-24).

Es el mismo mensaje que nos transmite san Pablo y hemos escuchado, al exhortar a los Filipenses a «tener los mismos sentimientos que Cristo» (Fil 2,5). Jesús es el modelo que nos ha dado el Padre para seguir su ejemplo, ya que en la humillación que merecen nuestros pecados, asumida con conciencia de pecadores y con voluntad sincera de ser sanados de nuestras heridas en las heridas de Jesús, está la razón de la exaltación que Dios reserva para cuantos se humillan; es decir, la exaltación sólo puede ser obra de Dios, que la cumple en quienes se reconocen pecadores y necesitados del perdón y de la misericordia de Dios. Lo dijo el mismo Jesús a la multitud de sus seguidores, exhortándoles a no ocupar los primeros puestos y colocarse por encima de los demás: «Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» (Lc 14,11).

Que la celebración de la muerte y resurrección de nuestro Señor nos ayude a progresar en una honda conversión a Dios y al seguimiento de Cristo como discípulos y testigos suyos. Que la Virgen María, Madre del Redentor interceda por nosotros, para que podamos seguir a Jesús y unir nuestros sufrimientos a los suyos y, superando las dificultades de la vida, llegar a ser mejores y capaces de dar nuestra vida por nuestros hermanos. Como lo hicieron los santos y los mártires del siglo XX de Almería, de cuya beatificación hoy se cumple el primer aniversario. Que ellos se asocien a María para interceder por nosotros.

S.A. I. Catedral de la Encarnación
25 de marzo de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Tue, 27 Mar 2018 10:37:14 +0000
Seminaristas hoy, para ser mañana http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/43417-seminaristas-hoy-para-ser-mañana.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/43417-seminaristas-hoy-para-ser-mañana.html Seminaristas hoy, para ser mañana

Carta del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Queridos diocesanos:

El Papa Francisco ha convocado un sínodo para el próximo octubre, con la propuesta a los padres sinodales de reflexionar sobre «los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional». Con este propósito, parece oportuno considerar que los padres sinodales tienen ante sí una tarea harto compleja, porque es difícil reducir a común denominador los millones de jóvenes del mundo, aunque la globalización cultural ha desencadenado desde hace algunas décadas un proceso de homologación de los jóvenes a estándares sostenidos por los medios de divulgación y la publicidad comercial. Valgan algunas reflexiones para tomar buena nota de ello.

1. Los jóvenes, mies zarandeada por los vientos de la globalización cultural

Comencemos diciendo que en esta homologación de los jóvenes tienen un papel de primer orden los diferentes dispositivos móviles, en cuyo manejo se inician desde tierna edad los niños que serán los jóvenes en pocos años, sucediéndose en generaciones de quince en quince años, si seguimos la teoría de las generaciones más divulgada. Con el móvil a dos manos los jóvenes van haciendo propios y comunes modelos de estar y ser, de vestir, mal-vestir y despojarse, de peinar el cabello con tupé y sin él, y raparse; de comer y mal-comer, beber y mal-beber y divertirse; beber alcohol y demasiados drogarse; y lo que es más importante, de hablar expresando un discurso premioso o sugerido y no pronunciado, por la incapacidad de recitar casi nada, y la enorme facilidad para comunicarse por signos casi ideográficos en digital, contraseñas y expresiones cifradas o abreviadas.

Me dirán enseguida que esto responde a una determinada adolescencia y juventud, pero la verdad es que son millones; y son muchos menos millones los que lentamente afrontan un futuro complejo y al mismo tiempo esperanzado, después de salir de la pubertad; menos los que se enfrentarse a la Universidad y se deciden por la búsqueda de un puesto de trabajo apropiado en razón de su cualificación laboral.

Sí son muchos los jóvenes migrantes que esperan hallar la realización de los estándares en las metrópolis de los países ricos, viniendo de países pobres y con un futuro comprometido, mientras muchos millones de jóvenes se ven recluidos en sus países de origen, aunque desean salir y promocionar sus vidas que, de lo contrario (¡éste es su miedo!) no podrán lograr. Los jóvenes de los países del llamado Tercer Mundo son, de hecho, el futuro de sus países que está comprometido si no evoluciona la sociedad a la que pertenecen con la ayuda de los países que pueden ofrecerla, los más ricos. Jóvenes que, sin embargo, son muy necesarios para que esa sociedad que es la suya salga adelante.

