Nota de los Obispos del Sur de España ante las próximas elecciones

"POR SUS FRUTOS LOS CONOCERÉIS"

Votar con realismo y en defensa de la democracia
1. No han pasado dos años desde que nos dirigimos a los andaluces y, de forma especial, a los católicos, para recordarles su deber de ejercer, libre y responsablemente, su derecho al voto. La ocasión entonces fue la convocatoria de elecciones para la renovación del Parlamento Europeo y de la Comunidad autonómica de Andalucía. Ahora se nos convoca para renovar ese Parlamento andaluz y también para volver a elegir el de toda España.

Objetivos de esta nota
2. Casi todo lo que dijimos en nuestra nota de abril del año 1994 conserva plena actualidad para la presente ocasión y, por tanto, a ella nos remitimos. Decíamos entonces que el derecho al voto debe ejercerse con la mirada puesta en el bien común y no en estrechos intereses egoístas, personales o de grupo. Añadíamos que todos deben decidir su voto de forma coherente con su propia conciencia y los cristianos, además, de acuerdo con las exigencias específicas de su fe.
 En esta nueva nota deseamos subrayar principalmente estos nuevos aspectos:
– En primer lugar, que nuestro voto debe también servir para ampliar y robustecer la democracia y para evitar o corregir sus posibles desviaciones;
– En segundo lugar que, al decidir el voto, debemos atender, no sólo a lo que dicen los partidos, en sus programas y en la propaganda electoral, sino principalmente su forma de actuar en el pasado, desde el poder o en la oposición;
– Y, en tercer lugar, que también conviene que tengamos en cuenta la forma de comportarse los diversos partidos en la misma campaña electoral.

Destinatarios de nuestra palabra
3. Tenemos plena conciencia de que, en definitiva, el acto de votar debe ser el resultado de un juicio prudencial sobre el partido que más garantías concretas le ofrezca a cada cual, para la consecución eficaz de aquellos fines o metas que, según la propia conciencia, más contribuyan al servicio del bien común y, en el caso de los cristianos, más coherentes resulten con la concepción cristiana de la vida. No es, pues, nuestra intención dispensar a nadie de la elaboración de ese juicio prudencial, ni suplantar la intransferible responsabilidad de cada ciudadano de votar en conciencia.
 Entonces como ahora, nuestra palabra –apoyada en el mensaje de Cristo, en la enseñanza común de la Iglesia y en la prudente reflexión sobre la realidad– se dirige especialmente a los católicos andaluces, pero la ofrecemos también fraternalmente a todos los que deseen escucharla y dejarse iluminar, o incluso interpelar, por ella.

I. UN VOTO AL SERVICIO DE UNA MEJOR DEMOCRACIA
Posibles corruptelas de la democracia
4. Uno de los principales deberes de todos los ciudadanos consiste precisamente en procurar que la democracia no se desvirtúe, sino que, por el contrario, se perfeccione continuamente, evitando que quede reducida al ejercicio esporádico del derecho formal al voto.
 Hay, pues, que velar, de forma permanente, para que ese derecho al voto y el correlativo deber de influir realmente con él en las leyes, en el gobierno y, en definitiva, en el bienestar material y moral de España, no quede en la práctica desvirtuado por alguna de las corruptelas, que siempre amenazan a la democracia.
 La principal de ellas es el fenómeno al que se suele denominar “partitocracia”. La partitocracia aparece cuando el poder real y efectivo, que debe residir en el pueblo y emanar de él (cf. Constitución Española art. 2), se desplaza de hecho a los partidos (y, en la práctica, a sus líderes) y cuando los partidos, en lugar de servir para “la formación y manifestación de la voluntad popular” y actuar como “instrumento fundamental de participación” del pueblo, en el poder (id. Art. 6), se convierten en los verdaderos depositarios y detentadores de ese poder.
 Si el fenómeno de la “partitocracia” llega a alcanzar un determinado nivel crítico, la democracia se mantiene formalmente, pero despojada de casi todo su contenido real.
 La “partitocracia”, a su vez, propicia y suele estar acompañada de estas otras corruptelas:
– el desdibujamiento de la división de los poderes del Estado: Legislativo o Parlamento, Ejecutivo o Gobierno y Judicial,
– la inoperancia de los sistemas de control democrático,
– el sometimiento por el poder de los grandes Medios de Comunicación Social, principalmente los públicos,
– la invasión de una buena parte del entramado social (sindicatos, asociaciones, etc.) desde el aparato del Estado.

