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Nuevos nombramientos para la diócesis de Málaga

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Nuevos nombramientos para la diócesis de Málaga
Javier Guerrero, nuevo vicario general //E. LLAMAS

Vicario general, Rvdo. Francisco Javier Guerrero García

Vicario episcopal – Área Metropolitana de Málaga, Rvdo. Miguel Ángel Gamero Pérez

Vicario episcopal – Axarquía (Interior y Costa), Rvdo. Juan Manuel Ortiz Palomo

Vicario episcopal – Interior, Rvdo. Antonio Jiménez Fuentes, O.SS.T.

Vicario episcopal – Melilla, Rvdo. José Luis Pastor González

Vicario episcopal – Serranía y Costa del Sol, Rvdo. Manuel Jiménez Bárcenas

Vicario episcopal de Pastoral, Rvdo. Salvador Gil Canto

Vicario Judicial, Rvdo. Rafael Navarro Cortés

Rector del Seminario Mayor, Rvdo. José Emilio Cabra Meléndez

Delegado episcopal de Cáritas, Rvdo. Reinaldo Aguilera Aguilera

Ecónomo diocesano, Rvdo. Guillermo Tejero Moya con la colaboración del diácono Rvdo. Rafael Carmona Estrada y D. Andrés González de Lara Sarria, en calidad de vice-ecónomos

Secretario personal, Rvdo. Fernando Luque Varo formando equipo con D. Daniel Guerrero García

 

Hombre con barba y bigote

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Vicario general

Francisco Javier Guerrero García, nacido en Urda (Toledo) hace 57 años.

Ordenado sacerdote en Toledo: 34 años de ministerio sacerdotal.

TitulaciónBachiller en Teología, Facultad Teológica del Norte de España (Burgos). Licenciado en Teología Sistemática, Facultad de Teología de Granada.

Trayectoria pastoral: Vicario parroquial en Santa Cruz de la Zarza (Toledo), vicario parroquial en Madridejos (Toledo), párroco de Cuevas de San Marcos y de Cuevas Bajas (Málaga), párroco in solidum de la parroquia María Madre de Dios (Málaga), formador del Seminario Menor de Málaga, delegado de Pastoral Vocacional, rector del Seminario Menor de Málaga, formador del Seminario Mayor de Málaga, vicerrector del Seminario Mayor de Málaga, párroco de la parroquia San Miguel Arcángel (Torremolinos), consiliario diocesano de Pastoral Familiar y párroco de la parroquia Santa María Estrella de los Mares, en Málaga (Guadalmar).

Servicios diocesanos actuales: Vicario episcopal para la Evangelización, delegado episcopal para la Casa Diocesana, miembro del Colegio de Consultores, profesor del CESET «San Pablo», capellán del Colegio Medalla Milagrosa y párroco de Santa María del Mar (Torremolinos).

Un hombre en frente de un edifico

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Vicario territorial del Área Metropolitana de Málaga

Miguel Ángel Gamero Pérez, nacido en Cortes de la Frontera (Ronda) hace 50 años.

Ordenado sacerdote en Málaga: 22 años de ministerio sacerdotal.

Titulación: Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Málaga y Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Málaga.

Trayectoria pastoral: Vicario parroquial de San Andrés (Torre del Mar) y Nuestra Señora del Carmen (Caleta de Vélez), capellán del Hospital Comarcal de Vélez-Málaga, director de la Escuela de Agentes de Pastoral de la Axarquía, párroco de San Juan de Dios (Málaga), director del Espacio de Arte ArsMálaga-Palacio Episcopal y arcipreste de Cristo Rey (Málaga).

Servicios diocesanos actuales: Párroco de Santiago Apóstol (Málaga), director del Departamento de Patrimonio y Bienes Culturales, canónigo fabriquero y archivero de la S. I. Catedral de Málaga, director espiritual del Seminario Mayor Diocesano y director del Archivo Histórico Diocesano.

Un hombre parado al lado de un árbol

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Vicario territorial de la Axarquía

Juan Manuel Ortiz Palomo, nacido en Antequera (Málaga) hace 53 años.

Ordenado sacerdote en Málaga: 23 años de ministerio sacerdotal.

Titulación: Doctorado en Teología Moral por la Accademia Alfonsiana de Roma.

Trayectoria pastoral: Párroco de Atajate, Benadalid, Benalauría y Espíritu Santo (Ronda), párroco de Cuevas Bajas y Cuevas de san Marcos, párroco de Árchez, Canillas de Albaida y Cómpeta, párroco de San Fernando (Málaga) y capellán del convento de Carmelitas Descalzas de Montemar (Torremolinos).

Servicios diocesanos actuales: Rector del Seminario, vicario episcopal para la Acción Caritativa y Social, delegado para el Clero y profesor del CESET «San Pablo».

Vicario territorial del Interior

Antonio Jiménez Fuentes, nacido en Madrid hace 59 años.

Sacerdote de la Orden de la Santísima Trinidad: 33 años de ministerio sacerdotal.

Titulación: Diplomatura en Filosofía y Teología, licenciado en Sociología y postgrado en Ciencias Políticas y Sociología.

Trayectoria pastoral: Párroco en San Pío X y Jesús Obrero (Málaga), capellán del Centro Penitenciario de Alhaurín de la Torre, provincial Trinitarios España Sur y director de la Fundación Prolibertas.

Servicios diocesanos actuales: Arcipreste de Antequera y párroco de Santísima Trinidad (Antequera).

Un hombre con un traje de color negro

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Vicario territorial de Melilla

José Luis Pastor González, nacido en Málaga hace 50 años.

Ordenado sacerdote en Málaga: 24 años de ministerio sacerdotal.

Titulación: Licenciado en Estudios Eclesiásticos Superiores.

Trayectoria pastoral: Párroco de San Miguel y San Juan (Antequera), arcipreste de Antequera, párroco de San Cristóbal (Ronda) y arcipreste de Ronda y Serranía.

Servicios diocesanos actuales: Párroco de Ntra. Sra. de los Dolores (Puerto de la Torre, Málaga) y de San Álvaro (Puerto de la Torre, Málaga).

Un hombre con lentes y traje sonriendo

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Vicario territorial de Ronda-Serranía y Costa Occidental

Manuel Jiménez Bárcenas, nacido en Ronda hace 53 años.

Ordenado sacerdote en Málaga el 13 de septiembre de 2003: 23 años de ministerio sacerdotal.

Titulación: Bachiller en Teología por la Facultad de Cartuja, licenciado en Teología Bíblica por la UPSA y licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales por la UMA.

Trayectoria pastoral: Párroco de San Francisco Javier, vicario parroquial del Sagrado Corazón y arcipreste de Melilla; párroco de La Medalla Milagrosa (Melilla); párroco del Sagrado Corazón y de La Purísima y Vicario episcopal de Melilla; profesor de la facultad de Educación de Melilla; párroco de Virgen del Carmen y Santa Fe (Los Boliches); arcipreste de Fuengirola-Torremolinos; profesor de la Escuela de Teología San Manuel González, sede Mijas; profesor del ISCR y del CESET «San Pablo».

Servicios diocesanos actuales: Arcipreste de Fuengirola-Torremolinos y párroco de San Manuel González (Mijas-Costa).

Un hombre con chamarra negra

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Vicario de Pastoral

Salvador Gil Canto, nacido en Ronda (Málaga) hace 51 años.

Ordenado sacerdote en Málaga: 25 años de ministerio sacerdotal.

Titulación: Doctor en Teología Dogmática.

Trayectoria pastoral: Párroco de Santiago El Mayor (El Morche), vicario parroquial de San Andrés (Torre del Mar), delegado diocesano de Infancia y Juventud, delegado de Apostolado Seglar, patrono del Patronato de Enseñanza Fundación Victoria y responsable de los sacerdotes del Decenio.

Servicios diocesanos actuales: Párroco Sta. María de la Amargura (Málaga), profesor ordinario del CESET «San Pablo», profesor de la Facultad de Ciencias de la Educación (UMA) y director espiritual de la Hermandad de Zamarrilla.

Un hombre en traje posando para fotografia

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Vicario Judicial

Rafael Navarro Cortés, nacido en Granada hace 47 años.

Ordenado sacerdote en Málaga: 14 años de ministerio sacerdotal.

Titulación: Diplomado en Magisterio, especialidad en Educación Especial (Universidad de Granada). Licenciado en Pedagogía (Universidad de Granada). Licenciado en Estudios Eclesiásticos (Facultad de Teología de Granada). Licenciado en Derecho Canónico (Universidad Eclesiástica San Dámaso, Madrid)

Trayectoria pastoral: Párroco en Gaucín, Benarrabá, Benadalid y Estación de Gaucín; defensor del Vínculo del Tribunal Eclesiástico de Málaga; miembro del Colegio de Consultores y miembro del Consejo de Presbiterio.

Servicios diocesanos actuales: Delegado para Asuntos Jurídicos de la Delegación de Hermandades y Cofradías, promotor de justicia del Tribunal Eclesiástico y párroco de Cristo Resucitado (Torremolinos).

Hombre sonriendo con lentes

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Ecónomo diocesano

Guillermo Tejero Moya, nacido en Málaga hace 48 años.

Ordenado sacerdote en Málaga: 23 años de ministerio sacerdotal.

Titulación: Licenciado en Teología Moral (Universidad Pontificia Gregoriana de Roma).

Trayectoria pastoral: párroco de Archidona, párroco de Cuevas de San Marcos y Cuevas Bajas, párroco de San Miguel-Santa María del Mar (Torremolinos), párroco de Santa María de la Victoria-San Lázaro (Málaga), vicario episcopal para Asuntos Económicos y ecónomo diocesano.

Servicios diocesanos actuales: Arcipreste de Virgen del Mar (Málaga), consiliario de la Delegación de Pastoral Familiar, párroco de San Miguel (Málaga) y profesor del CESET «San Pablo».

Rector del Seminario Mayor

José Emilio Cabra Meléndez, nacido en Málaga hace 56 años.

Ordenado sacerdote en Málaga: 27 años de ministerio sacerdotal.

Titulación: licenciado en Ciencias Empresariales y doctor en Teología Espiritual.

Trayectoria pastoral: Párroco en Ronda y Serranía, vicario episcopal de Ronda, párroco de Ntra. Sra. de los Remedios (Puerto de la Torre), director espiritual del Seminario Diocesano y delegado para el Clero.