2. Jóvenes cristianos, apóstoles de los jóvenes

Son cíclicamente muchos también, aunque muchísimos menos que los que están fuera de las comunidades cristianas, los jóvenes que se mueven en parroquias, escuelas y universidades católicas o movimientos apostólicos, de los cuales sale el millón o millón y medio de jóvenes que van con el Papa a la Jornada Mundial de la Juventud. Con ellos, es verdad, quisieran ir otros muchos que se tienen que dar sin el viaje que no pueden realizar.

Son muchos menos los que, educados en la escuela católica o estatal, forman parte de las comunidades parroquiales, porque han sido y aún siguen siendo educados en la fe y la practican o simpatizan con ella. Son menos, muchos menos aún, los que son apóstoles de los otros jóvenes, de los cuales tienen con demasiada frecuencia pocos conocimientos objetivos, ni le son tan cercanos como algunos de ellos quisieran.

Los más comprometidos con la fe cristiana se enrollan apostólicamente en pequeños comunidades o movimientos apostólicos y algunos, incluso, dedican un verano, unos meses o un año a experiencias de cooperación al desarrollo, evangelización en sociedades del Tercer Mundo, si no marginales, retardadas en el desarrollo y con graves problemas de promoción humana, personal y comunitaria.

3. Para evangelizar a los jóvenes se necesitan sacerdotes y quienes cooperan con ellos en el apostolado

¿Cómo evangelizar a estos jóvenes? ¿Cómo acercarlos al evangelio de Jesús y darles a conocer la esperanzadora visión del hombre y del mundo que dimana de la palabra de Dios? ¿Cómo hacerles ver que en Jesús llega a su culmen la historia de la revelación salvadora? ¿Cómo decirles que el contenido de esa historia de revelación es que Dios nos ama infinitamente y que su amor se nos ha manifestado en la entrega de Jesús a la muerte por nosotros?

Anunciar el Evangelio a estos jóvenes es ayudarles a descubrir el sentido trascendente de la vida y la vocación del hombre a la santidad; lo que es tanto como decir colocarlos ante el amor inmenso de Dios por el hombre y el mundo, y hacerlo mediante el compromiso real con el apostolado evangelizador del que hoy tiene necesidad la Iglesia.

La escuela católica no se justifica por la sola transmisión de saberes específicos, para situar competitivamente a los jóvenes en una sociedad compleja y sin alma. El mandato de Cristo de anunciar la buena nueva del Evangelio «enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28,20) es imperativo al que no podemos renunciar. No nos es posible renunciar, entonces, al carácter verdaderamente católico, confesante, de la educación cristiana de los jóvenes. No, no es posible renunciar a la educación católica de la infancia y de la juventud. De su éxito dependen las comunidades cristianas de mañana cristianos y que el proceso de transmisión del evangelio de Jesús siga históricamente adelante.

De ello depende que mañana haya sacerdotes, maestros de la fe y celebrantes de los sacramentos de la salvación. Crecerá el conocimiento de Dios y habrá Iglesia en otras partes, pero si renunciamos a transmitir la fe a los niños y a los jóvenes, no habrá quien escuche la llamada al ministerio pastoral y nuestras comunidades cristianas sucumbirán. No habrá fe en nuestra casa, en nuestra geografía y en nuestro país, tradicionalmente procedente de una historia cristianamente vivida como distintivo de identidad.

Para afrontar la evangelización de los jóvenes con mente abierta y conciencia clara de los signos de los tiempos, en fidelidad a la tradición de fe apostólica, son necesarios los sacerdotes, jóvenes hoy que quieran ser mañana ministros de la palabra de Dios y de los sacramentos que Cristo instituyó para nuestra salvación. Necesitamos apóstoles de los jóvenes, que lo serán si son de verdad apóstoles a secas, es decir, si suceden en su condición y grado sacramental a los Apóstoles de Jesús, a los Doce y a los varones apostólicos, los colaboradores apostólicos de las primeras generaciones.