Una concepción más plena de la participación democrática.
5. En una democracia, el derecho y el deber de intervenir y participar activamente en la continua mejora de la vida pública es una tarea de todos y de todos los días ,que no debe reducirse al acto de depositar nuestro voto en una urna cada varios años. Como nos recuerda el Vaticano II, una verdadera democracia debe ofrecer además a todos los ciudadanos, “sin discriminación alguna y con perfección creciente, posibilidades efectivas de tomar parte libre y activamente:
– en la fijación de los fundamentos jurídicos de comunidad política,
– en el gobierno de la cosa pública,
– y en la determinación de los campos de acción y de los límites de las diferentes instituciones” (Gaudium et Spes 75).

Todos somos responsables
6. Verdad es que todo ello está básicamente recogido de forma satisfactoria en nuestra constitución, pero eso no basta. Hay además que vigilar para que la letra y, sobre todo, el espíritu de los preceptos constitucionales, no se convierta poco a poco en letra muerta, por medio de algunas de esas corruptelas antes indicadas.
 Para evitar dichas desviaciones y otras semejantes ni siquiera basta siempre el control ejercido por el Poder Judicial, ya que a veces determinadas formas incorrectas de actuar desde el poder no son claramente anticonstitucionales, o no están tipificadas como delitos, aunque el más elemental sentido ético las rechace con toda razón. Por tanto, todos somos responsables de la buena salud de nuestra democracia.
 En este contexto deseamos mostrar una vez más nuestra estima por todos aquellos, que con este espíritu de servicio al bien común, se dedican al noble ejercicio de la política, ya sea desde el poder, ya desde la oposición.
 E igualmente deseamos expresar nuestro reconocimiento a los que contribuyen a la defensa y mejora de la misma democracia, con un ejercicio libre del derecho a informar y opinar, con tal de que lo ejerzan con veracidad, sin calumniar a nadie, sin arbitrarias e injustas generalizaciones y con el debido respeto a todos.

Importancia del voto
7. el que, como acabamos de afirmar, la democracia nunca deba reducirse al derecho al voto, no resta importancia launa a ese fundamental derecho, que constituye la palanca más eficaz de participación, incluso para el mantenimiento y perfeccionamiento de una efectiva democracia. De ahí deriva precisamente el grave deber de ejercerlo siempre, salvo en verdaderos “casos–límite” de abstención testimonial, de que ya tratamos en nuestra citada nota.

II. ATENDER A LAS OBRAS MÁS QUE A LAS PALABRAS
Lecciones de la experiencia
8. A la hora de valorar y comparar la idoneidad de los diversos partidos para la realización efectiva de las metas que cada ciudadano considere más convenientes, no basta con atender a sus programas y, mucho menos, a las promesas que nos hagan en la campaña electoral.
 La experiencia nos enseña que a veces en la campaña se silencian los aspectos más impopulares del propio programa, insistiéndose en cambio en los más demagógicos, si es que no se reduce dicha campaña a algunas generalidades y a descalificaciones del adversario.
 También nos enseña la experiencia que no todos los partidos cumplen siempre sus programas y sus promesas electorales. Tampoco faltan razones para sospechar que, en algunos casos, no se pensó en cumplir esas promesas, que fueron y, por tanto, pueden seguir siendo utilizadas por algunos partidos como simples” slogans” propagandísticos y como recursos demagógicos para obtener votos.
 Hoy día, además, tras la reciente y profunda crisis de las ideologías, ni siquiera las tradicionales siglas de identificación y adscripción (Liberalismo, Socialismo, Social–Democracia, Comunismo, etc), ni la clásica distinción entre “izquierdas” y “derechas” pueden servir de guía segura para orientar el voto. La razón estriba en la posibilidad de que esas “grandes palabras” sean manipuladas como simple señuelo para la captación de votos.
 Ese peligro puede llegar al extremo si –en el límite de la partitocracia– un partido se convirtiese en una mera maquinaria electoral al servicio de intereses inconfesables del grupo que logra instalarse en el poder (o del que aspira a apoderarse de él), para ejercerlo en su propio beneficio.

“Por su frutos los conoceréis” (Mt 7, 20)
9. Teniendo en cuenta esa compleja situación, resulta especialmente iluminadora esta advertencia evangélica: “por sus frutos los conoceréis”, que, aplicado a nuestro caso puede formularse así: “Hoy, a los partidos, no tanto hay que juzgarlos por sus palabras, sino principalmente por sus obras”.
 En efecto; en una democracia con algún rodaje y experiencia, como ya es la nuestra, a la hora de decidir de nuevo sobre nuestro voto, no nos podemos contentar con atender a los programas y a lo que se nos diga en la campaña. Nos deberíamos fijar especialmente en la trayectoria de los actuales partidos juzgándolos y valorándolos:
– por su veracidad y transparencia en anteriores campañas y, sobre todo, por la coherencia de su actuación posterior (desde el poder o en la oposición) con lo que prometieron en dichas campañas;
– por la efectividad de sus realizaciones;
– finalmente, también deberíamos tener muy en cuenta la honestidad (sobre todo pública, pero también privada) de sus dirigentes, la forma de reaccionar cuando se descubren en sus propias filas casos o sospechas fundadas de corrupción, su sometimiento o no a los normales controles democráticos y su disponibilidad a asumir, al menos, responsabilidades políticas de sus acciones u omisiones.