Servicios diocesanos actuales: Párroco de Ntra. Sra. de los Remedios (Málaga), director de la Escuela Teológica San Manuel González, profesor del CESET «San Pablo» y capellán del Colegio San José Obrero.

Hombre con barba y bigote sonriendo

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Delegado episcopal de Cáritas

Reinaldo Aguilera Aguilera, nacido en Archidona (Málaga) hace 59 años.

Ordenado sacerdote en Málaga: 29 años de ministerio sacerdotal.

Titulación: Licenciado en Filosofía y Letras y bachiller en Teología.

Trayectoria pastoral: Párroco en Benamargosa, Comares, Salto del Negro y Triana, vicario parroquial en Alhaurín de la Torre, y posteriormente párroco también en esta población de Alhaurín de la Torre.

Servicios diocesanos actuales: Párroco de Ntra. Sra. del Pilar (Málaga) y de Ntra. Sra. de los Ángeles (Málaga) y capellán sanitario del Materno Infantil (Málaga).

Secretario particular del Obispo

Fernando Luque Varo, nacido en Málaga hace 35 años.

Ordenado sacerdote en Málaga: 10 años de ministerio sacerdotal.

Titulación: Bachiller en Teología

Trayectoria pastoral: Párroco de Yunquera y el Burgo, párroco de Almogía y vice-rector del Seminario Diocesano.

Servicios diocesanos actuales: Párroco de Santa Teresa de Jesús (La Cala de Mijas), capellán de la Escuela Rural Entrerríos (Guadalhorce) y del Colegio Cardenal Herrera Oria (Málaga).

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El Obispo agradece de corazón la entrega generosa y el valioso servicio prestado durante estos últimos años por quienes concluyen ahora su tarea o asumen una nueva responsabilidad en la Curia diocesana o en otros ámbitos de la diócesis.

Del mismo modo, expresa su gratitud a quienes, con disponibilidad y espíritu de servicio, aceptan los nuevos encargos que la Iglesia diocesana de Málaga les confía.

Junto con todos ellos, damos gracias a Dios y pedimos al Espíritu Santo que siga acompañándolos y fortaleciéndolos en las diversas tareas que tienen encomendadas.

Diócesis Málaga

Círculo del Silencio: La vivienda, motor de exclusión social

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Este miércoles la Delegación de Migraciones convoca un nuevo Círculo del Silencio.

Este miércoles, 10 de junio, segundo miércoles de mes, la Delegación de Migraciones convoca a un nuevo Círculo del Silencio, centrado en la situación de la vivienda en España, un problema que afecta de manera desproporcionada a la población migrante.

«La situación de la vivienda en España atraviesa una crisis estructural marcada por un déficit aproximado de 1,7 millones de viviendas, el desequilibrio entre la oferta y la demanda, y unos precios que acumulan un incremento del 44% desde 2020. Este escenario convierte a la vivienda en el principal motor de exclusión social del país, un problema que afecta de manera desproporcionada a la población migrante», afirman desde la Delegación de Migraciones.

Es la reivindicación que proponen desde hace tiempo en el Círculo del Silencio, este espacio de denuncia, reflexión y compromiso ante una realidad que no puede dejarnos indiferentes porque «la vivienda es un derecho, no un privilegio».

Los horarios y lugares previstos para la celebración del Círculo este mes son los siguientes:

Churriana, 10 de junio, 20.30 horas, Plaza del Mirador
Alhaurín de la Torre, 10 de junio, 20.30 horas, Plaza de la Iglesia
El Burgo, 10 de junio, 19.00 horas, Plaza de Abajo
Málaga, 10 de junio, 20.00 horas, Plaza de la Constitución
Málaga, 10 de junio, 20.45 horas, parroquia Nuestra Señora de los Ángeles
Fuengirola, 10 de junio, 20.15 horas, Plaza de la Constitución
Yunquera, 10 de junio, a las 19.30 horas, en la Plaza de la Constitución
Cuevas Bajas, 17 de junio, 20.45 horas, parroquia
Décimo aniversario

El pasado mes de mayo, el Círculo del Silencio celebró su décimo aniversario. Ramón Muñoz, delegado de Migraciones en ese momento, compartió con todos los participantes la siguiente reflexión sobre la situación de la vivienda:

«En el círculo del silencio de hoy queremos poner de relieve el problema que viven las personas migradas en torno a la vivienda.

Pero antes algunos datos que nos llegan del informe FOESSA. En Málaga vivimos tasas muy graves de exclusión social: un 23%, lo que supone situarnos cuatro puntos por encima de la media nacional. Si nos fijamos en Melilla, esta tasa alcanza el 32%. Este mismo estudio nos advierte de que los hogares encabezados por personas migradas, sufre una tasa de exclusión social del 52%, llegando, en Melilla hasta el 77%.

Uno de los problemas estructurales que sufren las personas migradas es la falta de empleo estable y digno. El estudio señala que el problema ya no se encuentra en el hecho de haber accedido a un puesto de trabajo, sino en la casuística de que este es insuficiente para poder llevar una vida digna. CARITAS subraya la idea de que el 41% de las personas que acompaña donde encuentran dificultades es en el pago de la vivienda.

La realidad de las personas migradas que sufren exclusión social es que viven en viviendas realquiladas, que tiene que ocupar una habitación para toda la familia, que los precios que tienen que pagar impiden que puedan hacerse cargo de otros gastos necesarios como la energía, el transporte, la alimentación o la atención sanitaria. Hoy podemos afirmar que el acceso y la estabilidad residencial se ha convertido en el mayor problema de las personas en mayor vulnerabilidad. A parte de este problema se encuentran con la casuística de que al ser personas migradas encuentran mucha dificultad, aunque tengan medios económicos, de poder alquilar o incluso adquirir en propiedad una vivienda. Málaga se ha convertido en una de las ciudades españolas en la que el acceso a la vivienda es más difícil. Si a esta circunstancia le añadimos el ser persona migrada, el problema se multiplica.

La falta de vivienda acarrea una serie de consecuencias muy negativas para cualquier persona: la falta de arraigo, la imposibilidad de elaborar un proyecto de futuro, no poder formar o traerse a la familia de procedencia, falta de intimidad, de empadronamiento, de derechos sociales o de reconocimiento.

Los migrantes, además han de soportar toda una serie de bulos que no tienen consistencia y que son fácilmente desmentidos con datos. Según el gobierno, la mayoría de los bulos (un 55%) tratan sobre ocupación, seguidos de los que tratan sobre supuestas ayudas que reciben para el alquiler (un 20%) o beneficios económicos para la vivienda. Un alto porcentaje de los bulos se refieren a la delincuencia y a conflictos que generan con los vecinos (un 25%). Estos bulos son declaraciones de terceros no contrastadas que caen fácilmente si nos atenemos a la realidad de su situación.

Es importante que nuestra presencia y compromiso sirvan para poner en el foco este acuciante problema, sirva de denuncia a las instituciones públicas de su falta de compromiso con una de las necesidades más básicas que tenemos todas las personas como lo es el derecho a una vivienda, sirva de freno a los bulos que confunden la verdad y culpabilizan a los migrantes del problema de la vivienda y se busque la dignidad de toda persona y se trabaje por el bien común».

El Papa en el Bernabéu: «¡Hoy la Iglesia de Madrid ha hecho un golazo para siempre!»

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Mensaje del Papa en el Encuentro con la comunidad diocesana en el estadio «Santiago Bernabéu»

Queridos hermanos, queridas hermanas: ¡buenas tardes!

Yo supongo que, para un jugador de fútbol, hacer un gol en este estadio es algo que le marca un poco la vida. Pero, don José: ¡hoy la Iglesia de Madrid ha hecho un golazo para siempre!

Gracias.

Esta velada es un gran himno de fe y me complace unir mi voz a la vuestra para alabar a Dios y fortalecer los lazos de una familia eclesial tan hermosa que está aprendiendo el arte de la polifonía, es decir, de la unidad en la diversidad. Agradezco a vuestro Arzobispo, don José, por haber introducido la parábola del canto, que muestra cómo los números, los datos y los hechos no son suficientes para generar comunidad: nuestro corazón necesita cantar, es decir, interpretar los acontecimientos y las situaciones celebrando con los demás el sentido que irradian. Para la Iglesia, esto ocurre de manera singular en la liturgia, el gran Memorial de la historia que nos ha salvado.

Cantar es una necesidad que impregna la convivencia e interpela la cultura, la incita a permanecer abierta y en constante evolución. Vosotros sois la Iglesia diocesana en medio de un pueblo que ama la música, la danza y el estar juntos, pero que también conoce los conflictos, la resignación y, a veces, la desesperación, situaciones en las que el Evangelio puede abrir un camino a la esperanza. Vosotros testimoniáis el Evangelio en la capital de un gran país europeo, sede de instituciones y organizaciones en las que se toman decisiones importantes para el presente y el futuro, pero también destino de millones de visitantes y de hermanos y hermanas en busca de nuevas oportunidades. Vuestra alegría será contagiosa si, de ser una emoción pasajera, se convierte en un modo estable de ser, en un sentimiento profundo que renueva a las personas, a los grupos y a la comunidad diocesana. No es casualidad que los apóstoles, en sus escritos, a menudo inviten a las iglesias a la alegría, recomendándola casi como un mandamiento. Es la Evangelii gaudium, una respuesta coral a la obra de Dios en Jesucristo: su vida, muerte y resurrección han cambiado para siempre la percepción de la historia de quienes lo han encontrado y seguido, aunque sea de formas y por caminos diferentes. También hoy el amor de Cristo nos apremia (cf. 2 Co 5,14) —el verbo que utiliza san Pablo significa además “nos cautiva”, “nos mantiene unidos”, “nos posee”— y así nos llama a la responsabilidad de la acción.

Sí, queridos hermanos y hermanas, como algunos de vosotros habéis atestiguado esta tarde, el Bautismo cambia verdaderamente la vida. Nuestras sensibilidades, procedencias y prioridades se encuentran en Cristo y de su vida reciben la savia, como los sarmientos de la vid. En concreto, esto significa que mucho de lo que ya había en nosotros se transforma, porque se orienta al servicio, deja de ser un don privado y sirve al bien común. No hay que temer el hecho de que nunca produzca uniformidad. Al respecto, el Nuevo Testamento da testimonio, en la variedad de sus voces, de la comunión en la diversidad, es decir, de la comprensión que desapareció en Babel, donde todos, según el relato bíblico, obligados a un proyecto totalitario y meramente humano, terminaron por no entender a su prójimo.