Lograrlo es tarea difícil, lo sabemos bien. Las causas están en esos estándares que la globalización de una cultura materialista y alejada de la inspiración cristiana de la vida ha difundido por doquier, santo y seña que identifica a las nuevas generaciones de adolescentes y jóvenes. La inseguridad con la que se abren a un futuro incierto y la debilidad en la que una concepción líquida de la vida ha colocado tantas vidas juveniles, incapacitadas para soportar cualquier contratiempo, atrapados en la comodidad de una cultura sin reciedumbre espiritual, bloquea la evangelización y las vocaciones al sacerdocio. Es incluso preocupante el desconocimiento de la tradición cristiana, de la que acuden despojados al Seminario los jóvenes que se sienten atraídos por el sacerdocio, aunque no sepan muy bien distinguirlo a veces de un anhelo de mayor humanidad y filantropía.

Sólo queda la fuerza que viene de Jesús mismo, porque Él es quien lo hace todo y sólo Él puede sostener a los jóvenes que llama, a los que deja sentir su llamada caldeando su joven corazón. El Seminario es un proyecto educativo para los jóvenes que eligen con vocación el ministerio pastoral, un proyecto que progresa ayudando a discernirlo a los que entran en él. Necesita maduración y, para ella, tiempo y experiencia. Los jóvenes seminaristas van venciendo los reclamos que llegan insistentemente de fuera y disciplinando la voluntad y los afectos, aprendiendo junto al Señor a hacer de Él el destinatario de su amor, para poder ofrecerlo a cuantos pongan a su cuidado un día. Aprenden a ser para todos pegados al Sagrario, donde experimentan la atracción de la presencia del Señor. Y sostenidos por esta experiencia de fe, se ponen en manos de los educadores que los acompañan y guían para mejor ser instruidos en la caridad pastoral de quien está llamado a ser un sacramento vivo del Señor para el mundo: el sacerdote que serán mañana.

Para cubrir con esperanza de éxito duradero la etapa de mayor certeza de estar en el sendero que Dios les va trazando, aunque cueste seguir por él, lo mejor es comenzar en la comunidad educativa del Seminario Menor, precedido de la labor vocacional de la parroquia y sostenido por una familia cristiana. ¿Estamos en ello o tenemos que esperar a convencernos? No demos más tumbos que los necesarios. Trabajemos las vocaciones juveniles de quienes vienen de las parroquias, la Universidad y el compromiso laboral, pero no volvamos la espalda a lo que la experiencia y la historia nos garantizan.

Con mi afecto y bendición.

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Tue, 20 Mar 2018 13:09:47 +0000
Misa exequial del niño Gabriel CruzI http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/43345-misa-exequial-del-niño-gabriel-cruzi.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/43345-misa-exequial-del-niño-gabriel-cruzi.html Misa exequial del niño Gabriel CruzI

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Lecturas bíblicas: Lam 3,22-26; Sal 22,1-3a.3b-6; Mc 10,13-16

Queridos hermanos sacerdotes;
Excelentísimas e Ilustrísimas autoridades del Gobierno de la Nación, de la Comunidad autónoma de Andalucía y autoridades provinciales, civiles y militares;
Queridos padres, abuelos y familiares del niño Gabriel Cruz;
Hermanos y hermanas:

Es difícil pronunciar unas palabras de consuelo cuando el que ha muerto es un niño inocente, pero como hemos escuchado en el libro de las Lamentaciones, hay algo que hemos de traer a nuestra memoria en estos momentos, «algo que me hace esperar: Que la misericordia de Dios no termina y no se ha agotado su ternura; antes bien, se renueva cada mañana: ¡grande es [Señor] tu fidelidad» (Lam 3,21-23).

Estas palabras del autor sagrado nos ayudan a comprender por qué estamos aquí, en la presencia del Señor, cuando todos, sin distinción alguna, nos sentimos víctimas de este hecho horrible que es la muerte del pequeño Gabriel. Esta muerte sin sentido, como hemos manifestado públicamente, pone al descubierto la situación enferma del corazón humano, la miseria de nuestra condición pecadora. Nos sucede a todos los mortales aquello que dice san Pablo refiriéndose al hecho de que el pecado habita en el corazón del hombre: «Pues no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo» (Rm 7,19); y continúa el Apóstol de las gentes diciendo: «Y si lo que no deseo es precisamente lo que hago, no soy yo el que lo realiza, sino el pecado que habita en mí» (v. 20).