III. EL ESTILO DE LA CAMPAÑA ELECTORAL COMO CRITERIO DE VOTO
10. Otro criterio práctico para juzgar a los partidos y para orientar el propio voto es el de su comportamiento en la misma campaña electoral. Ya decíamos en nuestra nota anterior que también ella “ha de estar inspirada por valores éticos” y, particularmente, “por la defensa de la verdad, el respeto mutuo y la voluntad sincera de favorecer el ejercicio responsable del derecho y del deber del voto”, con exclusión del “engaño, la manipulación y la calumnia”.
 Ahora añadimos que, para un observador profundo, el comportamiento de los diversos partidos y de sus líderes en la próxima campaña electoral también puede ser un buen indicador de su calidad ética.
 Para valorarla aconsejamos prestar atención a los aspectos que señalamos a continuación.

Remedios concretos que proponen los partidos para los grandes problemas del momento
11. Ante todo debemos fijarnos en e le tiempo y en el esfuerzo que dedican los distintos partidos a explicar clara y serenamente los puntos fundamentales de su programa y, en particular, los remedios concretos que proponen para resolver eficazmente (con medidas legislativas y de gobierno) los principales problemas del momento. De entre ellos destacamos los siguientes:
– el paro (sobre todo, el de larga duración y el juvenil), como gran drama personal y familiar y como factor desintegrador de la sociedad y que en Andalucía alcanza niveles especialmente preocupantes;
– el terrorismo, al que hay que hacer frente con realismo y energía, pero, a la vez, con pleno respeto a las normas propias de un Estado Democrático de Derecho;
– la corrupción y otras conductas colectivas intolerables, que deben ser corregidas y castigadas, una vez que sean convenientemente probadas y sin caer en generalizaciones injustas;
– el desarraigo de muchos jóvenes, fuente a su vez de la violencia juvenil y de las drogas;
– la tendencia a dejar sin defensa el más esencial de los derechos humanos –el derecho a la vida–, cuando éste afecta a los seres más débiles de la sociedad: los niños no nacidos y los ancianos; e, igualmente, el insuficiente reconocimiento del derecho a una plena libertad de enseñanza;
– la degradación moral del ambiente, con sus repercusiones en las costumbres, y los mensajes moralmente empobrecedores, que se van imponiendo poco a poco en la sociedad, con la complicidad –por acción u omisión– de muchos y que son las raíces últimas de algunos de los males arriba indicados.

Sinceridad en la exposición de los remedios
12. También conviene fijarse en la sinceridad de los diversos partidos a la hora de exponer, sin engaños ni escamoteos, los inevitables sacrificios y costes sociales que a veces exigirá, al menos a corto plazo, la obtención de determinadas metas colectivas, p.e. la plena integración en el sistema monetario europeo.

Honestidad en la crítica política
13. Finalmente, el mismo tono de la campaña y la forma de criticar al adversario. Verdad es que, en la confrontación política propia de una sociedad pluralista, dicha crítica –ya se dirija a los programas, ya a las conductas políticas– es legítima e incluso necesaria, pero con tal de que sea justa y honesta, respetuosa y moderada, y no contribuya a la creación de un clima de crispado enfrentamiento, que dificulte seriamente el diálogo social o evoque peligrosamente fantasmas del pasado.
 La crítica debe siempre basarse en argumentos sólidos y, cuando afecta a las conductas, debe además marcar con toda claridad la distinción, por un lado, entre lo cierto y lo sólidamente probable y, por otro entre lo que implica delito o deshonestidad personal y lo que sólo apunta a una responsabilidad política por acción u omisión.
 En toda hipótesis, siempre se han de excluir el insulto personal, las insinuaciones malévolas y, más aún, la calumnia y la generalización indiscriminada (la llamada “táctica del ventilador”), que puede ser tan maliciosa como la misma calumnia.
Nuestro propósito
14. Al publicar esta nota, como Pastores del Pueblo de Dios en Andalucía, nuestro único propósito es cumplir lo que Vaticano II nos dice sobre la misión de la Iglesia: “fomentar y elevar todo cuanto de verdadero, de bueno y de bello hay en la comunidad humana y consolidar la paz en la humanidad para gloria de Dios” y tender siempre a formar en el seno de la comunidad política “un tipo de hombre culto, pacífico y benévolo respecto de los demás, para provecho de toda la familia huma” (Gaudium et Spes 76 y 74).

Huelva, a 9 de enero de 1996.