En la Encíclica Magnifica humanitas he propuesto, como alternativa a la homologación y confusión, la figura de Nehemías, que involucra a toda la comunidad para reconstruir los muros de Jerusalén. «Hoy, reconstruir significa reconocer que, en la pluralidad de voces y visiones que a veces recuerda la dispersión de las lenguas, existe, sin embargo, una posibilidad luminosa: la de edificar juntos, transformando la diversidad en un recurso y haciendo de la escucha y del diálogo el terreno común en el cual hacer crecer la justicia y la fraternidad. Y, en esta obra compartida, los cristianos encuentran su propia forma de construir: orientar la acción hacia Dios, para que, bajo su luz, el pluralismo no se disperse en el desorden, sino que, en la práctica de la sinodalidad, se convierta en el espacio en el que la humanidad recupere sus cimientos sólidos y su fin último» (Magnifica humanitas, 10).

Existe, pues, una relación especial entre la Iglesia y la ciudad, que cobra aún mayor importancia en el cambio de época que estamos viviendo: una relación que, naturalmente, se materializa entre personas de carne y hueso, en las relaciones laborales y de proximidad, pero también en las distintas comunidades, asociaciones y entidades barriales. Cada vez se hace más patente la especificidad de la misión cristiana en el seno de las grandes realidades urbanas, donde «una cultura inédita late y se elabora» (Evangelii gaudium, 73). La claridad sobre este punto ha madurado mucho a lo largo del camino sinodal, lo que nos ha permitido conocernos y escucharnos con mayor profundidad en los contextos en los que la comunidad diocesana vive y se configura. La pregunta que se vuelve más importante es: lo que somos y hacemos como cristianos, ¿llega «allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas», o sea, a los «núcleos más profundos del alma de las ciudades» (ibíd. 74)? Es cierto que dar una respuesta puede ser difícil, pero es posible si buscamos juntos la verdad.

Por eso es tan importante no dispersarnos ni encerrarnos cada uno en el grupo o en el entorno en el que ya nos sentimos seguros, entre personas que siempre cantan la misma melodía. Para llegar al corazón de la ciudad hay que cultivar la conciencia de que la verdad es sinfónica y siempre nos supera, cultivar el deseo de encontrar al Resucitado, que siempre va por delante de nosotros, nos precede y tal vez ya esté presente donde aún no lo hemos buscado. Por eso, buscarlo y seguirlo es la condición para indicarlo: de lo contrario, no hay evangelización, y hoy podemos entender esto mejor que en el pasado. En las grandes ciudades, más que en otros lugares, a veces nos parece que ya no tenemos los mapas para movernos con seguridad. Entonces hay que volver a aprender el arte espiritual de ser cordiales, sin el cual incluso el anuncio del Evangelio corre el riesgo de convertirse en una repetición impersonal y, al perder eficacia, deja espacio a la frustración y la desconfianza.

Queridos hermanos, Madrid es una gran ciudad donde conviven tradiciones y “almas” diferentes. Dios conoce uno a uno los corazones de sus habitantes. Los conoce como sólo Él sabe y puede hacerlo, es decir, en el amor y, por tanto, en la libertad. Él es misericordia infinita y quiere que todos se salven. Lo desea hasta el punto de hacerse carne y cargar sobre sí todo el pecado, el mal y lo negativo del mundo. ¡He aquí a Jesucristo! ¡He aquí la Buena Nueva, la gracia que hemos recibido y que estamos llamados a compartir con todos! Porque todos, sin excepción, están hechos para la vida y para la vida en plenitud. La presencia de la Iglesia en una gran ciudad es una parábola de este misterio de salvación. Me viene a la mente el libro de Jonás, una joya de la Biblia que os invito a leer o a releer, personalmente y en comunidad. No es fortuito que fuera precisamente en las ciudades donde los apóstoles implantaron la Iglesia naciente, encontrándose no sólo con el rechazo, sino también con la acogida allí donde, de forma más natural, las personas se enfrentan a la diversidad y al cambio.

¡Nada os turbe, nada os espante! Juntos, como Iglesia diocesana, podéis ofrecer el testimonio evangélico que desata las mejores fuerzas de una humanidad bombardeada de imágenes y palabras, pero hambrienta de justicia y sedienta de verdad. Tened confianza en el hecho, cada vez más evidente, de que se puede volver a la fe o conocerla por primera vez en la edad adulta. Disponeos a acoger los nuevos comienzos no como una excepción, sino como la regla de la misión. La inversión en los consejos parroquiales y diocesanos no tiene un objetivo menor que este: modificar la sensibilidad de cada uno gracias a una escucha más profunda de lo que el Espíritu dice a la Iglesia. Sería una lástima reducirlos a meros trámites burocráticos. Son espacios de escucha recíproca para el ejercicio del discernimiento, sin el cual no sólo cada uno va por su camino, sino que corremos el riesgo de no comprender dónde nos quiere el Señor, qué espera de nosotros, a qué conversiones nos llama. Cuando atendemos estos espacios, entonces el culto se convierte en vida y entre las personas surgen lazos de fraternidad y proyectos de solidaridad.

Invito a los presbíteros a reconocer la práctica del discernimiento comunitario como una de las mayores oportunidades que la sinodalidad ofrece a su ministerio. Queridos hermanos, sin apartaros de lo esencial, el hecho de deteneros regularmente con vuestro pueblo para interpretar la vida de los barrios, los cambios culturales, las tensiones sociales y las prácticas eclesiales a la luz del Evangelio enriquecerá y consolará vuestro ministerio. También ayudará a cada uno y a cada comunidad a salir del aislamiento y a experimentar la alegría del Espíritu Santo. En efecto, cuando reducimos la vida eclesial a una rutina en la que cada uno permanece encerrado en sus hábitos y en su papel, lo que nos falta es el Espíritu. Éste suscita vocaciones y las une, provocando a veces agitación, discusión, búsqueda de nuevos equilibrios. No os espantéis de todo esto, disfrutadlo.

Las anécdotas que hemos escuchado esta noche nos cuentan, o mejor dicho “nos cantan”, cuánta vida hay en esta Iglesia. Alguno ha dado el siguiente testimonio: “Puedo decir sin dudar que amo profundamente a la Iglesia, familia de Dios, donde todos tenemos un lugar”. Otro ha dicho: “Sentí una gran alegría y responsabilidad, al convertirme en un miembro más activo de la comunidad y compartir mis dones con el resto de los miembros de la Iglesia”. Y aún otros más han relatado: “Para nosotros, servir en estos programas no sólo es una forma de ayudar, sino también una manera de devolver todo el cariño y apoyo que hemos recibido”. ¡He aquí la Iglesia, queridos hermanos y hermanas! He aquí la música del Evangelio, con su ritmo contagioso. Cuando llega al corazón, hace que uno diga haberse sentido acogido con los brazos abiertos, como la hermana que vino desde Perú a Madrid. Muchos, como ella y su familia, al comienzo sienten temor a acercarse, pues han oído hablar de prejuicios y decepciones. La bondad, aunque sea de unos pocos, puede vencer el miedo de muchos. Sed, para todos, como una Biblia abierta: que en vuestros rostros y en vuestra vida se pueda encontrar la Palabra de Dios. El amor, efectivamente, es el lenguaje que hace que todos se sientan como en casa. Muchas gracias.

Vamos a rezar juntos con las palabras que Jesús nos enseñó.

Padre nuestro

Bendición

León XIV

«La Almudena nos dice que para edificar algo nuevo, hermoso y duradero hay que estar dispuestos a destruir los muros»

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Palabras del Papa en la Oración y homenaje a la Virgen de la Almudena en la Catedral de Santa María de la Almudena

Agradezco a Su Eminencia, el Arzobispo de Madrid, las palabras que me ha dirigido. Os saludo con afecto a todos vosotros, hermanos y hermanas que, con alegría y fervor, os unís hoy al homenaje a Nuestra Señora de la Almudena, Madre y Protectora de esta Archidiócesis, durante el cual pondré a sus pies la rosa de oro, símbolo del filial amor del Papa a la Virgen María.

Son numerosas las generaciones de madrileños que, a lo largo de los siglos, han venerado esta imagen de Santa María que lleva a su Hijo divino en brazos y nos lo presenta. Cuenta la tradición que, en tiempos difíciles para la comunidad cristiana, para proteger la talla de la Virgen, la escondieron en un recinto de la muralla de la Ciudadela, donde permaneció oculta durante mucho tiempo, hasta que, tras el derrumbe milagroso de una parte de los muros, fue hallada intacta.

Esta milenaria devoción mariana, tan sentida por todos vosotros, es un signo de las raíces cristianas que os caracterizan y os dan vida, pero también de la gran esperanza que continúa animándoos para seguir adelante. Fue gracias a una muralla demolida que se produjo el reencuentro de la Madre con su pueblo. Y este hecho es providencial, porque señala el camino que Jesús, a través de su Madre Santísima, nos invita a recorrer. En un primer momento, una muralla que cae provoca ruido, caos, desorden; pero también abre espacios, restaura posibilidades e impulsa restablecimientos. En nuestras sociedades actuales siguen existiendo aún muchas murallas que no protegen, sino que dividen, alejan y aíslan. Y, a veces, al pensar en que derribarlas supone tener que enfrentar lo que no nos gusta, preferimos la comodidad de sólo apuntalarlas y, más frecuentemente, de ignorarlas.

Sin embargo, Nuestra Señora de la Almudena, con su presencia y la seguridad de su protección, nos dice otra cosa: para edificar algo nuevo, hermoso y duradero hay que estar dispuestos a destruir los muros, porque para reemprender la ruta son necesarios espacios que nos permitan vislumbrar el horizonte.

Persuadidos de que el Señor camina con su Pueblo santo, escucha sus temores y acoge con solicitud todos sus esfuerzos de bien, os exhorto a no desfallecer en vuestro testimonio de fe, para contemplar el designio de amor del Padre; de caridad, para uniros como una única familia de hermanos y hermanas; y de esperanza, para sosteneros en vuestra acción en el mundo. Y que con el ejemplo y la intercesión de Santa María la Real de la Almudena, la Virgen del Magníficat que sigue proclamando la grandeza del Señor y exultando en Dios su Salvador, Él custodie y fortalezca vuestro amor a Jesús y a la Iglesia, de modo que podáis ser constructores de vínculos que restauren el lenguaje universal de la comunión, el amor fraterno y la concordia.