Si lo reconociéramos así, ciertamente seríamos mucho más justos con nosotros mismos, ya que reconoceríamos con realismo que el pecado puede vencernos en cualquier momento. Rezaríamos con convicción el Padrenuestro, la oración que el Señor nos enseñó, y suplicaríamos al Padre de las misericordias: «No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal» (Mt 6,13). Soñamos con mejorar las cosas y todo lo fiamos, a veces con sectarismo manifiesto, a nuestros programas de acción y a la toma del poder para ponerlos por obra, olvidando que el cambio radical que puede hacernos mejores es la conversión del corazón, algo que, como enseña el gran doctor de la Iglesia san Agustín, sólo Dios puede comenzar y llevar a término en nosotros, porque sólo Dios, en verdad, puede comenzar en nosotros lo bueno y llevarlo a término.

Por eso en la desolación y en la impotencia en que nos sumen hechos como esta muerte cruel, debe reafirmarse nuestra convicción de creyentes que el autor sagrado declara: «El Señor es bueno para los que en él esperan y lo buscan; es bueno esperar en silencio la salvación del Señor» (Lam 3,26). Como dice el salmo que hemos recitado, el tan conocido Salmo 22: no estamos dejados de la misericordia de Dios, porque nos acompaña siempre, en la dicha y en el dolor; y si el creyente en Dios mantiene la fe incluso en las situaciones límite como la que estamos viviendo, podrá decir con el salmista: «habitaré en la casa del Señor por años sin término» (v.6).

Estas hermosas palabras nos introducen de lleno en el evangelio según san Marcos, que recoge las palabras de Jesús sobre los niños, enojado porque los discípulos no querían que le molestaran. Jesús les dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios» (Mc 10,14).

Por nuestras propias fuerzas no podemos elegir a Dios, es Dios quien nos elige a nosotros, como les dice Jesús a los apóstoles la noche de la última Cena: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros…» (Jn 15,16). Jesús elige en especial a los niños, porque en su inocencia e ilusión están abiertos a la elección de Dios, a acoger con sencillez la fe y dejarla que prenda en su corazón de niños, marcándolos con el sello de la gracia redentora y de la santificación. Gabriel no tuvo tiempo de que su corazón se pervirtiera de la maldad que trasversalmente alcanza el corazón de los adultos, y la muerte violenta que ha padecido le acerca a Jesús de manera especial, pues lo identifica con la muerte de Cristo, el único justo e inocente de todo pecado, «ya que ha sido probado en todo como nosotros, excepto en el pecado» (Hb 4,15).

Los cristianos anunciamos la muerte y resurrección del Señor, porque del misterio pascual dimana la luz poderosa que ilumina el sentido de la vida humana y nos descubre que nuestra muerte no nos deja caer en el vacío de la aniquilación y la nada. Así se lo dice san Pablo a los Tesalonicenses: «Pues si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo a los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con él. Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras» (1 Tes 4,14).

Este consuelo no es una mera ilusión, porque se funda sobre los hechos históricos que nos apresuramos ya a celebrar la próxima semana santa, la pasión del Señor, cuyo contenido es el misterio pascual: la muerte real, y la real y gloriosa victoria sobre la muerte de Cristo resucitado.

Gabriel, que llevaba el nombre del ángel que anunció a María el nacimiento de Jesús, a su manera de niño amó a Jesús. Este niño alegre y sonriente y bonito ha emprendido el camino que le lleva al encuentro con Jesús glorificado, el camino definitivo a la casa de Dios para habitar en ella por años sin término y allí conocer y participar del amor definitivo y la felicidad que no acaba de aquellos que viven la vida de Dios: los ángeles y los santos. Con ellos, Gabriel acompañará ahora a sus padres y abuelos desde el cielo.

Que la eucaristía que ahora vamos a celebrar nos alcance por el sacrificio redentor de Cristo, que el sacrificio eucarístico hace presente, honda conversión de nuestros pecados y la aceptación humilde de la voluntad de Dios, siempre bienhechora y favorable a nosotros. Que, por nuestra conversión a Dios, la sociedad se torne más humana y capaz de recibir el mensaje del Evangelio, a salvo de una violencia injusta ejercida contra los niños en todo el mundo, expresión y efecto de la mente y del corazón enfermos de tantas personas en nuestro mundo.

