Navidad 2008

Carta Pastoral del Obispo de Cádiz y Ceuta, D. Antonio Ceballos Atienza.
Mis queridos diocesanos:

Recibid un cordial y cariñoso saludo en estas fiestas navideñas. Me gustaría saludar a todas y cada una de las familias, pero esto no es posible.

Os invito a la alegría. Quizá os parezca extraño o inoportuno que os exhorte a la alegría en unos tiempos en los que no faltan motivos para la tristeza, el desencanto y desesperanza. Pero no me vuelvo atrás y os llamo a la alegría y a la esperanza.

Esta alegría, regalo de Dios, la deseo para vosotros, particularmente en este tiempo de Navidad, en el que el “consumismo” trata de arrebatarnos con la fiesta de la venida del Señor la verdadera alegría. El Señor viene, el Señor vendrá; hay motivos para la alegría y para encender en la noche la luz de la esperanza...

Cada vez nos desconcierta más las fiestas navideñas. A la mayoría de las familias las agobian económicamente, dado que están en el paro o malviven del trabajo de cada día; la presión consumista alcanza en ellas su cota más alta; domina un sentimentalismo burgués que no cuenta más de un siglo de existencia y apenas tiene nada que ver con la alegría de la tradición cristiana navideña.

Y a pesar de todo esto, las fiestas de Navidad nos invita a celebrarlas, sobria, callada y alegremente. A todos, sin excepción de los increyentes, nos invita a acoger, sin reserva ni sospechas, el misterio lejano y cercano que está en el fondo de nuestras vidas y del mundo.

En este misterio, el creyente siente la cercanía de Dios en Jesús. Detrás del ajetreo de estas fiestas se encuentra la verdad silenciosa de que Dios se ha acercado de una vez para siempre al hombre y se ha comprometido irrevocablemente con él. Dios entró con todo silencio en nuestro abandono, y ahí nos aceptó y ahí nos aguarda incansablemente su amor escondido. 

En la Navidad, Dios se ha unido, de una u otra manera, con todos y cada uno de los hombres, se den o no se den cuenta de ello, lo acepten o no lo acepten. Dios “se lo juega todo”, por así decirlo, en el hombre. El destino de todos los hombres y de cada uno de ellos le importa supremamente a Dios mismo, desde que se ha hecho uno de nosotros y ha entrado en nuestra historia. Más allá de nuestra atenciones o desatenciones, nos aguarda en el silencio de Dios, apasionado hasta el extremo por el hombre.

¡Feliz Navidad y Año 2009!

+ Antonio Ceballos Atienza
Obispo de Cádiz y Ceuta

Cádiz, 17 de diciembre 2008
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