Y, haciendo mías algunas palabras del himno a ella dedicado, os encomiendo al potente auxilio de su maternal amor:

Santa María de la Almudena,
Virgen y Madre del Redentor,
Reina del Cielo, Madre de Amor,
bajo tu manto, Virgen sencilla
buscan tus hijos la protección,
Madre amorosa, Templo de Dios,
ampáranos Señora y ayúdanos a ser
constructores de paz y reconciliación.
Amén.

León XIV

Las Escuelas Ave María celebran su 120 aniversario

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El obispo de Málaga, D. José Antonio Satué visitó el centro con este motivo.

Mons. Satué recorrió durante dos horas las instalaciones del centro y mantuvo encuentros con los distintos miembros de la comunidad educativa, desde alumnos y profesores hasta representantes del Patronato y del AMPA.

La jornada comenzó en el Patio de los Naranjos con una recepción oficial, tras la cual el Obispo se trasladó a la capilla para realizar una ofrenda floral a la Virgen y al Sagrado Corazón de Jesús. Allí compartió un momento especial con los alumnos de 3º de Primaria que este año han recibido la Primera Comunión, animándolos a mantener una relación viva con Jesús a través de tres claves fundamentales: conocer, compartir y rezar. Posteriormente firmó en el Libro de Honor del centro y recibió diversos obsequios de la comunidad educativa.

Durante la visita también recorrió las nuevas instalaciones de Formación Profesional, donde recordó con cercanía su propia etapa como estudiante de FP y destacó la importancia de la formación técnica y del esfuerzo cotidiano para aprender un oficio.

Uno de los momentos más relevantes tuvo lugar en el Patio de los Naranjos, donde respondió sin restricciones a las preguntas de los alumnos de 3º y 4º de ESO. Los jóvenes plantearon cuestiones relacionadas con la fe, la vocación, las contradicciones humanas y problemas que afectan actualmente a la juventud, como la ansiedad, la soledad o la salud mental. Ante estas preocupaciones, el obispo presentó la fe y los grupos de vida de la Iglesia como un apoyo frente al pesimismo y anunció que la diócesis estudia poner en marcha un servicio de escucha activa. Además, animó a los jóvenes a compartir sus inquietudes y a pedir ayuda cuando la necesiten.

Al abordar las dudas sobre la fe y la dificultad de demostrar científicamente las creencias, explicó que muchas de las decisiones más importantes de la vida, como el amor, la elección de una profesión o la propia fe, nacen de la intuición y de la escucha interior. También subrayó que la duda forma parte del camino personal y favorece el respeto hacia quienes piensan de manera diferente.

La reflexión más inspiradora llegó cuando los alumnos le preguntaron si alguna vez imaginó llegar a ser obispo. Satué restó importancia a las jerarquías eclesiales y centró su mensaje en la llamada universal a la santidad. Explicó que lo verdaderamente importante no es el cargo que una persona ocupa, sino desarrollar plenamente los talentos recibidos para alcanzar la felicidad y transmitirla a los demás. Según afirmó, lo que le impulsa cada día es la misión que Dios le ha confiado y el crecimiento personal en la santidad, entendida como el esfuerzo por ser una buena persona.

En esa misma línea, invitó a los jóvenes a abandonar la idea de la santidad como una perfección inalcanzable. Recordó que las personas son valiosas pero limitadas y que no deben obsesionarse con sus errores, sino potenciar aquello que hay de bueno en sus vidas mediante la oración, el compartir con los demás y la reflexión personal.

La visita concluyó pasadas las 13.00 horas con una fotografía de familia en el Patio de los Naranjos, donde alumnos y profesores formaron un gran número 120 humano para conmemorar un aniversario que une la tradición histórica de las Escuelas Ave María con los desafíos y la vitalidad de las nuevas generaciones.

Malagueños con el Papa: «Esta visita la vamos a recordar toda la vida»

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Unos 20.000 andaluces han participado en los actos celebrados en Madrid con motivo de la visita del papa León XIV. Entre ellos había un millar de malagueños y malagueñas de diversas realidades diocesanas. Acompañados por la Delegación de Juventud, unos 400 jóvenes y responsables de Torremolinos, Antequera, Marbella, Cortes de la Frontera, San Pedro de Alcántara, Fuengirola, El Morche, Nerja, Coín, Alhaurín el Grande y Ronda y de Málaga capital (parroquias de la Natividad, el Salvador, el Carmen, San Miguel, Santa Inés, San Fernando, las Angustias, Puerto de la Torre, la Amargura, la Victoria, Claret, y las Nazarenas, el Seminario y ACIT Joven) recibieron las palabras del papa León XIV en la Vigilia de los jóvenes, «desde muy cerquita, y con la cercanía con que el Papa nos ha hablado», expresaban algunos jóvenes al concluir los actos del sábado.

«Vivir con mi comunidad de jóvenes esta experiencia ha sido espectacular, y lo vamos a recordar toda nuestra vida», expresaba Guillermo, joven de la parroquia de El Salvador al regresar a Málaga tras vivir en Madrid la Vigilia de los jóvenes y la Misa del Corpus.

A las 6.00 de la mañana del sábado 6 de junio, los autobuses comenzaban a recoger a los jóvenes y sus responsables en diversos puntos de la diócesis para poner rumbo a Madrid. Sobre las 7.00 de la mañana, todos los autobuses se unieron en el rezo de Laudes, para poner en manos del Señor el viaje del Papa y sus frutos.

 

Autobús número 6 de la Delegación de Juventud E. LLAMAS

 

Las horas de autobús fueron muy llevaderas por la ilusión de encontrarse con el Papa y el deseo de conocer mejor la realidad de quienes te acompañaban en el camino.

A mediodía los malagueños y malagueñas llegaban a la capital y, siguiendo las minuciosas indicaciones de la Delegación de Juventud, se iban acercando a los accesos de entrada para participar en la Vigilia de los jóvenes desde el sector C2, muy cercanos al escenario.

 

Llegada a Madrid E. LLAMAS

 

A las 18.30 horas comenzaba el festival de fe en la Plaza de Lima con las actuaciones de Lola Tuduri, Ignacio Serrano, Depol, Antonio José, Inazio + Hey Kid, Besmaya + Malmö, Beret + Mr. Rain y Siloé, y el rezo del rosario con el testimonio de una joven madre de familia, un influencer y un sacerdote, cuyas vidas cambiaron al encontrarse con Cristo.

A las 20.30 horas entraba el Papa recorriendo las calles y saludando, lo más cerca posible, a todos los jóvenes, que destacaban «la mirada sincera y entrañable del papa León XIV».

 

El papa León bendice un bebé en el recorrido hacia la Vigilia de los jóvenes E. LLAMAS

 

Addy, joven de la parroquia Santa María del Mar en Torremolinos recuerda con especial cariño «cómo el Papa nos ha dejado claro que el amor y la unión son nuestro mayor poder» en sus respuestas a las preguntas de seis jóvenes portavoces de las dudas y preocupaciones de esta época.

Por su parte, Rafa, de Antequera, se queda con el momento en que el Papa pronunciaba estas palabras: «quiero confiar a todos vosotros una misión: que seáis humanos. Sí, ¡sed humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables. Personas que buscan la justicia porque tienen hambre de ella, como del pan de cada día. Personas que desean una vida honesta y recta, porque gustosamente hacen a los demás lo que querrían que los demás hicieran con ellas. Sed humanos como lo es Cristo».

Con el corazón lleno de esperanza y fe, tras las respuestas del Papa, la adoración al Santísimo, y un último tiempo de concierto, los jóvenes abandonaban la Plaza de Lima para dirigirse a los colegios y parroquias que los acogían, con generosidad, para ofrecerles un lugar donde descansar. Más de una hora caminaron los malagueños, compartiendo cantos, por el camino, con otros grupos.

No sólo descanso físico ofrecieron, sino también espiritual. En el Colegio de los Salesianos, en el que acogieron a los 400 jóvenes procedentes de Málaga, la capilla estuvo abierta hasta las 3 de la mañana con sacerdotes disponibles para la confesión. Nerea, joven de la parroquia de la Natividad, comparte emocionada que «he vivido mi primera confesión y ha sido muy emocionante. Hace poco que estoy viviendo mi fe en la parroquia».

Con la emoción de todo lo vivido en el día, y a pesar del cansancio, costó que el silencio se hiciera en ese inmenso patio del Colegio Salesianos que acogía a 1.800 jóvenes de diversas diócesis. Las 5.30 de la mañana llegaron y de nuevo se pusieron en marcha los jóvenes para encaminar sus pasos a la Plaza Cibeles y celebrar la Eucaristía de la Solemnidad del Corpus Christi presidida por el papa León XIV.

Más de 1.200.000 personas participaron en esta celebración, de ahí que los tiempos para moverse de un lado a otro fuesen tan amplios.

La sombra de los altos árboles del Paseo del Prado acogía a los miles de feligreses reunidos para celebrar la Eucaristía. El papa León XIV sorprendió de nuevo a los malagueños nombrando a san Manuel González: «el obispo de los sagrarios abandonados. Su vida nos recuerda que la Eucaristía no puede ser honrada solo en las grandes celebraciones o de modo ocasional, sino también en la fidelidad silenciosa de quien acompaña al señor con una amistad humilde y discreta que se alimenta día a día», exclamaba.

En palabras del seminarista menor Abel, de la parroquia de San Miguel en Nerja, «fue muy emocionante escucharle hablar del santo que construyó nuestro Seminario. Además, me encantó cuando nos dijo que no tengamos miedo a que nos llame el Señor y que hagamos frente a la injusticia, que tenemos el futuro en nuestras manos».

Tras la celebración de la Eucaristía y la procesión, el metro de Madrid acogía de nuevo a los miles de jóvenes que se dirigían de nuevo a los autobuses que los llevarían de regreso a casa con una misión: «ante el vacío de la indiferencia y del conformismo, ante la violencia de la guerra y de la mentira, sed vosotros mismos chispa de una humanidad nueva».

José Miguel Porras, delegado de Juventud, afirmaba que ha sido para él «una experiencia muy emocionante ver rezar y cantar a tantos jóvenes juntos. Una experiencia muy positiva, a pesar de todo lo que conlleva organizar un evento así» y deseaba a todos los peregrinos «que haya sido un fin de semana inolvidable que nos ayude a todos a profundizar en nuestra relación con Cristo y a alzar la mirada hacia Él y los hermanos. Damos gracias a Dios por todo lo vivido y seguimos pidiendo al Señor para que esta visita apostólica de León XIV a España dé muchos frutos».