S. A. I. Catedral de la Encarnación
Martes 13 de marzo de 2018

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Wed, 14 Mar 2018 13:42:58 +0000
Ordenación de diáconos http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/43293-ordenación-de-diáconos.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/43293-ordenación-de-diáconos.html Ordenación de diáconos

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González, en el IV Domingo de Cuaresma


Lecturas bíblicas: 2 Cr 36,14-16.19-23; Sal 136,1-6; Ef 2,4-10; Jn 9,1-41

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos;
Queridos religiosos y religiosas, seminaristas y fieles laicos;
Queridos seminaristas que hoy recibís el Orden del diaconado;
Hermanos y hermanas:

El cuarto domingo de Cuaresma es conocido en la tradición de la liturgia cuaresmal latina como el domingo «de Laetare», el domingo de la alegría, porque así comienza la antífona de entrada que hemos recitado, tomada de las profecías de Isaías: En latín la antífona dice: «Laetare, Ierúsalem… gaudete cum laetitia…». En español, reza tal como la hemos cantado: «Alégrate, Jerusalén…regocijaos los que estuvisteis tristes para que exultéis; mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos» (Is 66,10-11). Esta exhortación profética anunciaba la liberación que Dios traía a Jerusalén; después del terrible castigo por causa de su infidelidad, la ciudad santa se vería al fin libre de sus enemigos. A nosotros nos invita a mirar con gozosa esperanza el triunfo de Cristo en su gloriosa resurrección, para que no sucumbamos a las pruebas que reserva la vida a todo cristiano, y no rechacemos la penitencia cuaresmal que nos dispone para mejor superarlas.

Hoy, además, es un día para la alegría, porque por la gran misericordia de Dios, que nos ama irrevocablemente, se nos concede la gracia de ordenar cuatro nuevos diáconos con los ojos puestos en el ministerio presbiteral, que recibirán un día ya no muy lejano. Durante un largo período de tiempo estos jóvenes que hoy reciben el sacramento del Orden, se han preparado como seminaristas. Salieron de familias cristianas y en ellas crecieron en la fe, ayudados por sus parroquias de origen, en algunos casos desde niños. Los grupos apostólicos de las parroquias han sido el clima propicio guiados por los sacerdotes, que han ayudado a estos jóvenes a consolidar la llamada del Señor a seguirle, entrando algunos en el Seminario incluso tras haber terminado una carrera universitaria o haberla iniciado.

Con sus altibajos naturales, dados los tiempos que estamos viviendo el Seminario diocesano viene haciendo un buen trabajo, y aumenta nuestra esperanza con las vocaciones que ya se anuncian para el nuevo curso, vocaciones que pedimos a Dios consolide con su gracia. Todo es don de Dios, también lo son las vocaciones, pero necesitan el clima propicio para desarrollarse, la atmósfera de una comunidad parroquial viva y, muy en particular, el esfuerzo apostólico y pastoral de los sacerdotes. A ello hay que sumar la colaboración de la familia, con su ayuda todo es más fácil, mientras que la ausencia de esta colaboración hace más difícil la vocación de los hijos. Familia y parroquia, también la escuela católica y la clase de religión, los movimientos seglares, cofradías y comunidades constituyen el entramado de las vocaciones.

Si falta este clima y entramado vocacional, los jóvenes se ven pronto inmersos en el ambiente cultural de una sociedad en la que Dios está ausente, y la práctica religiosa no es ni vista ni comprendida en su verdad como sacramento de la presencia de Cristo para el mundo. Se tiene que comprender que hoy el Seminario tiene que desarrollar un mayor esfuerzo, supliendo lo que cabría esperar y que los adolescentes y jóvenes con vocación viniera habiendo ya recorrido un tramo de historia personal camino del Seminario. Porque no siempre es así, el Seminario viene realizando un trabajo educativo muy apreciable, consolidando la formación humana y espiritual, la preparación intelectual y, en los últimos años de seminaristas avocados a la ordenación, una introducción progresiva a la acción pastoral, siguiendo siempre las orientaciones del magisterio de la Iglesia.

Hoy, gozosos por el don que recibimos, nos sentimos alentados por la gracia y hemos de proponernos en este cuarto domingo de Cuaresma el cumplimiento fiel de los mandamientos, para no ser víctimas del castigo divino, que resulta del apartamiento de la voluntad de Dios. Así les sucedió a los israelitas que fueron llevados al cautiverio, como hemos escuchado en el libro segundo de las Crónicas de la historia de Israel; cuando Nabucodonosor puso sitio a Jerusalén y terminó capturando al rey Sedecías de Judá, destruyendo su ejército y haciendo cautivos a los israelitas y deportando a lo más granado del pueblo con sus jefes a Asiria, primero, cuando cayó el reino de Israel; y a Babilonia después con la caída del reino de Judá.

La acción militar de los babilonios contra el reino de Judá fue seguida de dos sucesivas incursiones de sus tropas, siendo incendiado y destruido el templo de Salomón, despojándolo de toda su riqueza patrimonial, y demolidas las murallas de Jerusalén y arrasadas sus casas (cf. Jr 52,12-23). Los autores sagrados han interpretado esos terribles hechos históricos vividos por el pueblo que Dios había elegido como castigo por su desobediencia a los mandamientos y la violación sistemática de la Alianza y del sábado como día consagrado a Dios.

Dios había querido evitar el castigo de la cautividad infligido a los israelitas con una duración de 70 años hasta la llegada de los persas y el rey Ciro decretó el retorno de los cautivos a la patria. El castigo llegó, fruto de los acontecimientos históricos, como corrección del obstinado proceder de los israelitas, a pesar de que Dios los había amonestando mediante el movimiento profético, en el que destacan las voces de Isaías y Jeremías. En el siglo VIII a. C. Isaías había advertido sobre el peligro de la corrupción moral y la idolatría en que vivían, arrastrados por el materialismo que la prosperidad había traído aquellos de bienestar años a Israel, que no fueron secundados con la piedad y la acción de gracias, abandonando la obediencia debida a la ley de Dios. El año 722 a. C. los israelitas se vieron llevados por los asirios cautivos al exilio. Un siglo después, Jeremías advertía a Judá del peligro que corrían y que el castigo sería inminente, hasta que el 586 fueron deportados por los babilonios el rey y su ejército, los nobles y sacerdotes, los jóvenes y la parte importante del pueblo.

El pueblo elegido vivió el destierro como purificación de su fe y retorno al Dios vivo. Hoy el evangelio de san Juan que hemos escuchado nos dice que ahora el castigo será la condena eterna, que depende de la resistencia que opongamos a creer en Cristo Jesús como Hijo de Dios, enviado al mundo para salvarlo de la condenación eterna. La condenación tiene que ver con que «la luz vino al mundo y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas» (Jn 3,19). Es lo que el Señor llamará “pecado contra el Espíritu Santo”, que consiste en negar culpablemente que el mundo ha recibido la luz y la rechaza, que el amor de Dios por la humanidad no se ha manifestado en la entrega de Jesús a la muerte por nosotros: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna» (Jn 3, 16).

Dios, había profetizado Ezequiel, no se complace en la muerte del malvado, «sino en que se convierta de su conducta y viva» (Ez 18,23); y san Pablo dirá que, siendo nosotros todos pecadores, «Dios nos encerró a todos en la rebeldía, para usar con todos de misericordia» (Rm 11,32). Una forma de decir que habiendo caído todos en el pecado, Dios no quiere la destrucción de la humanidad pecadora, sino su salvación, que es obra de su amor misericordioso. Por eso no duda en decir que «la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros pecadores, murió por nosotros» (Rm 5,8).

La Cuaresma como tiempo de conversión y purificación nos invita a responder a la llamada de Jesús con la cual se abría este tiempo santo recogiendo las palabras de la predicación del Señor cuando comenzó su ministerio público: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15). La Cuaresma nos pide ahondar en la lectura de la sagrada Escritura e imbuidos del espíritu de oración alcanzar con la ayuda de Dios una mejor y más honda comprensión de la voluntad de Dios sobre nosotros. Lo que sólo alcanzaremos si guardamos los mandamientos de Dios. Tengamos plena confianza en el amor que Dios nos tiene, pues Cristo nos ha redimido y en su cruz y resurrección hemos sido salvados.