Encarni Llamas

El papa a los Obispos de la CEE: «Una Iglesia reconciliada por dentro puede hablar con mayor libertad»

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Palabras del Papa León XIV en el Encuentro con los obispos de España en la sede de la Conferencia Episcopal

Queridos hermanos en el Episcopado:

Es con gran gozo que me presento ante vosotros en este tercer día de mi viaje apostólico en España. Después de saludar a los representantes políticos que me han recibido en el Parlamento, me gustaría ahora aprovechar estos momentos juntos para reavivar la comunión tal y como Jesús aconsejaba a sus apóstoles (cf. Mc 6,31). Agradezco a Mons. Luis Javier Argüello García las amables palabras que como Presidente de la Conferencia y en nombre de todos me ha dirigido, espero que las mías puedan confluir en ese diálogo en el Espíritu que supone acoger todo lo bueno que el Señor nos dice a través del hermano. El camino sinodal emprendido por la Iglesia, es un proceso de escucha en profundidad. Ser capaces de reconocer la voz de Dios que habla a través de la comunidad eclesial, es uno de sus valores fundamentales.

Es un diálogo fecundo que como Iglesia vais definiendo en distintos modos. Uno concreto, que podemos evocar, es el de los congresos que estáis realizando. Me detengo en los celebrados en 2020 y 2025, que han tenido una especial repercusión: Pueblo de Dios en salida y ¿Para quién soy? Asamblea de llamados para la misión. Sus temas inciden en las cuestiones esenciales: ¿cómo se pueden afrontar los retos actuales? y ¿quiénes están llamados a acoger este desafío?

En mi contribución a esta reflexión, se me ha ocurrido proponeros la imagen de un viaje en el que el destino es Dios, hacia quien alzamos nuestra mirada. Es un viaje sui generis ya que realmente no nos movemos materialmente, pero en el que queremos dejar volar nuestro corazón.

Una tentación en los viajes es la de obsesionarnos con lo que dejamos, los lugares, las cosas, las formas, sin abrirnos, en docilidad al Espíritu, a la novedad de lo que encontramos. A esta tentación se añade la del equipaje, que, por parecidas razones, llenamos de cosas inútiles que terminan siendo un lastre. Por otro lado, no conviene tampoco olvidar algo que aprendemos de las vicisitudes de tantos emigrantes: una persona sola, sin raíces y sin recursos, es alguien que sufre terriblemente y que con gran dificultad puede establecer vínculos sólidos en el lugar adonde llega.

De ese modo, en esta primera fase de nuestro periplo, nuestra respuesta a la pregunta de cómo podemos afrontar este reto que nos hemos propuesto debe conjugar prudentemente la libertad y la valentía, para dejar estructuras que no nos ayudan, no responden o incluso nos alejan de nuestro fin, con la fortaleza de conservar como un tesoro aquello que lo facilita. Cómo no recordar aquí el inmenso patrimonio cristiano de vuestra tierra, la enorme capacidad de convocatoria que esa riqueza nos proporciona: con su belleza, que llega hasta el no creyente, o con los vínculos de pertenencia que ha sido capaz de tejer en la identidad espiritual de cada rincón de este amado pueblo, y que permanece presente incluso en los momentos en que su fe vacila. Un enorme desafío, ciertamente, al que estamos llamados a responder con valentía, para que este patrimonio produzca los frutos de los que es capaz.

Otro tesoro que no podemos olvidar en nuestra alforja es el Viático del peregrino. El Pan de la Palabra y de la Eucaristía nos son aún más necesarios que el alimento material, porque nos abren el camino de la salvación. No es un problema de cómo hacer más o menos atractiva la celebración, es sentir que, si somos parte de Él, su ausencia nos produce un desasosiego que podemos comparar con el hambre material. La vida sacramental va acompasando nuestra existencia como la de un niño que recibe el alimento de su madre, como la de un deportista que va midiendo las fuerzas necesarias para llegar a la meta.

Por otra parte, algo que suele costarnos mucho al viajar es comunicarnos con el otro. Sea debido a la lengua y la cultura distintas, sea por la desconfianza hacia lo desconocido, sea por las rencillas e incomprensiones que pueden darse incluso entre personas cercanas, nos sentimos limitados a la hora de expresarnos o de comprender a nuestro interlocutor. Es una experiencia que podemos llevar al anuncio del Evangelio, a la acogida del otro, a la capacidad de responder a los cuestionamientos del mundo que nos rodea o a la necesidad de activar la corresponsabilidad de los miembros de la comunidad en nuestras acciones pastorales. Si antes hemos dicho que debemos abandonar todo lo que nos frena y aleja, ahora la consigna debe ser que nuestro patrimonio sea siempre instrumento y oportunidad de diálogo con aquellos que encontramos en nuestro camino.

Como sucede a los peregrinos del Camino de Santiago, en nuestro viaje podemos encontrarnos con esas inmensas planicies castellanas, vacías a nuestros ojos. Los pocos encuentros de estos peregrinos con algunas personas mayores o con trabajadores extranjeros, pueden ser una metáfora de muchas situaciones sociales que por desgracia se perciben en algunas de vuestras realidades eclesiales. No es la primera vez que España enfrenta una situación análoga: en el pasado, por ejemplo, cuando la Iglesia tuvo que reconstruir su presencia en las franjas de tierra quemada, surgieron modelos de evangelización que después se exportaron a América y que pueden ayudarnos aquí en nuestra misión.

Como entonces, estamos llamados a construir una nueva realidad, a través del diálogo respetuoso y el uso de nuevos lenguajes, tal como hiciera el famoso santo alfaquí de Granada, fray Hernando de Talavera, y más adelante repitiera en América santo Toribio de Mogrovejo, del que estamos celebrando el tercer centenario de la canonización, presentándolo precisamente como modelo de obispo en salida en un tiempo de misión y reorganización eclesial. Aunque los lenguajes en esta era digital son distintos y las culturas que ahora componen el mosaico de nuestras realidades, con migrantes de todas las partes del mundo, también han cambiado, pero el espíritu debe permanecer.

¿Cuáles son los puntos esenciales de ese espíritu? El primero tiene que ver con la capacidad de comunicar, de hablar con cada realidad presente en nuestro territorio, de abajarse no sólo para comprender, sino para compartir. Sólo sobre la base de poner en común todo lo bueno que hay en el propio patrimonio, aportando cada uno su granito de arena, podremos edificar una realidad nueva en la que la fe pueda hundir raíces profundas. Para ello, lógicamente, hay que comenzar por aprender el lenguaje del otro, iniciar procesos e ir tejiendo vínculos donde poder sembrar la semilla del Reino. El segundo es la llamada a crear realidades capaces ellas mismas de comunicar la propia experiencia de fe. Capaces de llevar —como hizo Toribio— la experiencia de Granada a América, es decir, de atesorar en nuestro equipaje los recursos que nos permitan afrontar con franqueza los retos siempre nuevos de la evangelización en cada circunstancia.

Después de las llanuras desiertas, encontraremos también grandes ciudades, en ellas, el silencio y la lejanía no son espaciales sino íntimos. Las respuestas serán distintas, pero los procesos para llegar hasta ellas, análogos: escucha, comprensión, respeto, generosidad y franqueza.

Los peregrinos suelen salir de noche y muchas veces esa oscuridad inicial del camino puede asustarlos. Podríamos evocar el himno de vísperas, La noche es tiempo de salvación, para decir que, si vamos en buena compañía, las dificultades del caminar y el peligro de extraviarse se reducen. Es el Señor quien nos conduce, Él es el dueño de la historia y de cada una de nuestras historias, Él determina los tiempos. Nosotros caminamos tras de Él, más aún, caminamos con Él como miembros de un sólo cuerpo. Ese vínculo profundo exige a la Iglesia, en este tiempo de polarizaciones y contraposiciones cada vez más duras, un testimonio de unidad en la pluralidad: una comunión capaz de acoger la riqueza de los dones, de los carismas, de las sensibilidades que el Espíritu Santo suscita en el Pueblo de Dios. La imagen de Cristo se deja reconocer en el mosaico vivo de la Iglesia, donde muchas teselas, sin confundirse, convergen para manifestar la belleza del único Señor.

En esta tarea, el ministerio del obispo asume una responsabilidad peculiar. Estamos llamados a ser principio visible de comunión, en primer lugar, de la comunión con Cristo, custodiando con amor la fe recibida, en docilidad a la Palabra de Dios y a la Tradición viva de la Iglesia; después, en la comunión con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia universal, con el presbiterio y con la propia comunidad diocesana, con la vida consagrada, con los movimientos, con las asociaciones y con cada carisma auténtico que el Espíritu dona para la edificación común. Vuestra misión os reclama custodiar la unidad, favorecer el diálogo, sanar las fracturas y acompañar el camino del pueblo encomendado a vuestro cuidado.

La comunión vivida de ese modo posee también una fuerza misionera. Una Iglesia reconciliada por dentro puede hablar con mayor libertad a los hermanos de otras confesiones cristianas y de otras religiones, a los que no creen, a las autoridades civiles y a todos los hombres de buena voluntad que trabajan por el bien común.

Esta llamada a ser signo de comunión en Cristo, caminando en unidad y tendiendo nuestra mano al hermano que encontramos, nos pone delante de otro desafío que toca hoy el corazón de muchos: la dificultad de asumir compromisos definitivos y de tomar decisiones vitales profundas. En tantos jóvenes, y no sólo en ellos, la pregunta: “¿Para quién soy?” resuena como una búsqueda sincera de sentido, de pertenencia y de don. El corazón humano no se colma acumulando experiencias, posibilidades o seguridades provisorias, se colma cuando descubre una llamada, cuando comprende que la vida llega a plenitud sólo si es donada.

Por eso, la pastoral vocacional no puede reducirse a una simple búsqueda de números. Esta nace de comunidades vivas, de sacerdotes felices, de familias capaces de testimoniar la belleza de la fidelidad, de una Iglesia que sabe mostrar con sencillez que seguir a Cristo no empobrece la existencia, sino que la expande. Donde el Evangelio es vivido con alegría, servicio y comunión, también la llamada del Señor puede ser nuevamente escuchada como promesa de vida.

Antes hemos hablado de equipajes cargados y los peregrinos del Camino de Santiago saben bien que en la mochila debe cargarse sólo lo esencial. Como en reiteradas ocasiones propuso el Papa Francisco, en el actual contexto vocacional, es necesario decir que la conservación de estructuras no puede prevalecer sobre el bien de la vocación. Los seminaristas tienen derecho a la mejor formación posible y la Iglesia, por su parte, tiene derecho a sacerdotes bien formados. El criterio para que los seminarios sean auténticas casas de formación es que aseguren una adecuada experiencia de vida comunitaria; que tengan formadores totalmente dedicados al estudio y la enseñanza, con experiencia en el acompañamiento espiritual; y que cuenten con Centros Superiores de Teología dotados con los medios necesarios para desarrollar su función. Para ello es imprescindible, además de aunar fuerzas, aprender a trabajar juntos en la gestión de estos desafíos.

En este terreno, las dificultades pueden ser vividas como oportunidades. A veces nos resulta difícil presentar la vocación de los laicos y su integración en este viaje de vida que como Iglesia estamos realizando. Por otro lado, vemos como en muchas obras, tradicionalmente gestionadas por religiosos, se recurre a colaboradores laicos para poder seguir realizando la tarea. Es una dificultad que podemos convertir en oportunidad de encuentro, de diálogo y de comunicación. De nosotros depende que estos laicos lleguen a percibir su participación en este servicio eclesial como una llamada que Dios les hace a asumir su responsabilidad como cristianos, interiorizando el espíritu, sintiéndose parte de la misión que el Señor encomendó a los religiosos que la pusieron en pie.

Como veis, nuestro viaje está hecho de encuentros, en ellos no faltarán los que viven momentos de oscuridad, y nos reclaman que nos hagamos para ellos samaritanos. Uno de los más dolorosos es con aquellos que han sido heridos precisamente por quienes debían cuidarlos, incluso por miembros del clero. Ante esta plaga, la comunidad eclesial está llamada a responder con la escucha, la verdad, la justicia, la reparación y un compromiso cada vez más decidido en la prevención y la cultura del cuidado. Cada persona herida debe poder encontrar escucha sincera, acogida, protección y caminos reales de sanación.

Esta misma lógica vale también para los desafíos de un mundo secularizado. Muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo no rechazan simplemente a Dios, muchas veces llevan en el corazón una sed profunda de sentido, de verdad, de pertenencia y de esperanza, incluso cuando no saben darle un nombre. La Iglesia está llamada a reconocer estos anhelos, a escucharlos con respeto y a ofrecer, como Pedro y Juan al paralítico junto a la puerta del templo, el tesoro que les ha sido confiado: Jesucristo, en cuyo nombre el hombre puede levantarse y caminar (cf. Hch 3,1-10). También cuando colabora con otras instituciones, religiosas o civiles, incluso cuando ofrece ayuda material, educación, asistencia o promoción humana, la Iglesia no deja nunca de ofrecer lo que le es propio: el amor de Dios revelado en Cristo. Ese mensaje cala en la sociedad, que no duda de manifestar su aprecio por muchas de estas obras. Así cada gesto de caridad cristiana que nace del Evangelio lleva en sí una promesa más grande: restituir a la persona el convencimiento de ser amada.

En nuestro viaje recorremos aquella que san Juan Pablo II quiso llamar «Tierra de María». [1] En la Santísima Virgen tenéis a vuestra primera compañera de camino y vuestro principal tesoro, pues ella nos muestra con su vida cómo acoger la Palabra y custodiarla en el corazón, cómo acompañar en este itinerario a los discípulos y permanecer presente en el camino de la Iglesia como madre de comunión y de esperanza. A ella encomiendo vuestro ministerio, para que os ayude a ser, en medio del pueblo que tenéis confiado, esa levadura escondida de la que habla el Evangelio. Pequeña a los ojos del mundo, pero capaz, cuando permanece unida a Cristo, de hacer fermentar la masa (cf. Mt 13,33). La fuerza de la Iglesia no nace de la grandeza de los medios, sino de la santidad de sus hijos, de la comunión de sus pastores, de la fidelidad humilde y perseverante de quien se deja guiar por el Espíritu.

En este camino os acompaña también san Juan de Ávila, patrono del clero español, en este año en el que recordamos el quinto centenario de la ordenación presbiteral. San Pablo VI lo definió «un maestro de vida espiritual benévolo y sabio, un renovador ejemplar de la vida eclesiástica y de las costumbres cristianas» y, al mismo tiempo, «un simple sacerdote». [2] En este santo doctor, la Iglesia reconoce la vida sacerdotal que cada obispo está llamado a custodiar y a hacer crecer en el propio presbiterio.

Mirándole a él, pienso en aquellos que son los más cercanos compañeros de los obispos en este viaje, en esos “simples sacerdotes”, en el sentido más alto y más exigente del término. Nuestro caminar con ellos debería trasmitir el valor de esa esencia: ser presbíteros enamorados de Cristo, radicados en la oración, fieles a la Iglesia, cercanos al pueblo y capaces de unir doctrina sólida, celo apostólico y caridad pastoral. Presbíteros que encuentren en el obispo no sólo una autoridad reconocida, sino un padre que les acompaña; y en los otros sacerdotes hermanos con los que compartir las fatigas y las alegrías de esta peregrinación llena de encuentros, en la que todos buscamos a Cristo.

Concluyamos este periplo espiritual con una oración del santo doctor que nos recuerda que cada renovación eclesial nace de un corazón configurado con Cristo: «Si me mandáis, Señor, hacer lo que vos hicisteis, dadme vuestro corazón» (Sermón 57,20). Sea esta también nuestra súplica: Señor, danos tu corazón, un corazón capaz de alzar la mirada hacia ti, de ponerse en camino, de escuchar, de discernir, de servir, de corregir con caridad, de atender con paciencia y de anunciar con alegría. Porque la Iglesia que recibe el corazón de Cristo lleva consigo la columna de fuego que la guía, la sostiene, la defiende y la conforta, el equipaje necesario para afrontar cualquier reto.

Que Dios os bendiga. Muchas gracias.

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[1] Homilía en la celebración de la Palabra y Acto Mariano nacional, Zaragoza, 6 noviembre 1982, 1.

[2] Homilía en la canonización del beato Juan de Ávila, 31 mayo 1970.

León XIV

«La Iglesia anhela permanecer en diálogo con el mundo contemporáneo». León XIV en el encuentro «Tejer redes»

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Palabras del Papa en el Encuentro «Tejer redes con el mundo de la cultura, del arte, de la economía y del deporte» en el Movistar Arena

Eminencia,
queridos amigos y amigas:

Es un placer encontrarme con vosotros en este lugar, un espacio que no sólo acoge actividades deportivas, artísticas y culturales, sino emociones profundas del ser humano: la alegría, la admiración, el entusiasmo y la esperanza, así como la tristeza y la frustración.

En este hermoso país es imposible no admirar la huella de creatividad que atraviesa su historia y da forma a su identidad. Una hermosura visible en sus ciudades, en sus calles, sus monumentos, en las plazas y jardines, en sus universidades e iglesias, en la música, la pintura, la danza, en su gastronomía. Aquí se percibe también el alma de las generaciones que transformaron el paisaje y le dieron un rostro propio, y eso nos revela en cada trazo la inteligencia y la voluntad que residen en el alma humana.

Tras contemplar con detenimiento estas maravillas creadas por las generaciones anteriores, surge inevitablemente una pregunta que nos interpela a todos: ¿qué herencia estamos dejando al futuro y por ende, qué tipo de comunidad estamos construyendo?

He escuchado con sumo interés cada una de las intervenciones de los panelistas; coincido con vosotros. Nuestra sociedad, en efecto, posee una extraordinaria capacidad para producir, innovar y comunicar, sin embargo, parece que todavía necesitamos aprender a custodiar el alma de aquello que esta genera. De lo contrario, corremos el riesgo de ser expertos en los medios y eficaces para producir, pero inciertos acerca del porqué, para qué, con quién y para quién se produce. En este contexto, la Iglesia, consciente tanto de sus aciertos como de sus errores a lo largo de la historia, anhela permanecer en diálogo con el mundo contemporáneo.

En el ADN de la humanidad está radicado el deseo de bien, de belleza, de verdad; y es a partir de esa aspiración profundamente humana y de nuestra experiencia plurisecular, que la Iglesia propone caminos para una vida digna y el bien común. A este propósito, san Pablo VI afirmó ante las Naciones Unidas que independientemente de la opinión que se tenga del Pontífice de Roma, es bien conocida su misión. En cuanto “experta en humanidad” la Iglesia no se desentiende de nada verdaderamente humano (cf. Gaudium et spes, 1). Por esta razón la «actitud de diálogo es parte integrante de su vocación» (Magnifica humanitas, 2). Hoy constatamos cómo la cuestión decisiva sigue siendo la misma: ¿qué significa ser verdaderamente humano?

La Iglesia comparte con humildad, pero también con firmeza aquello que ha descubierto en la experiencia de la fe: que Jesucristo responde a las grandes preguntas sobre la vida humana y su plenitud, ya en este mundo y hasta su culmen en la eternidad. «Por eso, la persona humana permanece siempre como “el camino primero y fundamental de la Iglesia” y el corazón de toda auténtica vía de desarrollo humano integral» (ibíd., 50). Y entonces, ella no puede desentenderse de la cultura, porque a través de ella, el hombre en cuanto hombre “es” más (cf. Compendio de la doctrina social de la Iglesia, 554).

Y justamente porque “cultura” evoca “cultivo”, como sugiere la raíz etimológica que ambos términos comparten, estamos llamados a preguntarnos qué es lo que hoy sembramos, qué es lo que florece y qué se marchita silenciosamente en nuestra sociedad; qué valores estamos preservando y cuáles estamos dejando morir. Son preguntas profundas, necesarias y que no pueden ser ignoradas.

Para atender a estos interrogantes, es menester un diálogo social que podemos comparar con el arte de tejer redes, que implica encuentro, escucha, diálogo y respeto.

En los varios sectores de la actividad humana debemos cuidar el lenguaje que se utiliza: escrito, oral y, en el entorno digital, también el de las imágenes; porque la comunicación nunca es neutral. Toda expresión habla, transmite; puede herir o sanar, destruir expectativas o abrir horizontes, sembrar división o despertar la esperanza en la posibilidad de construir juntos algo genuinamente humano.

Así pues, tejer redes es un diálogo entre instituciones centrado en la dignidad humana. Ello comporta, por ejemplo, que la universidad no viva de espaldas al mundo del trabajo ni renuncie a la verdad; que la actividad empresarial no vea al empleado como un factor más en la ecuación de sus intereses; que el arte no tenga como fin sólo a las élites; que el deporte no sea reducido a espectáculo o convertido en mero negocio; que el progreso tecnológico tome en cuenta a los ancianos, a los pobres y a quienes no tienen voz.