Este es el mensaje, la Buena Noticia que el mismo Cristo confió a los apóstoles y a sus sucesores llevar al mundo, y es el mismo mensaje que todos los ministros del Evangelio han de prolongar en el tiempo por generaciones hasta que el Señor vuelva. Un mensaje que hemos de anunciar pidiendo a quienes lo reciben de buena voluntad que vengan a la fe en Jesús, «porque estamos salvados por pura gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios» (Ef 2,8).

Que así lo prediquéis a este mundo nuestro, que así lo comuniquéis a las jóvenes generaciones como jóvenes diáconos, cooperadores del ministerio del Obispo y de los presbíteros, secundando su predicación con la vuestra y prolongándola; que así lo transmitáis en la catequesis, y que la caridad que habéis de ejercer en nombre de la Iglesia, con particular amor por los más pobres, sea el testimonio de vuestra dedicación al servicio de los hombres por amor a Cristo, Diácono del Padre. Que maría, la sierva del Señor os ayude a lograrlo con su maternal intercesión.

S. A. I. Catedral de la Encarnación
Almería, a 11 de marzo de 2018

+Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Mon, 12 Mar 2018 12:44:43 +0000
Tarea de cofrades, tarea de bautizados http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/42803-tarea-de-cofrades-tarea-de-bautizados.html http://odisur.es/diocesis/almeria/documentos/item/42803-tarea-de-cofrades-tarea-de-bautizados.html Tarea de cofrades, tarea de bautizados

Carta del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Queridos cofrades y diocesanos:

Con la Cuaresma hemos comenzado la andadura que nos conduce a la Semana Santa y a la celebración del Triduo pascual, centro del culto cristiano. El tiempo cuaresmal es un tiempo de preparación de la conmemoración de los misterios de nuestra salvación, a cuya consumación en la vida eterna nos encaminamos participando ya, en nuestro caminar de peregrinos, mediante la celebración sacramental de aquello que esperamos alcanzar. La plena participación en la resurrección y gloria del Señor. Por esto mismo, la Cuaresma es un tiempo propicio al examen de nuestra situación ante Dios, un tiempo para preguntarnos por el alcance espiritual de la Semana Santa, a la cual nos dispone la Cuaresma.

Es muy comprensible la ilusión, no sin desasosiego en determinados momentos, con la que los cofrades afrontan el recorrido cuaresmal, después de haber esperado con el corazón puesto en la salida procesional que a cada hermandad corresponde en la semana grande de la fe. La inquietud asalta muchos corazones devotos de la pasión y cruz del Señor, que esperan ver representada para instrucción de los fieles, para su mejor acercamiento al enorme sufrimiento que padeció el Redentor por amor al mundo; y para el acompañamiento espiritual de la Madre Dolorosa, que los cofrades desean consolar correspondiendo al amor de la Virgen con el suyo.

Mas, ¿de qué devoción se trata? Sin duda, es devoción sostenida por los sentimientos sinceros de quien se conmueve ante la representación de la pasión de Cristo y el dolor de la Virgen María. La pregunta que de ello se sigue reza como sigue: ¿en qué medida esta empatía con el drama del Calvario transforma la propia vida y la ajena? Cuando uno piensa en los cientos de cofrades que practican su fe un solo día, o unos cuantos días al año, y que acuden al reclamo de la “pulsión” de una religiosidad sentida, pero insuficientemente conocida en sus contenidos y real experiencia de fe, poco reflexionada y no bien acogida, una fe débil que no deja marca alguna en el sujeto que dice profesarla. Una fe a la que le ha faltado catequesis, que no ha sido suficientemente informada y formada, una fe de la cual no es capaz de dar razón el que se dice creyente, pero no ha comprendido que la fe excluye lo absurdo y nada tiene que ver con el mito. El cristianismo es una religión fundada en acontecimientos históricos de significado trascendente.