Nuestra aportación al diálogo, desde una visión cristiana de la vida, sabe que el Creador ha entramado al ser humano con hilos de amor; ya que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, Dios que es amor (1 Jn 4,8). Aquí reside el fundamento de la inalienable dignidad humana, cuyo absoluto respeto es la base del diálogo.

En segundo lugar, tejer redes significa crear juntos. «La fe ―afirmó el Papa Benedicto XVI― es amor y por ello crea poesía y crea música. La fe es alegría y por ello crea belleza» (Catequesis, 21 mayo 2008). Todos hemos experimentado algo hermoso, tanto que nos cambió interiormente: una canción, un poema, una iglesia silenciosa, una voz, una mirada, incluso un partido de baloncesto vivido con amigos.

No es extraño entonces que la proclamación de la Buena Nueva y la conciencia de sabernos hermanos se exprese con forma de saeta en una Semana Santa, de poesía mística, de maestría literaria en autores como Lope de Vega, santa Teresa de Jesús o san Juan de la Cruz, Calderón de la Barca, o en la prosa serena de santo Tomás de Aquino, de quien hemos heredado los hermosos himnos del Corpus Christi, que celebramos hoy. Todo ello muestra el vínculo entre lo material y lo espiritual que constituye nuestra existencia.

Tejer redes significa, en tercer lugar, servir de modo desinteresado. Una mirada objetiva revela que hombres y mujeres movidos por la fe han edificado hospitales y escuelas, dieron pie a iniciativas solidarias y hablaron con un lenguaje que dignifica a las personas. Por eso cabe preguntarse con honestidad si el mundo —y en particular Europa— habría forjado su identidad sin la huella espiritual que ha impregnado su historia. No se trata de una provocación, sino de una invitación a pensar si la eternidad, que irrumpió en el tiempo y el espacio mediante la encarnación de Jesucristo, pueda volver a reconciliarse con lo cotidiano.

¿En serio es posible creer que la Europa —a la que tanto amamos—, sería ella misma sin la huella de la fe? ¿Por qué temer que la eternidad impregne la cotidianidad? Sigue vivo el grito de mis Predecesores: ¡No temáis! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! Jesucristo no nos quita nada y nos da todo.

Quiero preguntarme en voz alta: ¿Quiénes están siendo excluidos a pesar de sus virtudes y capacidades? No podemos ignorar que la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y a la Iglesia (cf. Dilexi te, 9).

En efecto, Cristo le devuelve al bien común el lugar que le corresponde en cuanto árbitro sapiente que apacigua la codicia de unos y nutre la esperanza de otros, mientras anhela salvarlos a todos.

Esta Iglesia, “experta en humanidad”, aunque a veces camina contracorriente, insiste en que «las estructuras económicas e institucionales son justas sólo en la medida en que sirven al desarrollo integral de la persona y favorecen la participación responsable de todos» (Magnifica humanitas, 34).

Permitidme dirigir finalmente vuestra atención a un mundo que, —como sabéis—, no me es ajeno: el del deporte. Pensemos cuántos de nosotros aprendimos el respeto por el adversario en un campo de juego más que escuchando un discurso. Cuántos deportistas nos enseñan a perder sin odiar, a ganar sin humillar o a levantarse después de caer.

Sobre esto, san Juan Pablo II, como deportista y pastor, declaró: «En estos tiempos en que por desgracia diversas formas de violencia, y por lo tanto de odio, tienden a desgarrar nefastamente el tejido de la solidaridad social, vosotros [los deportistas] contribuís, por vuestra parte, a dar un testimonio luminoso de cohesión, de paz, de unión, en una palabra de “saber estar juntos”». [1] Estas palabras son más actuales y oportunas que cuando resonaron por primera vez.

Queridos amigos: os invito entonces a ser hilos nuevos para tejer redes nuevas que armonicen todos los ámbitos de la vida, para entramar una sociedad renovada en donde el tiempo se impregne de eternidad, la cultura custodie la memoria y favorezca el diálogo, la educación promueva la búsqueda de la verdad con espíritu crítico, el arte despierte asombro y genere emociones nobles, la empresa reconozca la dignidad de la persona y el trabajo siga siendo motor de esperanza.

Seamos hilos nuevos acogiendo el consejo de san Pablo: «Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran. Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente humilde. No os tengáis por sabios. A nadie devolváis mal por mal. Procurad lo bueno ante toda la gente. En la medida de lo posible y en lo que dependa de vosotros, manteneos en paz con todo el mundo» (Rm 12,15-18). Porque en todo ello se juega que, en el porvenir, siga resplandeciendo nuestra “magnífica humanidad”. Muchas gracias.

Seamos todos entonces constructores de esta nueva comunidad.

Bendición

Muchas gracias, felicidades a todos.

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[1] S. Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el 33° Campeonato de Esquí Acuático Europa, África y Mediterráneo, 31 agosto 1979.

León XIV

Todos los mensajes del Papa en Madrid

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Todos los discursos del Papa en Madrid, primera parada de su viaje apostólico a España.

Sábado 6 de junio de 2026

«¡Que Dios bendiga a España!». Primer discurso en el Palacio Real.

«Aquí, la alegría y el dolor de cada uno son la alegría y el dolor de todos», el Papa en el «Cedia 24 horas» de Cáritas

León XIV a los jóvenes: «¡Vosotros podéis cambiar la historia! ¡Hacedlo con el amor!»

Domingo 7 de junio de 2026

León XIV pone de ejemplo a San Manuel González: «la Eucaristía no puede ser honrada solo en las grandes celebraciones, sino en la amistad que se alimenta día a día»

«La Iglesia anhela permanecer en diálogo con el mundo contemporáneo». León XIV en el encuentro «Tejer redes»

Lunes 8 de junio de 2026

León XIV en el Congreso: «la grandeza moral de una nación se manifiesta en su capacidad de acompañar, proteger y amar a los más frágiles»

El papa a los Obispos de la CEE: «Una Iglesia reconciliada por dentro puede hablar con mayor libertad»

León XIV en la Catedral de Madrid: «La Almudena nos dice que para edificar algo nuevo, hermoso y duradero hay que estar dispuestos a destruir los muros»

El Papa en el Bernabéu: «¡Hoy la Iglesia de Madrid ha hecho un golazo para siempre!»

Antonio Moreno Ruiz
Antonio Moreno

León XIV en el Congreso: «la grandeza moral de una nación se manifiesta en su capacidad de acompañar, proteger y amar a los más frágiles»

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Discurso del Papa en el Encuentro con los miembros del Parlamento español en el Congreso de los Diputados

Presidente del Gobierno,
Presidenta del Congreso de los Diputados,
Presidente del Senado,
Presidente del Tribunal Constitucional,
Presidenta del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial,
Miembros del Congreso de los Diputados y del Senado,

Señoras y señores:

Agradezco a la Señora Presidenta sus amables palabras, así como la invitación que la Sede Apostólica ha recibido con ocasión de mi viaje a este país, así como la deferencia de acogerme en este histórico Palacio del Congreso de los Diputados, ámbito eminente de la vida institucional, jurídica y democrática del Reino de España. Vengo ante todos ustedes como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica, consciente de que la misión confiada al Sucesor del apóstol Pedro como principio y fundamento de unidad de los Obispos y de los fieles (cf. Lumen gentium, 23) coloca a la Santa Sede, de modo peculiar, en diálogo con los pueblos y con los Estados.

Mi presencia entre ustedes quiere ser un gesto de cercanía hacia España, en el marco de la mutua cooperación, y una palabra ofrecida desde el servicio a la persona humana. La Iglesia “camina con la humanidad”, comparte sus esperanzas y sus heridas, escucha los interrogantes de cada época y se deja interpelar “por todo lo que concierne a la existencia de los hombres y las mujeres de hoy”. Por eso, cuando se dirige a la vida pública, lo hace respetando la misión propia de las instituciones y la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato de legislar. Reconoce “la autonomía de las realidades terrenas” y “la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política”; y, precisamente desde esa conciencia, aporta una reflexión nacida del deseo de servir al bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia (cf. Magnifica humanitas, 18-19).

En este hemiciclo se da forma jurídica a la convivencia social. Aquí las diferencias se escuchan, se ordenan y, cuando es posible, se convierten en decisión compartida. Por eso, más allá de la legítima diversidad de posiciones, toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes.

Ante esta cuestión, España posee una memoria particularmente rica. Su identidad geográfica y política se ha ido entretejiendo con una historia en la que la fe y la razón, el arte y el derecho, la tradición y el pensamiento han sabido encontrarse fecundamente. En sus catedrales y universidades, en su literatura inmortal, en sus instituciones jurídicas y en el ánimo mismo de su pueblo, permanece viva una herencia que ha dado forma a un modo de vivir la libertad, practicar la justicia y ordenar la vida común.

Desde las páginas universales del Quijote, donde Cervantes proclamó que «la libertad […] es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos» (Don Quijote de la Mancha, II, 58), hasta la hondura espiritual de santa Teresa de Ávila, y desde la gran tradición jurídica española hasta la inquietud metafísica de Unamuno, que recordaba que el hombre «no se resigna a morir del todo» (Del sentimiento trágico de la vida, I), España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir; en una palabra, como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa.

Por eso, al hablar hoy de la persona humana, esta memoria conduce naturalmente a Salamanca y al pensamiento que allí maduró. La presencia simbólica en esta sala de los Reyes Isabel y Fernando, remite a aquel momento en que España quedó situada ante responsabilidades históricas de alcance universal; pocos años después, Salamanca habría de asumir, con singular lucidez, la reflexión moral y jurídica que ese escenario reclamaba. En aquella sede universitaria, hace quinientos años, cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones entre los pueblos, algunos maestros comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente. Introdujeron así en el discernimiento histórico la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder. Hay que reconocer que la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura de las intuiciones que encontraban eco en su propia tradición cristiana.

Sin embargo, aquel interrogante abrió un horizonte intelectual y moral que desbordó su propio momento histórico. La intuición del totus orbis, de una comunidad humana más amplia que cualquier poder particular, permitía afirmar la existencia de vínculos jurídicos y morales entre los pueblos. Desde España, la reflexión de la Escuela de Salamanca —y de manera particular fray Francisco de Vitoria, junto con otros dominicos y jesuitas— contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. Ese anhelo sigue hablando también hoy: que la dignidad, la justicia y el bien común sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional.