La Cuaresma es un buen momento para que hermandades y cofradías retomen su propósito de implantar la necesaria formación cristiana, para cuantos piden formar parte de ellas. Es el tiempo para activar el curso cofrade, que cada año ha de contar con un programa de formación, al que los cofrades se obliguen a seguir con disciplinada voluntad de trabajar los temas; de recorrerlo a modo de un catecumenado de adultos, proponiéndose dar los pasos que han de conducir a la gozosa experiencia pascual vivida cada Semana Santa. Todo ello siempre al ritmo litúrgico de la celebración del misterio pascual.

La Cuaresma es asimismo el tiempo propicio para contrastar la propia vida con las exigencias de una fe que, además de pensada, es fe celebrada. Tiempo fuerte, entonces, para celebrar bien, lo cual no es fácil de lograr sin la conciencia de que la Cuaresma tiene su propio significado sacramental. Lo dice con entera claridad el Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, al afirmar que, en el ámbito de la piedad popular, con demasiada frecuencia «no se han asimilado algunos de los grandes valores y temas, como la relación entre el “sacramento de los cuarenta días” y los sacramentos de la iniciación cristiana, o el misterio del “éxodo”, presente a lo largo de todo el tiempo cuaresmal» (CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Directorio, n. 124).

La Cuaresma tiene el carácter sacramental que le da ser evocación, vivencia y, en definitiva, memorial de una experiencia de purificación y marcha hacia la libertad durante los cuarenta años de travesía, contados a partir del éxodo, de la salida de los israelitas de Egipto camino de la tierra prometida. Una travesía que Jesús recapituló en sí mismo en los cuarenta días en los cuales «Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo» (Mt 4,1), para darnos ejemplo de cómo vencer nuestras tentaciones. Con tal fin fue tentado Jesús y la crónica evangélica nos lo presenta venciendo las tentaciones en que le pusieron el hambre a causa del ayuno, el poder por causa de la maliciosa insinuación que el demonio le proponía de hacerse dueño del mundo, si de rodillas le adoraba; y finalmente, por causa de sugestiva de sí mismo dejándose ver como espectáculo de infinita vanidad, algo que tanto subyuga a los humanos.

Sin la palabra de Dios, comprendida y asimilada; sin la gracia sacramental, de la que vivimos, como cristianos que se nutren de la salvación traída por Cristo; sin disciplina de la voluntad para vivir conforme a la fe profesada, con la ayuda de Dios y de su gracia, que nunca permite que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas, no podremos lograrlo. No desaprovechemos la Cuaresma, un tiempo privilegiado para instruirse en la fe, avanzar en el conocimiento de la palabra de Dios y celebrar la salvación: preparándonos para recibir y recibiendo los sacramentos que comunican la gracia y regeneran nuestra existencia, haciéndonos receptores del anticipo de vida eterna que es la gracia sacramental. El tiempo cuaresmal es un tiempo para reflexionar sobre cada uno de los compromisos que lleva consigo ser cofrade y, dicho sencillamente, para responder al test de evaluación de la propia fe y práctica religiosa con la que nos proponemos celebrar la Semana Santa.

En los estatutos de las hermandades y cofradías está reglada en artículos la necesidad de formación en la fe y coherencia entre fe profesada y fe vivida. No basta pagar la cuota de hermano y estar al día en los pagos, hay que adquirir aquel conocimiento de la fe que es conocimiento de Dios y de Cristo. Hay que estar al día en la fe que nos hace miembros de la Iglesia, pues se es cristianos para poder ser cofrade.

Es la condición eclesial de la fe la que da derecho a la pertenencia cofrade a las asociaciones de fieles que son las hermandades y cofradías, las cuales conceden a sus miembros el derecho a votar para decidir y tomar parte en las actuaciones cofrades que cada año programan y tienen su más conocida expresión en la Semana Santa, pero son programa de todo el año pastoral; y tienen variadas expresiones, que van del culto a la caridad y de la formación a la cultura. Entre ellas, la participación en los desfiles penitenciales que de hecho son las procesiones de Semana Santa, en las cuales la figura humana de cada cofrade desaparece velada por el hábito que oculta la personalidad del penitente, para que se transmita el testimonio no quién hace penitencia, sino de la necesidad de la penitencia en sí misma como respuesta al inmenso amor de Cristo Redentor y du su santísima Madre.

Con mi afecto y bendición.

Almería, a 14 de febrero de 2018
Miércoles de Ceniza

+Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Almería Tue, 13 Feb 2018 14:07:54 +0000