Ésta es una de las grandes herencias de España: haber unido la acción histórica con la lucidez de la razón moral. Aquella contribución, nacida a orillas del Tormes, trascendió las aulas y las bibliotecas, y llegó a formar parte de una conciencia más amplia, compartida por la comunidad internacional que sigue preguntándose cómo construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no sobre la imposición de la fuerza. Ese legado vive también en estas Cortes, cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar.

La pregunta salmantina sigue acompañando la tarea de quienes sirven a la vida pública. Hoy, los nuevos mundos que se abren ante nosotros ya no se dibujan en los mapas: se despliegan en la técnica, en la economía, en la biomedicina y en el universo digital, donde el poder humano alcanza ámbitos cada vez más delicados de la vida personal y social.

El progreso ofrece posibilidades admirables, y hoy lo vemos de modo singular en el desarrollo de la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías. Como he recordado en mi reciente Encíclica, la tecnología en sí misma no es neutral porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza (cf. Magnifica humanitas, 9); por eso, ante las transformaciones de nuestro tiempo, nuestro discernimiento debe centrarse en qué lugar ocupa la persona humana en nuestras decisiones, y cómo se plantean hoy, de manera nueva, la dignidad del trabajo, la solidaridad, la política social y el bien común.

Este discernimiento comienza por una afirmación primera: toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento (cf. Benedicto XVI, Discurso ante el Parlamento Federal alemán, 22 septiembre 2011). Pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir, y por eso debe orientar todo ordenamiento jurídico positivo. La fe cristiana la proclama a partir de la Revelación; la razón humana puede reconocerla como exigencia inscrita en la verdad del hombre (cf. ibíd.). Cuando esta convicción permanece viva, el derecho se convierte en amparo de todos y en garantía frente a la imposición de intereses y agendas particulares.

Sobre este fundamento, me corresponde pronunciar hoy una palabra serena y firme ante quienes tienen la grave responsabilidad de ordenar jurídicamente la convivencia social. Esta convivencia puede verse amenazada por la cultura del descarte, como tantas veces advirtió el Papa Francisco (cf. Discurso a la Asamblea Plenaria de la Pontificia Academia para la Vida, 27 septiembre 2021). En este sentido, si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad.

El bien común es, en cierto modo, “la forma social de la dignidad humana” (cf. Magnifica humanitas, 59). No consiste en la mera suma de intereses particulares, sino en «el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección» (Gaudium et spes, 26). Cuando el bien común deja de ser horizonte compartido, la acción pública corre el riesgo de fragmentarse en intereses parciales, incapaces de custodiar aquello que pertenece a todos.

En este contexto, reviste particular importancia la familia, realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad. En el hogar se entrelazan las generaciones y se transmite una memoria viva que da continuidad interior a la sociedad. Allí donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones. La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer.

También las instituciones educativas ocupan un lugar decisivo en esta tarea. En ellas, las nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a cuestionarse sobre el sentido de la vida y la dignidad de cada persona. Por eso, muchos padres deseosos de que sus hijos aprendan a relacionarse, a pensar con espíritu crítico y a adquirir valores sólidos, depositan en ellas grandes esperanzas, como valiosas aliadas en su educación. Esta colaboración ha de respetar siempre el «derecho primario e inalienable» de los padres a «elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas» (cf. Magnifica humanitas, 143; cf. Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, art. 18.4).

La afirmación de la dignidad humana no puede permanecer abstracta cuando tantas personas se ven obligadas a dejarlo todo para buscar paz, seguridad y futuro. También el trágico drama migratorio interpela hoy la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional. Numerosos hombres, mujeres y niños se ven obligados, por circunstancias muchas veces dramáticas, a partir de sus comunidades y dejar atrás seres queridos, historias y vínculos. Esta realidad rebasa cualquier lectura puramente demográfica o económica: constituye una cuestión eminentemente moral y jurídica. Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos.

La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos. De ahí nace una doble exigencia de justicia social: ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, por las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática (cf. Magnifica humanitas, 81).

En los últimos años, las rutas cada vez más peligrosas han evidenciado el altísimo coste de esta realidad, tantas veces escondida o ignorada. Muchas personas siguen siendo presas de traficantes y contrabandistas que se aprovechan de su desesperación. Es necesario fortalecer la prevención, el rescate y la asistencia a las víctimas, especialmente en el marco de una cooperación regional y multilateral.

Ninguna nación puede afrontar por sí sola un desafío de esta magnitud. Por ello, es indispensable una respuesta coordinada, solidaria y eficaz, capaz de garantizar protección, acogida y oportunidades reales de integración a quienes emigran. Cuando la respuesta institucional se hace cercana, justa y coordinada, las fronteras dejan de ser lugares de abandono y pueden convertirse en espacios de protección responsable de la dignidad humana.

Señorías:

El mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca. En este contexto, la paz se presenta como una aspiración política y, más aún, como una verdadera exigencia moral. Reclama una palabra pública que respete a quien piensa distinto, instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación y una vida social capaz de sostener la amistad cívica y el respeto mutuo en medio de la discrepancia.

En el plano internacional, la paz exige valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo y en la obligación de los Estados de resolver sus controversias por los caminos pacíficos que ofrece el derecho internacional. Toda guerra constituye, en última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar y también de aquella conciencia común de la humanidad que reconoce vínculos de justicia entre las naciones. Las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera.

Por eso, preocupa que, en diversos lugares del mundo, y también en Europa, vuelva a presentarse el rearme como respuesta casi inevitable ante la fragilidad del escenario internacional. La verdadera seguridad, en cambio, nace de la justicia, del diálogo paciente, del respeto al derecho internacional y de una política capaz de poner la vida de los pueblos por encima de los intereses que se benefician de la guerra. También el desarrollo de las nuevas tecnologías y de la inteligencia artificial en el ámbito militar exige una vigilancia ética rigurosa, para que las decisiones sobre la vida y la muerte nunca sean descargadas sobre automatismos ni sustraídas a la responsabilidad moral de la persona humana (cf. Discurso en la Universidad “La Sapienza”, 14 mayo 2026).

La comunidad internacional está llamada a redescubrir el valor indispensable del diálogo como camino paciente hacia acuerdos justos y duraderos, fundados en el respeto a los tratados, en la transparencia de la acción diplomática y en la voluntad sincera de anteponer la paz al recurso a la fuerza. De ahí nacen la confianza y la esperanza.

Como recuerda el lema de la Unión Europea, In varietate concordia, la unidad verdadera no uniforma, sino que cohesiona en la diversidad, haciendo de las culturas, sensibilidades y tradiciones una ocasión de enriquecimiento mutuo.

Asimismo, dentro de las propias sociedades es urgente construir una cultura de la reciprocidad. La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos.

Pero la paz no es solamente una realidad política o institucional. Nace también en la conciencia, allí donde el rencor, la indiferencia y el odio ceden espacio a la reconciliación. Por eso, se instaura y se protege también a través del lenguaje. Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para «desarmar el lenguaje» (Mensaje para la Cuaresma de 2026, 13 febrero 2026). La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación.

De este respeto al otro nace también el deber de custodiar el espacio donde maduran sus convicciones, su conciencia y su relación con Dios. La atención a ese ámbito interior permite comprender mejor una cuestión decisiva para toda sociedad verdaderamente democrática: la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, derecho fundamental que tutela el ámbito más íntimo de las personas. La libertad sobre la que se edifica el Estado contemporáneo, si es auténtica, reconoce la dimensión religiosa del ser humano, la respeta y la tutela jurídicamente; y evita que alguien tenga que renunciar a contribuir a la sociedad en la que vive por causa de su fe.

Sin confundir el plano jurídico con el moral, conviene recordar también que la libertad necesita una comprensión plena de sí misma. Ser libre no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección; significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente. Por eso, toda sociedad efectivamente libre requiere también una justa delimitación del poder público, de modo que la libertad de las personas, de las comunidades y de las asociaciones no sea indebidamente restringida (cf. Dignitatis humanae, 1). Desde esta perspectiva, la legítima autonomía del orden temporal jamás debe interpretarse como hostilidad hacia el fenómeno religioso. La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública.

En este contexto, el sigilo sacramental de la confesión reviste una importancia especial para la Iglesia católica. Se inserta en el ámbito más amplio de la libertad religiosa, que garantiza a las comunidades creyentes un espacio propio de vida, organización y disciplina interna (cf. Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa, Acta Final de Helsinki, 1 agosto 1975, Principio VII). Tutelarlo jurídicamente, como sucede de modo análogo en algunas profesiones, significa preservar un espacio sagrado de libertad interior, donde el creyente puede abrir su alma ante Dios sin temor a presiones externas, como reconocen también las normas internacionales (cf. Corte Penal Internacional, Reglas de Procedimiento y Prueba, Regla 73.3).

Señoras y Señores:

Permitan que me detenga un instante en algunas imágenes que adornan esta Cámara. En este Salón de Sesiones, la luz natural entra por el lucernario que corona la sala. Esa luz que viene de lo alto puede recordar que también la política necesita reconocer una medida que la precede y la supera.

También las pinturas que evocan, en la parte superior del muro principal, la recepción del Evangelio y del Decálogo recuerdan algo esencial. Sin confundir el orden político con el religioso, esos signos invitan a reconocer que la libertad moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana. En esa escuela interior, los pueblos aprendieron que el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía.

Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse.

Les invito a alzar, pues, la mirada: no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír. Porque la altura de miras consiste precisamente en mirar con más hondura aquello que está en juego en cada decisión pública. Por eso, junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral.

España puede ofrecer mucho en este camino. Cuenta con una lengua que une continentes; una tradición cultural, jurídica y espiritual que ha sabido poner en diálogo fe y razón, derecho y conciencia, unidad y pluralidad. Esta experiencia histórica recuerda también el valor de la concordia y del esfuerzo paciente por construir una convivencia pacífica y justa.

Que esta noble nación jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar al futuro. Que España continúe siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza. Y que su vida pública sepa unir siempre la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio.

Que Dios conceda paz a todas las naciones de la tierra, concordia a las familias y serenidad a las conciencias. Y que, sobre el Reino de España, marcado por la huella apostólica de Santiago y por la presencia maternal de la Virgen del Pilar, desciendan días de prosperidad, justicia y paz duradera. Muchas gracias.

León XIV

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